volver al inicio

Discurso del  Papa  durante el encuentro con  el mundo de la cultura, del  arte  y de la economía en Venecia

El  Evangelio es la mayor fuerza de transformación del  mundo

La visita pastoral de  Benedicto XVI  a Venecia   se concluyó  con  el  encuentro con  el  mundo de  la cultura, del
arte y de  la  economía, la  tarde  del  domingo 8 de  mayo,  en  el  conjunto monumental de  la Virgen de  la Salud, donde,  además de  la hermosa basílica barroca, se encuentra el  «Studium  Generale Marcianum» y el
seminario patriarcal.  Esta  basílica es un  ex  voto  de  los  venecianos por  la liberación de  la peste  que  en  el  año 1630 diezmó  la población. Su  Santidad llegó  en  góndola. En  el  encuentro participaron  representantes de  las comunidades judía  y musulmana. Al final, el  Papa bendijo   la capilla de  la Santísima Trinidad
y visitó la biblioteca del  Studium.


Queridos amigos:
Me  alegra  saludaros cordialmente como  representantes  del  mundo de  la  cultura, del  arte  y  de la economía de Venecia  y de su territorio. Os agradezco vuestra  presencia  y vuestra  simpatía. Expreso mi  reconocimiento al patriarca y al rector que,  en  nombre del  Studium  Generale Marcianum, se ha  hecho  intérprete de  los  sentimientos de  todos  vosotros y  ha  introducido  nuestro encuentro, el último de mi  intensa  visita, iniciada ayer en Aquileya.  Quiero  ofreceros algunos pensamientos muy  sintéticos, con  la  esperanza  de  que  sean útiles para  la  reflexión y el compromiso común. Los tomo de  tres palabras  que  son  metáforas sugestivas: tres palabras vinculadas a Venecia  y, en particular, al lugar donde nos  encontramos: la primera palabra es agua; la segunda  es salud y la tercera  es Serenísima.

Comenzamos por  el agua,  como  es lógico por muchas   razones.  El  agua  es un  símbolo ambivalente:  de  vida,  pero  también de  muerte; lo  saben bien  las poblaciones afectadas  por  aluviones y maremotos. Pero  el agua es ante todo elemento esencial  para  la  vida. Venecia  es llamada la  «Ciudad  de agua». También para  vosotros que  vivís  en Venecia   esta  condición tiene  un  doble  signo, negativo y positivo: conlleva muchos problemas y, al mismo tiempo, una  fascinación extraordinaria.  El hecho  de que  Venecia  sea «ciudad de agua»  hace pensar   en  un   célebre   sociólogo  contemporáneo, que  definió nuestra  sociedad «líquida»  y también la  cultura  europea: una   cultura  «líquida»,  para expresar  su «fluidez», su poca  estabilidad o,  quizás, su falta  de estabilidad, la volubilidad, la inconsistencia  que  a  veces  parece  caracterizarla. Y aquí  quiero presentar mi  primera propuesta: Venecia,  no  como  ciudad «líquida» —en el sentido que acabo  de  mencionar—,  sino   como   ciudad «de  la vida   y  de  la  belleza».  Ciertamente  es una   elección,  pero   en  la  historia  es  necesario   elegir:  el hombre es libre  de  interpretar, de  dar  un  sentido a la realidad, y precisamente en esta libertad consiste  su gran  dignidad. En  el  ámbito de  una  ciudad,  cualquiera que sea, incluso las elecciones  de carácter  administrativo, cultural y económico dependen, en el fondo, de esta orientación fundamental, que  podemos llamar «política» en la acepción más noble y más elevada  del  término. Se trata  de  elegir  entre  una  ciudad «líquida», patria de una  cultura marcada cada  vez más por  lo  relativo y lo  efímero, y una  ciudad que  renueva constantemente su belleza  bebiendo de las fuentes  benéficas  del  arte,  del  saber,  de  las  relaciones entre los hombres y entre  los pueblos.

Pasemos  a la segunda  palabra: «salud». Nos encontramos en  el  «Polo de  la  salud»: una  realidad  nueva,  pero  que  tiene  raíces  antiguas. Aquí, en  la  Punta de  la  Dogana, surge  una  de  las iglesias más  célebres  de  Venecia, obra  de  Longhena, edificada como  voto  a la  Virgen por  la  liberación de  la  peste  del  año  1630: Santa  María de  la  Salud. El  célebre  arquitecto construyó, anexo  a ella, el convento de los  Somascos,  que  después  se convirtió en el Seminario patriarcal. «Unde origo,   inde salus»,  reza el lema  grabado en el centro de la rotonda mayor de  la  basílica, expresión  que  indica que  el  origen de  la  ciudad de  Venecia, fundada según  la tradición el 25 de marzo del  año  421, día de la Anunciación, está estrechamente vinculado  a la Madre  de Dios. Y precisamente por  intercesión de  María vino la  salud,   la  salvación de  la  peste. Pero  reflexionando sobre  este lema  podemos captar  también un  significado aún  más  profundo  y más amplio. De la Virgen de Nazaret tuvo origen Aquel que  nos  da  la  «salud». La  «salud» es una realidad que  lo  abarca  todo, una  realidad integral: va desde  el «estar  bien» que  nos  permite vivir serenamente una  jornada de estudio y de trabajo, o de  vacación, hasta  la  salus  animae, de  la  que  depende  nuestro destino eterno. Dios cuida de todo esto,  sin  excluir nada.  Cuida de  nuestra  salud  en sentido pleno. Lo  demuestra Jesús en  el  Evangelio: él  curó  enfermos de  todo tipo, pero  también liberó a los  endemoniados, perdonó los  pecados, resucitó a los  muertos. Jesús reveló que  Dios  ama la  vida  y  quiere  liberarla de  toda  negación,  hasta la negación radical que  es el mal  espiritual, el pecado,  raíz  venenosa   que  lo  contamina todo.  Por esto,  al  mismo Jesús se lo  puede  llamar «Salud» del  hombre: Salus  nostra Dominus Jesus. Jesús salva  al  hombre poniéndolo  nuevamente en  la  relación  saludable con  el Padre  en la gracia  del  Espíritu  Santo; lo   sumerge   en   esta corriente pura  y vivificadora que libera al  hombre de  sus  «parálisis» físicas, psíquicas y espirituales; lo  cura  de la dureza de corazón,   de  la  cerrazón  egocéntrica, y le hace gustar la posibilidad de encontrarse verdaderamente a sí mismo,  perdiéndose por   amor   a Dios y al prójimo. Unde origo,  inde  salus. Este lema  puede  llevar a múltiples  referencias. Me  limito a recordar  una:   la   famosa   expresión   de  san  Ireneo:  «Gloria  Dei vivens  homo,   vita   autem  hominis visio  Dei   [est]» (Adv. haer. IV,  20,  7). Que  podría parafrasearse  de este modo: gloria de Dios es la plena  salud  del hombre, y  esta  consiste  en  estar  en  relación profunda con  Dios. Podemos decirlo también con  las palabras que  tanto gustaban al  nuevo  beato  Juan Pablo II: el hombre es el camino de la Iglesia, y el Redentor del  hombre es Cristo.

Veamos,  por  último, la tercera  palabra: «Serenísima»,  el nombre de la República de Venecia. Un título  verdaderamente estupendo, se podría definir  utópico, respecto a  la  realidad terrena   y,  sin embargo, capaz  de  suscitar   no  sólo  recuerdos de glorias pasadas,  sino  también ideales  que  impulsan  a  la  programación del  presente   y  del  futuro en esta gran  región. «Serenísima», en sentido pleno,  es solamente la ciudad celestial, la nueva  Jerusalén,  que  aparece  al final de la Biblia, en el Apocalipsis, como  una  visión maravillosa (cf.  Ap  21,1 22,5).  Y sin  embargo el  cristianismo  concibe  esta ciudad santa,  completamente transfigurada por  la gloria de  Dios, como  una  meta  que  mueve  el  corazón   de  los  hombres  e  impulsa sus  pasos,  que anima  el compromiso arduo y paciente para  mejorar  la  ciudad terrena. A  este propósito es necesario  recordar siempre  las palabras del  concilio Vaticano  II:  «De  nada  sirve  al  hombre ganar  todo el mundo si  se pierde a  sí  mismo. No  obstante, la espera  de una  tierra nueva  no  debe  debilitar, sino más  bien   avivar   la  preocupación de  cultivar  esta tierra, donde crece aquel  cuerpo de la nueva  familia  humana, que  puede  ofrecer  ya un  cierto esbozo  del  mundo nuevo» (Gaudium  et  spes,  39).  Escuchamos  estas  expresiones  en  un   tiempo en  el que  se ha agotado la fuerza  de las utopías ideológicas  y no  sólo  se ha  oscurecido el optimismo,  sino  que  también  la  esperanza   está  en  crisis.   No debemos olvidar  que  los  padres   conciliares,  que nos  han  dejado esta  enseñanza,  habían vivido  la época  de las dos  guerras  mundiales y de los  totalitarismos. Ciertamente, su perspectiva no  estaba dictada  por   un   fácil   optimismo,  sino   por   la  fe cristiana, que  anima  la  esperanza,  al  mismo tiempo  grande y paciente, abierta al  futuro y atenta  a las  situaciones  históricas.  Desde esta  perspectiva el  nombre  «Serenísima» nos  habla   de  una  civilización de la paz,  fundada en el respeto mutuo, en el conocimiento recíproco y en las relaciones de amistad. Venecia  tiene  una  larga  historia y un  rico patrimonio  humano, espiritual y artístico para  ser capaz  también hoy   de  dar  una  valiosa   contribución  para  ayudar a los  hombres a creer  en un  futuro mejor y a empeñarse  en construirlo. Pero  para esto no  debe  tener  miedo de otro elemento emblemático, contenido  en  el  escudo   de  San  Marcos: el Evangelio. El  Evangelio es la mayor fuerza de  transformación  del   mundo,  pero   no   es  una utopía ni una  ideología. Las  primeras generaciones cristianas lo  llamaban más  bien  el  «camino», es decir, la manera  de vivir que  Cristo practicó en primer lugar y  que  nos  invita a seguir. A  la  ciudad  «serenísima» se llega  por  este camino, que  es el  camino  de  la  caridad  en  la  verdad,  sabiendo bien   —como  también  nos  recuerda  el  Concilio— que  «no   hay  que  buscar  esta  caridad sólo  en  las grandes  cosas, sino especialmente en las circunstancias  ordinarias de la vida» y que, siguiendo el ejemplo  de  Cristo,  «debemos cargar   también  la cruz  que  la  carne  y  el  mundo imponen sobre  los hombros de los que buscan  la paz y la justicia» (Gaudium et  spes,  38).

Estas son, queridos amigos, las reflexiones que quería   compartir con   vosotros.  Para  mí   ha  sido una  alegría   concluir mi  visita   en  vuestra   compañía.  Agradezco de  nuevo  al  cardenal patriarca, al auxiliar y a todos  los colaboradores la magnífica acogida. Saludo a la  comunidad judía de Venecia—que tiene  antiguas raíces  y es una  presencia  importante en  el  tejido  ciudadano—, y  en  particular a su presidente, el profesor Amos  Luzzatto. Saludo  también a  los  musulmanes que  viven   en  esta ciudad.  Desde este  lugar  tan   significativo  dirijo mi  cordial saludo a Venecia, a la Iglesia que  peregrina aquí,   y  a  todas   las  diócesis   del  Trivéneto, dejando, como  prenda de mi  perenne recuerdo, la bendición  apostólica.  Gracias  por   vuestra   atención.