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    SAN JUAN DE ÁVILA:
    CLAVES QUE APORTA PARA DESENTRAÑAR LA IDENTIDAD DEL CLERO DIOCESANO

    Celso Morga

     

    PRESENTACIÓN

    I.-LA IDENTIDAD SACERDOTAL EN SAN JUAN DE ÁVILA

    1.-La clerecía ha de ser la principal hermosura de la Iglesia
    2.-Somos los ojos de la Iglesia, cuyo oficio es llorar los males que vienen de su cuerpo
    3.-Hacer vida que merezca la dignidad y huir de la dignidad
    4.-Es menester tomar el negocio de más atrás
    5.-Gratitud por la dignidad

    II.-SEMBLANZA DEL SACERDOTE DIOCESANO ACTUAL SIGUIENDO A SAN JUAN DE ÁVILA

    1.-Evangelizador al modo de San Pablo
    2.-La locura de la Cruz
    3.-Enamorado de la Iglesia:
                3.1.-“no se paga de gente tibia”
                3.2.-Espíritu semejante a los profetas”
                3.3.-“La honra de los clérigos es seguir a su Señor”
    4.-El Papa “principal atalaya de toda la Iglesia”

    III.- TENÍA FE EN SU ELECCIÓN SACERDOTAL

    1.-Clara la identidad sacerdotal
    2.-Sin otro título que el ser sacerdote

    CONCLUSIÓN

     


    PRESENTACIÓN

    El papa Benedicto XVI, con motivo del Año Sacerdotal especial nos recordaba que es imprescindible reconocer y gozarse por la grandeza del don del sacerdocio “plasmado en espléndidas figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, y directores espirituales clarividentes y pacientes”

    Una de esas figuras, especial, especialísima es San Juan de Ávila a quien el pueblo bautizó muy pronto con el sobrenombre de El Santo Maestro Juan de Ávila. Sus innumerables escritos de la más alta espiritualidad, su conocimiento de la Sagrada Escritura, su predicación y la influencia en tantos convertidos y santos de su tiempo en cuyo itinerario espiritual estuvo presente como hito referencial el Maestro Ávila, son el mejor aval de su merecida incorporación a la lista de eminentes escritores, directores de almas, predicador incomparable y Doctores de la Iglesia universal.

    León XIII en el Breve Apostolicis Operariis, del 6 de abril de 1894, por el que declara al Maestro como Beato Juan de Ávila, escribe entre otras cosas: “La Iglesia de Dios nunca ha carecido de operarios apostólicos… Entre estos excelsos pregoneros de la suprema verdad, sabiduría y santidad, merecedores de alabanza, hay que incluir con todo derecho al Venerable Siervo de Dios Juan de Ávila, presbítero secular, a quien le conocían con el sobrenombre de “Maestro” por su singular arte en la dirección espiritual.

    Progresó tanto en esos difíciles estudios (de filosofía y teología), que sus mismos profesores, viendo su agudo ingenio, su firme memoria y su diligente laboriosidad, le auguraron que pronto habría de ser el hombre más sabio de España… Habiéndose dedicado tan celosamente a procurar la salvación de los demás, no descuidó en absoluto proseguir en la perfección y plenitud de las virtudes que había abrazado, pues consideraba rectamente que convenía que él abundara en todos los méritos a los que exhortaba a otros y que los sermones tenían más valor si se confirmaban con el ejemplo”-

    Pío XII declara a San Juan de Ávila patrono principal del clero secular español el 2 de julio de 1946 y dice que lo hace “por un extraordinario deseo de promover con mayor eficacia la santidad y la cultura sacerdotal…”

    El papa Pablo VI en la homilía de la canonización de Juan de Ávila, el 31 de mayo de 1970, se expresó en estos términos: Juan de Ávila “tiene conciencia de su vocación. Tiene fe en su elección sacerdotal. Una introspección psicológica en su biografía nos llevaría a individual en esa certeza de su “identidad” sacerdotal la fuente de su celo sereno, de su fecundidad apostólica, de su sabiduría de lúcido reformador de la vida eclesiástica y de exquisito director de conciencias… San Juan de Ávila enseña al menos esto, y sobre todo en esto, al clero de nuestro tiempo: no dudar de su ser sacerdote de Cristo, ministro de la Iglesia, guía de los hermanos”. Y termina su homilía pidiendo La intercesión de San Juan de Ávila para que nos conceda:” la firmeza de la verdadera fe, el auténtico amor a la Iglesia, la santidad de su claro, la fidelidad al Concilio, la imitación de Cristo tal como debe ser en los nuevos tiempos”.

    La Conferencia Episcopal Española lo presenta como ejemplo de auténticos evangelizadores. El Beato Juan Pablo II escribirá que “San Juan de Ávila, en la intimidad con el Señor, ha ido conociendo y penetrando en el misterio de Cristo, llenándose de su amor y de su caridad pastoral, siendo un reflejo de Jesús Buen Pastor”

    Estas citas de los pontífices son suficientes para ver como en ellas presentan a San Juan de Ávila como un verdadero paradigma de sacerdote secular: Conocedor de la Palabra de Dios, hombre de oración, lúcido reformador, no dudar de su ser sacerdote de Cristo, ministro de la Iglesia y guía de las almas.

    Porque efectivamente las claves que definen al sacerdote secular de hoy y de siempre son su clara identidad, la fraternidad sacramental, un ejemplar ejercicio del ministerio y una espiritualidad que brota del Sacramento del Orden y del ejercicio del ministerio.

     

    I.-LA IDENTIDAD SACERDOTAL EN SAN JUAN DE ÁVILA

    1.-“La clerecía ha de ser la principal hermosura de toda la Iglesia”

    El conocido especialista de la doctrina y espiritualidad de Maestro Ávila, monseñor Juan Esquerda Bifet, no duda en introducir la edición de los Escritos sacerdotales por el preparada, con el significativo título: Biografía de un sacerdote de posconcilio. Lo hace porque, como indicaba el papa Pablo VI, tiene mucho que decir a los sacerdotes actuales, tanto en el campo teológico del ministerio como en el de la espiritualidad, para llevarnos a la convicción de que ser sacerdote en los albores del siglo XXI tiene sentido y vale la pena jugarse la vida en esta empresa. Señalamos solamente algunos aspectos a fin de no incidir en la temática de alguna otra de las ponencias de este encuentro1.

    San Juan de Ávila comienza su tratado sobre el Sacerdocio afirmando que :Entre las obras que la divida majestad obra en la Iglesia por ministerio de los hombres, la que tiene el primado por excelencia, y obligación de mayor agradecimiento y estima, el oficio sacerdotal es; por el ministerio del cual el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesucristo Nuestro Señor”.

    Es en la Eucaristía donde en sacerdote, según el Maestro Ávila, celebra y proclama que es testimonio del amor vivido al decir que :”sientan como propios suyos loas trabajos ajenos, representándolos delante del acatamiento de la misericordia de Dios con afecto piadoso y paternal corazón; el que debe tener el sacerdote con todos a semejanza del Señor; y así pensaba también San Ambrosio, que decía que no menos amaba a los hijos espirituales que tenía que si los hubiera engendrado de legítimo matrimonio; y San Juan Crisóstomo dice que aún se deben amar mucho más. Y así, el nombre de padre que a los sacerdotes damos les debe de amonestar que, pues no es razón que lo tengan en vano y mentira, deben de tener dentro de sí el afecto paternal y mantenerse para aprovechar, orar y llorar por los prójimos”.

    Por lo tanto, si para el Maestro Ávila “Dios nos ama con amor de padre, madre y esposo”, concluimos que el ministerio sacerdotal ha de ser la presencia privilegiada de ese amor paternal, divino de Dios a todos los hombres.

    En otro momento se verá que los dos cimientos de la espiritualidad sacerdotal para el Maestro Ávila Son los misterios de la Encarnación y de la Eucaristía. El primero porque en él aparecen los signos del desposorio con la humanidad en la que se entrelazan amor y sacrificio: por el sacramento del Orden el sacerdote se desposa con la misión de “encaminar las almas para el cielo”, el sacerdote es un desposado con las almas a imitación del verbo humano- sumo sacerdote- y por tal modelo es respuesta y colaboración en el sacrificio de la Eucaristía, como lo fue María por su “hágase”. Por ser espiritualidad de encarnación es dinámica, como lo es la misión de Cristo y lo será en la persona del sacerdote por el carácter que recibe en la Ordenación.

    En la celebración de la Misa centraba el Maestro Ávila toda su tarea evangelizadora y toda su vida sacerdotal. En la Eucaristía encuentra la fuerza y medicina para todos los males. El la llama “Sacramento de amor y de unión, porque por amor es dado, amor representa y amor obra en nuestras entrañas. Todo este negocio es amor”. Por eso mismo, su virtud principal fue la caridad: amar entrañablemente a la humanidad de Cristo, el Verbo encarnado que “fue libro y juramento nuestro”. Su tratado del Amor de Dios es todo un tratado del amor de Dios y una joya de la lengua castellana.

     

    2.-“Somos los ojos de la Iglesia, cuyo oficio es llorar los males que vienen de su cuerpo

    Amor entrañable a Cristo y amor de pastor a las almas Doble polaridad que ha de confluir n la transparencia. Que no se obtiene solamente por la posesión de unas cualidades humanas personales, por muchas que ellas sean. El Maestro Ávila lo expresa en los siguientes términos: “Como dice Orígenes, la clerecía ha de ser la principal hermosura de la Iglesia”.

    Polaridad siempre en armonía mutua que podemos sintetizar en estas afirmaciones suyas:

    -“Los sacerdotes somos diputados para la honra y contentamiento de Dios y guarda de sus leyes en nos y en los otros”.
    -“Los sacerdotes son abogados por el pueblo de Dios, ofreciendo al unigénito Hijo delante del alto tribunal del Padre… Maestros y edificadores de ánimas”.

    El Maestro Ávila habla de ferviente celo, como verdadero padre y verdadera madre, en el Tratado sobre el Sacerdocio (n. 39) y en su plática segunda les dice a los clérigos: “Que si hubiese en la Iglesia corazones de madre en los sacerdotes que amargamente llorasen al ver muertos a sus espirituales hijos, el Señor, que es misericordioso, les diría lo que a la viuda de Naim: No quieras llorar, y les daría resucitadas las ánimas de los pecadores”

     

    3.-“Hacer vida que merezca la dignidad y huir de la dignidad”

    Tomamos esta expresión de su carta “a un mancebo que le pidió consejo si sería sacerdote” (carta 4). En ella se encuentra una afirmación del Maestro Ávila sobre el concepto que él tendía del sacerdocio y sobre las motivaciones que deben acompañar a quienes aspiren a tal “dignidad”. En ella habla de huir de la dignidad para merecer la dignidad de buscar “más santa y segura humildad”; declara que no se puede explicar con palabras la santidad que se requiere ya que el sacerdote es abogado por todo el mundo; llama al sacerdote “sacrosanto oficio”, terminando su carta escribiendo:”Esto es lo que siento del sacerdocio, al cual más esta reverenciásedes de lejos que abrazáseles desde cerca, y que quisiéredes más esta dignidad por señora que por esposa”. Al futuro sacerdote le recuerda que no se llame a engaños: Haced cuenta que estáis en escuela de aprender paciencia y humildad y caridad”.

    Queda, pues, claro que para San Juan de Ávila el sacerdocio exige santidad, por medio de una espiritualidad propia del mismo sacerdocio. La santidad para el sacerdote es exigencia y al mismo tiempo una posibilidad. Es tema preferente en sus sermones, en sus cartas y, especialmente en sus pláticas a sacerdotes .

    Para el Maestro Ávila, el punto de referencia de la naturaleza del sacerdocio es siempre Cristo Sacerdote, Víctima, Cabeza, Buen Pastor; tanto en sus ser Verbo encarnado, como en su inmolación sacrificial. Para ello dirá que los presbíteros participan de este ser, prolongan y están llamados a imitar el estilo de vida de Cristo Sacerdote:”Tales y tan cualificados hemos de ser los que oficio tan calificado tenemos; y la poca estima en que este oficio es tenido, y la mucha facilidad con que se toma, y la poca santidad con que se trata no son bastantes causas para que, en el servicio de Dios, se nos deje de pedir la buena vida que tal oficio demanda… Y considerando la alteza de santidad que aqueste oficio demanda, ha habido muchos, aunque de muy buena vida, que no se han atrevido a recibir tal dignidad, queriéndola más por señora que por mujer”.

     

    4.-“Es menester tomar el negocio de más atrás”

    No es de extrañar que con tal concepto del sacerdocio, sea exigente en la selección y en la buena formación de lo candidatos a tal dignidad. El papa Benedicto XVI en la carta a los católicos de Irlanda del 19 de marzo de 2010 hacía esta certera y dura afirmación:”…ciertamente, entre los factores que han contribuido a esta situación actual, podemos enumerar: los procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa; la insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados: es necesaria una acción urgente para contrarrestar estos factores, que han tenido consecuencias tan trágicas para la vida de las víctimas y sus familias y han oscurecido tanto la luz del Evangelio” (n.4).

    San Juan de Ávila, en el Memorial Primero a Trento (1551) escribe: “Y pues prelados con clérigos son como padres con hijos y no señores con esclavos, prevéase el papa, y los demás en criar a clérigos como a hijos, con aquel cuidado que pide una dignidad tan alta como han de recibir; y entonces tendrán mucha gloria en tener hijos sabios y mucho gozo y descanso en tener hijos buenos; y gozarse ha toda la Iglesia con buenos ministros.

    Pues sea esta la conclusión: que de orden y manera para educarlos que sean tales; y que es menester tomarse el negocio de más atrás, y tener por cosa cierta que, si quiere la Iglesia tener buenos ministros, que conviene hacellos; y si quiere tener gozo en buenos médicos de almas, ha de tener a su cargo de los criar tales y tomar trabajo en ello; y si no, no alcanzará lo que desea… Mas todo se puede tener por bien empleado por sacar hombres que sean luz del mundo, y sal de la tierra, y gloria de Cristo”.

     

    5.-“Gratitud por la dignidad”

    “Oh veneranda Sacerdotum dignitas, in quórum manibus, velut in útero virginis, filius Dei incarnatur…”. Comentando Juan de Ávila esta expresión de San Gregorio y otra muy similar de San Bernardo referida a la santidad de las manos sacerdotales, escribe en su Tratado sobre el Sacerdocio: “No pasemos más adelante en piélago de tanta profundidad; u pues callar no se sufre, y hablar según la dignidad de esta merced no se puede, honrándola , más que escudriñándola.

    Alzando el corazón al Señor, digamos muchas veces: alabado sea Dios; bendito sea Dios, muchas gracias se den a Dios, porque dio tan grande poder a los hombres; los cuales palabras son muy a propósito de este sagrado misterio, pues se llama sacrificio de alabanza, y bendición mística, y Eucaristía, que quiere decir hacimiento de gracias. Porque cuando este Señor instituyó este admirable misterio, bendijo y dio gracias al Padre, porque conoció que los hombres no las habían de dar por esta merced y usó de su oficio pontifical, al cual pertenece pedir al Padre por nosotros lo que hemos menester y darle gracias por lo que con su oración nos alcanza: ipsi gloria in saecula saeculorum. Amen”.

    Basten estas notas y textos para poder aventurarnos a presentar las notas de un perfil del sacerdote diocesano actual siguiendo la doctrina del Santo Maestro Juan de Ávila.

     

    II.-SEMBLANZA DEL SACERDOTE DIOCESANO ACTUAL SIGUIENDO A SAN JUAN DE ÁVILA

    1.-Evangelizador al modo de San Pablo

    Cuando fray Luis de Granada escribe la vida del Venerable Juan de Ávila, en su dedicatoria a don Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, dice: “Habiendo escrito esta vida del Padre Maestro Juan de Ávila, en la cual se nos representa una perfecta imagen del predicador evangélico”.

    En efecto, Juan de Ávila fue un evangelizador al estilo de San Pablo: predicación, cartas, viajes, acompañamiento espiritual. Sigue a San Pablo como un enamorado de Cristo: contemplando su Palabra, celebrando la Eucaristía y los sacramentos, anunciado por medio de la predicación y de la catequesis, viviendo sus exigencias evangélicas y comunicado para ser vivido según sus bienaventuranzas y el mandato del amor. No es, pues, un lema el que le atrae, ni una ideología, sino la persona de Jesucristo, que es el Hijo de Dios hecho nuestro hermano. En Cristo Redentor, se nos ha revelado Dios como Dios Amor, para la salvación de todos y cada uno de los seres humanos. El Tratado del Amor de Dios pede ser la clave para entender la fisonomía espiritual y sacerdotal del Maestro Ávila y de sus afanes apostólicos, a la luz de la encarnación del Verbo y del misterio redentor.

    Así escribe: “Id, Señor, Vos por donde quisiéredes, llevadme a donde quisiéredes; consuelame, Señor, que vos sois mi Pastor…; Señor, no quise , en cuanto hice, mirar a nadie, ni recibir loa de nadie, no escuché al mundo porque me deshonrase, ni menor porque me honra; no pasaba yo los trabajos mirando a quien me mira, sino Vos sabeis, Señor, que siempre seguí yo a vos; a Vos seguí yo, a Vos amaba yo; de vuestra yerba y de vuedstra dehesa me apacentaba; yo no deseé honra para mi en pasos que por Vos daba, ni me turbaba yo en vuestro camino, ni hice caso de todo el mundo”.

    El gran historiador García-Villoslada llegó a escribir: “Juan de Ávila es el retrato vivo del apóstol Pablo. Yo no recuerdo que en la historia de la Iglesia haya otro que se le asemeje tanto. En la vida y en el pensamiento”.

    Desde los comienzos de su predicación. El Maestro explicaba los escritos paulinos en Écija, ya antes de 1531. Las lecciones sobre la carta a los Gálatas fueron impartidas en Córdoba antes de 1537. El biógrafo Muñoz escribirá: “Fue nuestro predicador muy devoto del apóstol San Pablo y procuró imitarlo mucho en la predicación y en la desnudez y en el gran amor que a los prójimos tuvo. Supo sus epístolas de coro… Y es de ver todas las veces que se le ofrecía declarar alguna autoridad de este santo Apóstol lo hacía con grande espíritu y maravillosa doctrina, como consta de todos sus sermones y escritos”.

    A sus discípulos recomendaba este paulinismo, que, decía, se aprende a fuerza de persecución: “Si vuestras mercedes estuvieran sentenciados la muerte con tres testigos constantes, como yo sostuve, entendieran muy bien a San Pablo”. Pone siempre a San Pablo como ejemplo de desprendimiento y de imitador de Cristo hasta ser anatema por los hermanos (Rom 9, 3).

    Algunos de los oyentes de sus sermones, al principio escéptico, luego confesaba que venía de escuchar a San Pablo al escuchar al Maestro Ávila.

    Al mismo tiempo el Maestro Ávila es un verdadero contemplativo que bebe continuamente en las fuentes de la Palabra de Dios con actitud de oración humilde y confiada. Cumplía lo que él mismo recomienda a sus discípulos:”Sed amigos de la Palabra de Dios, leyéndola. hablándola, obrándola”(carta 86) y a pesar de sus múltiples sermones en los que gastó la mayor parte de su vida , el biógrafo Muñoz nos dice que “No predicaba sermón sin que por muchas horas de oración le dirigiese”.

     

    2.-La locura de la Cruz

    El enamoramiento de Jesucristo lo llevó a imitarle en todos sus extremos. Desde la pobreza a la cruz. Repartió todos sus bienes entre los pobres con ocasión de la celebración de su primera Misa. Su vida fue pobre y cercana a los pobres. No quiso beneficios ni aceptó cargos que le asegurasen una vida más cómoda. Como escribe Muñoz: “fue obrero sin estipendio… y habiendo tenido tanto a la Iglesia, no recibió de ella un real”. Describe la pobreza del Maestro Ávila con estas expresiones: “Su vestido era humilde y pobre, pero muy limpio; una loba o sotana de paño bajo, o sarga muy gruesa, alta un codo del suelo; un manteo de los mismo; todo tan despreciable y vil como pudiera el más mortificado religioso; el vestido interior, tan austero y pobre como el exterior de los mendigos; y esta moderación en el traje aconsejaba usasen los sacerdotes”.

    Citando a San Ambrosio, en el Tratado del Amor de Dios escribe: “El anima que está desposada con Cristo y voluntariamente se sujeta con El en la cruz, ninguna cosa tiene por más gloriosa que traer consigo las injurias del Crucificado” (n.9). Y por ello exclama:”¡Oh Cruz!, hazme lugar, y véame yo recibido mi cuerpo por ti y deje el de mi Señor. ¡Ensánchate, corona, para que pueda yo poner ahí mi cabeza!. ¡Dejad, clavos, esas manos inocentes y atravesad mi corazón y llagadlo de compasión y de amor!...”

    No solamente la cruz, mas la mesma figura que en ella tienes, nos llama dulcemente a amor; la cabeza tienes inclinada, para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados, siendo tu el ofendido; los brazos tendidos, para abrazarnos; las manos agujereadas, para darnos tus bienes; el costado abierto, para recibirnos en tuS entrañas; los pies clavados, para esperarnos y para nunca de poder apartar de nosotros. De manera que mirándote, Señor, todo me convida a amor; el madero, la figura, el misterio, las heridas de tu cuerpo y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y que nunca te olvide de mi corazón. Pues, ¿cómo me olvidaré de ti?. Si de ti me olvidare, ¡Oh buen Jesús1, sea echado en olvido de mi diestra; péguese mi lengua a los paladares si no me acordare de ti y si no te pusiese como principio de mis alegrías (Sal 136, 5-6).

    Cata, pues, aquí, ánima mía, declarada la causa del amor que Cristo nos tiene. Porque no nace ese amor de mirar lo que hay en el hombre, sino de mirar a Dios y del deseo que tiene de cumplir su voluntad”.

    Quienes le conocieron hablan de “un crucifijo muy grande de escultura” que tenía en su habitación, y al que, como decía estar de rodillas por sus enfermedades, “su modo de hacer oración en sus postreros años, era unirse con una mano del clavo de los pies y, sustentándose en pie, de esta manera se estaba horas de oración”. De labios de este crucifijo, según la tradición, parece que fue de quien parece haber oído decir las consoladoras palabras que más tarde recoge la iconografía: “Joannes, remituntur tibi peccata tua”; con el crucifijo hablaba a solas y a veces en voz alta: “Allí se le revelaban altos misterios que revelaba”; del crucifijo se despedía antes de ir a predicar un sermón, y era la vez que ante el mismo vieran “elevado, que parecía inmóvil”.

     

    3.-Enamorado de la Iglesia

    A Juan de Ávila le apasiona y le obsesiona la Iglesia de su tiempo. Conoce sus defectos, sabe que necesita de honda reforma. Trabaja por ella y desde dentro de ella con interés y paciencia. No se limita a la crítica o la denuncia. En el último decenio de su vida salen de su alma y de su pluma una serie de escritos que nos dan la verdadera talla reformista de de este sacerdote insigne. Sus Memoriales a Trento y sus Advertencias a Toledo y al Rey son la mejor prueba. Afirma claramente que no se puede invitar a la reforma si no se está reformado. Por ello dirige la mirada a la raíz de los males y a la esperanza de la renovación: el sacerdocio. Sin la transformación de los pastores, el Maestro Ávila ve imposible la regeneración de la Iglesia.

    3.1.-“No se paga de gente tibia”

    La denuncia es fuerte: “La Iglesia cristiana,-escribe- para ser la que debe, no ha de ser congregación de gente tibia… El Señor quiere que sus cristianos sean gente diligente en el servicio y no se paga de gente tibia”. Señala como males de la Iglesia los internos: las divisiones de “gente tan conjunta a nosotros, miembros de nuestro cuerpo, que juntamente con nosotros tenían por Cabeza a Jesucristo en el cielo y al Papa, que es vicario suyo, en la tierra”. Otra causa que señala es el gran número de pastores negligentes, que no pueden dar lo que no tienen, ni ejercer el oficio que no aprendieron, los críticos: “gente que se haya levantado contra su madre la Iglesia, sin respeto”.

    Alude en otros de sus escritos a otro de los defectos clericales como el orgullo, invitando a la humildad. Y enumera a lo largo de sus obras los efectos tanto en los fieles como en los clérigos. La ignorancia, la escasa práctica religiosa, la irreverencia en el templo, la lujuria en infinidad de formas, la falta de justicia, el lujo y la ociosidad de unos, la falta de caridad…

    Pero es implacable denunciando los pecados de los pastores: su irresponsabilidad pastoral, su absentismo, la pluralidad de beneficios, la codicia de puestos y honores, la vida muelle y regalada, cuando no inmoral y escandalosa.

    3.2.-“Espíritus semejantes a los profetas”

    Pero, como hemos indicado, Juan de Ávila no se queda en la denuncia. Apunta decididamente a la reforma: “eran menester unos espíritus semejantes a los de los profeta”. Para la tarea evangelizadora se necesita un sacerdocio preparado y convencido. Clero había en su tiempo y abundante; tal vez demasiado, pero no de localidad que el Maestro Ávila quería: “lo que ha echado a perder la clerecía ha sido entrar en ella gente profana, sin conocimiento de la alteza del estado que toma y con ánimos encendidos de fuego de terrenales codicias; y después de entrados, ser criados con mala libertad, sin disciplina de letras y virtud”.

    Para ello funda él sus colegios y la universidad en las que intenta formlar “pastores”, lo que él llama la preparación para el “arte de las artes”, que es el de atender a las almas. Todo ello lo plasmará en sus escritos, especialmente en el Tratado sobre el sacerdocio, en otro escrito con el significativo título de Meditación del beneficio que nos hizo el Señor n el Sacramento de la Eucaristía y en alguno de los llamados escritos menores como Diálogus inter confessarium et penitentem de estilo catequístico; la misma traducción que hace de la Imitación de Cristo en cuya introducción se encuentra un resumen de su doctrina espiritual.

    Aquí entra todo el tema de la vivencia de los Consejos Evangélicos por parte de los sacerdotes, que sin duda entrará en los temas de espiritualidad tratados en este encuentro.

    3.3.-La honra de los clérigos es seguir a su Señor

    Conocía muy bien el Maestro Ávila que sus tesis no eran del todo bien admitidas y no lo eran por todos. Sabía de quienes buscaban el sacerdocio tiempo para tener que comer sin demasiado trabajo, de quienes deseaban títulos para obtener cargos y con ellos beneficios. Por ello escribe: Pues busquemos hombres para sacerdotes y no para filósofos ni poderosos, no tenemos tanto que ver con los hábiles ni altos como con los buenos, aunque de otras cosas carezcan”. Conoce muy bien Ávila estas situaciones por su estancia en Salamanca y Alcalá y por eso no se da por satisfecho con la preparación recibida.

    Juan de Ávila es tajante también en cuanto a la posesión de riquezas y comodidades, oponiéndose a la realidad de su tiempo donde era bien visto el clérigo con criados, “mulas, atavíos y cosas semejantes”. Para el Maestro Ávila, la honra de los ministros de Cristo es seguir a su Señor, no sólo en lo interior sino también en lo exterior. Incluso como testimonio para los fieles: “Pluguiese a Dios quisiesen los eclesiásticos ver el negocio con los ojos claros, o quisiera oír lo que dice el vulgo; que cierto es que dirían que con esas cosas son ellos estimados, y, mediante ellos, la Iglesia. Antes entendieran cómo por esto son desestimados y tenidos por profanos y juzgados por malos aun por los muy ignorantes, los cuales juzgan haber raíces de soberbia en el corazón viendo de fuera tanta abundancia de frutos de ella; y cotejando su propia pobreza con la abundancia y pompa de los eclesiásticos, reciben descontento de su propia vida y envidia de la de ellos; y lo que es peor es, murmuran contra nuestro Señor de tan grande desigualdad como entre unos y otros ha puesto… y así poco a poco escandalizados, se apartan de la Iglesia…”.

    Quien predica y escribe estas ideas no es un anticlerical de nuestros tiempos; es el santo y realista Juan de Ávila, conocedor como nadie de su gente y de los presbíteros a quienes estima y cuya reforma procura por todos los medios y con todas sus fuerzas. Piensa que los clérigos están puestos para alumbrar; sabe que nobles y gente sencilla estiman a los eclesiásticos buenos. Pero denuncia a quienes creen que “con estas pompas son honrados, pues es cierto que por ellas son deshonrados, y los legos alejados de Cristo y de la Iglesia y de su virtud”.

    Juan de Ávila piensa de esta manera; hace la crítica seria y donde debe hacerla. No airea trapos sucios a los cuatro vientos; ama a la Iglesia, busca su mejora y no su descalificación; es tremendamente sincero y honesto; está imbuido de auténtica libertad evangélica. El profesor Tellechea escribe que “Nos recuerda a su hermano gemelo y admirador Ignacio de Loyola, el hombre que menos censuró públicamente a la Iglesia de su tiempo, aunque la conocía bien, pero el que más contribuyó a su regeneración interior”.

    Nos recuerda también el pensamiento y las palabras de otro gran enamorado de la Iglesia: Pablo VI decía que sólo puede criticar a la Iglesia quien está enamorado y comprometido totalmente con la Iglesia.

     

    4.- El Papa, “principal atalaya de toda la Iglesia”

    Dentro de la Iglesia, en su misterio y en su renovación, el Maestro Juan de Ávila recuerda al Papa sus deberes en los escritos que envía al Concilio de Trento. Lo hace con duras y sentidas palabras; pero es honesto y le dedica páginas estupendas bajo el título “Lo que se espera del Papa”. Su amor apasionado a la Iglesia lo concreta también el amor, la obediencia y fidelidad a quien presenta como “Vicario de Cristo, cabeza visible de toda la cristiandad”. Explicando el texto del hombre que lleva el cántaro sobre la cabeza indicando el lugar de la cena (Lc 22,10), predica: “Mirad que dice que un hombre lleva el cántaro de agua, porque ha de haber un hombre que sea la cabeza a quien vosotros sigáis para acertar a la Iglesia. San Pablo dice: una fe, un bautismo; pues nunca habrá una fe, ni un bautismo, ni un Dios, ni un Cristo en los entendimientos de los hombres, si no hay un hombre que lleve al cántaro de agua, al cual vosotros sigáis”.

    Al seguimiento sigue la obediencia. Así los expresa en su comentario de la Carta a los Gálatas: “Sacase de aquí que, en determinando nuestros pontífices cualquier cosa, la habemos de recibir como el mesmo Dios lo determinara y lo habemos de obedecer; especialmente el supremo en la tierra. Cuya fe no puede fallar, porque está puesto élk para confirmar la fe de todos los otros”.

    En casos de tensiones personales o institucionales le propone a San Ignacio un consejo práctico: “Me parece bien que en todas las partes que hubiere contradicción a esta obra de Dios (la Compañía), se provea de remedio por parte del Vicario asuyo en la tierra, para que las lenguas de los que , con buena o mala intención, la quieren hacer sospechosa, sean refrenadas”.

    Al papa le pide fortaleza y esfuerzo, ánimo determinado para subir en cruz desnudo de todas las aficiones; deseo eficiente de que edifique la Iglesia, oración ardiente, que sea “sediento por la Iglesia de Cristo”.

    Pero, sin olvidar otras consideraciones, ve y debemos ver al papa, como al padre de todos y especialmente llevando sobre sus hombros las esperanzas y las debilidades de los sacerdotes. Esto hoy tiene una trágica y extraordinaria actualidad. Últimamente el mismo papa Benedicto XVI lo ha repetido en varias ocasiones y no se ha ahorrado ocasión para hacerse co-responsable de los pecados sacerdotales y de pedir perdón de los mismos como si fueran suyos. Son muchas las preocupaciones que le han caído y que le hemos echado encima y muchos los medios que continuamente se lo recuerdan o acrecientan, intentando responsabilizarle de todo lo negativo hasta del último bautizado y singularmente de los fallos sacerdotales.

    Incluso entre los mismos sacerdotes o religiosos- ya lo indicaba el mismo santo Maestro Ávila y lo recordábamos al hablar de las divisiones y críticas internas- se han permitido culpabilizarlo de todo olvidando que si el papa es padre de todos, los sacerdotes somos hermanos: pecadores y santos, héroes y cobardes, tímidos y audaces. Como si la tan traída y llevada corresponsabilidad no contara a la hora del pecado. Como si sirviera solamente para plácidos diálogos de tarde serena que desemboca en una cena gustosa y apacible.

    El papa Benedicto XVI, con motivo de los últimos pecados clericales, está cumpliendo al pie de la letra lo que escribe Juan de Ávila en el Tratado Segundo de Reforma: “Si el Señor no permitiese que no muera su cuerpo muerte de cruz sobre este negocio, a lo menos tome su ánima la manifestación de la cruz, cosa muy necesaria si quiere remediar la perdición de la Iglesia. Hondas están nuestras llagas, envejecidas y peligrosas, y no se pueden curar con cualquier remedio. Y si nos ha de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos han de curar. Y como el Papa sea el mayor (médico) de ellos. Hanle de caber a él, si quiere gozar de nuestra salud, los mejores trabajos, porque de nuestra cruz o de mortificación de ellos no puede escapar”.

    Negocio, por tanto, en el que no ha de quedar solo ni debemos dejar solo como a veces vemos que se le deja y como señala el mismo Maestro Juan de Ávila: “Porque de este corazón, aunque uno, siendo mortificado como he dicho, nacerán innumerables corazones, que ofrecerán a Dios, tras él y con él, mortificados a sí mismos y vivos a Dios. ¿Quién habrá que no siga al Vicario de Cristo viendo que él sigue a Cristo?. ¿Quién de los eclesiásticos osará vivir como quiere viendo a su príncipe vivir vida de cruz por bien de la Iglesia?... Callarán entonces los ladridos de los herejes, que toman ocasión de serlo los malos ejemplos…”.

    Y termina el santo: Unirse han con él, como con su cabeza, con tan fuerte lazo de amor. Que ni aun la espada los aparte de su pastor…”.

    Como ha insistido Juan de Ávila en la selección de los candidatos al sacerdocio, incidirá también en la selección para la “dignidad obispal que sea tal que pueda engendrar hijos espirituales a Dios, pues es esposo de la Iglesia, y en señal de ello trae anillos en sus manos. Y no es razón que él sea esposo y otros engendren los hijos”.

    Para nosotros, sacerdotes, tiene especial valor en este momento histórico las expresiones del Maestro Juan de Ávila invitándonos a escuchar la palabra del papa que es “cabeza para consuelo de los fieles” y “luz para discernir la verdad”.

    Podemos sintetizar con palabras de uno de los expertos del santo Maestro: “Ávila sabe ser exigente en los ideales, delicado en las palabras; y en otros u otras hará gala de su honda fe en lo que significa y representa el Vicario de Cristo”.

     

    III.-TENÍA FE EN SU ELECCIÓN SACERDOTAL

    3.1 Clara identidad sacerdotal

    El papa Pablo VI lo dijo claramente en la homilía anteriormente citada: “Es providencial que se evoque en nuestros días la figura del Maestro Ávila por los rasgos de su vida sacerdotal, los cuales dan a este Santo un valor singular y especialmente apreciado por el gusto contemporáneo… Ante la crisis de identidad, Juan no tiene duda… Tiene conciencia de su vocación. Tiene fe en su elección sacerdotal… Esta certeza de su identidad sacerdotal es la fuente de su celo sereno, de su fecundidad apostólica, de su sabiduría de lúcido reformador de la vida eclesiástica y de exquisito director de conciencias. San Juan de Ávila enseña al menos esto, y sobre todo esto, al clero de nuestro tiempo: a no dudar de su ser sacerdote de Cristo, ministro de la Iglesia, guía de sus hermanos”.

    Juan de Ávila en su Primer Memorial analiza cuestiones concretas y de gran trascendencia para la reforma de la Iglesia: selección de las vocaciones, formación en el seminario con experiencia pastoral para ser párrocos, confesores y predicadores; formación para vivir la castidad, educación desde la niñez, vocaciones de niños y de adultos. Analiza asimismo algunas cuestiones concretas de la vida clerical y pastoral: edad de la recepción de las Órdenes, división de parroquias y diócesis, grupos de predicadores que recorran el obispado, estudio serio de la teología partiendo de la Sagrada Escritura, los Padres, Concilios; aquella insinuación acerca de un estudio especializado de la Sagrada Escritura, como un adelanto de Instituto Bíblico.

    Con toda su doctrina el Maestro Juan de Ávila deja perfilada la imagen que desea del clérigo docto y santo, una de las aspiraciones por las que trabajará toda su vida. Preparar sacerdotes, formar pastores. Esta fue, como dice su primer biógrafo y mejor discípulo Fray Luis de Granada, y aludiendo a la fundación de la Universidad de Baeza, a la que deseaba dar un estilo marcadamente sacerdotal ya “Este fue uno de los negocios más deseados y procurados por este Padre; porque desde el principio de su predicación siempre entendió que convenía doctrina, así para enseñar a mozos como para criar clérigos virtuosos. Y tratando desto y viendo que del mundo no se podía esperar este beneficio, solía decir: tengo de morir con este deseo. Más después que en aquel tiempo llegó a su noticia el instituto de los Padres de la Compañía de Jesús, que era conforme á lo que él deseaba, alegróse grandemente su espíritu, viendo que lo que él no podía hacer sino por poco tiempo y con muchas quiebras, había nuestro Señor proveído quien lo hubiese ordenado tan perfectamente y con perpetua estabilidad y firmeza”.

    En cuanto al estilo de vida, la Escuela Francesa se inspirará en la suya; en el campo formativo San Carlos Borromeo, San Juan Eudes, San Alfonso María de Ligorio, el Beato Manuel Domingo y Sol y tantos otros comprometidos personal e institucionalmente no sólo a la promoción de las vocaciones sacerdotales sino también a la atención y cuidado de los sacerdotes como en España lo hizo y continua haciéndolo
    Centros estudio, revistas especializadas, delegaciones del Claro, centros de formación permanente y otros.

    3. 2.-Sin otro título que el de ser sacerdote diocesano

    Como se aprecia en la trayectoria personal del Maestro Juan de Ávila todo lo hizo desde la única plataforma de ser sacerdote diocesano. El sacerdocio fue el eje alrededor del cual giró toda su vida y su ministerio. Al sacerdocio dedicó sus mejores energías pastorales tanto en sus escritos de reforma como en sus iniciativas creando colegios para la formación de clérigos y promoviendo un estilo de vida sacerdotal
    Basado en la oración, el estudio, la predicación y la vida en común de sus discípulos.

    Luis Sala Balust, que será para siempre el gran avilista, lo hace motor de la gran corriente de renovación espiritual del Siglo de Oro español y fuente de la más exuberante floración mística que reconoce la historia de la Iglesia.

    Sin otro título es el doctor por antonomasia de la santidad sacerdotal. Ve al sacerdote de manera completa y le pide apasionadamente, como nadie hasta entonces lo había hecho, santidad de vida sacerdotal. Siendo solamente sacerdote, como escribe otro sacerdote diocesano ilustre, el llorado Baldomero Jiménez, “en vida agrupó en su torno, por unas u otras causas, una serie de figuras cuya grandeza es sencillamente abrumadora… Una constelación de santos Semejantes alrededor de un hombre, no se ha dado nunca en la historia de la espiritualidad cristiana. A pesar de sus limitaciones, que las tuvo, Juan de Ávila es un genio del cristianismo y de la cultura humana en general”.

    San Juan de Ávila, como reconoce monseñor Esquerda, “pocos doctores de la Iglesia han tenido tanta influencia como él”.

    San Juan de Ávila, Maestro y santo. Sin otro título que el ser un sacerdote nacido en la Mancha española, formado en Salamanca y Alcalá, apóstol de Andalucía, fuente y culmen de la espiritualidad sacerdotal. Maestro de maestros, Doctor de la Iglesia universal.

     

    CONCLUSIÓN

    Juan de Ávila no es religioso, sino un sacerdote secular. Escribe en castellano para ofrecer a todos el camino de la perfección. Su doctrina y experiencia quedan sistematizadas principalmente en el Audi, filia (1556).

    Todo lo centra en el misterio de Cristo. La unión con él se alcanza mediante el diálogo amoroso, que parte del humilde conocimiento de sí mismo a través de la lectura, la meditación y el examen de conciencia. Hay que buscar a Dios en la realidad humana.

    Además de sus escritos y fundaciones educativas, puso en marcha un “movimiento” de presbíteros, sin estructura jurídica y que nunca cristalizó ni en “escuela” propiamente dicha ni en una “congregación”. Más bien creó un espíritu, basado en un estilo de vida apostólica, dedicados a la docencia y a la catequesis, a la predicación y a las misiones populares.

    En sus cartas 5 y 225 propone un plan de vida para los presbíteros en las cuales deja bien claro cuales son “momentos” más importantes de su vida, las virtudes a ejercitar, la distribución de los tiempos. Hoy lo llamaríamos proyecto de vida personal.

    Juan de Ávila llena el corazón espiritual de su siglo. Puso mucha luz a través de sus escuelas, universidad de Baeza, grupos de sacerdotes .

    Su declaración ya muy próxima como Doctor de la Iglesia, será una nueva oportunidad para descubrir su doctrina y dejarnos iluminar por la luz de su ministerio sacerdotal

     

     

     

    Juan de Ávila, Escritos sacerdotales, Madrid, BAC, 2002, 1.

    Obras Completas I, BAC, Madrid, 2000, 906.

    Obras, I, n. 11. BAC, 906-907.

    Tratado del Amor de Dios, Obras I, 951-952.

    Plática 4ª, Obras, I, 852.

    Sermón 51.

    Plática 2ª, n. 19. BAC I, 810-811.

    Plática 1ª, n. 12, Obras I, 984.

    Tratado Primero de Reforma,,n.12ç. Obras II, 492.

    Por ejemplo en los sermones 2, 18, 73 y singularmente en el Tratado sobre el sacerdocio.

    Obras II, 487, 490-92 y 494.

    N. 3, Obras I, 910.

    Cf. Carta 15.

    El Paulismo de Ávila en Gergorianum 51 (1970) 615-647; cf. también A. Huerga: Beato Ávila, imitador de San Pablo, en Teología Espiritual 9 (1965) 247-291.

    Vida, I, 3º, c. 14.

    Vida, p. 283.

    Obras I, 967-971.

    Obras I, 541-542 y II 522.

    Obras II, 500.

    San Juan de Ávila en su tiempo, en Surge, vol. 44, núm. 461-462 (marzo-abril 1986) 131.

    Sermón 33, Obras III, 412.

    Gal. C. II, n.16, Obras II, p. 60.

    Carta 190, Obras IV, p. 634.

    Obras II, 555-556; Segundo Tratado de Reforma n, 41.

    Id, n. 42.

    Plática 9ª, 2 y Carta 9.

    I. Tellechea, o.c.

    Homilía del 31 de mayo de 1970 m en la canonización de San Juan de Ávila.

    Cf. Vida, pp. 296-297.

    B. Jiménez Duque, El Maestro Juan de Ávila. Bac popular, 1988, 220.

    En Introducción a la doctrina de San Juan de Ávila. Bac, 2000, 529.

    Cf. M. de Andrés, Historia de la Mística de la Edad de Oro en España y América, BAC, 1994, 306-308.