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SER SACERDOTES EN EL NUEVO MILENIO

- I -

EL ENCUENTRO CON CRISTO

  1. Introducción y saludo

¡Queridos Amigos, Hermanos muy queridos en la gracia del bautismo, del sacerdocio y del episcopado!

Ante todo quiero decirles por qué estoy con Ustedes, aquí en México. La respuesta es simple: hace tres años, en la Plaza de Toros de Ciudad de México, he hablado a más de cincuenta mil jóvenes. Ha sido una experiencia inolvidable para mí: no podré olvidar jamás lo que me han dicho aquellos jóvenes: “¡Obispo Francisco, ya eres mexicano!” Desde entonces puedo decirles que hay un lugar particular en mi corazón para México y para toda América Latina.

¿Con qué fin he venido hasta aquí, en estos días? También aquí la respuesta es simple: he venido por nuestra santificación, que es la cosa más urgente que el Señor quiere de nosotros sacerdotes para el nuevo milenio: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1Ts 4, 3). Como bien saben, la carta de la que está tomada esta frase, dirigida a los cristianos de Tesalónica, es el escrito cristiano más antiguo. El apóstol Pablo desde el inicio ha querido decir la cosa más importante y necesaria, y hoy nos la sigue repitiendo.

¿Cómo articularé éste encuentro con Ustedes? Recorreré cuatro etapas, como cuatro arcos de un puente entre el pensamiento y la vida vivida. La primera etapa trata del encuentro con Cristo: del encuentro con Él nace la conversión para ser padres y pastores. Esta es la segunda etapa. La tercera se refiere a la comunión eclesial, de la que brota la nueva evangelización o la misión. Esta será la última etapa. Mi itinerario con Ustedes va por tanto “del encuentro con Cristo a la solidaridad con todos”, como se titula precisamente la bella “Carta pastoral” de los Obispos mexicanos, en la que quisiera inspirarme.

  1. El encuentro con Cristo en mi vida

El primer punto de mi primera etapa parte de un texto de Mateo: “Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y sígueme” (Mt. 19,21). Es el mensaje de Juan Pablo II a los jóvenes de Tor Vergata: “No tengan miedo de ser los santos del nuevo milenio” (18 de agosto de 2000). A Ustedes sacerdotes aquí reunidos quiero decirles análogamente: ¡no tengan miedo de ser los sacerdotes santos del nuevo milenio!

  1. Quisiera iniciar esta reflexión sobre la llamada a la santidad con un examen de conciencia muy personal: en mi vida, y también ahora como cardenal, he tenido y tengo miedo de las exigencias del Evangelio, tengo miedo de la santidad, de ser santo. Me gustan las medias medidas (“medias tintas”); por el contrario Cristo me pide a cada minuto amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas, con todo mi ser. Cada día he vivido momentos como aquellos del joven en el Evangelio que se va triste porque tiene muchos bienes.
  2. En mi vida he predicado mucho, a todas las categorías de personas, pero a veces no he osado pedir la santidad. He hablado del gozo, de la esperanza, del compromiso, pero he tenido miedo de hablar de la santidad, como si fuese algo que la gente no puede comprender o aceptar como posible. He subestimado la buena voluntad de la gente y la fuerza de la gracia del Señor.
  3. Yo he estado en prisión más de trece años: he tenido momentos duros, en ocasiones muy duros. Tantas veces no he osado pensar en la santidad: he querido ser fiel a la Iglesia, no renegar nunca y en nada de mi elección. Pero no he pensado suficientemente en ser santo, mientras que Cristo en verdad ha dicho: “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto” (Mt 5,18).
  4. Este año me operaron para extirparme -al menos parcialmente- un tumor. Me han quitado dos kilos y medio del tumor; quedaron en mi vientre cuatro kilos y medio, que no pueden ser extirpados. Y yo he tenido miedo de ser santo con todo esto: esto ha sido mi sufrimiento. Sin embargo, eso ha durado sólo hasta el momento en que he visto la voluntad de Dios en todo lo que me sucedía y he aceptado llevar este peso hasta la muerte, y en consecuencia no poder dormir más que una hora y media cada noche. Aceptando esto ahora estoy en paz: ¡en su voluntad está mi paz! Hasta cuando Dios lo quiera, quiero ser como Él quiera de mí y para mí.

2. ¿Quién es Cristo que viene a mi encuentro?

En la Sagrada Escritura frecuentemente oramos con el Salmista: “Oh Dios que brille Tu rostro” (Sal. 80,4) o “Busco Tu rostro” (Sal. 27,8). Y esto sin fin, hasta el día en el cual podremos ver a Cristo cara a cara.

Un día los carceleros me preguntaron ¿quién es Cristo Jesús? ¿Por qué tú sufres por Él? También los jóvenes me han preguntado con frecuencia: ¿quién es Jesucristo para Usted y cómo es posible que Usted haya dejado todo por Él? Usted podía tener casa, familia, bienes, un buen porvenir y ha dejado todo por seguir a Jesús: ¿quién es entonces Jesús en su vida? Es difícil decir las cualidades de Dios: son trascendentes. Él es omnipotente, omnisciente, omnipresente… Me parece más fácil decir los defectos de Jesús: algunos de ustedes quizá han oído hablar de los cinco defectos de Jesús, de los cuales he tratado en los ejercicios espirituales a la Curia romana. Algunos Cardenales y Obispos después de esta meditación me han preguntado dónde estarían los otros defectos. Hoy, si quieren, les digo también los otros.

Los cinco defectos de los que hablé a la Curia son: Jesús no tiene buena memoria, porque en la Cruz el buen ladrón le pide acordarse de él en el Paraíso y Jesús no responde como habría respondido yo “haz primero veinte años en el purgatorio”, sino que al momento le dice que sí: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23, 43). Con la Magdalena hace lo mismo, e igualmente con Zaqueo, con Mateo, etc: “Hoy ha entrado la Salvación a ésta casa”, dice a Zaqueo (Lc. 19, 9). Jesús perdona y no recuerda qué ha perdonado. Este es el primer defecto.

El segundo defecto es que Jesús no conoce las matemáticas: un pastor tiene cien ovejas. Una se ha perdido: deja las noventa y nueve para ir a buscar la que se le perdió y cuando la encuentra la lleva sobre sus espaldas para regresarla al redil. Si Jesús se presenta al examen de matemáticas seguramente lo reprueban porque para Él uno es igual a noventa y nueve.

El tercer defecto de Jesús es que Él no conoce la lógica: una mujer ha perdido una dracma. Enciende la luz para buscar en toda la casa la moneda perdida y cuando la encuentra va a despertar a las amigas para invitarlas a festejar con ella. Se ve que es verdaderamente ilógico su comportamiento, porque sabiendo que la dracma de cualquier forma estaba en la casa, habría podido esperar a la mañana siguiente y dormir. En vez de esto, busca rápidamente, sin perder tiempo, de noche. Por otra parte, despertar a las amigas no es menos ilógico: y también la causa por la que festeja -el haber encontrado una dracma- no es tan lógica. En fin, para festejar una dracma encontrada deberá gastar más de diez dracmas… Jesús hace lo mismo: en el cielo el Padre, los ángeles y los santos tienen más gozo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia.

El cuarto defecto es que Jesús parece ser un aventurero: habitualmente un político para las elecciones hace propaganda y promesas: que la gasolina costará menos, las pensiones y los salarios serán más altos, habrá trabajo para todos, no habrá más inflación… Jesús, por el contrario, llamando a los apóstoles, dice: “Quien quiera venir detrás de mí, deje todo, tome su cruz y sígame” (Mt. 16,24). Seguirlo, sí, ¿para ir a dónde? Los pájaros tienen un nido, las zorras una madriguera, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza… Seguir a Jesús es una aventura: hasta la extremidad de la tierra, sin coche, sin caballo, sin oro, sin medios, sin bastón, únicamente con la fe en Él. ¿No les parece que sea un auténtico aventurero? Y todavía, desde hace veinte siglos, somos muchos para entrar en la asociación de sus aventureros, como Él, con Él.

El quinto defecto de Jesús es que no conoce de economía y finanzas, porque va a buscar a aquellos que trabajan a las tres y a las seis y a las nueve y paga a los últimos igual que a los primeros. Si Jesús fuera ecónomo de una comunidad o director de un banco, quebraría, porque paga lo mismo al que trabaja menos y al que ha hecho todo el trabajo.

A estos cinco defectos, quisiera añadir todavía otros nueve. El sexto es que Jesús es amigo de publicanos y de pecadores: como ustedes ven, ¡frecuenta las malas compañías! El séptimo es que le agrada comer y beber: lo acusan de ser un glotón y un bebedor. Después, y es el octavo defecto, parece un demente: los parientes mismos piensan así de Él y ante Pilato le echan encima una túnica blanca para decir que está demente. El soldado romano le dice: “Tú has salvado a los otros, si eres Dios baja de la cruz, sálvate a ti mismo” (cf. Mt. 27. 40. 42). Aquel loco que es Jesús no lo hace.

El noveno defecto es que Jesús llama a los pequeños singularmente, mientras que la gente ama la masa, la gran multitud: va en busca de la Magdalena, de la Samaritana, de la Adúltera… La “carta magna” de Jesús -las bienaventuranzas- aparece como un fiasco: felices los pobres, los oprimidos, los afligidos, los perseguidos, etc. Jesús ama todo esto: ¡quien lo sigue debe ser loco como Él!

El décimo defecto es el fracaso continuo: su vida está llena de fracasos: echado de su pueblo es derrotado, perseguido, rechazado, condenado a muerte… Más aún, y es el undécimo defecto, es que Jesús es un profesor que ha revelado el tema del examen: ¡si fuera un maestro pronto lo hubieran despedido! El tema del examen y su desarrollo es descrito con precisión por Él: vendrán los ángeles, convocarán a los buenos a la derecha, los malos a la izquierda, y todos serán juzgados sobre el amor (cf. Mt. 25. 31). ¡Conociendo esto, todos podrían ser aprobados! El duodécimo defecto es que Jesús es un Maestro que tiene demasiada confianza en los otros. Llama a los apóstoles casi todos iletrados, y ellos lo renegarán. En el tiempo continuará a llamar gente como nosotros, pecadores. El camino de Dios pasa por los limites humanos: llama a Abraham, que no tiene hijos y es un viejo; llama a Moisés, que no sabe hablar bien; llama a doce hombres mediocres e ignorantes, y de ellos uno lo entregará; y para llamar a los paganos elige a un violento y un perseguidor, Saulo; y en la Iglesia continúa a actuar así… Jesús es un temerario incorregible: por eso me ha elegido a mí, por eso los ha elegido a ustedes, a nosotros pobres pecadores. ¡Jesús es un verdadero incorregible!

El decimotercer defecto es que Jesús es muy imprudente: se dice que para ser un líder es necesario prever. Jesús no prevé: sobre todo no prevé la muerte de sus discípulos. Reclama de ellos la fidelidad hasta la muerte: pero no parece ocuparse de lo que viene después… Jesús trasciende la sabiduría humana: ¿qué sucederá, cuando todos estén muertos, a ellos y a aquellos que vendrán después de ellos? El decimocuarto defecto es la pobreza: de ella el mundo tiene mucho miedo. Hoy se habla tanto de lucha contra la pobreza: Jesús ha vivido sin casa, sin seguro, sin depósitos, sin tumba, sin herencia, humana y materialmente sin seguridad alguna.

Estos catorce defectos pueden ser objeto de un verdadero y propio vía crucis, con sus catorce estaciones para meditar. En el mundo no existe una calle con el nombre de Jesús; existe la Plaza Pío XII, Plaza Cardenal fulano, pero no existe una Plaza o calle Jesús de Nazaret. Su calle es este camino de la Cruz, cargado de sus defectos, que estamos llamados a hacer nuestros…

3. Y nosotros hemos creído en Su amor

Me preguntarán: ¿por qué Jesús tiene estos defectos? Respondo: ¡Porque es Amor! Y el amor auténtico no razona, no pone limites, no calcula, no recuerda el bien que ha hecho y las ofensas que ha recibido, jamás pone condiciones. Si hay condiciones, no hay amor. Cuando medito sobre este amor de Jesús, me acuerdo de la historia de un científico, que se llama Frank Denton: es el ingeniero que hizo el proyecto de la primera nave espacial enviada a la luna. En esta nave había dos cápsulas, y para moverse en ellas había dos tubos de oxígeno. En cada uno de estos dos tubos estaba escrito: J3, 16 y J3, 17, respectivamente. Los colegas le preguntaron: ¿qué significaban estos escritos en códice? Él respondió que no era importante. Los otros insistieron. Al final Denton dijo: no es ningún secreto. Yo soy católico y en mi vida hay dos frases del Evangelio que me han orientado más que todas. Juan capítulo 3, versículo 16, y Juan capítulo 3, versículo 17: “Dios ha amado tanto el mundo que ha enviado a su unigénito para salvarlo” y “Dios no ha enviado a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo”. Yo pienso que este testimonio dice con gran simplicidad qué significa el encuentro con Jesús, que puede ser todo para nosotros, la verdadera llave de nuestra vida, el oxígeno que nos hace respirar, para la vida del tiempo y de la eternidad. También para nosotros sacerdotes y obispos.

El sacerdote de este nuevo milenio es aquel que ha encontrado a Jesús y en el que el pueblo puede encontrar a Jesús. Cuando medito sobre esto, siento mi corazón lleno de felicidad, de gozo y de paz. Espero que al final de mi vida -cuando seré juzgado sobre el amor- Jesús me reciba como al último trabajador de su viña, al que da la misma recompensa del primero, diciéndome como al ladrón arrepentido: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. Yo con Zaqueo, con la Samaritana, con la Magdalena, con Agustín y todos los otros cantaré la misericordia por toda la eternidad, admirando eternamente las maravillas que Dios reserva a sus elegidos. Me alegro por tanto de ver a Jesús con sus defectos que son, gracias a Dios, incorregibles y que son el gran motivo de mi esperanza.

¡Muy queridos hermanos en Cristo! No me gusta mucho el Cristo Rey en su Majestad, sino que prefiero al Jesús de Pedro sobre la barca, al Jesús que llama a la Magdalena por su nombre: ¡María!, Y que a la adúltera le dice “Tampoco yo te condeno”, el Cristo de los pequeños, de los simples, de los pobres, tan cercano a nosotros sacerdotes, que a todos nosotros nos dice: “Vengan a mi todos los que están fatigados y cansados, y yo los aliviaré”, y que me dice: “¡Francisco, todo lo mío, es tuyo!” Deseo que ninguno me eche, alejándome de Ti. Quiero poder verte de cerca, beber tu cáliz, reposar la cabeza sobre tu pecho, escucharte decir: “Francisco, quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn. 14,9)

¡Queridísimos hermanos, Jesús no nos llama a ser todos doctores, profetas, o a hablar las lenguas, sino que nos dona la gracia de ser santos, ¡también si yo soy pecador! ¡No tengan miedo! ¡Porque donde abunda el pecado, allí sobreabunda la gracia! Les suplico: No tengan miedo de ser santos, los sacerdotes santos del nuevo milenio. Y para serlo se necesita sólo una cosa: ¡el amor!


- II-

CONVERSIÓN A CRISTO PARA SER CON EL PADRES Y PASTORES

1.         En el diálogo reportado en el capitulo conclusivo del Evangelio de Juan, Jesús interroga a Pedro acerca del amor: Y es con relación a la triple confesión de amor que le confía Su grey: “¿Me amas? –¿me amas más que estos?- Apacienta a mis corderos – Apacienta mis ovejas” (cf. Jn. 21, 15-19). El “buen Pastor” (Jn. 10,11), que da la vida por las ovejas, hace de Pedro el Pastor, llamado a ser tal por la fuerza del amor con el cual se dona a cuantos le son confiados. La espiritualidad del obispo y del presbítero –que puede ser reconocida en la identidad del Pescador de Galilea que se volvió el príncipe de los Apóstoles– es de ser Pastores, con las características de amor que Cristo ha vivido y ha donado a cuantos ha llamado a guiar y apacentar a su grey. El diálogo entre Jesús y su apóstol se revive en el acto de la ordenación, cuando el obispo, signo de Cristo Pastor, pregunta a los ordenandos: “¿Quieren ejercitar por toda la vida el ministerio sacerdotal en el grado de presbíteros, colaborando con el obispo en el servicio del pueblo santo de Dios bajo la guía del Espíritu Santo?” A la respuesta afirmativa añade otras preguntas relacionadas al fiel seguimiento de Jesús en la vida de oración y santificación del pueblo de Dios, al ministerio de la Palabra, a la unión enamorada con Cristo y a la plena comunión con la Iglesia. Del sí a estas preguntas nace la identidad existencial del ministro ordenado, marcada por las características que brotan de la unión con Cristo Sacerdote.

La primera de estas características es la intimidad, la relación de amor y ternura profundamente sincera: como el Buen Pastor conoce a sus ovejas y estas lo conocen a Él, así el Pastor está llamado a vivir la escucha y la comprensión profunda de aquellos que le son confiados para que ellos, a su vez, se pongan en escucha de amor hacia él. Una relación semejante exige la atención a cada una de las ovejas de la grey, hecha de búsqueda, de acogida y de perdón: el gran Pastor está, por lo tanto, inseparablemente unido al “Buen Pastor”, como el término griego “kalos” nos hace entender con sus dos significados: “Ubi amor, ibi oculus” donde hay amor de Pastor, allí está la mirada capaz de reconocer, llamar, acoger, regenerar.

            La fuente profunda de este estilo pastoral reside en la elección de dar la vida por las propias ovejas: como Jesús se ha entregado a sí mismo a la muerte por nosotros pecadores, así el obispo o el presbítero que se esfuerce por ser buen Pastor está llamado a gastarse sin reservas, generosamente, en un éxodo de sí sin retorno, que es la verdadera esencia de su caridad pastoral. No importa que en este movimiento de amor se dé reciprocidad, lo que cuenta es el don total, la entrega generosa, que irradia la gratuidad del Dios vivo, el cual “no nos ama porque seamos buenos y bellos, sino que nos hace buenos y bellos porque nos ama” (San Bernardo). Un amor semejante impulsa a la evangelización de todo el hombre y de todos los hombres: ese amor vive de un impulso de generosidad tal, que no puede detenerse frente al rechazo, a la indiferencia o a la lejanía, sino que quiere alcanzar a todos y a cada uno, especialmente a las ovejas que no están todavía en el redil, para estrechar también con ellas la relación del amor que hace nuevo el corazón y la vida. La meta de este impulso es la misma unidad trinitaria: “Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que ellos también sean una sola cosa, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn. 17, 21). El buen Pastor tiene en los ojos y en el corazón la belleza de Dios Trinidad santa y a ella conduce a sus ovejas, sobre ella plasma su grey y hacia ella tiende todo el compromiso de la inteligencia, del corazón, de la vida.

2.-        Esta belleza ha aparecido en la historia en Jesús, el “Pastor bello”, que ha dicho de sí mismo: “Quien me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado” (Jn. 12, 45). Es Él la imagen radiante del Padre: y en Él el obispo y el presbítero pastor participa a la misma fuente de la vida, la paternidad de Dios. A este propósito el Concilio Vaticano II ha afirmado: “los fieles deben adherirse al obispo como la Iglesia a Jesucristo y como Jesucristo al Padre, a fin que todas las cosas sean acordes en la unidad, y crezcan para la gloria de Dios” (Lumen Gentium, 27). “El obispo, mandado por el Padre de familia a gobernar su familia, tenga ante sus ojos el ejemplo del buen Pastor, que ha venido no para ser servido sino a servir” (cf. Mt. 20, 28; Mc. 10, 45) y a “dar la vida por las ovejas” (cf. Jn. 10, 11)” (ib.). “Ejercitando la función de Cristo cabeza y pastor en la parte de autoridad que les corresponde, los presbíteros, en nombre del obispo, reúnen a la familia de Dios como fraternidad animada en la unidad, y la conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo” (Presbyterorum Ordinis, 6). “Los fieles, por su parte, tengan conciencia de la deuda que tienen en la relación con los presbíteros, y por lo tanto, trátenlos con amor filial, como sus pastores y padres, y además, compartiendo con ellos sus preocupaciones, esfuércense, en cuanto es posible, por ser de ayuda a sus presbíteros con la oración y con la acción, en modo que ellos puedan superar más fácilmente las eventuales dificultades y realizar con mayor eficacia sus propios compromisos” (ib. 9).

            En Cristo Jesús, enviado del Padre, tanto el obispo como el presbítero, son llamados a reconocer en el Padre la fuente de su identidad y misión y a presentarse a los suyos como el padre de familia, el icono viviente de Aquel que es la fuente eterna e inagotable del amor, Dios Padre que “ha amado tanto al mundo que le ha dado a su Hijo unigénito” (Jn. 3,16). Deseo recordar a propósito un pequeño episodio del que me he dado cuenta. Un día dos jóvenes sacerdotes franceses pasaban por la Plaza San Pedro para ir a la audiencia privada con el Santo Padre. Un vagabundo (barbone) los detiene y les pregunta: “¿Adónde van?”. A la respuesta que le dieron “Con el Santo Padre” él añade: “¿Puedo mandar un mensaje al Papa?” Díganle que aquí está un sacerdote renegado”. Los dos jóvenes así lo hicieron, y rápidamente el Papa les pidió que le llevaran a aquel vagabundo. Ellos lo buscaron y cuando finalmente lo encontraron se presentaron con la Guardia suiza para ir con el Papa. Naturalmente, a falta de un pase de autorización, los gendarmes les pusieron dificultades hasta que una llamada telefónica de la secretaria del Santo Padre autorizó la visita. Apenas Juan Pablo II vio al vagabundo que los dos jóvenes sacerdotes le presentaron como un sacerdote, se arrodilló y le dijo: “Padre, Tú tienes las facultades, deseo confesarme”. Emocionados, los dos jóvenes salieron y sólo Dios conoce el diálogo que se desarrolló entre el Papa y el sacerdote vagabundo. ¡Así actúa un padre!

            Es justo que el pueblo de Dios espere tanto del obispo, como del presbítero, que sea un verdadero Padre, transparencia del único Padre celestial revelado por el gran Pastor Jesús: al obispo, como al presbítero, los hombres le piden como le han pedido a Jesús: “muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn. 14,8). A ellos el Pastor debe poder responder con temor y temblor, pero también con mucha fe, lo que respondió Jesús a Felipe: “¿Hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conocen, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decir: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre esta en mí? Las palabras que yo les digo, no se las digo por mi cuenta, es el Padre que está en mí que cumple sus obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; al menos, créanlo por las obras mismas” (Jn. 14, 9-11). La paternidad del obispo, como la del presbítero, en lo cotidiano de su estilo de vida, de sus palabras y de sus gestos debe ser la revelación del amor del Padre celestial, que Jesús nos ha hecho accesible y que ha querido ofrecer por medio de sus discípulos a toda criatura.

            Para que esto sea posible, el ministro debe reconocer y hacer reconocer siempre su verdadera riqueza y su verdadera pobreza: si Dios es Su riqueza, ningún bien de este mundo debe interponerse para oscurecer este tesoro, aunque este sea llevado en vasijas de barro. La pobreza es el estilo de vida de quien quiere ser rico sólo de Dios: el gran Pastor es pobre de todo, para ser transparencia de la perla preciosa, del tesoro escondido, que vale más que todo y viene amado por encima de todo. Y es en esta pobreza que el obispo, y el presbítero, se ofrece como verdadero Padre, totalmente donado a su pueblo, disponible en todo, para todos, hasta el sacrificio de la vida misma, en una radicalidad que puede hasta asustar. ¿Quién podrá ser padre así? ¿Quién podrá dar todo, verdaderamente todo? Nos conforta la seguridad que nos da Jesús y su promesa: “el Padre mismo los ama” (Jn. 16, 27). Si es Él quien nos ama, que ama a todos, que hace posible un amor que de otra manera seria imposible, entonces cada ministro ordenado sabe de poder ser padre con el corazón de Dios, de poder amar en Aquel que ama a todos, que no excluye a ninguno.

3.         El obispo, grande y buen Pastor, es por tanto el padre de su pueblo: el signo de Cristo Pastor es también imagen viviente del Padre de Jesús. Esto vale análogamente también para el presbítero. Para vivir hasta el fondo este misterio de amor, el Señor ha querido darnos una Madre, que con su fe es para nosotros modelo e invitación y con su mediación materna nos ayuda. Todo discípulo se reconoce en el discípulo amado a los pies de la Cruz, y en modo particular allí se reconoce el ministro ordenado, Pastor y Padre: a él llegan las palabras de Jesús, que “viendo a la madre y a su lado el discípulo que Él amaba, le dice a la madre: ¡Mujer, he ahí a tu hijo! Y al discípulo, ¡he ahí a tu madre!” (Jn. 19,26s). A María el obispo, como el presbítero, se encomienda como hijo humilde y confiado, poniéndola al corazón de su corazón y al corazón de la Iglesia: y María a su vez lo acoge, uniéndolo en su corazón al Hijo divino, para que el obispo o el sacerdote sean una imagen transparente y fiel de Él. En los brazos de la Madre el Pastor bello (sublime) hace bellos (sublimes) a sus Pastores, y Aquel que es la imagen del Padre los hace luminosas imágenes vivientes de la caridad inagotable de su Padre celestial. Puedo decir con un testimonio muy personal que en prisión he vivido un momento en el que ya no sabía orar a causa de las enfermedades, de la debilidad y del sistema nervioso destrozado. En aquellos tiempos he dicho sólo “Ave María” cientos de veces al día, sin poder recitar el resto, para expresar mi amor a la Madre de Jesús y pedirle a Ella que distribuyera estas invocaciones por todos aquellos que tuviesen necesidad en la Iglesia y en el mundo. Fui arrestado el día de la Asunción de María en 1975 y siempre oré en los años de prisión diciendo: “Madre, si Tú ves que todavía puedo servir a la Iglesia, dame un signo: el de salir de la cárcel en un día que sea una de tus fiestas”. Fui liberado el 21 de noviembre de 1988, fiesta de la presentación que la Madre hace de Jesús al templo, ¡la respuesta había llegado! Es así como María actúa siempre, con todos aquellos que la invocan con confianza. Por lo tanto digamos a la Madre: “¡Ayúdanos, María, Madre del amor hermoso, a amar como Tú has amado. Y guárdanos en Tu amor materno, ayúdanos a ser Pastores según el corazón de Dios, verdaderos Padres del pueblo que nos ha confiado, en la caridad generosa, en la fe viva, en la ardiente esperanza que vence el dolor y la muerte. Ora por nosotros, Santa Madre del buen Pastor. ¡Amen¡”   

(Tomado de la página web del CELAM)

(continúa)