volver al inicio
 

La Vocación de Jesús...y la nuestra

(MeditaciÓn Cristologica sobre la Llamada )

II

Lorenzo Trujillo Díaz

III. PARA NUESTRA SALVACIÓN

 1. Hemos sido creados en el Verbo. El amor del Padre por el Hijo engendrado, su contemplación rendida ante Él, se traduce en el acto de “regalar” al Hijo imágenes vivientes de su gloria y de su belleza, pequeñas “holografías” libres, cada una con un nombre propio. Iconos del Icono que repiten en infinitas perspectivas la riqueza interior del Hijo amado. Como los padres humanos, que no se cansan de hacer fotografías de todos los ángulos y momentos de sus hijos, Dios refleja en nuestro ser, a diminuta y variadísima escala, la belleza de su Verbo. Y viceversa: el amor del Hijo por el Padre, su adoración obediente, recibe con gratitud el regalo paterno y lo entrega con su propia entrega personal, como homenaje a quien es el Amor Fontal; desea el Hijo ardientemente “extender” la paternidad divina (“¡santificado tu Nombre!”), hacer al Padre el regalo de innumerables hijos que él acoge y realiza como hermanos. Dada su filiación única, ni siquiera podríamos existir si el Hijo no reconociera nuestra filiación acogiéndonos como hermanos queridos. El Espíritu de Amor entre Padre e Hijo hace reales, “tridimensionales”, vivos, “en color”, las imágenes creadas en la relación paterno-filial. Somos creados en el flujo y reflujo del Santo Amor entre Padre e Hijo. Proyectos de personas teologales, gestadas en el tiempo de la Gracia que es el tiempo de la encarnación del Verbo.

2. Pero el proyecto paterno-filial ha de ser recibido, vivido, aceptado por los sujetos creados en ese tiempo o existencia. Sujetos también de su propia realización, capaces de aceptar y de rechazar; libres, en una palabra. El ser humano ha gozado desde el comienzo de la facultad de salir de la corriente de Amor que es su hábitat nativo; ha podido pedir la herencia y marcharse de la casa del Padre y de la compañía del Hijo-hermano. Fuera de la relación entre el Padre y el Hijo, el hombre camina a la irrealidad, a la autodestrucción, puesto que nada existe al margen de Dios. La encarnación del Verbo, en esta situación de pecado, es salvífica, realizadora, pero también redentora. Es una encarnación que violenta una situación de falsa autonomía y que por ello es violentada por la misma: la Cruz es inevitable históricamente hablando. El Bautismo nos injerta en el misterio de Jesús, Verbo encarnado, en su muerte y resurrección, para que, mediante el amor crucificado, volvamos a la Realidad, ahora realizada plenamente por quien es su autor.

3. Si nuestro hábitat nativo es el mutuo Amor del Padre y el Hijo, la libertad que se nos concede como proyectos de personas en el Verbo, es libertad para realizarnos como verbos emitidos (misiones) por el Padre hacia Hijo y viceversa. Si Dios pudiera compararse al novelista creador de los personajes de una trama, habría que pensar en una historia donde esos personajes gozaran de la posibilidad de rebelarse contra el autor para intentar ser, cada uno, protagonista de su propio relato (¿Niebla, de Unamuno?). Pensemos en nuestro Cervantes: su criatura querida, su “hijo único”, retrato verbal de una historia íntima de frustración asumida en tierna ironía, es sin duda don Quijote. Para destacar su imagen amable y estrambótica, para dibujar su nobleza de alma, por amor a él, el autor va creando personajes que ayudan a situar la vida del hidalgo y a desarrollar su historia; están al servicio del protagonista, pero, a la vez, en relación con ese protagonista encuentran su identidad entrañable y gloriosa; terminan siendo coprotagonistas muy individualizados y amados. Pensemos en el buen Sancho, en el ama y la sobrina, el ventero, Dulcinea, el barbero y el cura, el duque y la duquesa... y tantos otros. Pero, ¿y si Sancho, usando de la libertad de salirse de la obra, hubiera emprendido por su cuenta “La verdadera historia de un villano convertido en gobernador por méritos propios”? Habría estropeado la historia global en la cual su vida tenía sentido y realidad, y habría dificultado la realización de otros personajes. Esa es la tentación que sufre cada ser humano. Resulta difícil aceptar que sólo el Verbo es unigénito.

4. Para poder hablar de vocación, en nuestro caso, la primera condición es habitar en la Casa del Padre, es decir, no haberse uno adueñado de su vida. La vocación de los humanos no se encuentra impresa y escondida en la “caja negra” de su intimidad subjetiva: no se conoce por introspección ni se realiza en la independencia. Está fuera de él, clamando en los sucesos de cada día y en algunos muy especialmente; aparece en la historia en el momento que Dios decide. Nuestra vocación radica en la libre y progresiva aceptación del “personaje” que debemos representar para entregarnos en él a la Salvación de otros y así ser realizados como personas. “Personaje” ofrecido por el Padre para hacernos colaboradores y partícipes de la historia de amor al mundo de su Hijo amado. “Personaje”, en principio, extraño a nuestro ser inicial y provisorio. “Personaje” dado, pero abierto a la invención creativa siempre de cara al Protagonista. Ese proyecto de personas que somos, ha de pasar, libremente, por la aceptación de una misión en Cristo. Pero esa aceptación tiene su dinámica que conviene, al menos, esbozar:

4.1. Decíamos que para hablar de vocación era preciso habitar en la casa del Padre. Esto quiere decir: para oír la llamada es preciso abrir el corazón a la globalidad de “la novela”, a su nudo fundamental, a su Autor y a su Protagonista, a sus personajes necesitados. Es fundamental conocer lo que Pablo denomina el Misterio (Ef. 3, 3-7): misterio de amor del Padre que nos ha entregado a su Hijo para que, por el Espíritu, accedamos a Él como hijos. O sea, es preciso tener la misma “inspiración” del Autor, concebir su misma idea para colaborar activa, creativamente, en la obra. Esa “inspiración”  (Musa) es la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones: Él posibilita toda vocación en Cristo. Él abre los ojos de nuestra fe para que en un pequeño detalle reconozcamos la unidad y belleza del Amor y nos entusiasmemos hasta ir mucho más allá de lo pedido —¡hasta el extremo!—; para que nos sintamos en nuestra casa y no veamos la misión como algo ajeno o impuesto; para que no seamos asalariados sino hijos en la “empresa familiar”. Gracias a esta presencia podemos reconocer, en la vida externa, la invitación personalísima que empalma con los anhelos más profundos y casi siempre ignorados. Los sacramentos (Bautismo y Eucaristía radicalmente) y sus respectivas catequesis, son el ámbito donde la acción del Espíritu nos otorga la sensibilidad para el reconocimiento de la llamada como regalo presentido, esperado y agradecido de antemano.

4.2. Pero el camino vocacional no es pacífico. Dada la existencia, previa a la vocación, del sujeto libre, este cuenta con un espacio para soñarse a su propia imagen, para imaginar su posible novela al margen del Espíritu inspirador. ¿No le ha creado el Autor mismo como co‑autor asociado? En este sentido toda vocación supone la muerte de una ilusión. Utilizamos la palabra “ilusión” no en el sentido de entusiasmo o alegría, sino de fantasía. La vocación es el primer paso para nacer a la realidad personal, para despertar de la ensoñación previa al encuentro. Somos una realidad casi onírica hasta que la vocación nos muestra nuestra realidad real y salimos del sueño. Y la vocación está escondida en la Cruz, muerte de los proyectos humanos y resurrección del Proyecto humanísimo. En Cristo Crucificado advertimos la falsedad de la ilusión desde el gozo de descubrir nuestro verdadero ser. Eso acontece hoy en el sacramento de la Penitencia, encuentro humilde con la verdad sanante del Señor, que rompe las cadenas de la ilusión, y nos permite escapar del vértigo de la nada. Es una experiencia contrastada que el camino hacia la entrega que culmina en la libre aceptación de la misión pasa, de hecho, por el sacramento de la Reconciliación: paso a paso, día a día, el cristiano va conquistando su libertad para entregarla, va distanciándose de lo ilusorio y vano (pecado) para descubrir la realidad en Cristo. El descuido de la práctica continuada de este sacramento tiene mucho que ver con la insensibilidad vocacional de tantos cristianos; es síntoma de una fe aquejada de indefinición, de un cristianismo gnostizante que quiere “pasar de lado” por la fragilidad de la historia.

4.3. En consecuencia, se puede obstaculizar la resonancia de la llamada de Dios eliminando lo que es su condición de posibilidad: el conocimiento amoroso, dado por la fe explícita, del Misterio revelado en Cristo. Cuando se presenta como evangelio un proyecto de humanización, o un conjunto de valores, o un compromiso ético “creíble para el hombre de hoy”, o una simple experiencia religiosa, se está sustituyendo la llamada divina por la opción o proyección del sujeto que pretende elegir una “forma vitae” en la oferta variada del supermercado cultural (incluido el religioso). Casi es preferible que no se produzcan vocaciones en este hábitat, dadas las posibilidades de mentira que ofrecen en su desarrollo. Mi opinión personal es que, lo que realmente está frustrando la voz de Dios en nuestros días, son una catequesis y una predicación desvaídas. Las dificultades culturales, la posible voluntad del Señor de configurar nuevos ministerios, y otras causas pensables, no explican suficientemente la apropiación de la propia vida por parte de miles de jóvenes que asisten a grupos cristianos de muy diverso tipo.

5. Por la importancia que la misión tiene para cada sujeto, hemos de contemplar la posibilidad subjetiva del rechazo Nos podemos negar; no hay duda. De hecho, nos negamos muchas veces. ¿Qué ocurre entonces? Si la vocación es la forma personal definitiva, si es la entrada libre en el ámbito de relación entre Padre e Hijo, ¿quedamos frustrados para la eternidad cuando nos negamos a la vocación propuesta? No hay duda que, al rechazar la misión en Cristo desde la que Dios nos conoce y ama, ponemos en serio peligro el proyecto divino para nosotros y, en consecuencia, nuestra realización definitiva. La vocación no se puede entender como la facultad de elegir (¡opción!) entre posibilidades simétricas, igualmente buenas y opcionables: una de las posibilidades está cargada de voluntad divina, es nuestro lote y nuestra copa (Sal. 16). Entre todos hemos construido una falsedad que quienes trabajamos en seminarios y noviciados detectamos con frecuencia: “para Dios —nos dicen en la huida— lo importante es la conducta solidaria; el cómo y el dónde, la forma de vida, para Dios es indiferente; eso ya es opción libre de cada uno”. Nada más erróneo... ¡y más frecuente! El rechazo de la vocación concreta que nos es ofrecida, es un rechazo de la voluntad de Dios para nosotros, un rechazo de la Vida; puede ser el pecado originante de muchos pecados posteriores al enclaustrarse uno en una falsa personalidad soñada al margen de la realidad que es Jesucristo. Pero esta constatación, certísima, hay que matizarla.

5.1. La primera matización es obvia: si, en nuestro caso, persona y misión no son idénticas en principio, cabe, de por sí, más de una configuración (misión) para cada sujeto prepersonal. Por tanto, el amor de Dios puede volver (si quiere) sobre sí muchas veces y realizar nuevas ofertas, nuevas invitaciones. Eso sí: lo que no hará nunca será callar su voluntad y dejar que cada uno opte al margen de la Palabra. Dios puede volver y reelaborar su oferta. ¿No ocurre así, de algún modo, en el caso de Juan Marcos el evangelista (Hch. 13, 13; 15, 16-40)? Si Pablo le rechaza por negarse a la misión, Dios se vale de la comprensión de Bernabé, su pariente, para recuperar al que un día sería evangelista. ¿Habría desembocado la primera propuesta vocacional en la autoría del evangelio? No lo sabemos; quizá no.

5.2. Por otro lado, si la vocación es la oferta de un nombre (persona), en Cristo, al servicio de la historia de salvación, la vocación es siempre con-vocación. Nadie es llamado sin relación a las restantes llamadas; ninguna llamada, fuera de la del Hijo es absoluta. Esto quiere decir que más de una llamada depende de la aceptación o rechazo de otras llamadas. ¿Habría sido llamado Matías al apostolado de los Doce sin la defección de Judas? ¡Y esta pudo no darse! Perdón por la comparación, pero a veces pienso en Dios como un entrenador de fútbol que va sacando del banquillo jugadores en los que no pensó al organizar el equipo inicial; las lesiones, el cansancio de los “titulares”, circunstancias variadas, pueden obligar al entrenador a poner en juego a deportistas no programados o a pedirles tareas para las que no eran adecuados en principio: ¡cuántas veces hemos visto ponerse a un delantero la malla de portero y hacer incluso alguna parada de mérito! Me pregunto en ocasiones: ¿cuántos habremos sido llamados en Cristo Jesús porque los “titulares” fallaron? ¿Cuántos estaremos jugando en puestos para los que en principio no fuimos pensados porque otras libertades han alterado el plan? ¿Habrá vocaciones a “hacer lo que se pueda” cuando no lo hace quien puede? ¿No se puede y se debe leer vocacionalmente el pasaje de los invitados que se negaron, y de los mendigos finalmente introducidos al banquete? Pero también en sentido contrario: ¡cuántas vocaciones posibilita una vocación aceptada y realizada! Lo vemos todos los días en las familias, ministerios, etc. El santo facilita a Dios la llamada a otros, hasta “sonsaca” de Dios llamadas “nuevas”: ¡admirable el caso de los fundadores! Ya sé que Dios lo sabe todo y nunca es sorprendido. Pero estos antropomorfismos, ¿no tiene mucho de verdad si se piensan con mesura? Yo creo en la “mano izquierda de Dios” —esos caminos que no son nuestros caminos y esos renglones enderezados por la escritura divina—, en un mundo entretejido por decisiones libres y no siempre obedientes.

5.3. Abundando en el tema: ¿no habrá, incluso, “no‑vocaciones” que sean vocaciones reales, auténticas vocaciones teologales sin “título” humano? La vocación no se justifica ni por la tarea inmediata ni por el aprecio o valoración social. Pienso ahora en personas que parecen no tener misión en la vida, “excedentes de cupo” para quienes miden las vidas por su utilidad inmediata: ¿no tendrán la misión de necesitar a otros y despertarlos a la caridad, o de soportar cargas que el “titulado” no alcanza a soportar? ¿Cuántos cirineos han dado su vida para que el protagonista pudiera llegar a la última escena? Los minusválidos, disminuidos, subnormales, ¿no han ido despertando en la humanidad una afectividad que desborda la justicia afectiva? O las antiguas “titas”, solteronas que vivían en el hogar de la hermana y atendían a los abuelos, a los hijos..., sin ningún derecho sobre nadie, ¿no serán realizadas como madres de madres en la resurrección? ¿No recibirán allí la gloria de una maternidad que aquí ejercieron sin gloria y sin propiedad? O posibles vocaciones “fracasadas”: ¿no recibirán, a veces, quienes abandonan una vocación, la vocación de ejercer la nueva misión como servicio indirecto a la antaño abandonada? ¡Hasta en el fracaso vocacional puede haber una hermosa vocación al servicio de la salvación en Cristo! Son vocaciones “in pectore” que serán dadas a conocer al término del camino. ¡Es tan grandioso, tan bello, tan complejo, tan misterioso, tan libre, tan lleno de amor, el plan de Dios realizado en el Verbo por el Espíritu! 6. Nuestra vocación es, por lo tanto, la misión ofrecida cuando ya somos algo: sujetos a la espera dotados de libertad. Tiene algo de injerto y, como tal, puede generar en mayor o menor grado un cierto rechazo. Dios nos ofrece una misión al servicio del Hijo (La Misión). El resultado final de su aceptación es la configuración del sujeto libre como persona para la eternidad en Cristo Jesús resucitado. Los mártires, las vírgenes, los confesores de la fe, los fundadores, los pobres de espíritu, los misericordiosos, los pacificadores, los luchadores en pro de la justicia, no optaron por ser lo que fueron; fueron sorprendidos por la gracia y se dejaron seducir y conducir “a donde no querían”. Es imposible en este momento contrastar nuestras prácticas pastorales con lo hasta aquí expuesto; me limito a expresar una convicción: la única pastoral vocacional posible consiste en desarrollar esa disposición filial apasionada, presta a recibir la llamada y a obedecer al envío. Una comunidad bautismal (parroquia, asociación, movimiento) que no viva en sus miembros esta disposición a obedecer, a levantarse ante la invitación para decir “aquí estoy”, es muy dudoso que tenga en su seno al Espíritu Santo. Una comunidad bautismal que se limite a educar en valores genéricos de cristianismo anónimo conviene que se bautice de verdad en el Verbo de Dios y deje que el Espíritu Santo expulse a los malos espíritus de la opción ilusoria que falsifican la vida y la vacían de realidad teologal. 

(de la Revista SEMINARIOS, n. 160)