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    OBISPOS PARA EL SIGLO XXI 

    JOSE IGNACIO GONZÁLEZ FAUS

     

    1. Que los obispos sean obispos

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    Al decir que “sean obispos” quisiera devolver a la palabra toda la dignidad que tiene en la mejor tradición de la Iglesia, por su vinculación teológica con el grupo de los Doce. Que sean obispos significa, por tanto, que no sean meros peones movidos por la curia (quede claro que estoy hablando de la curia y no de la sede romana). Que se cumpla de veras la enseñanza del Vaticano II: “los obispos no deben ser considerados como vicarios del romano pontífice” (LG 27).

    San Bernardo ya avisaba a Eugenio III de que una Iglesia que fuese sólo “cabeza y dedos” sería “un monstruo”, más que el Cuerpo de Cristo. Como explicaron los obispos alemanes del s. XIX en su carta a Bismarck sobre el Vaticano I, “el papa es obispo de Roma, no de Colonia o de Breslau” (DS 3113) ni de Sao Paulo. Y el mismo Vaticano I señala como constitutivo del ministerio de Pedro el “afirmar, robustecer y vindicar” la potestad de los obispos” (DS 3061) Pero no puede afirmarse que la situación haya mejorado mucho desde la época de san Bernardo.

     

    2.Que los obispos sean apóstoles

     

    Creo que, en la actual situación eclesial, recobra un significado y una importancia nuevos la transposición que hace el evangelista Mateo de la parábola jesuánica de la oveja perdida, aplicándola a los ministros de la Iglesia. Pero habría que añadir que hoy ya no se trata de “una” oveja contra noventa y nueve, sino de noventa contra diez...

    Si la Iglesia debe seguir fiel a su misión evangelizadora, no puede seguir dejando ir (y condenando) a todas “las ovejas perdidas de la Casa del Padre” (Mt 15,24), mientras acaricia (y se deja acariciar) por  el pequeño rebaño de quienes se consideran fieles. Dicho sin parábola, esto significa que los obispos del s. XXI deberán ser hombres de frontera y no hombres de barreras. La iglesia del s. XXI necesitará muchos más “pablos” que “timoteos. Y sin embargo, ya señaló R. Brown con ironía feliz que, con los criterios de las Pastorales (que son los únicos que parecen constituir la eclesiología católica), Pablo nunca podría ser designado obispo.

    Ello implicará, en mi opinión, el esfuerzo por liderar comunidades alternativas, que puedan ser vistas como señales (“sacramentos”) de salvación, como “sal de la tierra” y como “luz de las gentes”. Alternativas porque en ellas se intenta vivir “la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia” (Bossuet), frente a la eminente dignidad de los ricos, de los poderosos y de las estrellas que vige en el mundo circundante. Alternativas no meramente por la doctrina que en ellas se enseña, sino por las “virtudes” con que se vive. Entendiendo lo de “virtudes” no en sentido ascético, sino en el sentido etimológico de “fuerzas” (virtutes). En ese contexto, los obispos no serán tanto “guardianes de un depósito” cuanto “testigos de una buena noticia”. Y esa buena noticia es, en apretado resumen, “el amor de Dios que se ha manifestado en Jesucristo” (Rom 8,39), y el desenmascaramiento del pecado de este mundo que necesita crucificar a los inocentes y a los profetas, para seguir manteniendo “su puesto y su casta” (cf. Jn 11,48).

    Todo esto, los obispos del s. XXI habrán de hacerlo sin poder, pero también sin ingenuidad: desde la condición del enviado que lo es “como ovejas entre lobos” (Mt 10.16). Habrán de saber ser sencillos como las palomas y, a la vez, sagaces como las serpientes. Para ello tratarán lo mínimo posible con los grandes de este mundo (si es que algún mínimo es aquí posible). Y si han de presidir alguna ceremonia religiosa, funeral o sacramento, serán normalmente las de los presos y de los sin-techo, no las de los poderosos de la tierra. Tampoco pretenderán montar grandes plataformas propias, con la excusa de evangelizar. Porque esas plataformas millonarias acaban suponiendo unos precios y unas reglas de juego contrarias al evangelio. Habrán de plantearse seria y razonadamente qué significa hoy todo aquello de ser enviados “sin bastón, ni alforja, ni pan ni plata, ni dos túnicas de recambio” (cf. Lc 9,3). Sin pretender que la inviable simplicidad de esos consejos los vuelve totalmente faltos de vigencia en una sociedad tan compleja como la nuestra. Sino buscando, más allá de una literalidad imposible, el significado evangélico que tienen en nuestro mundo aquellos consejos dados por Jesús a los que él enviaba.

     3. Que los obispos sean “creadores de comunidad”

     Como ya es sabido, el término griego “epi-skopos” no designa ningún tipo de poder sagrado, sino una tarea sencilla de “supervisor” de la comunidad. Antes que responsables de la ortodoxia, los obispos son responsables de la comunión: porque en las iglesias cristianas no cabe ninguna verdad al margen del amor (Ef 4,15), el cual es la verdad más profunda de Dios y del hombre. Se podría traducir hoy esa supervisión definiendo a los obispos como “constructores de comunidad”: responsables hacia dentro, de esas comunidades que acabamos de describir como alternativas y misioneras. Comunidades donde se vaya haciendo “carne” una capacidad intuitiva para encontrar a Dios en todas las cosas, y no sólo (ni principalmente) en los aspectos o momentos “religiosos” de la vida. Comunidades que, desde esa sintonía con Dios, sean capaces de soportar la difícil diferencia y pluralidad de todos los grupos humanos, sin convertirla mecánicamente en motivo de disensiones, de exclusiones ni de enfrentamientos.

    La historia de la iglesia primitiva es en este punto ejemplar. La Iglesia conoció desde sus inicios, la pluralidad y la amenaza de división. A pesar de su tono edificante, Lucas no puede menos de reconocer que los altercados y discusiones no fueron leves (cf. Hchs 15,2). Pero en aquella iglesia todavía pesaba más la plegaria de Jesús por la unidad, que la idólatra fijación en la propia verdad.

    El ejemplo duró poco, ya lo sabemos. Pero, tratando de aprender de él para el mañana, deberíamos decir que los obispos del s. XXI habrán de tener la obsesión por “crear verdadera comunidad” en vez de hacer triunfar una determinada línea, entre otras posibles y legítimas en la Iglesia. Uno de los pecados de la iglesia romana es que ha ido invalidando el sabio consejo de Agustín (“unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, y caridad en todo”) porque, desde el momento en que se pierde el sentido de “la única cosa necesaria” (Lc 10,42), todo se vuelve necesario y todo queda justificado para sacar adelante esa falsa necesidad del propio egotismo.

    La comunidad sólo se crea desde dentro, no desde fuera de ella. La ya famosa exclamación de Agustín “soy un cristiano con vosotros”, o la de la primera carta de Pedro (“copresbítero con vosotros”) ayudarían a impedir que los obispos aparezcan ante la sociedad (y ante la misma Iglesia) como una especie de “objetos sagrados no identificados”, en los que ya ha dejado de cumplirse aquel soberbio juego de palabras, también agustiniano, de presidir para aprovechar (“praesint ut prossint”). Y para aprovechar a la comunidad que presiden, no a otros intereses de política eclesial, exteriores a ella, por muy respetables que pudieran ser.

    Como tendencia general, estos hombres creadores de comunidad habrán salido de la iglesia que presiden, aunque esta tendencia no pueda convertirse en ley, en un mundo tan móvil y tan plural como es el nuestro. Esto facilitará la devolución a las iglesias locales de su participación en la designación de los obispos. El benemérito J. M. Tillard, escribió que “la lenta desaparición de la elección por el pueblo y luego por un grupo del clero local, es una herida que se ha hecho a la verdad eclesial de la diakonía”. El resultado ha sido que, en lugar de crear comunidades, han desenganchado a muchos. En lugar de sembrar esperanza sembraron más decepción, en lugar de evangelizar, impusieron una política eclesiástica contingente. Por eso no estará de más recordar las palabras del cardenal de Guisa en el concilio de Trento: “de rodillas le daría a nuestro santo Padre el consejo urgente de liberarse de esta carga [N.B. de designar él los obispos]; así correría menos peligro la salvación de su alma, pues a menudo no se hace buena elección para las iglesias. Así él no tendría que dar cuenta de ello”.

     

    .4. Que los obispos sean “colegio”

     

    En la Iglesia se da una extraña relación entre localidad y universalidad que, de cumplirse en estos momentos, podría quizá ser una gran señal para un mundo dividido y zaherido por la lucha entre localismos y universalismos. La iglesia local no es una parte de la iglesia católica: es toda ella “la iglesia católica” en la medida en que sea iglesia en plenitud (cat-holou). La iglesia universal no es la suma de todas las iglesias locales, sino la comunión de todas ellas. Esta extraña relación proviene de la configuración eucarística de la Iglesia: las especies consagradas en una eucaristía particular no son “una fracción” del cuerpo de Cristo que ha de sumar con otras partes, sino que son sin más “el cuerpo de Cristo”.

    Y esta relación se refleja en la figura del obispo, en quien no deben separarse las dos características antes enunciadas de localidad y universalidad. Por ser cabeza o representante de su iglesia, el obispo es miembro del colegio episcopal. Y viceversa. De ahí la célebre frase antitética de San Cipriano: “hay un solo episcopado y de él participa cada obispo por entero” (“in solidum pars tenetur”).

    Vaticano II, el concilio de la colegialidad, enseñó el carácter sacramental de la consagración episcopal. Este carácter de “plenitud del sacramento del orden” (LG 21) no lo tiene la consagración del vicario de Pedro. Por eso escribe un comentarista: “sólo en conexión con la sacramentalidad adquiere su pleno sentido la idea de la colegialidad”. Esto quiere decir que la primacía de Pedro no pertenece al ámbito sacramental sino, por así decir, al terreno funcional. Y por ello significa también que el ministerio petrino no puede ser una entidad “exterior” al colegio episcopal (y que habrá que especular cómo se reparte con él la primacía), sino que nace y forma parte del colegio episcopal. Es en cuanto miembro del colegio, como debe ejercer su misión primacial. No anulando al colegio.

    Puede ser oportuno evocar aquí una imagen eclesiológica muy antigua y frecuente a lo largo de la historia, cual es la de la “sinfonía” o polifonía. Y que ya la intuía san Ignacio de Antioquía, en el s. II, con repetidas alusiones a la sintonía de las cuerdas de una cítara (vg. en Ef 4,1). El reconocimiento del primado de Pedro no puede convertir a la Iglesia en un solo sin voces o en un violín con una sola cuerda, ni aunque ésta sea la llamada “prima”.

    Esto debería tener consecuencias palpables en la iglesia del s. XXI. En el pasado sínodo europeo, habló de ello el cardenal Martini, en una declaración que fue desautorizada por varios miembros de la curia romana, que probablemente desconocen aquellas palabras de Francisco. de Vitoria,. escritas en el s. XVI: “desde que los papas comenzaron a temer a los concilios a causa de las nuevas opiniones de los doctores, la Iglesia se ha quedado sin concilio, y así seguirá para desgracia y ruina de la religión”.

    Martini, como se recordará, evitó cuidadosamente la palabra “concilio” y habló sólo de “un instrumento colegial más pleno y autorizado”. Lo decisivo aquí es la alusión a la colegialidad. En las actuales dimensiones de la Iglesia, los concilios pueden resultar entidades de tal magnitud (¡y de tales gastos!) que no sea posible pensar en ellos como formas habituales de funcionamiento de la colegialidad. Bastaría en cambio con dar poder deliberativo al sínodo de obispos (una institución que suscitó esperanzas tras el Vaticano II y que parece ir convirtiéndose en un organismo con sólo vida vegetativa). Pero habría que hacerlo de tal manera que la designación de los participantes en ese sínodo quedara en manos de las conferencias episcopales, aunque no por una simple ley de mayorías excluyentes, sino de tal manera que pudiesen estar representadas todas las tendencias que conviven en la Iglesia.

     

    (Tomado de Iglesia Viva, n. 208)