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TESTIGOS Y MINISTROS DE UNA MISERICORDIA QUE SANA

II

Alfonso Crespo

3. Los sacramentos, parábola de la misericordia de Cristo

Todo es bueno. Pero todo está herido y espera ser curado. Pero no sería cristiano vivir en la amargura por esta experiencia profunda de pecado. No hay que soñar con un paraíso perdido. Hay motivo incluso para “alegrase”, porque es en esta misma ambigüedad, en este pecado, donde Dios sale a nuestro encuentro: “Feliz culpa que mereció tal Redentor”.

Dios ha querido comunicarse con nosotros con nuestro mismo lenguaje: a través de gestos y de palabras, a través de signos; y actuar a favor nuestro para darnos su vida y traernos la salvación eterna.

Después de un largo tiempo preparatorio, Dios se acercó a nosotros por medio de su Hijo Jesucristo hecho hombre. Jesucristo es “el gran sacramento”: viéndole a Él vemos al Padre. En Él encontramos a Dios y Dios se encuentra con nosotros; en Él y por Él Dios actúa a favor nuestro, a favor de nuestra salvación.

La muerte de Jesucristo ha puesto fin a esa presencia visible de Dios entre nosotros, pero no a su presencia real. Resucitado de entre los muertos, está presente por el Espíritu Santo en la Iglesia. Ésta es, ahora, el “sacramento” de Cristo resucitado entre nosotros. De un modo particular es el lugar en el que encontramos a Dios y Él se encuentra con nosotros.

Por eso, la Iglesia se realiza de forma muy particular en la celebración de los sacramentos12.

3.1. Cristo “sacramento del encuentro con Dios”

El don de la reconciliación nos ha sido dado en Jesucristo: Es un don superior a cuanto hubiéramos podido imaginar.

Jesús mismo, el Hijo de Dios, es nuestra reconciliación: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo” (Jn 3,6). Y ahí está como uno de nosotros: “se hizo semejante en todo a los hombres. No se aferró a su categoría de Dios... Fue reconocido como uno de tantos” (Flp 2,5-7). Dios se ha identificado con el ser humano en todo, “menos en el pecado” (Heb 4,15).

Descubrimos en Jesús un amor tan extraordinario que trastoca por completo nuestros modos de ver las cosas. Su amor no pone condiciones. Parece incluso que Jesús muestra mayor ternura cuando trata a personas despectivamente encasilladas en la categoría de los “pecadores”: la mujer adúltera, la prostituta, el recaudador deshonesto... Esta plena solidaridad de Jesús, el Hijo de Dios con todos los hombres la va a llevar “hasta el extremo” (Jn 13,1), pues por ella va a morir. Consecuente a la lógica del amor, morirá por amor.

Y quien muere por amor, será resucitado por el Padre, culminando así definitivamente su obra de reconciliación. La Resurrección es el restablecimiento de todas las cosas en su verdad, que no es otra que la de estar orientadas hacia Dios. En ella todo queda reconciliado. La Resurrección muestra la impotencia del pecado para hacer desfallecer al amor de Dios. Por la Resurrección sabemos que ese amor se extiende a todos los tiempos, antes y después de Cristo, y abarca a todos los hombres, sean cuales sean sus creencias y sea cual sea su pecado.

Comienza así para nosotros una vida nueva. Esta victoria de Cristo sobre la muerte es un don compartido con toda la humanidad. Con él, también nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, del pecado a la gracia. Por eso san Pablo afirma que “somos muertos que han vuelto a la vida” (Rom 6,13).

Por ello, a partir de la Resurrección, nuestra mirada sobre la condición humana se transforma: el ser humano, visto desde Cristo, es más un ser salvado que un pecador. El Dios que nos creó es el que nos ha unido, desde siempre, a la Resurrección de su Hijo. Lo primero es la reconciliación. Cuando concedemos al pecado el primer lugar, estamos negando, de hecho, la Resurrección de Cristo y sus efectos en nosotros: “Hemos sido sepultados con él por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4).

12 Desde luego que la Iglesia no es el único lugar donde podemos encontrar a Dios. Él está también presente en el pobre, en el necesitado... según aquellas palabras del mismo Jesús: “Cuanto hicisteis (o dejasteis de hacer) con uno de estos mis hermanos pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Pero una presencia muy especial, un modo privilegiado de la presencia de Dios entre nosotros tiene lugar en la celebración de los sacramentos, que culminan en la Eucaristía: Cf. SC, 7-10; Catecismo de la Iglesia Católica, 1116 Sin embargo, tenemos que acceder a lo que ya nos ha sido dado desde el comienzo de forma progresiva. La reconciliación nos ha sido dada, pero tiene que recorrer su camino y hacernos sintonizar con ella poco a poco. Nuestras resistencias, nuestros pecados, son la señal de que esa transformación no está consumada, de que todavía no nos hemos adaptado a la verdadera vida en Cristo. Aun estando salvados, seguimos siendo pecadores.

El sacramento de la Penitencia nos recuerda, etapa a etapa, que estamos a la vez ya reconciliados y en vías de reconciliación. Es una invitación a esa conversión continua a la que estamos llamados y de la que estamos necesitados.13

3.2. La Iglesia “sacramento de Jesucristo”

Decía De Lubac que “la Iglesia es el sacramento de Jesucristo al igual que Jesucristo es, en su humanidad, el sacramento de Dios”. Esta afirmación recoge una sólida doctrina rubricada en muchos pasajes por el Concilio Vaticano II14. Antes que los siete sacramentos, la Iglesia misma es un gran sacramento. Ella es “el sacramento original”.15

Explicitemos esta afirmación, con un comentario de J. M. Uriarte: “La Iglesia es el Cuerpo que hace visible y presente a Cristo en la historia. Porque es cuerpo podemos percibirlo en sus miembros, en sus responsables, en su estructura, en sus actividades, en sus celebraciones. Porque es cuerpo de Cristo, el Señor ofrece a través de ella, por la acción del Espíritu Santo, el consuelo de la Palabra de Dios, el Pan que fortalece a los débiles y el Perdón que sana a los pecadores; es decir: ofrece su misericordia. La Iglesia es el órgano en el que Cristo, Amor misericordioso del Padre se hace visible y activo para todos los tiempos y lugares. En otras palabras: la Iglesia es sacramento de la misericordia de Cristo”.16

La Iglesia samaritana, “posada que cuida y cura las heridas”

Ciertamente la Iglesia no es el órgano exclusivo de la misericordia de Cristo17. Ella actúa también fuera de los límites de la Iglesia. “Pero la Iglesia es aquella porción de la humanidad que, por la acción del Espíritu Santo, reconoce claramente, anuncia explícitamente, celebra sacramentalmente, practica personal y comunitariamente y pide humildemente la misericordia de Dios”. 18

La Iglesia está implicada en la parábola de la misericordia. Como nos señala el Papa, el mismo Jesucristo, que se convierte en nuestro prójimo y cuida con el bálsamo de

13 Cf. BENEDICTO XVI, Spe salvi, 2-3

14 LG, 9 y 46; GS, 45; SC, 5

15 Cf. SEMMELROTH O., La Iglesia como sacramento original. San Sebastián 1963, págs.35-56. Hacemos referencia a la cita en: URIARTE J. M., Acoger y ofrecer la misericordia. Carta Pastoral, Zamora 1995, 51

16 URIARTE J. M., Acoger y ofrecer la misericordia, o.c., págs. 51 y ss.

17 GS, 22

18 URIARTE J. M., Acoger y ofrecer la misericordia, o.c., pág. 52

los sacramentos nuestras heridas, ha querido confiarnos a su Iglesia para que continúe esta labor de curación con los hombres de todos los tiempos; por ello, “nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear esos cuidados”. 19

Cristo encomendó a su Iglesia el cuidado sobre sus hijos. Por ello, nos dice el Catecismo: “Cristo, médico del alma y del cuerpo, instituyó los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los enfermos, porque la vida nueva que nos fue dada por Él en los sacramentos de la iniciación cristiana, puede debilitarse y perderse para siempre a causa del pecado. Por ello, Cristo ha querido que la Iglesia continuase su obra de curación y de salvación mediante estos dos sacramentos” 20 .

Una Iglesia que acoge y transmite la misericordia

“El origen de la misericordia es Dios mismo; a la Iglesia le corresponde acogerla. Pero la misericordia no es un bien exclusivo para la Iglesia; es, por tanto, misión de la Iglesia transmitir la misericordia. Pero la Iglesia no puede ni acoger con verdad ni transmitir con autoridad la misericordia de Dios si no la practica”.21 La comunidad cristiana necesita la misericordia de Dios. El paso por la historia suele arrastrar adherencias de pecado. La atmósfera social en que vivimos influye y le transmite también criterios y actitudes poco evangélicas. Son pecados que encontramos con frecuencia en todos los niveles de la comunidad cristiana. La Iglesia, “santa y necesitada de purificación” 22, no puede prescindir de la misericordia de Dios.

Es vital para la comunidad cristiana experimentar, siempre en la oscuridad de la fe, esta misericordia. “Una Iglesia que no se sienta acogida, perdonada, fortalecida por la misericordia exigente e indulgente de Dios será por fuerza excesivamente intransigente con la debilidad humana o sospechosamente complaciente con ella. La comunidad cristiana ha de pedir para sí misma la gracia inestimable de sentirse acogida y perdonada por Dios”.23

Signos de misericordia: cercanía a los necesitados y acogida a los pecadores

La Iglesia no sólo debe acoger la misericordia sino transmitirla. Como nos recuerda Dives in misericordia: “Es preciso que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión” 24. La Iglesia está llamada a ser en el mundo el sacramento de la misericordia de Dios. Nacida de la misericordia de Dios y destinada a transmitirla, la Iglesia lleva en su mismo ser la marca de la misericordia.

19 BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, o.c., pág. 223

20 Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, n. 295

21 Cf. URIARTE J. M., Acoger y ofrecer la misericordia, o.c., págs. 55-62. Comentamos el texto citado.

22 LG, 8

23 URIARTE J. M., Acoger y ofrecer la misericordia, o.c., pág. 56

24 Cf. JUAN PABLO II, Dives in misericordia, 12

Dos son las grandes áreas de la misericordia de la Iglesia: la presencia afectiva y efectiva junto a los sufrientes y necesitados y la acogida a los pecadores.

La cercanía a los necesitados

Podemos preguntarnos: ¿Es socialmente perceptible que la Iglesia está junto a los pobres y necesitados? Los marginados ¿perciben esta cercanía de la Iglesia?

Muchos analistas objetivos llegan a afirmar que la Iglesia es hoy, en nuestra sociedad, la institución más cercana a los marginados y a sus problemas humanos y sociales. Estas valoraciones nos alegran, pero debemos afirmar que en este campo, aún estamos necesitados de conversión. La misericordia es una tarea de todo el organismo de la Iglesia, no un quehacer exclusivo de algunos de sus órganos especializados como Caritas. Ellos tienen precisamente la misión de despertar, con su testimonio, la vocación universal de la Iglesia a la misericordia y la caridad.

La acogida a los pecadores

Dicen de nuestra sociedad que es excesivamente complaciente con el pecado y excesivamente intransigente con los culpables. La Iglesia no puede ser complaciente con el pecado, pero tampoco intransigente con los pecadores25. La Iglesia tiene que ser firme y neta ante el pecado propio y ajeno.

Pero la Iglesia está llamada a la misericordia con los pecadores. No sólo en el sacramento de la Penitencia, sino también en su conducta de acogida a toda clase de pecadores. Ciertamente, no puede decir, en aras de una misericordia miope, que "basta con la buena intención". No puede admitir a los sacramentos a quienes no están dispuestos a rectificar su conducta. Pero, al tiempo como madre misericordiosa de sus hijos debe entender con la mente y el corazón las circunstancias que inducen fuertemente a muchos cristianos ocasiones para un verdadero retorno. Debe ser sensible a los dramas morales y espirituales que estas dificultades suscitan en muchas conciencias creyentes. Debe acompañar a estos miembros débiles del Cuerpo de Cristo, tratarlos con asiduidad y cuidado, alimentar en ellos el sentimiento de que siguen perteneciendo a la comunidad, invitarles a orar y a asistir a la

25 “En una sociedad que envuelve en expresiones eufemísticas tantos y tan graves pecados personales y sociales y llama al aborto "interrupción del embarazo", al enriquecimiento injusto "habilidad en los negocios", a la ambición política "dignidad profesional", al consumismo "calidad de vida", al individualismo "actitud pragmática", a la desvergüenza sexual "superación de tabúes", a la calumnia pública "agilidad periodística"... sería vergonzoso que la Iglesia enmascarara los pecados o adoptara ante ellos un silencio cómodo y acomplejado”: Cf. URIARTE, Acoger y ofrecer la misericordia, o.c., pág. 61

Eucaristía y a otros encuentros eclesiales, exhortarles a que sean fieles a Dios aun a costa de grandes rupturas y sacrificios 26.

Practicando la misericordia con los pecadores, imitará la Iglesia al Buen Pastor que tanto arriesgó por la última de sus ovejas (cf. Lc 15,1-10) 27.

26 Un signo de esta cercanía es la hermosa Carta Pastoral del Cardenal de Milán, “El Señor está cercano a los que tiene
el corazón herido”, dirigida a los matrimonios irregulares o en dificultad. Cf. TETTAMANZI D., Il Signore è vicino a
chi ha il cuore ferito. Milán, Epifania del Signore 2008
27 Cf. BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, o.c., pág. 320 ss.

(Tomado de la Comisión del Clero de la CEE)