volver al inicio
 

Acentos de la espiritualidad sacerdotal: centralidad de la eucaristía, celo evangelizador, padre de los pobres…

II

Juan Esquerda Bifet

 

3. Centralidad del misterio de Cristo vivido por el sacerdote: la formación según el  ES­TILO DE VIDA EVANGÉLICA, caridad pastoral,  pobre con los pobres

Los documentos magisteriales sobre el ministerio, la vida y la formación inicial y permanente del sacerdote, insisten de modo armónico en la exigencia y la posibilidad de una vida evangélica al estilo del Buen Pastor y siguiendo el modelo de los Apóstoles. La caridad pastoral no es sólo la disponibilidad para la acción pastoral, sino la sintonía con el mismo estilo de vida del Buen Pastor, que da la vida (Jn 10 y 15), dándose él mismo, según el proyecto del Padre y como “consorte” o “esposo”.

El sacerdocio ministerial es para el bien de toda la Iglesia, como signo transparente y portador de Cristo Sacerdote. Decía el Santo Cura de Ars: “El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino par vosotros”. Por esto, la Iglesia tiene derecho de ver en sus sacerdotes el modo de amar de Cristo Esposo. “La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado” (PDV 29; cf. PDV 22, citado más arriba)-

La vivencia de lo que uno es (la consagración) y de lo que uno hace (la misión) constituye la esencia de la espiritualidad sacerdotal, como armonía entre contemplación y misión.

Esta vivencia de la “caridad pastoral” (PO 13) refleja el “gozo pascual”, como “máximo testimonio del amor” (PO 11), que es fuente de vocaciones. Los llamados al sacerdocio necesitan ver la posibilidad y la realidad de esta caridad pastoral, que es transformadora (por la configuración con Cristo), contemplativa, comunional y misionera. El concilio la llama “ascesis propia del pastor de almas”, que se concreta en la renuncia de los propios intereses “no buscando sus conveniencias, sino la de muchos, para que se salven, progresando siempre hacia el cumplimiento más perfecto del deber pastoral, y cuando es necesario, están dispuestos a empren­der nuevos caminos pastorales, guiados por el Espíritu del amor, que sopla donde quiere” (PO 13)

Es la caridad pastoral (PO 13; PDV 21-27) concretada en obediencia, castidad y pobreza (PO 15-17; PDV 27-30), no principalmente como normas que hay que cumplir, sino como consecuencia de una declaración de amor (por parte del Señor) y de un opción fundamental (por parte del llamado).

Es la misma vida de los Apóstoles (“apostolica vivendi forma”) (cf. PDV 14-15), que también se llama “radicalismo evangélico” (PDV 20, 27), aunque éste no sea necesariamente “profesado” como en la “vida consagrada”.

En esta perspectiva, la formación en la vida espiritual sacerdotal, sin rebajar el ideal evangélico de los Apóstoles, necesita señalar su realidad concreta y los medios necesarios para ponerla en práctica. El proyecto de vida en el Presbiterio, ya delineado en la vida del Seminario, puede ser uno de los mejores medios para asegurar la fidelidad generosa y la perseverancia. Bastaría con trazar unas líneas básicas sobre: ideario, objetivos, medios.

Parece que tendría que subrayarse la dinámica del “discipulado misionero”, como ha hecho el documento de “Aparecida” (año 2007), pero apllicándolo a la vida sacerdotal: “La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35-36). Él, siendo el Señor, se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (cf. Flpl 2, 8); siendo rico, eligió ser pobre por nosotros (cf. 2 Cor 8, 9), enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de discípulos y misioneros. En el Evangelio aprendemos la sublime lección de ser pobres siguiendo a Jesús pobre (cf. Lc 6, 20; 9, 58), y la de anunciar el Evangelio de la paz sin bolsa ni alforja, sin poner nuestra confianza en el dinero ni en el poder de este mundo (cf. Lc 10, 4ss). En la generosidad de los misioneros se manifiesta la generosidad de Dios, en la gratuidad de los apóstoles aparece la gratuidad del Evangelio”.

El “discipulado” evangélico tiene estas características de encuentro (contemplación, amistad), seguimiento en comunión fraterna y disponibilidad misionera (cf. Mc 3,13-14). El “seguimiento” evangélico de los Apóstoles y de sus sucesores (la “apostolica vivendi forma”) ha sido el punto de referencia de toda forma de vida consagrada posterior (cf. VC 93).

Los “discípulos” del Señor son testigos gozosos de la esperanza evangélica, para formar a la comunidad en esta perspectiva de confianza y de gozo pascual. Es la esperanza que presupone un corazón desprendido, que señale el valor de la trascendencia concretada en el encuentro final con Cristo resucitado.

Los ministerios sacerdotales tienden a educar la comunidad eclesial en la esperanza, para saber compartir con solidaridad y gratuidad: “Sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quién esAnte el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia… Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa… El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumanoEl amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande” (Caritas in veritate 78).

Los “desequilibrios en el interior del hombre” (GS 10) se reorientan presentando la “unidad de vida” (PO 14) típica de quien ejerce los ministerios “sincera e infatigablemente en el Espíritu de Cristo” (PO 13). El desprendimiento evangélico, al estilo del Buen Pastor y de los Apóstoles, es armonía (psicológica y teológica) de criterios, valores y actitudes (fe, esperanza y caridad), como camino de una formación integral.

En el Mensaje para la jornada mundial de las vocaciones (2010), encuadrada en el año sacerdotal, Benedicto XVI invitaba a dar un “testimonio personal hecho de elecciones existenciales… testimonio sellado con la opción de la cruz”, que es reflejo de la amistad con Cristo y “don total de sí mismo a Dios”.

El itinerario que han seguido los santos es, al mismo tiempo, de realismo y de exigencia. Teniendo en cuenta la propia realidad (gracias, psicología, sociología), no cabe dudar de la declaración de amor (confianza), para caminar hacia una entrega que intenta seriamente que sea de totalidad (oblación sacerdotal, caridad pastoral). La formación “espiritual” tiene que ser “integral”, en armonía con la formación humana, intelectual, pastoral, comunitaria.

La llamada a esta entrega sacerdotal (y analógicamente de vida consagrada) tiene que presentarse con el atractivo de la “libertad”, como ha hecho Benedicto XVI en Fátima: “En este camino de fidelidad, amados sacerdotes y diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y laicos comprometidos, nos guía y acompaña la Bienaventurada Virgen María. Con Ella y como Ella somos libres para ser santos; libres para ser pobres, castos y obedientes; libres para todos, porque estamos desprendidos de todo; libres de nosotros mismos para que en cada uno crezca Cristo, el verdadero consagrado al Padre y el Pastor al cual los sacerdotes, siendo presencia suya, prestan su voz y sus gestos; libres para llevar a la sociedad moderna a Jesús muerto y resucitado, que permanece con nosotros hasta el final de los siglos y se da a todos en la Santísima Eucaristía”.

LÍNEAS CONCLUSIVAS

Es importante en todo el proceso de selección, formación y acompañamiento, que los candidatos tiendan a vivir profundamente relacionados con Cristo, comprometidos en su seguimiento, afianzados en la comunión fraterna originada por el sacramento del Orden, disponibles para hacer conocer y amar a Cristo en el mundo de hoy y más allá de las fronteras de la fe.

Es, pues, un itinerario de encuentro (vocación, amistad, contemplación), imitación (sintonía, seguimiento, compartir), fraternidad (comunión) y misión. La presencia de Cristo, “experimentada” a la luz de la fe (cf. RMi 24 y 88, citados más arriba), da al itinerario formativo la perspectiva del “Padre nuestro” (contemplación, relación, fraternidad), de las bienaventuranzas (esperanza, misión) y del mandato del amor (santidad, donación, solidaridad, gratuidad).

La “centralidad” de Cristo, que hemos intentado describir, equivale a la armonía de todo su misterio pascual presente en la Iglesia: Cristo resucitado, anunciado, celebrado, vivido, comunicado. De él se aprende la cercanía donada, oblativa, según su mismo estilo de vida evangélica.

A la luz del Misterio de Cristo (encarnación y redención), se aprecia mejor la armonía de todo su actuar profético, litúrgico y pastoral, como presencia activa y oblativa que fundamenta la “unidad de vida” (PO 14), que es característica de la “caridad pastoral” (PO 13-14). Los ministerios son armónicos, vistos desde el encargo eucarístico (“haced esto”), como participación en la misma consagración de Cristo y como prolongación de su misma misión.

Esta armonía del itinerario formativo hace posible la “comunión” de toda comunidad eclesial, entre vocaciones, ministerios y carismas, sin dicotomías. La relación profunda con Cristo presente, inmolado y comunicado, hace posible el anuncio apasionado del evangelio y el estilo de vida del mismo Señor (pobre con los pobres y padre de los pobres).

En esta armonía del corazón y de la vida se puede ejercer el sacerdocio con el “gozo pascual” (PO 11) que es fuente de vocaciones. Es vivencia de la presencia de Cristo en fraternidad sacramental y en generosidad evangélica al estilo de los Apóstoles. Es el mismo Cristo, presente e inmolado de modo especial en la Eucaristía, vivo en su Palabra, presente en medio de los hermanos.

Este itinerario supone una selección adecuada y una formación inicial y permanente integral, que debe concretarse en un “acompañamiento” por parte de toda la Iglesia local y de su Presbiterio presidido por el obispo.

En este itinerario formativo no puede faltar “la Madre de Jesús” y nuestra. Son de todos conocidas las afirmaciones marianas conciliares y postconciliares relativas al sacerdote, ya desde el período de su formación: “Amen y veneren con amor filial a la Santísima Virgen María, que al morir Cristo Jesús en la cruz fue entregada como madre al discípulo” (OT 8). “En la Santísima Virgen María encuentran siempre un ejemplo admirable de esta docilidad (al Espíritu Santo; ella, guiada por el Espíritu Santo, se entregó total­mente al misterio de la redención de los hombres; veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio” (PO 18).

Como afirmaba Juan Pablo II, por ser “Madre y educadora de nuestro sacerdocio… cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como la persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios; que se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha sido llamada a la educación del único y eterno Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna. Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia” (PDV 82). Por esto, "la espiritualidad sacerdotal no puede considerarse completa, sin no toma seriamente en consideración el testamento de Cristo crucificado... Todo presbítero sabe que María, por ser Madre, es la formadora eminente de su sacerdocio, ya que ella es quien sabe modelar el corazón sacerdotal"  (Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 68).

La presencia activa y materna de María en todo el proceso formativo sacerdotal aparece con frecuencia en las enseñanzas del magisterio postconciliar. Es emotivo el texto de la consagración de los sacerdotes al Corazón de María, realizada por Benedicto XVI en 2010: “Madre Inmaculada… Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida, nuestro «aquí estoy»… Madre nuestra desde siempre, no te canses de «visitarnos», consolarnos, sostenernos… Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal. Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol en nuestras tinieblas, haga que torne la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo”.

APÉNDICE DOCUMENTAL

Algunos documentos más concretos, además de los citados, de interés para la formación en la espiritualidad sacerdotal: CIC (1983) can.232-264 (sobre la formación de los clérigos). (CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA) Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (19 marzo 1985); Orientaciones para la educación en el celibato sacerdotal (11 abril 1974); La formación teológica de los futuros sacerdotes (22 febrero 1976); Instrucción sobre la formación litúrgica en los Seminarios (3 junio 1979), Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios (6 enero 1980);  Carta circular sobre la Virgen María en la formación intelectual y espiritual (25 marzo 1988); Instrucción sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formación sacerdotal (10 noviembre 1989); Directrices sobre la preparación de los Formadores en los Seminarios (4 noviembre 1993); El período propedéutico: documento informativo (1 mayo 1998). (CONGREGACIÓN PARA EL CLERO) El presbítero, maestro de la palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad, ante el tercer milenio cristiano (19 marzo de 1999); El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial (4 agosto 2002). (CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE) Instrucción sobre La vocación eclesial del teólogo (24 de mayo de 1990). (CONGREGACIÓN PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS) Carta circular a las Conferencias Episcopales sobre la dimensión misional en la formación del sacerdote (Pentecostés 1970); Guía de vida pastoral para los sacerdotes diocesanos de las Iglesias que dependen de la CEP (1 octubre 1989). (CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, COMISIÓN EPISCOPAL DE MISIONES Y COOPERACIÓN ENTRE IGLESIAS) La formación misional en los Seminarios y Estudios Teológicos (25 julio 1982); Plan de formación para los Seminarios Menores (27 septiembre 1991); La formación para el ministerio presbiteral. Plan de formación sacerdotal para los Seminarios Mayores (30 mayo 1996); "Habla, Señor". Valor actual del Seminario Menor (21 noviembre 1998).

“El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero” (PDV 23).

cf. F. SANTORO, Dall’essere alla funzione per la missione: Sacrum Ministerium XVI (2010) 73-94 (Atti Convegno Teologico “Fedeltà di Cristo, fedeltà del sacerdote”, 11-12 marzo 2010).

Documento conclusivo de la V Conferencia General, CELAM, (Aparecida, 2007),  n.31; para los presbíteros en particular, nn.191-204.

Resumo los contenidos evangélicos del discipulado en: La misionariedad de la Iglesia en América Latina a la luz del discipulado evangélico: Medellín 32 (marzo, 2006) 99-120.

BENEDICTO XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones (25 abril 2010). Ver otras citas de este mensaje en apartados anteriores.

Presento estas líneas programáticas del itinerario en: La clave de la santidad en el Cura de Ars: humildad, confianza audaz, entrega generosa y misión, en: Sacerdocio de Cristo y santidad sacerdotal (Madrid, Facultad Teología San Dámaso, 2010) 51-72.

BENEDICTO XVI, Homilía durante la celebración de las vísperas (Fátima, 12 mayo 2010).

El “acompañamiento” es el desafío actual más acuciante. El Presbiterio, con su obispo, debe tomarse “en serio” el tema de las vocaciones y de su perseverancia fiel y generosa, ofreciendo el testimonio humilde de gozo pascual, vivido en familia sacerdotal (“fraternidad sacramental”) y con disponibilidad misionera. Ver más arriba, al final del apartado primero. La perspectiva del Doctorado de San Juan de Ávila podría dar inicio a una nueva etapa de un itinerario formativo que comprometa a todo el Presbiterio.

BENEDICTO XVI, Acto de Consagración de los sacerdotes a Corazón Inmaculado de María (Fátima, 12 mayo 2010). En el “cenáculo” formativo (cf. Hech 1,14), pedimos a María que “custodie hasta el más pequeño germen de vocación” (Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, 25 abril 2010). Estudio detalladamente los documentos marianos del magisterio actual en: María en el itinerario de la formación, de la vida y del ministerio sacerdotal (Semana de Estudios de la Sociedad Mariológica Española, 2010). Ver el texto publicado en el blog: compartirencristo.wordpress (en el apartado María, artículos).

(Fuente: XXXIX Encuentro de rectores y formadores dem Seminarios mayores, Madrid, 7 de septiembre 2010)