El Réquiem de Verdi: “un grito a Dios ante la muerte”, según el Papa
“Un momento de verdadera belleza capaz de elevar el espíritu”. Así valoró Benedicto XVI la “excelente” interpretación del Réquiem de Verdi, el sábado por la tarde en el Vaticano.
El Papa se dirigió a la asamblea, en alemán y en italiano, después del concierto, para agradecer al director de orquesta y a los músicos y para referirse a los sentimientos expresados en esta extraordinaria obra de Giuseppe Verdi, que llegó a definirse como “un poco ateo”.
El Pontífice ve, al contrario, en esta obra “una gran llamada al Padre eterno en el intento de superar el grito de desesperación ante la muerte”.
Verdi expresa “toda una gama de sentimientos humanos ante la muerte”, observó.
El Papa recordó que Verdi (1813-1901) compuso esta misa de réquiem en 1873 con motivo de la muerte del escritor Alessandro Manzoni, a quien Verdi, destacó Benedicto XVI, admiraba y profesaba una especie de veneración.
“En el espíritu de gran compositor -explicó el Papa-, esta obra debía ser la cumbre, el momento final de su producción musical”.
“No era sólo un homenaje a un gran escritor, sino también la respuesta a una exigencia artística interior y espiritual que la confrontación con la estatura humana y cristiana de Manzoni había suscitado en él”.
Para el Pontífice, la misa de Verdi refleja una visión trágica de los destinos humanos, sobre todo cuando se trata de la realidad ineludible de la muerte, y de la cuestión fundamental de la transcendencia, en un género musical en el que el artista ya no debe preocuparse por la puesta en escena.
“Libre de los elementos de la escena, Verdi expresa, sólo con las palabras de la liturgia católica y con la música, la gama de sentimientos humanos ante el final dela vida, la angustia del hombre frente a su fragilidad natural, el sentimiento de rebelión ante la muerte, el desconcierto en el umbral de la eternidad”.
En su discurso, el Papa citó una carta de Verdi al editor musical Ricordi en la que el músico se definió como “un poco ateo”.
Pero cuando escribe esta misa, destacó Benedicto XVI, es como “una gran llamada al Padre, en un intento de superar el grito de desesperación ante la muerte, para reencontrar la aspiración a la vida que se hace oración silenciosa y del corazón: Libera me Domine”.
Verdi describe también, según el Papa, “el drama espiritual” del hombre frente a Dios, a quien aspira en lo más profundo de sí mismo y únicamente en quien puede encontrar la paz y el reposo.
Benedicto XVI citó en este sentido la famosa frase de las Confesiones de san Agustín: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.