volver al inicio

REFLEXIONES VOCACIONALES PARA LA HOMILÍA: TERCER DOMINGO DE CUARESMA CICLO C

 

LLAMADOS COMO MOISÉS

En el camino de la Cuaresma nos sale hoy al paso la figura impresionante de Moisés, el “salvado de las aguas” y salvador de su pueblo, amigo de Dios y figura de Jesús.

En el Sinaí, Dios se revela a Moisés como "El que es". Nosotros no tenemos consistencia por nosotros mismos; estamos llamados a vivir en él y desde él.
Y Dios encarga a Moisés que vaya a su pueblo que está alienado, que “no es”, que está esclavizado, para liberarlo y llevarlo a la tierra de la libertad.
Nos sorprende ver cómo Dios sigue de cerca la historia de su pueblo. Por eso dice a Moisés: "HE VISTO LA OPRESIÓN DE MI PUEBLO". Dios ve la aflicción, oye el clamor, conoce las angustias de su pueblo. Y por eso decide intervenir enviando a Moisés como liberador.
En nuestro tiempo, el pueblo de Dios, los hombres en general, continúa siendo oprimido, explotado, engañado, manipulado por los “faraones del mal”, personales y estructurales que actúan poderosamente en el mundo.

Las consecuencias son enormemente trágicas: el hambre de millones de seres humanos; el paro en las sociedades que llamamos del bienestar; la corrupción e inmoralidad; los abortos; las guerras; el terrorismo; las dictaduras; la injusticia en la relaciones internacionales y en los intercambios comerciales; los gritos “silenciosos” de tantos que sufren en la soledad y abandono hasta de sus propios familiares.
Es el drama de la miseria humana.

En esta situación, Dios continúa llamando. Hacen falta grandes y pequeños liberadores. Moisés necesita continuadores. ¿Escuchamos los gritos de los oprimidos? ¿o vivimos en nuestra pequeña burbuja ajenos a lo que acontece a nuestro alrededor?. Dios nos habla y nos llama a través de esas voces y situaciones de esclavitud y opresión.

TAMBIÉN NOSOTROS TENEMOS CULPA

No caigamos en la trampa de echar simplemente la culpa de todo a los demás o de pedirle cuentas a Dios.
El evangelio nos dice que algunos oyentes de Jesús le cuentan un hecho monstruoso que acaba de suceder y que llenó de indignación al pueblo: Pilato, el representante de Roma, ha mandado degollar a unos galileos en el preciso momento en que estaban ofreciendo en el templo sus sacrificios.
Este hecho horrendo provoca la indignación de todos. Y esperan la reacción de Jesús.
No se lo podían esperar: Jesús les dice “si no os convertís, todos pereceréis lo mismo".
Las tragedias humanas y el sufrimiento no son un castigo de Dios, como creían los fariseos piadosos. La explicación última del problema del mal sigue siendo un misterio. Pero hay algo absolutamente claro para Jesús: todos los hombres somos pecadores. Todos somos solidarios del sufrimiento y la pobreza de los otros.
La más dura esclavitud está radicada en el propio corazón del hombre. Como nuevo Moisés, Jesús ha venido "a salvar a su pueblo de los pecados" (Mt. 1, 21). De ahí la necesidad de la conversión.

POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS

Ahora bien, la conversión no se reduce a una buena disposición interior ni a un vago deseo de ser mejores. Con la parábola de la higuera que no da frutos, Jesús nos enseña que Dios espera de nosotros obras de amor, justicia y verdad, no mero follaje, por más abundante y espectacular que sea. De lo contrario, la conversión no es auténtica. No podemos dejar abandonados a los hombres en “el país de Egipto” de la miseria y opresión.
Se trata de una tarea obligatoria para cada cristiano.

NO ABUSAR DE LOS PLAZOS QUE DIOS NOS DA

El Señor espera nuestra respuesta libre porque quiere contar con nosotros para construir la civilización del amor.
Dice el viñador: "Señor, no cortes la higuera; déjala todavía este año, a ver si da frutos".
Lo mismo que con el pueblo de la antigua Alianza, también hoy el Señor tiene paciencia con nosotros. Construir el reino de Dios es fruto del don de Dios (“Venga a nosotros tu reino”) y de nuestra colaboración humana (“Aquí estoy, Señor, pues me has llamado; envíame”). Por eso, Dios espera nuestra respuesta. Si la higuera no da frutos no es culpa de Dios.  Es por nuestra falta de colaboración.
Si no ponemos el agua, no nos regalará el vino; si no echamos la red, no habrá pesca abundante. De nosotros depende el éxito o el fracaso. Es el drama de nuestra libertad. En todo caso, es nuestra responsabilidad.
Pero no abusemos de la paciencia de Dios. La causa del hombre no espera.