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UN TEXTO VOCACIONAL PARA PENSAR HOY
El mes de mayo de 1944 D. Bonhoeffer, desde su cautiverio en Tegel,
dirigió una serie de reflexiones a su amigo E. Bethge para el día del bautizo
de su hijo. En ellas encontramos unas palabras dirigidas al bautizando,
que muy bien podrían pronunciarse hoy de nuevo, cada vez que
se habla de la vocación del cristiano:
“Hoy recibirás el bautismo que te hará cristiano. Serán pronunciadas
sobre ti las grandes palabras de la revelación cristiana y en ti se cumplirá el
mandamiento del bautismo establecido por Cristo, sin que tu comprendas
nada. Pero también nosotros hemos sido lanzados al inicio de la comprensión.
Las nociones de reconciliación y redención, de reconocimiento y Espíritu
Santo, de amor a nuestros enemigos, de crucifixión y resurrección, de
la vida en Cristo y de la imitación de Jesucristo, han llegado a ser tan difíciles
y tan lejanas que apenas nos atrevemos a hablar de ellas. Presentimos
un aliento nuevo y revolucionario en las palabras y acciones tradicionales,
pero aún no podemos concebirlo ni expresarlo. Es nuestra propia culpa.
Nuestra Iglesia, que durante estos años sólo ha luchado por su existencia,
como si ésta fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en
portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al
mundo. Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer,
y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos
aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres. Todo el pensamiento,
todas las palabras y toda la organización en el campo del cristianismo, han
de renacer partiendo de esta oración y de esta actuación cristianas. Cuando
alcances la edad adulta, el rostro de la Iglesia habrá cambiado por completo.
No ha terminado aún su refundación, y cada ensayo de dotarla prematuramente
de un poder organizador acrecentado no logrará sino demorar su
conversión y purificación. No es cosa nuestra predecir el día -pero este día
vendrá- en que de nuevo habrá hombres llamados a pronunciar la palabra
de Dios de tal modo que el mundo será transformado y renovado por ella.
Será un lenguaje nuevo, quizás totalmente irreligioso, pero liberador y
redentor como el lenguaje de Cristo; los hombres se espantarán de él, pero
a la vez serán vencidos por su poder. Será el lenguaje de una nueva justicia
y de una verdad nueva, el lenguaje que anunciará la paz del Señor con los
hombres y la proximidad de su reino. «Y se asombrarán y admirarán de tanto
bien y de tanta paz como yo les daré» (Jeremías 33, 9).
Hasta entonces, la actividad de los cristianos será oculta y callada; pero
habrá hombres que rezarán, actuarán con justicia y esperarán el tiempo de
Dios. Que tú seas uno de ellos y que alguna vez pueda decirse de ti: «Mas
la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta
ser pleno día» (Proverbios 4, 18)”6. |
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