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PARA ACCEDER AL SEMINARIO MAYOR, EL SEMINARISTA DEBE

Haber alcanzado el adecuado desarrollo de las cualidades personales y de las actitudes humanas necesarias para iniciar el proceso educativo que ofrece el Seminario Mayor. Haber llegado a la convicción básica de estar llamado al sacerdocio ministerial desde una opción clara por Jesucristo y como respuesta positiva a esa llamada.

Tener voluntad de profundizar en la llamada de Cristo y vivir de acuerdo con su vocación.

Haber alcanzado cierto grado de madurez religiosa: tener espíritu de oración, poseer un cierto compromiso apostólico y una vida coherente con la vocación a la que se siente inclinado.

Asumir el proyecto educativo de tal forma que esté abierto a la acción y ayuda de sus formadores y acepte ser acompañado y exigido en ese proceso de formación integral y de maduración vocacional.

Tener capacidad de renuncia, de modo que sea consciente de lo que tiene que dejar y sea una persona que se acepte a sí misma y muestre entrega, desprendimiento y caridad apostólica, amar la vida de comunidad siendo abierto y comunicativo, capaz de mantener diálogo con todos y poniendo sus valores al servicio de la comunidad con sencillez, espíritu de colaboración, actitud cada vez más continua de servicio y responsabilidad, en comunión con su obispo y con los sacerdotes de cuyo presbiterio un día formará parte.

Haber alcanzado el nivel de conocimientos y de estudios exigidos para iniciar estudios universitarios y aquellos hábitos y técnicas de estudio y de trabajo personal que garanticen el aprovechamiento correspondiente en los estudios del Seminario Mayor.

Pedir al alumno este convencimiento sobre su vocación en ese momento de la vida y una opción vocacional de este nivel, junto a las cualidades necesarias para iniciar el proceso de formación en el Seminario Mayor, no supone situarle en un nivel de exigencia impropia de su edad. Cualquier persona en edades y en momentos de desarrollo análogos toma normalmente decisiones que configuran ya de forma inicial el futuro de su vida y que le compromete en una línea determinada en el ámbito profesional y, a veces, aun en el afectivo, con las parecidas o aún mayores consecuencias en orden a condicionamientos que los que se siguen de la opción vocacional exigida en ese momento.

Dejar pasar al Seminario Mayor a un alumno que no haya alcanzado este nivel de relativa madurez humana, cristiana y vocacional le causaría perjuicio, ya que sería sobrepasar su proceso de maduración. Y quizá también le retrasaría la elección del proyecto que en realidad debería escoger para su vida. Además, podría perjudicar al grupo del Seminario Mayor, porque serviría de rémora en el cumplimiento de su finalidad institucional: formar a quienes pretenden ser, en el futuro, sacerdotes.

No obstante, este discernimiento del propio candidato y de los formadores sobre él mismo ha de ir realizándose a lo largo del proceso educativo del Seminario Menor. La decisión del alumno y el juicio de los formadores no debe retrasarse hasta el momento final de la etapa del Seminario Menor.

El criterio normativo general será que el alumno llegue a ese momento de forma que pueda realizar el paso al Seminario Mayor con alegría y paz interior, sin tener que forzar la formulación de decisiones, en uno y otro sentido, con un riesgo normal de equivocarse, pero no por encima de ese riesgo. Generalmente, una duda que llega a ser crónica sobre la posible vocación puede ser un indicio claro de que no existe tal vocación (cf. Plan de formación de Seminarios Menores)