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MEDITACIONES VOCACIONALES PARA LOS DOMINGOS 4º,5º Y 6º DE PASCUA, Ascensión y Pentecostés

- CICLO B -

Cuarto Domingo de Pascua

 

Hech 4, 8 -12

1 Jn 3, 1 -2

Jn 10, 11 -18

 

1. Comentario vocacional

 

En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Sin embargo, la Palabra de Dios que hoy se proclama tiene ya en sí varios elementos vocacionales que descubriremos partiendo del “yo soy” que por dos veces Jesús nos dice: “yo soy el buen Pastor”. Esta afirmación de Jesús mismo constituye una revelación de su identidad que nos ofrece sí una orientación para nuestra vida.

Pero, no conviene perder de vista el contexto, un contexto de discusión de Jesús con los fariseos después de la curación del ciego de nacimiento. En medio de esa discusión aparece un contraste que se convierte en una denuncia. Los líderes judíos no son para el rebaño de Israel los buenos pastores que se necesitan. Ellos no tienen ningún interés por las ovejas. Son en definitiva, unos asalariados. Por el contrario, Jesús se presenta como el buen Pastor, que arriesga su vida por las ovejas.

La primera llamada de atención que recibimos al leer el texto es preguntarnos a qué pastor pertenecemos y seguimos. Quizás, si somos honestos con nosotros mismos, veamos que jugamos a pertenecer a dos rebaños. Cuando nos interesa seguimos a Jesús, pero otras muchas veces nos dejamos guiar e, incluso, desorientar por asalariados, que nos abandonan ante el primer peligro. ¿A quién sigo yo? ¿A quien confío mi vida?

Desgraciadamente seremos aún ciegos y permaneceremos en nuestra ceguera si somos incapaces de valorar a Jesús como el buen Pastor que se arriesga por sus ovejas. Este es un dato fundamental. Si una oveja está en peligro, si un lobo ataca, este pastor, Jesús, se olvida de sí mismo y no busca primero ponerse a salvo. Al contrario, sólo piensa en sus ovejas, y por ellas hace lo imposible. Esto es ya un anuncio y anticipo de su muerte. Conjuguemos ese ejemplo de la vida en primera persona: el buen Pastor se arriesga por mí y para salvarme. ¿Por qué? Por amor. ¿Para qué? Para que yo viva como hijo querido y amado del Padre. ¿No es algo maravilloso este misterio?

De ahí nace el grito de gozo de la segunda lectura: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Somos amados, y por ello, protegidos y salvados. El asalariado no nos ama sino que se sirve de nosotros, nos utiliza, nos oprime. Es cierto que este amor es algo que no merecemos. Es además un amor que fundamenta nuestra esperanza cristiana en medio del mundo. Es, en definitiva, un amor que supera todas las expectativas que podamos tener en nuestra vida.

Pero Jesús es un pastor que conoce bien su misión: “tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer…”. Su misión es llegar a ser el Pastor de todas las ovejas, porque es el único pastor que las ama verdaderamente. Este gesto de Jesús es un recuerdo importante para la Iglesia. Nos recuerda su misión siempre universal, aunque respetando la libertad de los hombres.

Contemplando a Jesús Buen Pastor llegamos a comprender también nuestra vocación: reproducir su ministerio, su manera de relacionarse con las ovejas. Si él arriesga su vida por ellas, nosotros estamos llamados a hacer lo mismo, cada uno desde su propia vocación y lugar en la Iglesia. Arriesgarnos para que los otros tengan vida, la vida que da el Buen Pastor. No podemos ahorrarnos ni una gota de sangre porque somos creados para dar.

Quizás tengamos miedo de vivir esta vocación. Sin embargo Benedicto XVI nos invita en su mensaje de este año a la confianza en la iniciativa divina y la respuesta humana. Para profundizar en esta idea, sirva este texto extraído de su mensaje: “¿Quién puede considerarse digno de acceder al ministerio sacerdotal? ¿Quién puede abrazar la vida consagrada contando sólo con sus fuerzas humanas? Una vez más conviene recordar que la respuesta del hombre a la llamada divina, cuando se tiene conciencia de que es Dios quien toma la iniciativa y a Él le corresponde llevar a término su proyecto de salvación, nunca se parece al cálculo miedoso del siervo perezoso que por temor esconde el talento recibido en la tierra (cf. Mt 25, 14-30), sino que se manifiesta en una rápida adhesión a la invitación del Señor, como hizo Pedro, que no dudó en echar nuevamente las redes pese a haber estado toda la noche faenando sin pescar nada, confiando en su palabra (cf. Lc 5, 5)”.

 

 

2. Pistas para la homilía

 

-La afirmación fundamental que es origen y base de todo no es otra que “Yo soy el buen Pastor”. Con ella Jesús se presenta como una alternativa a los responsables judíos que más bien eran unos asalariados. El problema es que a veces nos dejamos guiar o desorientar por asalariados.

-Jesús es el buen Pastor que arriesga su vida por sus ovejas, por cada uno de nosotros, para defendernos de los ataques. El da su vida voluntariamente y por amor. El fruto de su entrega es que nos hace hijos amados del Padre, una gracia que sobrepasa nuestras expectativas.

-Pero Jesús no se preocupa sólo de las ovejas que tiene en su redil. Su misión, que es también la de la Iglesia, tiene una vocación universal.

-Nosotros estamos llamados, en este domingo de oración por las vocaciones, a seguir el modelo de Jesús Pastor, es decir, a entregar nuestra vida, a desgastarla hasta el final. El Papa nos invita, en este sentido, a dar una respuesta llena de confianza.

 

3. Preguntas para la reflexión personal y en grupo

 

-¿En qué sentido te dejas guiar por Jesús el buen Pastor?

-¿En qué aspectos de tu vida prefieres dejarte guiar por “asalariados”?

-¿Qué significa en tu espiritualidad que Jesús arriesga y da  su vida por ti? ¿Te sientes verdaderamente amado por el Padre?

-¿Cómo buscas tú que las ovejas alejadas se puedan acercar al redil de Jesús?

-¿Cómo puedes ser “buen Pastor” hacia los demás al ejemplo de Jesús?

 

4. Un poco de poesía

 

LO QUE QUIERO SER

 

Quiero ser pastor

que vele por los suyos;

árbol frondoso

que dé sombra

al cansado;

fuente donde

beba el sediento.

Quiero ser canción

que inunde los silencios;

libro que descubra

horizontes remotos;

poema que deshiele

un corazón frío;

papel donde se pueda

escribir una historia.

 

Quiero ser risa en los

espacios tristes,

y semilla que prende

en el terreno yermo.

Ser carta de amor para el solitario,

y grito fuerte para el sordo…

 

Pastor, árbol o fuente,

canción, libro o poema…

Papel, risa, grito, carta, semilla…

Lo que tú quieras, lo que tú pidas,

lo que tú sueñes, Señor…

eso quiero ser.

(José M. Olaizola)

 

 

Quinto Domingo de Pascua

 

 

Hech 9, 26-31

1 Jn 3,18-24

Jn 15, 1-8

 

1. Comentario vocacional

 

El evangelio que hoy nos proclama la liturgia está dentro del discurso de despedida recogido por Juan. Es el testamento que Jesús deja para orientar a sus seguidores. En el texto seleccionado aparecen dos palabras clave (permanecer y dar frutos) que hay que entender bien desde la alegoría de la vid. Por que en el Antiguo Testamento Israel ya era presentada como la vid. Ahora, con al fórmula “yo soy”, Jesús se convierte en el nuevo Israel, la nueva vid, que realizará las promesas del Padre.

                Fácilmente en nuestra vida queremos dar fruto, es decir, sentirnos realizados y fecundos. Pero sólo podremos hacerlo realmente si permanecemos en Jesús como los sarmientos con respecto a la vid. Y es que  en el texto, el evangelista pasa de la relación vid-sarmientos a la de Jesús-discípulos para acentuar precisamente el permanecer. Lo primero es permanecer. Los frutos vendrán más tarde. Nuestra experiencia vocacional será auténtica si permanecemos en el Señor. ¿Qué significa permanecer? Permanecer nos sugiere estar, persistir, mantenerse, continuar, quedarse, residir… . Permanecer es lo contrario a ausentarse, pasar, rendirse. En definitiva, el permanecer nos exige una actitud contemplativa ante el misterio de Cristo.

                Esta contemplación que nos lleva a la acción se basa en el claro mensaje de Jesús: “sin mí no podéis hacer nada”. Corremos el riesgo de hacer grandes programas de pastoral, buenos análisis de la realidad, tener un buen organigrama, etc… pero sin Él, no haremos nada que valga la pena. Este versículo lo deberíamos meditar y recordar todas las mañanas antes de comenzar nuestros trabajos y apostolados.

Encontramos también en el texto la intención del evangelista de ofrecernos el boceto del discípulo –modelo de su comunidad. El verdadero discípulo debe estar unido a Jesús (permanecer), mantener su enseñanza y dar frutos. Y los frutos que debe dar el discípulo son frutos de amor y de unidad de tal manera que le llevarán a superar las dificultades. Un ejemplo en este sentido lo encontramos en la primera lectura. Pablo sufre tensiones tanto dentro como fuera de la primera comunidad debido a su conversión. Pero no se sentirá solo. Será Bernabé quien lo presente para que sea aceptado por la comunidad. Y luego los hermanos lo bajarán a Cesarea para escapar de las intrigas de los judíos. La comunidad siempre protege.

Otra manera de hablar de permanecer y de dar frutos lo encontramos en la segunda lectura: “Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros como nos lo mandó”. Otra vez: creer (permanecer en Jesús) y amar (dar frutos). Pero este amor debe ser claro y palpable: “no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad”. Corremos el riesgo de amar en teoría, pero esto no nos vale para probar nuestra “permanencia” en el Señor.

                No conviene olvidar que dentro de la alegoría de la vid, Jesús nos habla de la poda “para que dé más fruto”. Si nos miramos a nosotros mismos con sinceridad y honestidad, veremos que necesitamos urgentemente una poda. Dejémonos podar por el Señor, desnudarnos de todo lo que se nos ha ido pegando en nuestro recorrido vocacional. Es cierto que damos fruto, pero nuestro fruto es pobre, mezquino y tacaño, con el que, a pesar de todo, nos gloriamos nosotros mismos. Sin embargo, el Señor nos llama a dar fruto abundante como condición para ser discípulos. Así el Padre recibirá gloria. Él sabrá quitarnos lo que nos molesta y nos hace tacaños en nuestro amor. No tengamos miedo a la poda incluso si llevamos muchos años de consagrados. Así nuestro fruto será abundante y siempre para gloria del Padre.

 

 

2. Pistas para la homilía

 

-En su discurso de despedida, Jesús nos deja su testamento. Su deseo es que permanezcamos en él. Esta será la condición indispensable para dar fruto. La experiencia vocacional personal encuentra su clave en este “permanecer”.

-Con esta alegoría de la vid, Juan nos presenta el boceto del discípulo de su comunidad, que debe dar frutos de unidad y de amor para perseverar en las dificultades.

-El discípulo que permanece, superará todas las dificultades como le pasó a Pablo.

-Otra manera de decir lo mismo es el mandamiento que nos transmite Juan: creer y amar. Además, el amor debe ser “con obras y según la verdad”.

-Hemos de acostumbrarnos a aceptar la poda de tantas cosas que nos impiden dar buen fruto.

 

3. Preguntas para la reflexión personal o de grupo

 

-¿Qué significa para ti “permanecer” en el Señor?

-¿Qué haces para “permanecer” en él? ¿Qué tienes que mejorar todavía?

-¿Cuáles son los frutos de unidad y amor que la comunidad espera de ti?

-¿Qué exigencias encuentras en tu vida al leer la invitación de Juan “no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad”?

-¿Cuáles son los aspectos de tu vida que necesitan ser podados por el Señor?

 

4. Un poco de poesía

 

PRESENCIA EN LA AUSENCIA

 

Sentía la angustia de la soledad.

Sentía ausencia, separación del mundo.

Sentía un vacío que necesitaba llenar.

Sin darme cuenta de mi urgencia,

encerraba una gran profundidad.

                Era mi ardiente deseo de la presencia de Dios.

Era el ferviente anhelo de “su presencia” en mí.

Era “el dejar ir”, para “dejar actuar”.

Era “mi ausencia” para recibir “su presencia”.

                Es el gozo de Su infinita fuente de vida,

fluyente a través de todo mi ser,

en una sintonía de paz y amor,

brindándome su celestial serenidad.

                Es “su todo” en “¡mi nada!” Es “¡el yo soy!”

Es “su presencia” en “la ausencia”,

que al irradiarse…

vislumbra… ¡sólo a quienes la ven!

(Teresita Díaz)

 

 

Sexto Domingo de Pascua

 

Hech 10, 25-26. 34-35. 44-48

1 Jn 4, 7-10

Jn 15, 9 -17

 

1. Comentario vocacional

 

La liturgia nos ofrece hoy un texto que es la continuación del evangelio proclamado el domingo pasado. Entonces reflexionábamos sobre la experiencia de “permanecer en la vid”. En esta línea, hoy podemos avanzar aún un poco más en la comprensión de este misterio. Es el mismo Jesús quien nos lo explica. Ese “permanecer en la vid” se transforma en un “permaneced en mi amor”. Y aquí está la clave del “permanecer”: en sentirse amado por Jesús. Es esta la experiencia que se encuentra en la base de toda vocación.

Esto es algo que no se puede discutir y que hemos encontrado ya en nuestro itinerario de Pascua. El origen de toda experiencia de fe y de vocación está en el amor que recibimos de Jesús. Sólo se puede seguir por amor a alguien que nos ama. Si no hemos hecho esa experiencia de amor, algo no marcha.

Jesús nos hace dos comparaciones para que comprendamos el alcance de su amor. Primero nos dice que su amor es como el del Padre: “como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. Su amor es infinito, sin límites, divino. Gracias a su manera de amarnos podemos también vislumbrar un poco el amor del Padre que nos llega a través del hijo.

Pero partiendo de la vida corriente entre los hombres Jesús nos da otro ejemplo fácil de comprender: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.  Su amor es tal que ha dado su vida por nosotros, sus amigos. Ya no somos siervos esclavos del pecado porque él ha venido a liberarnos y a salvarnos. Recibimos gracia sobre gracia y sin merecerlo. Todo es gratuito de tal manera que comparte con nosotros todo lo que ha oído al Padre.

Como ya hemos visto, a través de Jesús podemos descubrir el amor del Padre como nos lo dice Juan en la primera lectura: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él”. Jesús, el hijo amado que viene a nosotros, es la prueba del amor de Padre. Cualquier cosa que podamos añadir a esto no hará sino estropear el misterio.

Y es que la mejor manera de acercarnos a misterio de Dios es el amor. Muchas cosas se pueden decir de Dios, muchas “definiciones” se pueden intentar, pero nadie lo ha dicho de una manera tan clara como Juan: “Dios es amor”. Y los místicos de todos los tiempos lo han experimentado y han dado testimonio. Por eso nuestra repuesta al amor de Dios no es que nosotros amemos primero, sino dejarnos amar. Si pensamos demasiado en el amor que debemos dar nos equivocamos porque seguimos centrados en nosotros mismos. Lo primero será siempre dejarse amar. Y esto parece bonito y atractivo, pero no es así, porque nos pide un olvido y un vacío total de nosotros mismos.

En un momento posterior, el amor recibido se transformará en amor compartido y creativo. Por eso permanecer en el amor de Jesús nos llevará a cumplir el mandamiento del amor teniendo a Jesús como modelo (“como yo os he amado”). Este será el perfil del verdadero discípulo seguidor de su Maestro: el que da frutos de amor. El discípulo es el elegido para dar frutos al estilo de Jesús, es decir, capaz de dar la vida.

La Palabra de Dios hoy es una llamada al amor que se recibe y se comparte como misterio de toda vocación.

 

2. Pistas para la homilía

 

-El evangelio de hoy es la continuación del que leímos el domingo pasado, por lo que es una manera de concretar lo que significa “permanecer en la vid”, que  no es otra cosa que permanecer en el amor de Jesús. Esta experiencia de sentirse amado, es la experiencia fundante de toda vocación.

-Somos amados por el Hijo de tal forma que ya no somos siervos, sino amigos, elegidos. Su amor le ha llevado a dar la vida por nosotros. Pero somos también amados por el Padre “que mandó al mundo a su Hijo único”.

-La definición de Dios, la más perfecta y clara, es la que nos da la segunda lectura: Dios es amor. Y el amor no se define por lo que nosotros hacemos (amar a Dios) sino por lo que nosotros recibimos primero (somos amados por Él).

-Aunque el evangelista presenta varios temas, lo que pretende es describir los rasgos del verdadero discípulo. Permanecer a unidos a Jesús es permanecer en su amor, porque nos ha elegido para dar frutos de amor. Y esto se concreta en cumplir su mandamiento: amarnos unos a otros teniéndole a él como modelo, es decir, hasta entregar la vida, que es su máxima expresión.

 

 

3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo

 

-¿En qué sentido el amor de Jesús es el fundamento de tu experiencia de fe y de tu vocación?

-¿Qué significa para tu vida de creyente y llamado la invitación de Jesús a “permanecer en su amor”?

-¿Qué consecuencias tiene para ti que Dios sea definido como amor? ¿Es este Dios-amor el que tú anuncias a los demás?

-¿Cómo vives tu amor al estilo de Jesús?

 

4. Un poco de poesía

 

CANCIÓN AL AMOR

 

Le canto al amor en un poema,

porque el amor está en todas las cosas,

está en la luna, el sol y las estrellas,

está en los ríos, en el aire y en las rosas.

Le canto al amor en un poema,

porque es el sentimiento más humano,

más sobre todo, amar a Dios, es nuestro lema,

pues El nos ordenó: “Amaos como hermanos”.

Le canto al amor en un poema,

y elevo hasta el “Creador” mis alabanzas,

porque ese hermoso sentimiento ordena,

que nos amemos sin límites ni razas,

que compartamos, alegrías y penas,

pues hasta el “cielo” su poder alcanza.

(R.Tagore)

 

Fiesta de la Ascensión

 

Hech 1,1-11

Ef 1,17-23

Mc 16,15-20

 

1. Comentario vocacional

 

La fiesta de la Ascensión no debería ser un día de duelo y pena porque el Señor se va. Es, por el contrario, un misterio que nos empuja a la esperanza y al compromiso que tiene sus raíces en la fe. Marcos, al final de su evangelio, nos presenta a un Jesús que ha cumplido la misión encomendada por el Padre en este mundo. Este es el sentido de “ascender al cielo y sentarse a la derecha de Dios”. No se trata por ello de describirnos un lugar físico, que no tendría ningún sentido, sino de mostrarnos que Jesús se encuentra en la gloria de Dios Padre.

                Antes de partir, Jesús hace lo que diríamos un “traspaso de poderes”: envía a los once a continuar su misión. Y lo hace con dos imperativos de movimiento: id y proclamad. Los once, después de la muerte de Jesús, han te tenido miedo y se han refugiado en sí mismos. Ahora Jesús les pide todo lo contrario. “Ir” significa salir, ponerse en camino, partir. “Proclamar” es divulgar, anunciar, pregonar. Parece que fueran dos acciones que se hacen al mismo tiempo: se va proclamando o se proclama siempre en marcha y sin pararse nunca.

                Para los que hoy recibimos por el bautismo este “traspaso de poderes” los dos verbos tienen la misma fuerza que entonces. Quizás podemos decir que el envío hoy es más necesario que nunca, porque el presente siempre es más exigente que el pasado y el futuro. Hoy escuchamos ese “id” y ese “proclamad” y no nos queda otra que ponernos en marcha, desestabilizarnos un poco y salir de nuestras rutinas. El envío es siempre una exigencia de ir un poco más lejos de lo que sabemos o creemos saber, de lo que siempre hemos hecho, de lo que nos da seguridad. Hace falta un poco de atrevimiento y osadía que tantas veces nos falta.

                Pero el mensaje ha de ser claro y sin ambigüedades. “Proclamad el Evangelio”, la Buena Noticia. Ese es el contenido del anuncio y no hay otro. Ese es el motivo del envío y  no hay otro. Proclamamos el mismo evangelio de Jesús que nos invita a hacerlo “al mundo entero” y “a toda la creación”. Estas dos expresiones subrayan la universalidad de la misión encomendada y nos ayudan a precisar mejor el alcance de los dos verbos antes explicitados. El envío y la proclamación no tienen límites. Si los hubiera, sería contradictorio en sí mismo, sería ser tacaños con la gracia de la Buena Noticia.

                Pero si el anuncio se hace al estilo de Jesús, a su manera, a los que crean les acompañaran ciertos signos. Probablemente nos suenen raros los signos de la lista que nos presenta Marcos. Podemos caer en el error de pensar que nosotros no somos verdaderamente creyentes porque no tenemos esos signos. Pero no perdamos de vista que lo que Marcos nos presenta son en definitiva signos de liberación y de vida. Donde hay opresión, incomunicación, peligro, muerte, enfermedad… encontraremos liberación, comunicación, confianza, vida y salud. Es la manifestación del Reino de Dios. El problema está en comprobar si en nuestro mensaje encontramos esta última lista de “signos de liberación y vida” o no. Por lo que la pregunta es evidente ¿qué tendríamos que hacer para que así fuera?

                Aunque parezca una misión difícil y vasta no hay que temer. El evangelista nos deja constancia que la misión, de hecho, se está haciendo: “ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes”. En es sencilla frase están incluidos todos los elementos antes comentados: ir, proclamar, Evangelio, universalidad. Es de por sí una afirmación de esperanza, porque lo que nosotros hacemos no es otra cosa que meternos en esta corriente de vida.

                Pero Marcos también nos aclara la presencia viva del Señor Resucitado para recordarnos que no se trata de una misión de la Iglesia, sino de Jesús mismo. Esta cooperación aparece manifiesta con la preposición “con”: “actuaba con ellos y confirmaba”. En definitiva, lo que hacemos nosotros, como Iglesia, es proclamar, por eso los signos son un don del Resucitado que acreditan lo que decimos.

 

 

2. Pistas para la homilía

 

-Marcos nos presente la escena de la Ascensión como un “traspaso de poderes”. Jesús ha culminado su misión y vuelve al Padre, y la Iglesia es enviada a continuarla de una manera, además, universal.

-Las acciones que determinan este “traspaso” son “id” y “proclamad”.

-La Iglesia hará lo mismo que Jesús: proclamar el Evangelio con numerosos signos de liberación.

-En esta misión no hay nada que temer: la Iglesia cuenta con la presencia del Resucitado que actúa con ella y confirma su mensaje.

 

3. Preguntas para la reflexión personal y grupal

 

-¿Cuáles son las consecuencias prácticas para la Iglesia que tiene hoy el envío de Jesús “id” y “proclamad”?

-¿Cuáles serían las consecuencias para tu propia vida?

-¿Cómo puedes hacer tú real el anuncio de la Buena Noticia “al mundo entero”?

-¿Cuáles son los signos de vida que deben acompañar hoy el mensaje de la Iglesia?

-¿En qué sientes tú que el Señor Resucitado acompaña la misión de la Iglesia?

 

4. Un poco de poesía

 

NO TE AVERGÜENCES NUNCA

 

No te avergüences nunca

de proclamar su Nombre,

deletreado en actos.

 

Muestra su Rostro glorioso

en tu mirada calcinada.

 

Exhibe, como plena garantía, el precio de su Sangre,

en el combate y en la derrota,

en la esperanza.

 

Comulga su espíritu en la Hostia,

en el silencio de los pobres

y en el grito de los muertos.

 

Abrázalo en toda carne humana.

 

Y espera su regreso, seguro, imprevisible,

con tus pies ahincados en nuestro cada día.

(Pedro Casaldaliga)

 

 

Fiesta de Pentecostés

 

Hech 2, 1-11

Gal 5, 16-25

Jn 15, 26-27; 16, 12-15

 

1. Comentario vocacional

 

A pesar de poder utilizar las lecturas del Ciclo A, la liturgia nos deja abierta una opción para la segunda lectura y otra para el evangelio en este Ciclo B. Nos fijamos en ellas para ofrecer nuestro comentario.

El evangelio recoge el tercero y el quinto de los anuncios que del Espíritu hace Jesús. Primero, se nos presenta al Espíritu como el defensor o testigo (paráclito) que procede del Padre para dar testimonio de Jesús. Esta expresión sugiere un contexto de juicio donde hacen falta testigos-defensores. Así, los comentaristas señalan dos espacios (juicios) en los que este Defensor va a actuar. Primero se trataría del proceso interno de la propia fe. Todos tenemos experiencia de dudas, crisis y titubeos. Seguimos a Jesús desde nuestra vocación específica pero a veces nos hundimos. ¿Dónde está ese Jesús de quien nos hemos fiado y a quien le hemos dado todo? Será el Espíritu quien con su luz interior saldrá a defendernos y a fortalecernos, porque dará testimonio de Jesús cuando no lo veamos claro. Ya lo sabemos: en caso de crisis de fe acudamos al Espíritu.

Un segundo proceso sería externo, reflejo de la situación que vivía la comunidad de San Juan perseguida por los dirigentes judíos. En este contexto de debilidad por la persecución, el Espíritu será también defensor de los creyentes. Será él quien de fortaleza para que nosotros mismos seamos capaces de dar ese testimonio. En este sentido, el testimonio de los discípulos aparece como una prolongación del otorgado por el Espíritu.

Muchas cosas me quedan por deciros” comenta Jesús. Pero no estamos listos para comprenderlas. Por ello envía el Espíritu de la verdad para que sea nuestro pedagogo. La revelación de Jesús será siempre un misterio y siempre habrá algo que no comprendamos del todo y que se nos escape. Es lo mismo que la vocación, otro misterio incomprensible para muchos. El misterio de la llamada, el misterio de la respuesta, sólo pueden ser entendidos desde el Espíritu. Es él en definitiva quien nos da la fuerza para responder. Es él quien nos va revelando y explicando poco a poco el misterio de la llamada.

La vida de todo vocacionado, de todo llamado, debe estar guiada y orientada por el Espíritu. No hay otra. Por eso la doble invitación de San Pablo (“andad según el Espíritu”, “marchemos tras el Espíritu”) que abren y cierran la segunda lectura. Este estilo de vida “según el Espíritu” tiene unos rasgos muy claros y determinados. En concreto, Pablo habla del “fruto del Espíritu”, en singular. Porque a decir verdad, sólo hay un fruto, el amor. El resto de cosas que aparecen en la lista son concreciones del amor. Es una lista que nos sirve además para evaluarnos, para saber si realmente vivimos animados por el Espíritu.

El hombre animado por el Espíritu es un hombre libre y por ello tiene que decirse. Siempre hay una opción a tomar entre la vida y la muerte, entre las obras del Espíritu y las de los apetitos desordenados (“obras de la carne”). Esta otra lista que nos da San Pablo es sólo un ejemplo de pecados que destruyen y ponen en peligro la comunidad y la convivencia.

Pero el Espíritu no es un adorno en nuestro camino vocacional. El nos ayuda salir de nuestras crisis personales que se presentan de manera cíclica y sin avisar. Por eso es el Espíritu quien nos desvela el misterio de la vocación. Y también nos da la fuerza para ser testigos de Jesús porque seguimos haciendo su misma tarea, es decir, un testimonio que damos con el ejemplo de una vida animada por el Espíritu.

 

2. Pistas para la homilía

 

-Jesús anuncia el Espíritu como Defensor y testigo, primero, en el proceso interno de la fe, donde encontramos dudas y titubeos.

-Después el Espíritu es testigo en un proceso externo, es decir, ante las persecuciones que nos vienen del exterior de la comunidad.

-El Espíritu nos “comunicará lo que está por venir”, es decir, será quien nos aportará el sentido completo de la revelación. Nos iluminará para comprender el misterio.

-Es el Espíritu quien nos anima a vivir una vida “espiritual” según sus propios frutos y rechazando las obras de la carne.

 

3. Preguntas para la reflexión personal y de grupo

 

-¿Qué experiencia tienes del Espíritu como pedagogo que ayuda a aclarar el misterio de Jesús?

-¿En qué sentido te ayuda también a comprender el misterio de tu vocación?

-¿En qué circunstancias te sientes perseguido? ¿Cómo te puede ayudar el Espíritu de Jesús?

-Releyendo la lista de los frutos del Espíritu, ¿en qué sentido vives una vida animada por el Espíritu?

-¿Qué “apetitos desordenados” te impiden una vida “en el Espíritu”?

 

4. Un poco de poesía

 

Si el invierno me alcanza,

y mis pies descalzos están,

con su frío que siempre volverá,

tocando a mi cuerpo desnudo con enfermedad…

 

Si el invierno me alcanza,

con abrigos, recursos y cálida

es la morada cada día aunque caiga,

granizo que golpea o nieve en su acaricia…

 

Si el invierno me alcanza,

con una noche larga, mas larga,

por estar sumergido en una amarga

pena que no te deja ni aun dormido soñar…

 

Si el invierno me alcanza,

con la noche reparadora que prepara,

para renacer el día que se aguarda en la corta

espera para continuar feliz su disfrutar…

 

El Espíritu Santo,

me susurra de la gloria de Dios,

el eterno sensible y fuerte compañero,

que ni en mis lagrimas o risas me dejará solo.

 

El Espíritu Santo,

que Jesús a los creyentes,

su compañía dejó para que el gozo,

sea completo y no en extravío ausente.

 

El cristiano,

cristiano es aunque en lloro,

o en la caricia de la vida estén sus pasos,

¡Cuando se es lleno del Espíritu Santo!

(Javier R.Cinacchi)

 

 

 

Preparado por Carlos Comendador Arquero