
MEDITACIONES VOCACIONALES PARA LAS FIESTAS DE LA ASCENSIÓN-PENTECOSTÉS-SANTÍSIMA TRINIDAD Y CORPUS CHRISTI -CICLO A-
Hech 1,1-11
Ef 1,17-23
Mt 28,16-20
1.Comentario vocacional
Nos acercamos en el día de hoy al misterio de la Asunción de Jesús desde dos perspectivas teológicas: la que nos ofrece Lucas en la primera lectura y la de Mateo en el evangelio. Ello nos ayudará a encontrar detalles interesantes.
Quizá las dos diferencias más claras a simple vista se refieren al tiempo y al lugar. Mientras que en Mateo la Ascensión tiene lugar en Galilea probablemente el mismo día de la resurrección, Lucas señala que fue en Jerusalén cuarenta días después. ¿A qué obedecen estas discrepancias?
Situando la escena en la “Galilea de los gentiles” Mateo quiere ya remarcar el carácter universal de la misión dirigida a “todos los pueblos”, a la vez que pone su origen en el mismo lugar donde Jesús comenzó su ministerio. Con ello queda claro que la misión de los apóstoles, de la Iglesia, nuestra propia misión, está en continuidad con la misma de Jesús.
En Lucas, sin embargo, todo su evangelio se concibe como un camino hacia Jerusalén, culmen de una etapa. Pero también Jerusalén es comienzo de otra, pues de aquí parte la misión universal. Los cuarenta días de instrucción aparecen como un tiempo de espera y preparación siendo instruidos los discípulos por el Señor, lo cual les da autoridad como auténticos y reconocidos enviados suyos de cara a la comunidad. Con la ascensión Lucas señala además que el tiempo de las apariciones ha terminado.
La primera parte del evangelio de hoy tiene la intención de mostrarnos la identidad de Cristo resucitado a quien se le ha dado “pleno poder en el cielo y en la tierra”. En este sentido la segunda lectura profundiza algo más al indicar que Jesús está sentado a la derecha del Padre y todo le está sometido. Es una presentación del Cristo victorioso.
Ante esta manifestación (que tiene lugar en lo alto de un monte) los discípulos “se postraron, pero algunos vacilaban”. Mateo expresa aquí esa actitud de duda en los apóstoles que los demás evangelistas presentan en los relatos de aparición. No es algo nuevo, sino que está en continuidad con la actitud que ellos tuvieron durante la pasión y muerte del Maestro. Jesús se revela para devolver las fuerzas a todos los que vacilaron en esos críticos momentos. Dándoles y confiándoles la misión, les recuerda que éste es un don que nadie merece. Esto refleja nuestra propia actitud en el seguimiento de Jesús, que está hecha de luces y sombras, de adoración y vacilación.
Lucas sin embargo pone de relieve que incluso ahora los discípulos son tardos para entender todo lo que Jesús les ha enseñado. Por eso tienen necesidad del Espíritu. Y será él quien les guíe y les explique todo.
Esta misión encomendada tiene carácter universal, “hasta los confines del mundo” y requiere ponerse ya en acción. De ahí la llamada que escuchan los discípulos: “¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. Para llevar a cabo esta misión, el mismo Jesús nos promete su presencia: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. La Ascensión no es por ello el momento en el que Jesús se desentiende del mundo, sino todo lo contrario, él se hace presente en todo el mundo y por todas partes a través y gracias a su Iglesia
2.Ideas clave para la homilía
-El evangelio de hoy nos invita en primer lugar a encontrarnos con el Señor Resucitado, a acercarnos para contemplar su misterio: el Cristo victorioso de la muerte.
-Esta actitud de contemplación y adoración es fundamental en toda vocación. Al igual que algunos de los discípulos vacilaban, nosotros también nos movemos en nuestra propia ambigüedad en materia de fe y seguimiento de Jesús.
-A pesar de nuestra mediocridad el Señor nos confía su misión: compartir lo que él nos ha enseñado para hacer discípulos suyos.
-Aunque esta tarea nos sobrepasa, no debemos temer, pues él está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.
3.Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Cómo vives en tu vida esa mezcla de “adoración y vacilación” ante el misterio de Jesús?
-¿Sientes que tu vida y tu ministerio pastoral están llamados a continuar la tarea de Jesús? ¿Qué repercusiones tiene esto para tu vida de fe?
-¿En qué sentido vives como “discípulo” de Jesús, es decir, instruido por él?
-¿Qué significa para ti que a pesar de tu debilidad y tibieza, el Señor te confía su propia misión?
-¿A qué lugares te sientes llamado a llevar la Buena Nueva de Jesús?
-¿En qué sientes que la promesa de presencia de Jesús es una realidad viva?
4.Un poco de poesía
Jesús, tú que te marchaste,
¿seremos capaces nosotros
de dejar de mirar
hacia atrás o hacia el cielo,
cuando tú nos encargas
construir el porvenir y la humanidad?
Jesús, tú que te marchaste
para preparar innumerables mansiones,
¿seremos capaces de prolongar
tu andar ligero
que despertaba a los hombres
y transformaba la vida?
Jesús, tú que te marchaste,
recuerdo y espera,
eucaristía inagotable,
¿seremos capaces nosotros a lo largo de los días
de esculpir las piedras vivas de la ciudad de Dios?
(Besssière)
5.Para darle vueltas
Porque en este camino, el bajar es subir y el subir, bajar. (San Juan de la Cruz)
Hech 2, 1-11
1Cor 12, 3b-7. 12-13
Jn 20, 19-23
1.Comentario vocacional
Para aquel que se siente llamado por Jesús, celebrar la fiesta de Pentecostés es recordar quién es el guía de la propia vida: el Espíritu de Jesús. En este sentido, las lecturas que hoy nos propone la liturgia nos ayudarán a descubrir esta experiencia de base.
Una vez más nos acercamos a un misterio desde dos perspectivas complementarias. Contemplamos el misterio del don del Espíritu desde las teologías de Lucas y de Juan. Es Lucas quien sitúa su venida en la fiesta de Pentecostés, fiesta en la que los judíos celebraban la llegada al Sinaí y el don de la Ley que allí recibían. De esta manera, Lucas nos muestra que el Espíritu de Dios será la nueva Ley que guiará y orientará la comunidad cristiana. No será ya una ley muerta y escrita en piedra, sino una Ley viva en los corazones de cada uno de sus miembros.
Juan por su parte, expresa que el Espíritu es un don de Jesús (“Recibid el Espíritu Santo”); un don que ya fue dado en la cruz cuando “inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,30). El Espíritu, pues, se nos da en todo el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. Ahora al subrayar Juan que el resucitado “exhaló su aliento”, nos recuerda con este gesto, el momento de la creación (Gn 2,7). Quien recibe el Espíritu de Jesús es una criatura que ha nacido de nuevo. Es el Espíritu quien nos hace decir y creer “Jesús es el Señor” (segunda lectura). Yo, que soy llamado por Jesús, recibo también este don gratuito. Por eso su interpelación me hace un ser nuevo con una identidad nueva, gracias al Espíritu.
Sin embargo, el don del Espíritu no es un don para guardarlo, saborearlo y disfrutarlo personalmente. Es un don para la misión. Al darles el Espíritu, Jesús confía a sus discípulos la misión: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Es la misma misión de Jesús, no hay otra. Es la misión del perdón y la reconciliación. Es la misión que se presenta siempre con el saludo pascual: “Paz a vosotros”. La misión de Jesús es entonces causa y al mismo tiempo modelo de la misión de la Iglesia. Y a mí el Señor me confía esa misma misión: ser portador de perdón, reconciliación y paz. A pesar de mi debilidad, me llama a ser instrumento de su paz.
Ya en la primera lectura encontramos algunos signos de esta misión en la primitiva comunidad. Gracias al Espíritu hay un entusiasmo vital que pone en marcha a los apóstoles, de tal manera que son capaces de hablar de las maravillas de Dios en todas las lenguas. En definitiva por la acción del Espíritu se habla una lengua que todos comprenden: la lengua del amor, el nuevo mandamiento de Jesús.
Pero en la segunda lectura encontramos aún otro elemento para profundizar en el don del Espíritu: es un don que sirve también para enriquecer la misma comunidad. Es el Espíritu quien concede distintos dones y carismas. Y no lo hace para el provecho de cada uno sino de la comunidad. El Espíritu es el origen y la causa de la unidad, y los carismas deben tender a ella, creando un solo cuerpo, un solo pueblo.
Hoy día de Pentecostés, es un día para volver a tomar conciencia de que estoy invadido e inundado por el Espíritu; un Espíritu que me recrea y me da un nuevo ser como seguidos de Jesús, que me envía a continuar su misión de perdón, reconciliación y paz, compartiendo en comunidad los dones que él mismo nos ha dado.
2.Ideas clave para la homilía
-La persona llamada por Jesús vive toda su vocación desde la perspectiva del Espíritu. Debe ser un hombre de Espíritu y debe dejar al Espíritu hacer su trabajo en él mismo.
-El Espíritu es ante todo un don del Cristo resucitado, un nuevo aliento de vida, una nueva creación. Por ello hace de nosotros nuevas criaturas, creyentes para confesar “Jesús es el Señor”.
-Es un don para la misión, la misma de Jesús. Una misión universal que supera las barreras de las lenguas, porque se habla un lenguaje que todos comprenden: el amor.
-Es un don para animar la comunidad y hacer un solo pueblo con diversos carismas al servicio de la unidad.
3.Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Qué papel ocupa el Espíritu en mi propia vida de fe?
-¿Hasta qué punto soy consciente de que el Espíritu es quien debe guiar mi vida? ¿Me dejo conducir por él?
-¿En qué se nota que el Espíritu hace de mi una nueva criatura?
-¿En qué circunstancias o situaciones tengo que llevar a cabo la misión encomendada de perdón, reconciliación y paz? ¿Cómo me siento ante esta misión?
-Como los apóstoles ¿hablo yo también de las maravillas de Dios?
4.Un poco de poesía
Al Viento del Espíritu
Que sopla en todas partes,
Libre y haciendo libre a otros
Libre y trayendo la Liberación,
Victorioso sobre la Ley,
Y sobre el Pecado y la Muerte.
Al Viento del Espíritu
Que penetró en Jesús
Y lo envió a los pobres
Para anunciarles las buenas nuevas
Y la libertad de los cautivos.
Al Viento del Espíritu
Que reinó en Pentecostés
Eliminando prejuicios e intereses
Y el temor de los Apóstoles,
Abriendo de par en par las puertas del cenáculo.
Para que la comunidad de los seguidores de Jesús
Siempre pueda estar abierta al mundo
Libre en su palabra,
Coherente en su testimonio,
Insuperable en su esperanza.
Al Viento del Espíritu
Que siempre barre los miedos de la Iglesia
Y que quema a todos los poderes
Excepto el poder del servicio fraternal
Y que purifica la iglesia a través de la pobreza y el martirio.
Al Viento del Espíritu
Que echa en las cenizas la arrogancia, la hipocresía y la lujuria.
Y alimenta las llamas de la justicia y la liberación
Y que es el alma del Reino.
Para que seamos el Viento en el Viento, hermanas y hermanos.
(Pedro Casaldáliga)
5.Para darle vueltas
El trabajo que Dios hace en nosotros raramente es el que nosotros esperamos. Casi siempre el Espíritu Santo parece actuar a contrapelo. (G.Bernanos)
Fiesta de la Santísima Trinidad |
Ex 34,4b-6.8-9
2 Cor 13,11-13
Jn 3, 16-18
1.Comentario vocacional
Cuando una persona escucha la voz de Dios ¿qué idea se hace de él? Esta es una experiencia fundamental en toda vocación. Es una pregunta ineludible. ¿Quién es ese Dios que se me hace cercano y me llama por mi nombre a colaborar con él? ¿Puedo entrar en su misterio? ¿En qué medida yo mismo me hago mi propia idea de Dios según mis propios intereses? Precisamente este es un reto en el propio proceso de discernimiento espiritual: conocer al verdadero Dios revelado por Jesucristo, despojándole de los añadidos que mi propia experiencia, mis deseos y mis miedos hayan podido adherirle.
La fiesta de la Santa Trinidad que hoy celebramos nos presenta el misterio de Dios tal cual es. Y por ser un misterio no es un enigma intelectual, sino el centro de la experiencia de la fe personal. No podemos afrontarlo desde la erudición sino desde la contemplación. Esta es la verdadera actitud ante el Dios trinitario.
Gracias a la revelación de Jesús creemos que el Dios cristiano es ante todo un misterio de comunión y de relación entre las personas divinas. Todas conjugan los verbos darse y recibir, donarse y acoger, tanto en activa como en pasiva. Dios es un misterio de amor que revela nuestra identidad en tanto que seres humanos, cristianos y llamados. El Dios trinitario nos muestra nuestra vocación: ser comunión y construir la comunión.
Estos son sus dones para con nosotros: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión esté siempre con vosotros” (segunda lectura). Gracia, amor, comunión. ¿Echamos en falta algo? Son los dones recibidos que debemos compartir. Y esta es la idea de saludarse “en el beso santo”.
Como se ve claramente, el Dios trinitario es un Dios que siempre tiene la iniciativa, un “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (primera lectura). En el libro del Éxodo descubrimos una mezcla entre la transcendencia de Dios y su cercanía con el hombre. Y es ahí donde se sitúa el hombre: entre el temor de Dios y el amor de un hijo agradecido.
Juan va aún más allá en el texto de hoy, que viene a ser un resumen de su evangelio y su teología. En ese “tanto amó Dios al mundo…” está concentrado el misterio de Dios, del hombre y de su propia salvación. Por amor nos ha entregado su propio Hijo. Por amor nos ofrece la salvación a través de él. Por amor se hace uno de nosotros para compartir nuestra historia, nuestras penas y nuestras alegrías. Tener esta experiencia de encuentro con el Dios trinitario que es amor no es algo optativo en el camino vocacional. Es origen y fundamento.
Ante esta oferta de amor, el hombre tiene que dar su respuesta. Dios no busca condenar al hombre sino salvarlo. De esta manera el juicio en la teología joánica se decide en el presente: el que rechaza la luz se condena él mismo a vivir en tinieblas para siempre. Nuestra opción es decidirse a creer y aceptar la luz.
Sin embargo la fe no es algo estático. Quien cree en este Dios que es don en sí mismo, él también se hace don en tanto que discípulo. Esta es la vocación común a todo hombre y mujer: darse, ofrecerse como lo hace Dios.
2.Ideas clave para la homilía
-Toda experiencia vocacional tiene en el fondo una idea de Dios y una idea de cómo debe ser la relación con él.
-El Dios Trinitario es un misterio de comunión y de relación entre las personas divinas. Y en Él se descifra nuestro misterio como seres humanos, como creyentes y vocacionados.
-De él recibimos la gracia, el amor y la comunión de donde nace la comunidad humana.
-Es un Dios que siempre tiene la iniciativa y que nos ama de tal modo que se hace uno de nosotros para salvarnos.
-Ante esa oferta de salvación el hombre tiene que dar su respuesta: o la rechaza o la acepta. Éste es el juicio que se hace ya presente.
3.Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Soy consciente de que la imagen que tengo de Dios no corresponde con su verdadera identidad? ¿He vivido algún momento de crisis al “derrumbarse” la idea que tenía de él? ¿Cómo fue?
-¿Qué implicaciones tiene para mi vida que Dios sea sobre todo comunión, amor?
-¿Cómo vivo la antinomia temor-amor con relación a Dios?
-¿Soy consciente de la oferta de salvación que Dios me hace? ¿Cómo le respondo en la vida de cada día?
-¿Cómo vivo mi vida en cuanto ofrecimiento y donación de mí mismo?
4. Un poco de poesía
Te he nombrado, te he dicho:
Dios, Padre, Hermano, Amigo,
presencia omnipresente,
creador, vacío, noche,
trinidad o misterio,
Dios que todo lo abarca,
herida y plenitud.
Te he nombrado, te he dicho.
Más debí haber callado
y hundido en un silencio
decirte solo: ¡Oh Mar!
(Pedro Miguel Lamet)
5.Para darle vueltas
Hay dos clases de seres a los que no aguanto: los que no buscan a Dios y los que se imaginan haberle encontrado. (Thibon)
Fiesta del Corpus Christi |
Dt 8, 2-3,14b-16a
1 Cor 10, 16-17
Jn 6, 51-58
1.Comentario vocacional
¿Qué me hace vivir? ¿Quién me hace vivir? ¿En qué o en quién se apoya y sostiene mi vida? Quizá nos cueste responder estas preguntas. Quizá para hacerlo bien convendría echar un vistazo atrás, a la vida ya recorrida. Seguro que muchas personas nos han ayudado y han estado a nuestro lado en todo momento. También habrá quien tiene la sensación de haber sido abandonado por todos. A pesar de todo ¿quién me ha dado el ser?
A lo mejor necesitamos a alguien que como a los judíos nos diga “recuerda el camino que el Señor tu Dios te he hecho recorrer…”. Vivimos momentos de alegría y de tristeza, de gozo y de desesperación. Pero Dios siempre está ahí. Nunca nos ha dejado ni nos dejará. Él alimentó al pueblo de Israel en el desierto con un alimento desconocido: el maná. Y Dios lo hizo con una intención pedagógica: “para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”. Por desgracia hace falta la muerte de alguien para que valoremos la vida; la enfermedad para tomar conciencia del don de la salud, etc… Las situaciones más complicadas de nuestra historia personal nos recuerdan que lo único que importa realmente en nuestra vida, en nuestro mundo, es Dios. Él es el que nos sostiene en todo momento.
Dando un paso más, los cristianos hemos recibido de Jesús un regalo para mantenernos en pie. Jesús se nos ofrece él mismo como alimento: “el que come de este pan vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Este mensaje fue muy difícil de aceptar y comprender tanto por los judíos como por cristianos provenientes del mundo griego. Pero también hoy a nosotros nos resulta difícil vivir este misterio porque nos hemos acostumbrado a él e, incluso, nos aburrimos durante su celebración. La participación en la Eucaristía es nuestra fuente de vida. Nos da vida en plenitud, en abundancia, vida eterna. Después de haberla celebrado no se puede vivir de cualquier manera, porque nuestra vida ha recibido un plus de gracia que no se puede despreciar.
¿Cómo vivo la Eucaristía y participo en ella? Jesús nos dice que “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Y así la Eucaristía viene a ser un misterio de comunión íntima entre Jesús y cada uno de nosotros; pero acaso ¿soy consciente de ello cuando entro en la Iglesia?
Además, participar de esa comunión es asimilar ese alimento de tal manera que se haga existencia en nosotros. Comulgar es aceptar querer identificar nuestra vida con la de Jesús, transformarnos en él. ¿No es esta nuestra primera vocación? Y sin embargo, ¡cuántas veces se nos olvida!
No obstante, esta comunión íntima deriva y posibilita también la comunión en la comunidad: “El pan es uno y así nosotros” (segunda lectura). De aquí se deriva que la participación en la misa no es un asunto personal, sino que nos lleva y nos exige trabajar por crear la unión en la comunidad y en la sociedad. Celebrar la Eucaristía es ser enviado y si no se tiene conciencia de esto, es una celebración estéril.
2.Ideas clave para la homilía
-La pregunta que origina nuestra reflexión es ¿dónde encuentro el alimento que sostiene mi vida?
-Como al pueblo de Israel, también a nosotros conviene recordarnos que es el Señor quien nos sostiene
-Jesús nos recuerda que la Eucaristía es para nosotros fuente de vida eterna. Pero ¿cómo vivimos y celebramos la Eucaristía? Comer su cuerpo y beber su sangre es aceptar que nos queremos identificar con Jesús.
-Por eso la Eucaristía es fuente de la comunión en la vida de la comunidad.
3.Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Dónde encuentro lo que me sostiene (el sustento) en mi vida?
-¿Qué experiencia tengo de Dios acompañándome a lo largo de mi historia personal?
-¿Qué valor le doy a las cosas materiales?
-¿Cómo me preparo a celebrar la Eucaristía?
-¿Qué cambia en mí una vez que la celebración eucarística toca a su fin?
-¿De qué manera considero que la Eucaristía es alimento para mí?
-¿Soy consciente de que la participación eucarística me llama a configurarme con Cristo?
-¿Soy consciente también del compromiso social que adquiero una vez que he comulgado?
4. Un poco de poesía
Dame, Señor, tu ocio, ocio para adorarte,
ocio de pensamiento si las manos se enfangan,
ocio azul del espíritu mientras cavila el seso,
ocio de Ángel sin tiempo tras cancela de plumas,
de mariposa absorta en el borde del Cáliz
que abre y cierra sus alas abanicando el éxtasis,
ocio de alta vigilia reclinada en tu sueño.
No tener prisa, no tener prisa, no tener prisa.
Señor, Tú estás presente, Tú eres presente,
Tú eres el Presente.
Déjame despojarme de todo, de mis hábitos,
de mi calzado cómplice oloroso a tomillo,
de mi seda, mi música y mi rosa,
de mi retina y mi pincel abeja.
No quiero entenas, arríame, tómame,
desarbólame, déjame en puro casco
flotante y sin un rumbo, oscilando en tu mar.
Aquí me tienes, Señor, ahora ya puedo
acercarme, sumirme en tu inmensa presencia,
todo en ti convertido, deseado.
Ya sólo existo, soy, para adorarte.
Círculo eres sin fin y sin principio.
En el Pan Tú reposas y de onda en onda creces,
naciendo sin cesar para quererme.
Círculo quiero ser como tu blanco Cuerpo,
como el brocal de oro que se asoma a tu Sangre,
un redondo adorarte, anillo puro.
Nada hay más absoluto que este amor que nos une.
Cuerpo, Sangre de Cristo, báñame de tus ondas,
aliméntame, fúndame, concéntrame,
oh milagro sin víspera y contigo,
súbito arranque, asombro
de la viña, nueva revelación del trigo,
consejo de María inocente en las bodas
(Gerardo Diego)
5.Para darle vueltas
..así como el pan material se convierte en carne del hombre, porque aquel es inferior a éste, al contrario el pan eucarístico, que es más noble que el alma que lo recibe, la atrae, por decirlo así, y la transforma en sí. Por consiguiente, venimos a ser otro Cristo. Y como tales debemos aparecer....recibiendo la Eucaristía, debemos ser y representar a Jesucristo, que nos transforma en Él. (Beato Manuel Domingo y Sol)
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