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MEDITACIONES VOCACIONALES: DOMINGO DE LA TRINIDAD Y DEL CORPUS CHRISTI- CICLO C

Domingo de la Trinidad

 

Prov 8, 22-31

Rom 5, 1-5

Jn 16, 12-15

 

1. Comentario vocacional

 

            La solemnidad de la Santísima Trinidad es una buena ocasión para hacer una reflexión sobre la experiencia personal que tenemos de nuestro Dios que es Uno y Trino. No se trata de jugar a ser teólogos, filósofos, matemáticos, etc… para descubrir este misterio. Nos estaríamos equivocando porque nunca lo conseguiríamos. Este es un misterio que se contempla de rodillas y al que nos referimos en cada instante de la vida, en cada momento de la historia de nuestra vocación.

            Para ello, hagamos hoy un pequeño esfuerzo por descubrir la dimensión trinitaria de toda vocación cristiana, o al menos, algunos de sus aspectos. Partimos del hecho de que la vocación de todo hombre es la unión con Dios Padre y Creador, es decir, hacer viva la experiencia de filiación. Así nos lo han dicho grandes santos, como san Agustín: “Nos has hecho para ti Señor y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en ti”; o como San Ignacio en su principio y fundamento: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima”. El sentido de nuestra vida es Dios y vivir para Él. Quien diga lo contrario, se equivoca.

            Debido a nuestro pecado y a la fragilidad del hombre, muchas veces somos incapaces de hacer esta experiencia. Sin embargo, como nos dice san Pablo, por medio de nuestro Señor Jesucristo, “hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios”. Por ello a pesar de las dificultades de la vida nos apoyamos en la “esperanza de la gloria de los hijos de Dios”, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha dado”. Es decir, vivir como hijo de Dios es posible gracias a la redención realizada por Jesús. No hay pues excusas para seguir viviendo como un esclavo.

            El seguimiento de Jesús es también un aspecto fundamental de toda vocación. Todo llamado ha escuchado su voz, su invitación, su llamada. Todos nos hemos sentido interpelados por su mirada de amor que nos invita a dejarlo todo y seguirle más de cerca. No se puede entender una vocación sin esta experiencia de encuentro personal con Jesús. Él se convierte en el amigo, el confidente, el modelo a seguir. Así es, como Hijo de Dios, nos enseña el camino para ser hijos del Padre y hermanos suyos.

            Todas las vocaciones tienen a Jesús como referente. Y cada una intenta desarrollar un aspecto de su misterio. Los sacerdotes, configurándose a Cristo, cabeza y pastor, actúan en su nombre como alter Christus. Los consagrados se configuran a él en cuanto casto, pobre y obediente. Los esposos también se aman de la misma manera que Jesús ama a su Iglesia. Por eso la armonía y la complementariedad de las vocaciones.

            Para nosotros sería imposible vivir como hijos de Dios en Jesucristo desde nuestra vocación específica si no fuera por la ayuda y el apoyo del Espíritu Santo. El, que “proviene del Padre y del Hijo” nos ha sido dado como don para que nos guíe “hasta la verdad plena”. El Espíritu nos ayuda en la profundización del misterio de Jesús, no al nivel de la inteligencia a base de teorías y doctrinas. El Espíritu nos guía en la profundización personal del misterio de Jesús, es decir, para que lleguemos a desarrollar esa amistad íntima con aquel que nos ha llamado por el propio nombre.

            Ante la ausencia de Jesús, es el Espíritu quien guía su Iglesia para llevar a cabo la misión confiada. Ese “os comunicará lo que está por venir” no hace referencia a verdades que no han sido desveladas por Jesús, sino a su asistencia para saber conocer e interpretar lo que está ocurriendo en la historia y en la vida presentes. Él nos enseña a leer los signos de los tiempos y a responder coherentemente desde el Evangelio. Quien ha descubierto verdaderamente su vocación se deja guiar y orientar, “molestar” y desafiar por el Espíritu. Su proyecto de vida, su programa pastoral, son el proyecto y el programa del Espíritu. Sólo así podrá ser fecundo.

 

2. Ideas para la homilía

 

-Esta fiesta es una ocasión para reflexionar sobre la dimensión trinitaria de toda vocación. En primer lugar, todo hombre está llamado a vivir desde Dios y para Dios. Es la llamada a vivir como Hijo de Dios.

-Toda vocación es una respuesta a una llamada personal de Jesús. No se puede entender una vocación sin esta experiencia personal de encuentro con él. Todas las vocaciones se configurar de una u otra manera a Jesús.

-Es el Espíritu quien nos guía a la profundización personal del misterio de Jesús para desarrollar una verdadera amistad con él.

-El Espíritu nos ayuda a interpretar los signos de los tiempos y a responder con audacia evangélica.

 

3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo

 

-¿Cuál es tu primer sentimiento o reacción cuando piensas en la Santísima Trinidad?

-¿Qué te inspiran las citas de san Agustín y san Ignacio?

-¿Cómo te encuentras en tu camino vocacional de configuración con Jesús?

-¿Qué experiencia tienes de la presencia del Espíritu en tu vida?

-¿En qué sentido te dejas interpelar por los signos de los tiempos?

 

4. Un poco de poesía

 

Noche Oscura

(S. Juan de la Cruz)

 

1. En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

2. A oscuras y segura,
por la secreta escala disfrazada,
¡Oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

3. En la noche dichosa
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

4. Aquésta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

5. ¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

6. En mi pecho florido
que entero para él sólo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba

7. El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

8. Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

 

 

 

 

Domingo del Corpus Christi

 

 

Gén 14, 18-20

1 Cor 11, 23-26

Lc 9, 11b-17

 

1. Comentario vocacional

 

            La celebración de la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo es una ocasión para valorar la centralidad del misterio de la Eucaristía en todo aquel que vive una experiencia vocacional. En este sentido, gracias al testimonio personal de San Pablo, podemos descubrir algunos elementos teológicos de la Eucaristía que tienen que hacerse vida en nuestra experiencia personal para evitar que se queden en mera teoría.

            Efectivamente, el texto de la carta a los Corintios es el más antiguo de los que hacen referencia a la última cena. Leyéndolo descubrimos en primer lugar la dimensión cristológica de la Eucaristía, es decir, la presencia real de Jesús en el pan y el vino. Cuando Jesús dice “esto es mi cuerpo” todo cambia. Y cuando el sacerdote pronuncia en su nombre sus mismas palabras, el milagro se realiza. Por eso la Iglesia ha desarrollado también la adoración eucarística fuera de la misma celebración de la misa. Viene bien recordar al cura de Ars que decía “El está ahí y te espera”. ¿Qué significa esto para mí? ¿Lo creo verdaderamente? ¿Dedico tiempo a visitar y adorar a este Jesús sacramentado que me espera?

            Jesús nos dice por dos veces “haced esto en memoria mía”, es decir, nos invita a no olvidarnos de su gesto de entrega total. En esta dimensión pascual actualizamos el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. No se trata de recordarlo como se vuelve a ver una película o releer un libro, sino de revivir y personalizar la entrega de Jesús, que también es por mí y por mi salvación, por mi comunidad y por la salvación del mundo.  Por eso en la celebración de la misa uno no puede ser un espectador sino alguien que se implica directamente.

            San Pablo nos dice también que cada vez que celebramos la Eucaristía proclamamos “la muerte del Señor, hasta que vuelva”. Es la dimensión escatológica que nos recuerda que estamos de paso en este mundo y que peregrinamos hacia la una vida en plenitud. Esta confesión de fe la repetimos todos los días después de la consagración. ¿Pero deseamos verdaderamente que el Señor vuelva?

            Otra dimensión importante de la Eucaristía es la eclesial. El contexto de la segunda lectura es el de una comunidad, la de Corinto, en la que se viola la verdadera fraternidad cristiana. San Pablo denuncia los abusos que se producen en su interior. Y para justificar su llamada a la fraternidad recuerda el gesto de Jesús en la última cena. Así su entrega total se convierte en el comienzo de una nueva historia, una nueva alianza, una nueva manera de vivir en fraternidad, en el que todos están llamados a entregarse, a darse, a ponerse al servicio del resto.

            Esta idea de fraternidad la vemos reflejada también en el evangelio. Sobra decir las referencias eucarísticas que tiene este texto de la multiplicación de los panes, por lo que todo lo que podamos descubrir es aplicable también a la Eucaristía. Vemos primero que donde había necesidad se realiza un banquete, símbolo del banquete del Reino y actualización de aquel que inauguraba los tiempos mesiánicos. Es un banquete en el que comen todos y se sacian, e incluso sobra. Los doce cestos restantes nos muestran que todo el pueblo de Israel y el nuevo pueblo serán saciados por Jesús.

            Efectivamente el evangelio gira en torno a Jesús y en cierto modo es una manifestación de su identidad. Siendo el milagro que culmina su ministerio en Galilea, Jesús se presenta como aquel que trae la salvación definitiva a los hombres de todos los tiempos. Su ministerio es paradigmático: habla del Reino de Dios, cura y da de comer a los que le siguen incluso hasta el desierto y la soledad sin tener nada, ni siquiera lo básico para comer. El centro de todo pertenece a Jesús.

            Entonces, ¿cuál es el papel de los apóstoles? Ellos se sienten incapaces de responder a la invitación de Jesús “dadles vosotros de comer”. Para ellos la solución no puede ser otra que ir al pueblo y comprar. No saben salir del atolladero. Pero cuando reciben el pan bendecido y partido por Jesús, cuando acogen el pan que viene de él, entonces pueden alimentar a la gente. Esta es su misión, ser servidores de la mesa para que todos puedan comer.

            Revisemos hoy qué es lo que falta a nuestras celebraciones para que podemos actualizar la experiencia del evangelio de hoy, es decir, que reconozcamos a Jesús como el que nos alimenta, que verdaderamente sea un banquete en el que todos se sacien y finalmente, que nos haga más fraternos y solidarios con los desfavorecidos del mundo. Al menos, hagamos hoy que nuestra celebración sea más fraternal y más auténtica.

 

2. Ideas para la homilía

 

-La fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo nos ayuda a valorar la centralidad del misterio de la Eucaristía en todo aquel que vive una experiencia vocacional.

-Cada vez que celebramos la Eucaristía descubrimos la presencia real de Jesús (dimensión cristológica), hacemos memoria de su muerte y resurrección (dimensión pascual), esperamos su vuelta definitiva (dimensión escatológica) y nos comprometemos a vivir en fraternidad (dimensión eclesial).

-La multiplicación de los panes es anticipo del nuevo banquete del Reino donde todos los hombres pueden comer y sentirse saciados. Es por ello que el texto nos sirve para conocer un poco más el misterio de Jesús como salvador de todo hombre.

-Descubrimos que el papel de los apóstoles es dar de comer el pan que viene bendecido y partido de Jesús.

 

3. Preguntas para le reflexión personal o en grupo

 

-¿Qué experiencia tienes de encuentro personal con Jesús durante la celebración de la Eucaristía?

-¿Qué significa para ti hacer memoria de la muerte y resurrección de Jesús en la misa?

-¿Puedes afirmar que verdaderamente esperas la vuelta definitiva de Jesús?

-¿La Eucaristía que celebras te compromete a vivir en fraternidad con gestos concretos?

-A partir del milagro de la multiplicación de los panes, ¿qué debemos promover en nuestras celebraciones y comunidades para actualizar el milagro de Jesús?

 

4. Un poco de poesía

 

EL MILAGRO DE COMPARTIR

Si tanto os preocupa la gente

y la situación clama al cielo,

no me salgáis por peteneras

diciendo que son muchos y no llega,

que hay que despedirlos,

que no es tiempo de vacas gordas...

¡Dadles vosotros de comer!

¡Aquí hay cinco panes y dos peces!

Son los primeros del banquete.

Y tú, ¿qué es lo que tienes?

Vacía tu alforja

y, ligero, pregunta a tu compañero

si quiere poner también él lo que lleva.

Corred la voz.

Que se haga mesa fraterna;

que nadie guarde el pan de hoy

para mañana.

Desprendeos de lo que lleváis encima.

Tomad todo lo que llega.

Levantad los ojos al cielo

y bendecid al Dios de la vida

que tanto vela y vela.

Lo repartieron los que nada tenían.

Llegó para todos

y aun sobro para sonar utopias.

Días habrá en que tendréis que compartir

no lo de un día,

ni lo de una mochila,

ni lo que lleváis encima,

ni las sobras de la primavera,

sino lo mejor de vuestra cosecha

y aun vuestra vida misma.

Gracias, Señor, por romper nuestras murallas y enseñarnos a compartir siguiendo tu palabra.

(Florentino Ulibarri)

 


 


 

Preparado por Carlos Comendador Arquero