
MEDITACIONES VOCACIONALES: DOMINGO DE PENTECOSTÉS- CICLO C
Hech 14, 21b-27
Ap 21, 1-5ª
Jn 13, 31-33a. 34-35
1. Comentario vocacional
La Palabra de Dios que hoy se proclama es una invitación para que aquel que ha consagrado su vida a Dios profundice un poco más en las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor. Tres virtudes que se encuentran a la base de toda respuesta vocacional.
La primera lectura nos muestra el trabajo apostólico de Pablo y Bernabé. En su camino de regreso a Antioquía, la comunidad que los había enviado, van visitado las comunidades fundadas por ellos mismos. Su misión no es otra que animarles y exhortarles a “perseverar en la fe” a pesar de las dificultades. Y para lograrlo designan presbíteros como responsables. También al final de texto se nos dice que “contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe”.
Con respecto a la fe, dos ideas claves iluminan nuestra labor misionera. Primero, la necesidad de confirmar en la fe a los cristianos de hoy. Necesitan que alguien les ayude a perseverar, quien les anime a superar las crisis, las desilusiones, las frustraciones de su proceso de fe. Y esto se hace en el contacto personal. Quizás estamos descuidando esto en nuestro trabajo pastoral dando prioridad a cosas secundarias o burocratizándolo todo. Si nosotros no les ayudamos, ¿quién lo va a hacer?
Segundo, tener la suficiente fe para reconocer que el protagonista de todo lo que hace la Iglesia y de todo lo que hacemos nosotros es Dios. Sí, es Dios quien actúa “por medio de nosotros”. Y para aceptar el protagonismo de Dios hace falta un poco de fe para reconocerle manos a la obra en lo que hacemos. ¿Por qué caer en la tentación de creernos dioses de nuestra pequeña obra?
Después de la derrota de las fuerzas del mal, el libro del Apocalipsis nos presenta la nueva creación, la nueva Jerusalén. Se nos anuncia un cielo nuevo y una tierra nueva en la que lo viejo y todo lo que causaba sufrimiento quedarán transformados, transfigurados, porque Dios “todo lo hace de nuevo”. Este texto es, sin duda, un canto a la esperanza que nos invita a seguir trabajando en la construcción de este mundo nuevo, un mundo que sea “morada de Dios con los hombres”. A pesar de las injusticias, las guerras, la pobreza... de nuestro mundo amado, hay que seguir esperando. Se trata de una esperanza comprometida, confiando en que Dios va a actuar.
Finalmente, el evangelio nos habla del amor, un amor que es el testamento que Jesús deja a sus amigos antes de partir en forma de un mandamiento nuevo. Pero ¿por qué Jesús habla de un mandamiento nuevo? Quizá por ese “como yo os he amado” que es completamente novedoso. Este “como” nos muestra en primer lugar el origen, la causa del amor. Así es, lo primero de todo es el amor de Jesús mismo hacia sus discípulos; lo vemos claramente en la manera de dirigirse a ellos con ternura y cariño: “hijos míos”. Esta experiencia de sentirse amado hace posible vivir el mandamiento del amor. Y conviene preguntarse si verdaderamente yo he vivido esa experiencia. Si el “sí” que hemos dado a Dios un día de nuestra vida, no estaba originado por este amor divino, habría que replantearse muchas cosas.
Pero también la novedad de este mandamiento se pone de manifiesto cuando en ese “como” descubrimos el modelo de Jesús. Se trata de amar como Jesús. Y amar a la manera de Jesús no es nada fácil. Acaba de dejarnos el ejemplo del lavatorio de los pies, un servicio de esclavo. Y se prepara para ser glorificado y glorificar así a Dios Padre, es decir, para manifestarle y revelarle desde la cruz. El amor de Jesús es un amor de entrega sin límites, hasta el extremo.
Jesús invita a sus amigos a amarse de esa manera, de tal manera que el amor se convierta en la mejor “propaganda” de su adhesión a Jesús. Será un amor que provoque, un amor que invite a unirse a la comunidad. Pensemos hoy si verdaderamente nos conocen porque amamos a la manera de Jesús. Como sacerdotes, consagrados/as, no hay mejor tarea pastoral que esta.
2. Ideas para la homilía
-La Palabra de Dios que hoy se proclama, nos invita a profundizar en la fe, la esperanza y el amor. Tres virtudes que se encuentran a la base de toda respuesta vocacional.
-Pablo y Bernabé animan a perseverar en la fe. Hoy hay mucha gente que necesita que alguien les ayude también a perseverar. Es nuestra tarea.
-Ellos tienen la fe suficiente para reconocen la acción y la presencia de Dios en todo lo que hacen.
-La visión de la nueva Jerusalén es un canto a la esperanza, pero una esperanza comprometida en la construcción de este mundo como “morada de Dios”
-Jesús invita a sus discípulos a amar porque son amados en primer lugar.
-Debemos amar a la manera de Jesús con un amor que se da totalmente en el servicio. Será entonces un amor testimonio.
3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Qué experiencia tienes de “reconfortar” en la fe a alguien? ¿Por qué esta tarea es necesaria hoy?
-¿Cuándo has reconocido a Dios presente en lo que haces?
-Mirando al mundo de hoy con sus problemas, ¿te sientes desesperanzado? ¿Cómo hacer de este mundo “la morada de Dios”?
-¿Qué experiencia tienes de sentirte amado por Jesús? ¿Cómo afecta esta experiencia a tu vida de cada día?
-¿Tu comunidad cristiana es modelo de amor a la manera de Jesús?
4. Un poco de poesía
VAMOS A VER
Vamos a ver si es cierto que le amamos
vamos a mirarnos por dentro un poco
¡Hay cosas colgadas que a él le lastiman
freguemos el suelo y abramos las puertas!
Borremos los nombres de la lista negra,
pongamos a los enemigos encima de la cómoda,
invitémosles a sopa.
Toquemos las flautas de los tontos, de los sencillos.
Que Dios se encuentre a gusto si baja.
(Gloria Fuertes)
Hech 15, 1-2. 22-29
Ap 21, 10-14.22-23
Jn 14,23-29
1. Comentario vocacional
El domingo pasado meditamos el nuevo mandamiento que Jesús dejó a sus discípulos: el mandamiento del amor. Salvando una cierta unidad temática, el evangelio de hoy comienza con también con el amor: el que ama a Jesús guardará su Palabra, es decir, será fiel a sus enseñanzas. Y en este contexto de despedida, la voluntad y la decisión de querer guardar su Palabra, de hacer lo que él hizo, de vivir como él lo hizo es la prueba más evidente de amor de los discípulos hacia su maestro.
La consecuencia de esta actitud no se deja esperar: el discípulo vivirá en la comunión de amor con el Padre y el Hijo, se convertirá en su morada, en su humilde presencia. El discípulo sufre una transformación radical en su interior. Por eso se convierte un testigo verídico y auténtico. Habla y anuncia lo que conoce profundamente y no de teoría. Veamos entonces el lugar que ocupa la Palabra de Dios en nuestra vida de vocacionados (llamados-enviados); el tiempo que dedicamos a leerla, a meditarla, a rezar con ella… Quizás nos falte un poco de amor.
Jesús como buen amigo, antes de marcharse deja unos valiosos regalos a sus discípulos. Primero les deja el Espíritu Santo que se encargará de enseñarlo todo y de recordar todo lo que Jesús les había dicho. Es el Espíritu quien orienta a la Iglesia en su totalidad y cada cristiano en particular.
La acción del Espíritu es algo que vemos ya en la primera lectura. En la primitiva Iglesia surge un conflicto y Jesús ya no está en medio para solucionarlo. El conflicto entre judíos y griegos era un tema de gran envergadura. En el fondo se trataba de decidir la Iglesia era una realidad dentro del Judaísmo o un nuevo pueblo. Por eso en la letra enviada a la comunidad se les dice: “hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”. Gracias al Espíritu, la Iglesia se hace abierta, universal, católica. Gracias al Espíritu la Iglesia aligera las cargas, alivia el yugo, libera. Después de esta situación de crisis, la Iglesia de Jesús saldrá fortalecida.
Veamos qué es lo que ocurre en nuestras comunidades. Quizás en lugar de aligerar las cargas, imponemos nuevas obligaciones; en lugar de aliviar, culpabilizamos; en lugar de liberar, oprimimos. Si es así, no será el Espíritu quien gobierna y guía, sino nosotros mismos, con nuestros criterios y maneras de ver. Dejemos que el Espíritu abra nuestros horizontes y nuestro corazón.
Consciente de los sentimientos que su partida suscita entre los suyos, Jesús intenta tranquilizarles ofreciéndoles su paz: “la Paz os dejo, mi Paz os doy”. El regalo de Jesús no es una paz como ausencia de conflictos. Los conflictos existen en la Iglesia como hemos visto en la primera lectura. Es una paz shalom, palabra que en hebreo sirve para designar: salud, prosperidad, y sobre todo gozo en plenitud, armonía, comunión con Dios. Con esta paz nuestro corazón queda inundado de gracia.
Después de tantos años de nuestro bautismo, después de tanto tiempo de vida consagrada al Señor o de sacerdocio, ¿de qué tenemos miedo? ¿Qué o quién paralizan y acobardan nuestro corazón? Es cierto que en el mundo y en la sociedad de hoy vivimos a la intemperie y nos exponemos a ciertos desprecios. La fidelidad hoy no es fácil. Por eso el domingo de la Resurrección, Jesús ya nos dio la paz (“Paz a vosotros”) y nos dejó su Espíritu (“Recibid el Espíritu Santo” Jn 20, 22). Este tiempo Pascual es el momento propicio para dejarnos transformar por estos dones de Jesús.
2. Apuntes para la homilía
-Continuando la reflexión sobre el amor que iniciamos el domingo pasado, hoy Jesús nos invita a guardar su Palabra. Aquel que permanezca fiel vivirá habitado por la presencia amorosa de Dios, y por ello, será un testigo verídico.
-En su despedida Jesús nos regala el Espíritu que nos ayudará a entender y comprender su mensaje. La primitiva Iglesia, gracias a la acción de Espíritu, saldrá de una situación de crisis que la hará crecer.
-Jesús nos regala también su paz (shalom), una paz que es expresión de armonía y de amor. Y desde su paz nos invita a no tener miedo. ¿Qué es lo nos da miedo hoy a nosotros, cristianos y vocacionados?
3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Qué lugar ocupa en tu vida la Palabra de Dios? ¿Cuándo la lees, cómo, en qué circunstancias?
-¿Qué gestos de fidelidad de tu parte muestran amor hacia Jesús?
-¿En qué sentido te dejas guiar por el Espíritu?
-¿Te consideras una persona que aligera las cargas de los demás?
-¿Qué o quién paraliza tu corazón?
4. Un poco de poesía
MIEDOS
Tengo miedo,
mucho miedo.
Miedo a la nada,
y miedo al todo.
A la miseria,
a la abundancia,
a quedarme
en el mundo solo.
A vivir,
a morir,
a caminar,
y a volar.
A correr,
a saltar,
a luchar
y a pelear.
Te conocí,
Señor del cielo.
Tengo alas,
volar puedo.
(Eusebio Gómez Navarro)
Domingo de la Ascensión del Señor |
Hech 1,1-11
Heb 9,24-28; 10,19-23
Lc 24,46-53
1. Comentario vocacional
Es curioso descubrir en la Escritura dos versiones sobre un mismo acontecimiento hechas por un mismo autor, pero con detalles diferentes. Es el caso del relato de la Ascensión, narrada por Lucas en su Evangelio y en el libro de los Hechos, a modo de bisagra que nos hace pasar del uno al otro en una continuidad narrativa. Si bien la resurrección y ascensión son parte del mismo misterio Pascual, en el texto de la primera lectura, Lucas señala que Jesús se apareció a sus discípulos “durante cuarenta días” y que “les habló de reino de Dios”.
Esta diferenciación temporal es una manera de poner de manifiesto que el resucitado ha de confirmar en la fe a sus discípulos dándoles las últimas indicaciones para su misión. Por eso este relato constituye el preámbulo de la misión de la Iglesia, que estará en continuidad con la de Jesús. Así, con la partida de Jesús comienza el tiempo de la Iglesia, animada y guiada por el Espíritu.
A pesar de los años de enseñanza durante el ministerio público de Jesús, esta última instrucción sigue siendo necesaria porque la incomprensión de los discípulos sigue siendo evidente (“¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?”). No deja de sorprendernos esta ceguera de los discípulos. En el evangelio se nos dice que Jesús les vuelve a explicar que el Mesías tenía que padecer. Mientras ellos siguen pensando en un mesías político, Jesús les recuerda que él es un mesías crucificado. Y de este mesías crucificado, ellos son testigos, y no del otro.
Y esta es una tentación completamente actual para nosotros los “vocacionados”. Hoy vivimos en la sociedad del éxito y del triunfo fácil y rápido. En nuestro trabajo apostólico y pastoral buscamos, quizá inconscientemente, el éxito sin aceptar el fracaso. Pero Jesús no nos exige el éxito, ni siquiera pastoral, sino que nos pide “ser testigos”. Testigo es aquél que ha vivido una experiencia de encuentro con el Crucificado-Resucitado y la transmite. Nuestra misión es sobre todo “ser” antes que “hacer”.
No conviene olvidar que el fruto que se espera de la misión de la Iglesia es “la conversión y el perdón de los pecados”, que es otra manera de decir que se trata del encuentro con Jesucristo que hace de nosotros un hombre nuevo y reconciliado. Y esta es la buena noticia que hemos de anunciar; es aquí donde hay que poner todos nuestros esfuerzos y energías.
Sin embargo, vista la “incapacidad” de sus discípulos, Jesús les pide que antes de comenzar la misión, esperen el Espíritu. Será entonces, “cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos”. Para continuar la misión de Jesús no lo podemos hacer con nuestras propias y solas fuerzas. Es el mismo Espíritu de Jesús quien nos va a guiar.
Otro elemento a considerar es el de la universalidad de la misión (“en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”). Este será precisamente el programa que Lucas va a desarrollar en su segunda obra. Y este es el espíritu misionero que no nos puede faltar nunca. Es un espíritu que va contra el conformismo, la apatía, lo que dominamos y conocemos de memoria. Es, por el contrario, el espíritu que nos anima a ir cada vez más lejos, a buscar nuevos retos y areópagos.
Finalmente, Lucas nos dice que los discípulos “se volvieron a Jerusalén con gran alegría”. Se trata de la alegría que recorre todo su evangelio como signo evidente de la salvación y la gracia que vienen de Dios. No perdamos de vista que Jesús se separó de ellos “mientras los bendecía”. A pesar de su ausencia, su bendición los colma y les anima a la misión.
2. Ideas para la homilía
-La separación temporal que hace Lucas entre la resurrección y la ascensión de Jesús obedece a la intención de poner de manifiesto la necesidad de un “tiempo extra” de formación para sus discípulos.
-Esta instrucción es necesaria porque los discípulos siguen pensando en un mesías político. Jesús les recuerda que él es un mesías crucificado. Y este es el mesías que la Iglesia tiene que anunciar.
-La misión que Jesús les confía es de “ser” testigos antes que “hacer” muchas cosas. El fruto de la misión es la conversión y el perdón de los pecados. Es el Espíritu el que hace posible esta misión.
-Se trata además de una misión universal, es decir, que no tiene límites y no se detiene.
-Todo lo que hace la Iglesia está impregnado por el gozo y la alegría pascual que nacen de la bendición del Señor.
3. Preguntas para la reflexión personal y en grupo
-Por su manera de vivir, ¿piensas que la Iglesia anuncia el mesías crucificado o un mesías poderoso? ¿Por qué?
-¿Qué implicaciones tiene para tu vida el descubrir que la misión que Jesús te confía es la de “ser” testigo antes que “hacer”? ¿Crees que buscas, aunque sea inconscientemente, el éxito pastoral?
-¿Qué haces para que tu trabajo pastoral/apostólico lleve a la “conversión y el perdón de los pecados”?
-¿En qué sentido tu acción pastoral es universal?
-En todo lo que vives y haces, ¿te sientes impregnado del gozo y la alegría pascual?
4. Un poco de poesía
LA ASCENSIÓN
Aquí vino
y se fue.
Vino..., nos marcó nuestra tarea,
y se fue.
Tal vez detrás de aquella nube
hay alguien que trabaja
lo mismo que nosotros,
y tal vez las estrellas
no son más que ventanas encendidas
de una fábrica
donde Dios tiene que repartir
una labor también.
Aquí vino y se fue.
Vino..., llenó nuestra caja de caudales con millones de siglos y de siglos, nos dejó unas herramientas... y se fue.
Él, que lo sabe todo, sabe que estando solos, sin dioses que nos miren, trabajamos mejor.
Detrás de ti no hay nadie. Nadie.
Ni un maestro, ni un amo, ni un patrón.
Pero tuyo es el tiempo.
El tiempo y esa gubia
con que Dios comenzó la creación.
(Florentino Ulibarri)
Hech 2, 1-11
Rom 8, 8-17
Jn 14, 15-16. 23b-26
1. Comentario Vocacional
Llegamos al final de este tiempo Pascual. Después de cincuenta días nos encontramos celebrando un año más Pentecostés. Por ello podemos decir que el fruto de la Pascua es el Espíritu Santo. Es el Espíritu dado por el Resucitado a la Iglesia para que continúe su misión por todo el mundo, de ahí la universalidad de todos los que escuchaban a los apóstoles: “cada uno oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”. Todos estamos dentro de esta misma corriente del Espíritu en la historia de la Iglesia.
Es innegable la fuerza del Espíritu que impulsa toda la Iglesia en general. Pero la promesa de Jesús también se conjuga en singular y es algo que no conviene olvidar: “el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. Esto es una buena noticia personal, es decir, el Señor me envía su Espíritu para que me lo enseñe todo y me haga recordar todo su mensaje. No estoy solo, estoy acompañado; no estoy confuso, tengo un maestro que me enseña.
Pero ¿cuál es la enseñanza que nos da este Espíritu? La verdad que nos revela no es una doctrina, una idea o una filosofía, sino una relación: somos hijos de Dios. Por cuatro veces encontramos la expresión “hijos de Dios” en la segunda lectura. “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios”, nos dice san Pablo. Como cristianos, recibimos el Espíritu el día de nuestro bautismo y lo acogimos en plenitud el día de nuestra confirmación. Más aún, como llamados y consagrados, el Espíritu nos ha ungido el día de nuestra ordenación sacerdotal, o nos ha asistido el día de nuestra profesión religiosa. Y después ¿qué? ¿Dónde le hemos dejado? ¿Podemos decir y reconocer que nos dejamos llevar por el Espíritu? Llevar ¿a dónde?, para hacer ¿qué? Quizás nos sentimos extraños en la casa del Padre porque no nos dejamos guiar por su Espíritu.
Por nuestra condición pecadora y frágil nos distanciamos de Dios como el hijo pródigo. Pero es el Espíritu el que nos “hace gritar: ¡Abba! (Padre)”. Él nos impulsa a volver al Padre y dirigirnos a él de la misma manera que lo hacía Jesús. Esta es la verdadera relación que se establece entre nosotros y Dios en Jesús por el Espíritu. No nos dirigimos a Dios como un esclavo o un siervo, sino como hijos amados. En definitiva este es el mensaje clave anunciado por Jesús durante todo su ministerio: Dios es nuestro Padre, el Padre de todos. Un mensaje al que quizás nos hemos acostumbrado demasiado sin haber profundizado en su provocación. Si no hemos hecho todavía experiencia de la paternidad de Dios habrá que pedirle al Espíritu que nos enseña a rezar, a gritar, a cantar a Dios como Padre. Porque la filiación es una semilla que se va desarrollando poco a poco.
Reconocer a Dios como Padre nos hace ser coherederos con Cristo, algo que nos lleva a hacer experiencia de ser familia de Dios. Los otros son mis hermanos, por muy diferentes que seamos. Ellos son también amados por Dios como yo y perdonados como yo. Vivir como una Iglesia de hermanos no es tarea fácil. Por eso en la eucaristía hay una epíclesis pidiendo la unidad como un don del Espíritu: “que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”. Esta es una invocación que hacemos cada día.
No podemos olvidar que el objeto de la vida del cristiano es agradar a Dios, nuestro Padre. Pero esto no es posible si lo queremos hacer por nosotros mismos. Esta es la tensión que se encuentra en la primera parte de la lectura de san Pablo. Estar “sujeto a la carne” o “vivir según la carne” no es otra cosa que vivir sólo con criterios humanos, es decir, es el hombre que se apoya en sí mismo y que vive desde sí mismo con sus propios recursos. El que vive de esta manera, debido a la fragilidad del hombre, “va a la muerte”. Sin embargo, el cristiano está sujeto al Espíritu porque el Espíritu de Dios habita en nosotros. Es él quien nos hace morir al pecado y vivir en Cristo Jesús. Para cada uno de nosotros la opción vital de cada día: vivir según la carne o según el Espíritu.
2. Ideas para la homilías
-Llegamos a Pentecostés donde celebramos el don del Espíritu como fruto de la Pascua. Es un don dado por el Resucitado para la misión de la Iglesia.
-No conviene olvidar que a nivel personal el Señor me envía su Espíritu para que me lo enseñe todo y me haga recordar todo su mensaje. Esto es buena noticia para mí.
-El Espíritu nos muestra una nueva relación: para los que se dejan guiar, él les hace hijos de Dios. ¿El Espíritu de Dios impregna toda mi persona y guía mi conducta?
-El Espíritu nos enseña a dirigirnos a Dios como Padre, Abba. Hacer experiencia de esta paternidad/filiación fue la tarea y la misión de Jesús. No somos siervos ni esclavos sino hijos amados y por ello, hermanos dentro de la gran familia de Dios, que es la Iglesia.
-Para cada uno de nosotros la decisión de vivir según en Espíritu o de vivir “sujeto a la carne”, es decir, centrados en nosotros mismos.
3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Cómo llegas al final de este tiempo de Pascua? ¿Qué has vivido, en qué has cambiado?
-¿Recibes el Espíritu como un don para la misión? ¿En qué sentido?
-¿Te sientes guiado y acompañado por el Espíritu? ¿Qué lugar ocupa el Espíritu en tu vida y tu espiritualidad?
-¿En qué sentido te sientes hijo de Dios? ¿Qué experiencias tienes de haber vivido esta filiación?
-¿Te hace el Espíritu sentirte hermano de los demás?
-¿En qué circunstancias vives “sujeto a la carne” y en cuáles sujeto al Espíritu?
4. Un poco de poesía
ESPÍRITU DE LIBERTAD (Rom 8,14-17)
«No habéis recibido un espíritu de esc1avos,
para recaer en el temor».
Pero recaemos, Señor,
tropezamos tres veces seguidas en la misma piedra
y volvemos a tropezar muchas más.
Y tú nos gritas:
«¡Fuera la dominación!
No seáis esclavos.
No os dejéis oprimir por el temor religioso.
Dios no es un policía.
Dejad de ser niños.
Sed adultos con nuestro Espíritu Santo».
Pero nosotros somos recalcitrantes
y volvemos a los complejos de la infancia:
queremos ser omnipotentes con la sumisión a papá,
el papá que no es tu Padre,
sino el que nos hemos introyectado en nuestras entrañas
después de darle muerte,
la muerte del dios tirano que sigue vivo en el subconsciente.
¡Ay, Espíritu!
Necesitamos tanto de Ti,
para tener una conciencia libre, adulta,
relativamente adulta al menos,
como la bonanza de las épocas lluviosas,
caminantes hacia una madurez nunca lograda,
que es tu obra,
tu magnífica obra de liberación de las almas,
tierra prometida de libertad, adultez y servicio a los hermanos.
Ven, Espíritu, ven.
(Patxi Loidi)
Preparado por Carlos Comendador Arquero |