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VALORES: MÚSICA CLÁSICA EN LA FORMACIÓN
 

La música clásica

José Miguel Odero

Hablar hoy de música clásica produce considerables equívocos en
muchos ambientes. Si la música es de por sí un arte misterioso, lábil y
reacio a la objetividad, parece que lo clásico sólo sea ya para muchos
un prejuicio autoritario y elitista, una cualificación repudiada,
marginada, prejuzgada y descalificada, sin que se sueñe que pueda ser
objetivamente valiosa.

Quizá nunca han sido tan poderosos el inconformismo respecto al pasado, el mito
actualista del progreso y el culto. a la espontaneidad instintiva; tres dogmas que
parecen columnas o raíces de muestra situación cultural. Así las cosas, no es
sorprendente el hecho de que la música clásica esté mal vista por demasiados
jóvenes de hoy y por muchos adultos, jóvenes hace 20 años.Está mal vista, pero no
ha podido estar peor escuchada. Porque apenas cuando empezaba a oírse ya se
estaba acallando «por pesada y tostonaza»: «¡un rollo!». Con demasiada frecuencia
se llama rollo a lo que no ha habido la paciencia de escuchar sin prejuicios y no ha
podido llegar a gustar.
La cuestión que ahora se plantea es ésta: ¿podría ser que haya cosas que a mí, hoy
y ahora, me estén pareciendo rollos y que, sin embargo, son valiosas -quizá muy
valiosas- aunque con valor escondido y casi pudoroso?
Es frecuente la experiencia de haberse equivocado alguna vez, de haberse dejado
llevar por la primera impresión, de haberse precipitado reaccionando demasiado
temperamentalmente para juzgar de modo peyorativo algo en lo que luego
descubriría un peculiar encanto y belleza, las cuales, no por antes insospechadas,
luego parecerían poderosas y reales.
El hombre es el animal que puede sospechar este tipo de cosas y disponerse así
para saltar su propia sombra y superarse a sí mismo venciendo su propia
ignorancia.


ALGO MISTERIOSO


Hablar de la música es francamente difícil. La música tiene algo misterioso; algo
que, también por eso, se revela especialmente encantador y profundo. Pero los
griegos dijeron algo -y muy bien dicho- de la música. Si, como decía Zubiri, los
griegos somos nosotros, entonces es de esperar que interese especialmente volver
a oírlos para solucionar las perplejidades musicales.
Los pitagóricos fueron seguramente los primeros en pensar sobre música. Creyeron
que tal aventura era posible: ¡pensar la música y hablar razonablemente de ella! La
música -dirían- es una percepción de la proporción y armonía que hay
necesariamente en todo lo que existe. De modo que entender la Naturaleza y
comprender la realidad de las cosas es percibir una música suprema que está en el
hondón del ser y resuena en el hombre. La música humana sería la redundancia de
esa musicalidad profunda de lo real y su anticipación, el primer paso hacia la
sabiduría. Por eso «los grandes poetas -diría luego Machado¬ son metafísicos
fracasados y los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus
poemas». El Cosmos -añadiría S. Agustín- está lleno de belleza que «se difunde
como el canto grandioso de un Músico inefable».
A Platón le preocuparon luego las repercusiones antropológicas de los gustos
musicales. En su República mantiene la convicción de que la buena música educa
una cierta armonía espiritual en los hombres y les predispone a ser ciudadanos
honrados. Si quieres destruir una sociedad y hacer saltar el orden que la
caracteriza, si quieres hacer la revolución -venía a decir el viejo Platón-, empieza
por intoxicar a los jóvenes con discordancias, cacofonías y melodías blandengues;
sin lugar a dudas, lograrás así una generación de rebeldes sin causa, nihilistas
anarcoides, bárbaros incivilizados y decadentes pusilánimes. Y una vez que los
hombres tengan dentro de sí la incoherencia disarmónica, los sentimientos
desbocados y encontrados, el caos espiritual, entonces sucederá que
verdaderamente llegarán a gustarles las formas más degradadas de musicalidad:
cuius hominis, talis musica. A cada uno le gusta la música que se merece.


CALIDAD DEL GUSTO MUSICAL


Esta misma convicción sobre la íntima relación entre la calidad del gusto musical y
el grado de humanidad o de calidad de vida, que puede atribuirse a una persona o
a una colectividad, permanece como convicción profunda de la cultura occidental.
Por ejemplo, en El mercader de Venecia, Shakespeare hace una clarividente
profesión de fe en la eficacia conmovedora, pedagógica y humanizadora de la
música: «No hay nadie tan terco, duro y colérico a quien la música no transforme
por algún tiempo. El hombre que no tiene alguna música en sí mismo y no se
mueve por la armonía de dulces sonidos está inclinado a traiciones, a estratagemas
y a robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos
tan sombríos como el Erebo: no hay que fiarse de tal hombre».
La música -diría luego Schopenhauer- no está destinada sólo a satisfacer un gusto
más o menos hedonista: «el compositor revela la esencia última del mundo y
expresa la sabiduría más profunda en un lenguaje que su razón no comprende;
exactamente igual que una medium hace revelaciones sobre cosas de las que no
tiene ni idea cuando despierta».


LO MÁS MISTERIOSO


Así pues, oír música puede ser algo más que un entretenimiento agradable; puede
ser una exploración y el avizoramiento de lo más desconocido, porque el signo
musical es un vehículo sensible más abstracto y menos realista que la imagen
visual, menos esclavo de las realidades materiales. Por eso la música, que es -como
la poesía- arte del tiempo, traza un itinerario sensible que eficazmente conduce al
reino de la intimidad, y es el misterioso agente capaz de suscitar lo que conmueve
y emociona. La música, como la palabra, es el cauce por el cual un hombre puede
dar a conocer insospechables hondones de belleza albergados en la recogida
intimidad de su alma. ¡Qué bien lo decía Arnold Schonberg en una carta apasionada
al compositor y director Gustav Mahler!: «Para expresar la inaudita impresión que
me ha producido su sinfonía, no puedo hablarle de músico a músico, sino de
hombre a hombre. Porque he visto su alma desnuda, completamente desnuda.
Yacía delante de mí como un misterioso y agreste paisaje con sus abismos
angustiosos y, al lado, prados soleados, alegres y graciosos, lugares de idílico
descanso. La sentí como un fenómeno de la naturaleza, con sus sobresaltos y sus
desastres, pero a la vez con su arco iris plácido y radiante. ¡Y qué importa si esto
no coincidía con el Programa! Creo que he sentido su sinfonía. Experimenté la lucha
por las ilusiones, sentí el dolor del desilusionado, vi la lucha de fuerzas buenas y
malas, vi a un hombre esforzarse angustiosamente por lograr la armonía interior,
sentí un hombre, un drama, una verdad, una verdad brutal».
La mejor música siempre acaba en la verdad; es revelación de verdades profundas
del hombre, y precisamente por eso toca las fibras más hondas de su corazón:
porque habla esas «razones del corazón que la cabeza no sabe entender» (Pascal).
«La música -ha escrito Juan Pablo II- debe ser considerada como medio destinado a
ennoblecer al hombre. Como voz del corazón, la música suscita ideales de belleza,
la aspiración a una perfecta armonía que no turban pasiones humanas y el sueño
de una comunión universal. Por su trascendencia, la música es también expresión
de libertad: escapa a todo poder y puede convertirse en refugio de extrema
independencia del espíritu, donde ella canta, aun cuando todo parezca envilecer o
coaccionar al hombre. Por tanto, la música tiene, en sí misma, valores esenciales
que interesan a todo hombre».


ENTENDER LA MUSICA


Para entender la gran música producida por nuestra cultura no es absolutamente
necesario entender la música, es decir, saber analizar técnicamente una pieza o
saber ejecutarla: «Error funesto -afirmaba Manuel de Falla- es decir que hay que
comprender la música para gozar de ella. La música no se hace, ni debe jamás
hacerse para que se comprenda, sino para que se sienta». No es indispensable
entender de corcheas, bemoles, adaggios, contrapuntos, temas, armonías o claves,
para poder entender música. Esas mediaciones técnicas no son imprescindibles. A
lo verdaderamente necesario apuntan expresiones como sensibilidad musical o
gusto: porque el arte se aprende como por instinto, sin mediaciones. También la
voz humana de nuestros padres acabó por entenderse casi sólo a fuerza de
escucharla con atención e interés.
«Me gustaría entender de música, quisiera que me enseñara a apreciarla», pedía un
personaje de Eliot. «No creo que necesite de mucha enseñanza -le respondían-. Por
lo menos, no ahora. Lo que necesita al principio es oír más música. y dar con lo que
le guste. Cuando sepa qué le gusta y lo conozca bien, entonces querrá aprender la
estructura y las varias formas y diferentes maneras de ejecutarla».
El lenguaje musical -como cualquier idioma- se aprende con un esfuerzo que recae
en gran parte sobre la memoria. Se entiende y percibe como bello -gusta- lo que se
reconoce o identifica. Pero memorizar exige repetición, tiempo. Es por ello por lo
que una canción popular grabada en un disco puede gustar mucho a muchos:
porque en los 2 minutos que dura se repite hasta 15 veces el mismo tema casi
invariado; porque, en una sociedad de consumo, la misma canción es repetida
decenas de veces por decenas de emisoras hasta que se pone de moda, así ¿quién
no es capaz de memorizar un tema musical? El tema se pega, ese fragmento de
música se llega a entender y gusta.


UNA SELVA TROPICAL


Sin embargo, en una buena sinfonía de Brahms coexisten varios temas melódicos
que prácticamente nunca se repiten si no es con alguna variación, temas que se
desarrollan en sus partes y que luego se relacionan entre sí. Una sinfonía es la
unidad recobrada en la diversidad a través de cuarenta y cinco minutos. El plus de
belleza musical que puede albergar tal sinfonía es enorme, algo así como la belleza
de una selva tropical comparada con una maceta de geranios. La maceta la veo de
golpe con sólo asomarme al balcón de casa; la selva hay que ir a buscarla y
explorarla, no sin fatigas. Para gustar y saborear una sinfonía hay que enfrentarse
con ella y memorizarla y eso lleva... ¡horas!
Sin embargo, a veces se muerde el anzuelo. Escuchando de pasada tal fragmento
más divulgado, se despierta la curiosidad, el interés, la fascinación. Hablando de
música, Thomas Mann describía una situación semejante; «para nosotros, todo
aquello era, todavía en el fondo, un lenguaje de cuento, pero lo acogíamos de
buena gana y abriendo tanto los ojos como niños que escuchan una narración
hermética para la cual no están sus mentes nada maduras, aunque la escuchan con
mucho más placer que si fueran temas más cercanos, a su nivel y medida. Y,
aunque parezca mentira, ésta es la manera más intensa y alta para aprender:
quizás sea la más fecunda iniciación, anticipada saltando vastos espacios de
ignorancia. Como pedagogo yo debería, sin duda, prohibirme semejante juicio; pero
yo sé que la juventud prefiere infinitamente este modo de enseñanza; y estimo
que, con el tiempo, el espacio saltado se colma por sí mismo».

PRESUNCION ELlTISTA


Lo arduo de ese ejercicio debe estar compensado por la anticipación esperanzada
de una gran belleza, que sea un estímulo, un acicate, e incite a esforzarse por su
comprensión. En este aprendizaje, instintivamente, el orgullo propio podría sentirse
herido por la existencia de esa barrera llamada «gusto musical», por el culto que
otros dedican a una «música clásica» cuyo valor no es inmediato. Y no es captado
con facilidad. Ese resentimiento hasta podría acabar imaginando una supuesta
presunción elitista en los demás; así justificaría el retraimiento y hasta el desprecio
hacia lo que ignora. Esta trágica reacción, que puede producirse entre jóvenes
universitarios, fue descrita magistralmente por Thomas Mann en su personaje
Thomas Buddembrook.
«En música -le replicaba su mujer- no posees el sentido de la vulgaridad, que no te
falta en otras esferas, y es precisamente el criterio fundamental para la inteligencia
del arte... Tu filarmonía no se corresponde con el resto de tus inclinaciones e ideas.
¿Qué es lo que te gusta en cuestión musical? El espíritu de un insípido optimismo
que, si estuviera contenido en un libro, lo apartarías con disgusto o con ironía y
enojo. Te gusta esa pronta satisfacción del deseo apenas esbozado..., ese amable
contentamiento de la voluntad levemente estimulada... Pero, ¿acaso ves que exista
en el mundo real algo parecido a esas simpáticas y simples melodías?
«El comprendía, penetraba sus palabras. Pero no podía seguirla con el sentimiento
ni comprender por qué unas melodías que a él le agradaban o le conmovían eran
unos valores nulos; ni comprendía cómo, en cambio, piezas de música que le
parecían secas y enmarañadas poseían el máximo valor musical. Se hallaba frente
a un templo ante cuyos umbrales su mujer le impedía la entrada con gesto severo;
y veía, profundamente apenado, cómo ella y su hijo desaparecían en aquel
grandioso recinto».


CONSERVADURISMO CERRIL


Como los héroes griegos hay que mantenerse firmes en estas situaciones trágicas,
sin perder la esperanza de ir accediendo a las diversas estancias del templo
musical. Lo verdaderamente importante es no abandonarse a un conservadurismo
cerril concentrado en los propios gustos musicales; como si esos gustos de hoy
fueran una norma o punta de referencia inconmovible. Quien ama la belleza
siempre está buscando lo imposible; es un explorador curioso y tenaz, un
inconformista ante sí mismo, ante sus emociones:
«Podemos llegar a sospechar -afirmaba Schönberg- de la sinceridad de las obras de
arte en las que de manera incesante se exhibe el corazón, en las que se nos invita
a soñar en una vaga e indefinida belleza y en emociones inconsistentes y faltas de
fundamento cuya expresión alcanza solamente la copa de lo más superficial. Tales
obras sólo muestran una completa ausencia de cerebro e indican que este
sentimentalismo tiene su origen en un corazón muy pobre».
La buena música no puede ser una droga o una satisfacción, sino un estímulo para
agrandar el corazón, para educar los sentimientos, ennoblecerlos, refinarlos,
magnificarlos... Todo ello sólo lo logra aquella música capaz de autorrevelar la
identidad del que la escucha, cuál es la hondura y la anchura de su corazón. Esa
música ayuda igualmente a ser más hondamente comprensivos con nuestros
congéneres, a saber compadecer y simpatizar en todos los delicados matices del
comportamiento ajeno. «La música -decía Stravinsky- es lo que unifica; es
instrumento de comunión con el prójimo y con Dios».


LOS CLASICOS


Quienes han conseguido crear esa gran música» reciben el nombre de clásicos. Lo
clásico -ha escrito Eliot- es exactamente lo contrario de lo provinciano y de lo
efímero, de lo que se impone pero sólo aquí y ahora. Clásico es lo que vale siempre
y en todas partes; por eso, sólo lo auténtica y profundamente humano puede ser
clásico, aquello que ha sabido revelar lo universal del hombre, perpetuamente
actual y válido.
El nombre de los grandes compositores -los clásicos- es ni más ni menos que un
punto de referencia, un faro que ha guiado ya a muchas otras existencias en la
exploración del enigma humano. «Uno siempre está volviendo una y otra vez hacia
los verdaderamente grandes», decía Mahler. «Ellos permanecen inconmovibles en
su lugar y es recomendable no perderles nunca el respeto».

(Tomado de la revista NUESTRO TIEMPO n. 387, p. 60-66)