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LA RISA

 

Hay que reírse. La risa posee una especie de magia. Mejora las cosas. Y es buena para la salud. Lo dicen los expertos. Produce beneficios en el corazón. Produce beneficios también en el sistema inmunológico. Y en el endocrino. Todo ello, absolutamente gratis. No es broma. Al parecer, la risa libera alguna sustancia que le sienta muy bien al organismo. Una especie de antioxidante o algo así. El caso es que retarda el envejecimiento. De modo que los que no ríen nunca se mueren antes. Ya digo que el asunto es serio. Encuentro en Internet el testimonio de un individuo que se libró de una 'espondinitis anquilopoyética' viendo películas de risa. Lo malo es que la risa está cediendo terreno. Ya no nos reímos tanto. O no nos reímos bien. De hecho, hay gente que hace cursillos para aprender a reír. Debe de ser que estamos estresados, tenemos miedo, trabajamos demasiado, sufrimos ansiedades. Y corremos el riesgo de perder la risa. Así que es preciso empezar a reír antes de que sea demasiado tarde. Desde aquí solicito solemnemente que se declare la risa patrimonio de la Humanidad. Y que se adopten medidas para evitar su extinción. Si los tiempos son sombríos habrá que reírse de las sombras. Existen experimentos científicos que demuestran que el simple hecho de poner una expresión en la cara facilita la aparición de la emoción correspondiente. Crispar el ceño (no me refiero a nadie en concreto) acaba provocando enfado. Del mismo modo, esforzarse en sonreír es la mejor manera de favorecer la aparición del buen humor. La risa es buena para el cuerpo, pero más aún para el alma. Es un desintoxicante moral, decía un sabio. Nos ayuda a enfrentarnos a las dificultades y a superar los fracasos. Pero reírse de uno mismo es un arte elevado. Hay que ser capaz de ver el ridículo propio, para luego poder ser más tolerante con el ajeno. La última noticia al respecto procede de la sección de economía. Se ha demostrado que las empresas van mejor cuando los empleados están de buen humor. Es todo un descubrimiento: amargar a los trabajadores reduce los beneficios. Es cierto que a veces resulta difícil encontrar una buena razón para reír. Pero para eso están ahí los políticos. Son un filón. Y ahora también los obispos. Estamos autorizados para reírnos de ellos con toda tranquilidad porque en el fondo es como si nos riéramos de nosotros mismos. Al fin y al cabo ellos son nuestros representantes legales. Y nuestros modelos de moralidad. Además, son conscientes de que la función que realizan tiene una repercusión muy positiva en la salud pública. El empeño que, día a día, demuestran en superarse a sí mismos es digno de admiración. Es algo que nunca les agradecemos lo suficiente.

 

Texto de F.L. Chivite, aparecido en El Correo del 3/12/2004