
DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR. C
Celebramos el misterio de la Ascensión.
En un momento determinado, dice el historiador y evangelista Lucas, los discípulos de Jesús: "Lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista".
Sabemos muy bien que cuando en la Biblia se habla de "ascender", "levantarse" o "sentarse a la derecha", se está utilizando un lenguaje espacial que corresponde a una visión del mundo superada por la ciencia. Jesús resucitado subió al cielo, pero no en el sentido literal de la palabra, porque Dios no vive en los espacios siderales, más allá de las nubes. Allí, dijo con sorna el astronauta Gagarín, no lo encontró.
Más que un lugar, el cielo es un estado, un estar con Dios y en Dios, encontrando así la felicidad plena y total. Aquí podemos iniciar algo de cielo cuando nos amamos y nos sentimos felices, y decimos “qué bien se está aquí, qué será el cielo”.
El relato de la ascensión del Señor intenta expresar la glorificación de Cristo junto al Padre, al que retorna, concluida su etapa terrena. Es el último acto de la Pascua de Jesús: pasión-muerte-resurrección –exaltación a la derecha del Padre, sentado como Señor.
Misterio de ausencia: La ascensión es un misterio de ausencia; es la despedida de Jesús, que ya deja de ser visto por sus discípulos.
Siempre echamos de menos a la persona querida, al hijo, al amigo que nos ha dejado. Y recordamos con emoción sus últimos gestos y palabras, sus gustos, los acontecimientos grandes y pequeños de su vida. Y volvemos a mirar aquellas fotos…, y todo nos habla de él.
No cabe duda que la ausencia de Jesús la sentiría fuertemente todo el grupo de discípulos, hombres y mujeres que lo seguían. Y harían memoria de él continuamente.
Misterio de presencia: la Ascensión de Jesús es también misterio de presencia. Jesús se fue pero se quedó. Lo podemos encontrar en toda persona que ama, que sufre, que espera, en la Palabra y especialmente en los sacramentos, y allí donde dos o más se reúnen en su nombre...
Jesús desapareció de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos. Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros, de una forma nueva y más fuerte.
Misterio de esperanza y compromiso:
“Mientras estaban mirando atentamente al cielo, adonde él se iba, dos hombres con vestidos blancos se presentaron y les dijeron: Galileos, ¿por qué seguís mirando al cielo? Este Jesús que acaba de elevarse al cielo, vendrá como le habéis visto marcharse”.
Por un momento, los discípulos se quedan mirando. Pero con la bendición de Jesús y la fuerza del Espíritu Santo que les había prometido pronto serán testigos de Alguien que les ha dado “numerosas pruebas de que estaba vivo”.
Muchas veces se ha dicho que el cristiano era alguien que por estar mirando al cielo se olvidaba de la tierra, y que la religión era el opio del pueblo.
Es nuestra hora. Lejos de quedarnos mirando al cielo, con la exaltación y glorificación de Jesús comienza nuestro compromiso con la tierra. Es nuestra "hora", la hora de los cristianos. La esperanza cristiana no es la de quien espera pasivamente que llegue el tren, sino la de quien cultiva la tierra transformándola y haciéndola fructificar. Hemos de ser sal y luz, e inyectar en las arterias del mundo la savia del evangelio.
“Vosotros sois testigos de esto”. Estas palabras fueron dichas a los apóstoles y a todos los discípulos. «Cada seglar –dice el Vaticano II- debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo» ( LG 38)
Hoy se apaga definitivamente el cirio pascual, símbolo del Resucitado. Somos nosotros ahora, iluminados por esa luz, quienes tenemos que iluminar en este mundo de tanta oscuridad y tinieblas. Sin desanimarnos jamás. Los males en la Iglesia servirán de purificación y renovación. Siempre será posible una nueva primavera, como decía el gran Pablo VI: “La Iglesia no es vieja, es antigua; el tiempo no la doblega, sino que la rejuvenece, si ella se mantiene fiel a los principios intrínsecos y extrínsecos de su misteriosa existencia. La Iglesia no teme lo nuevo; vive de lo nuevo. Como un árbol de firme y fecunda raíz, en todos los ciclos históricos, la Iglesia hace brotar de sí misma su primavera” (Audiencia del 2 de julio de 1989)
La misión de los sacerdotes consiste en encender y mantener la esperanza en el corazón de los hombres.
Como decía Casaldáliga, es nuestra hora
Es tarde
pero es nuestra hora.
Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer el futuro.
Es tarde
pero somos nosotros
esta hora tardía.
Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco.
Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es
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