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5ª DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B
Parece ser que hoy se lee bastante menos que hace años. Con Internet lo tenemos solucionado casi todo. No obstante, todos tenemos nuestras lecturas favoritas: libros de ciencia y economía, los propios de nuestra profesión y trabajo, novelas, periódicos deportivos, revistas del corazón…
En la Biblia hay libros de todo tipo; y no faltan los que afrontan los temas más espinosos y difíciles. Hoy la Liturgia nos presenta un relato del libro de Job, un libro compuesto alrededor del siglo V a. de Cristo y que es, sin duda, una de las obras maestras de la literatura no sólo bíblica, sino incluso universal,
El libro habla del hombre, con toda su tragedia a cuestas, con su angustia, su dolor, su desesperación, sus dudas y preguntas más radicales hechas a Dios.
No pensemos en Job como en una historia, por trágica que sea; es la realidad doliente, es el justo que sufre, es la persona que se pregunta por su situación desesperada y no encuentra respuesta.
Job es el hombre de siempre y, por lo tanto, el hombre de hoy, la persona injustamente torturada por la violencia, por los poderes económicos, sociales y políticos..., es aquel a quien todo le sale mal en la vida y dice “¿Señor, por qué? ¿por qué a mí?”, el que sufre la depresión que le tortura hasta lo más hondo y le acerca al infierno en este mundo.
El relato de Job nos lleva a preguntarnos: ¿Qué pensar del sufrimiento? ¿qué hacer ante el dolor? La respuesta la tenemos en Jesús. Ante el sufrimiento, Jesús no se plantea darnos una respuesta intelectual, no entabla con nosotros una reflexión dialéctica para intentar convencernos, sino que sencillamente se acerca al dolor, lo asume y lo transforma. Cuando alguien le preguntó a Jesús sobre quién es mi prójimo, le contestó colocándolo ante una realidad doliente: el hombre malherido a la vera del camino ante quien únicamente se detuvo un pagano, un samaritano. La respuesta a la pregunta sobre quién es mi prójimo, y la actitud que hay que tener ante el dolor resultaba evidente.
En el evangelio vemos a Jesús enfrentado con la enfermedad y el sufrimiento. En primer lugar se nos cuenta el caso de la suegra de Pedro que está en cama, con fiebre. Entonces, Jesús se acercó, la levantó... y ella se puso a servirles. Se trata de un gesto que en su simbolismo es un signo claro de su misión: levantar al hombre de su estado de postración para encaminarle por el sendero del servicio. A este propósito recuerdo que hace años predicando este relato evangélico en mi parroquia, una niña encantadora, al oir lo de que la mujer curada se puso a servir a Jesús y a sus compañeros, dijo a su mamá: “¡vaya morro que tiene Jesús!”. Fuera de bromas, la niña reflejaba nuestra actitud tantas veces alejada del servicio a los hermanos. Hoy Cristo nos enseña a acercarnos y a dar la mano para que se levanten tantos que se encuentran hundidos y desesperados, tristes y deprimidos.
Más tarde, nos dice el evangelio, los enfermos y poseídos de la ciudad “se agolparon” ante Jesús. Ante este cuadro de dolor, Jesús “curó a muchos enfermos”. En esto vemos claro que no vino a quitarnos todos los males. Su solidaridad, por el contrario, le llevó a compartirlos, a redimirlos, y a transformarlos. No nos explicó el misterio del dolor, el sufrimiento del inocente, pero lo asumió en su misión reparadora y liberadora, dándole un sentido más allá de toda razón o explicación humana. Con su actitud, ilumina y da sentido a la existencia humana, incluyendo sus limitaciones, sus heridas y todas sus oscuridades.
En esa curación de “muchos enfermos” encontramos una invitación y un compromiso para nuestra vida: esforzarnos en aliviar el dolor, en curar la enfermedad, y en tender la mano al que no se puede levantar.
Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es
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