
DOMINGO V DE PASCUA. C
ALGUNAS IDEAS PARA MEDITAR Y PREDICAR
La Palabra de Dios nos invita a la esperanza en el cielo nuevo y la tierra nueva que construyen aquellos que han convertido el amor en señal y distintivo de su condición cristiana.
En este domingo nos ofrece tres características esenciales de la comunidad:
1ª Una comunidad que ha recibido de su Señor un testamento entrañable: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado".
Se trata de un mandamiento. Los discípulos de Jesús no necesitarán otras leyes. Los códigos muy abultados de normas se convierten en cargas insoportables. La Iglesia ha reducido sus cánones: los 2.414 del código antiguo son ahora 1.752. Jesús lo resume todo en un mandamiento.
La verdad es que antes que mandamiento, el amor es un don. “Al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5,5) De otro modo, no seríamos capaces de amar.
"Nuevo". Nada más antiguo que el amor. ¿Cómo es que decimos nuevo? Sencillamente: porque Jesús es la novedad de hombre y nos pide que amemos como él. Con un amor gratuito, generoso, universal, incondicional, sin límites, con preferencia por los pobres y los pequeños, por los últimos. El ministerio presbiteral está al servicio de este amor.
2ª. Una comunidad misionera
El amor a Cristo lanza a la misión: “¿Me amas…?” “El amor de Cristo nos apremia”.
La comunidad cristiana es una comunidad activa, corresponsable, fraternal. La primitiva Iglesia es un grupo de cristianos que se sienten enviados, se animan unos a otros, y se gozan de los frutos de la evangelización.
Pablo y Bernabé, al regreso de un viaje misionero, informan a la comunidad de Antioquia:
- Dios ha abierto a los gentiles la puerta de la fe;
- Han ido anunciando la Buena noticia, predicando la palabra, confortando los ánimos de los discípulos y exhortándolos a permanecer firmes en la fe. Les decían: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”.
- Han designado responsables en cada iglesia: los “presbíteros” (jefes o responsables de las comunidades), que deberán consolidar el trabajo realizado por los misioneros, presidir la oración, alentar, discernir y organizar los carismas y ministerios. Tarea fundamental hoy del pastor de la comunidad.
3ª. Una comunidad de esforzados al servicio del reino
El Reino de Dios es el mundo nuevo que Jesús inauguró. La fe en Cristo no trata de arrancarnos de este mundo para llevarnos a otro de sentimientos románticos o ilusorios. Lo que intenta, por el contrario, es transformar radicalmente este mundo por medio del amor.
La transformación ha de comenzar por nosotros mismos. Lo primero que tiene que cambiar es nuestro corazón, abriéndonos al amor de Dios, a su voluntad y proyecto. Para ello, es preciso hacerse violencia, luchar contra los poderes del mal en nosotros: el ansia de poder, de dominio, de tener, de placer… Y acoger el mensaje de Jesús y a él mismo como Camino, Verdad y Vida. Por eso se nos dice que el reino de Dios sufre violencia, y sólo los que se hacen violencia entrarán en él.
Además, hay que “pasar muchas tribulaciones” porque anunciar y construir un mundo nuevo, el Reino de Dios, no puede hacerse sin denunciar y descalificar al mismo tiempo el mundo viejo, el reino del pecado. Y en este caso, los poderes del mal y del pecado se volverán contra nosotros, y sufriremos la persecución, la calumnia, la murmuración, las campañas de desprestigio...y algunos hasta la muerte.
En todo tiempo, a los cristianos nos viene muy bien tener presente el mensaje del Apocalipsis. Una vez realizado el juicio contra las potencias del mal, se inaugura una situación completamente nueva, para celebrar el triunfo de Cristo y de la Iglesia. Estamos ante un nuevo Génesis: nuevos cielos, nueva tierra, en una palabra, nueva creación. La antigua creación era radicalmente buena, pero fue contaminada radicalmente por el pecado y se convirtió en lugar de luto, de llanto, de dolor y de muerte. En la nueva creación, todo vuelve a su situación original, reina la alegría y el gozo de la comunión con Dios. Frente a Babilonia, reducida a un montón de ruinas, está la nueva Jerusalén, que “es la morada de Dios con los hombres”. Dios vuelve a plantar su tienda en medio de su pueblo. Y enjuga las lágrimas del rostro de la esposa.
A pesar de las dificultades ("hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios"), los cristianos creemos firmemente en un Dios que "enjugará las lágrimas" y en un mundo en el que "ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor" Y todo eso no es una huida hacia delante. Todo esto ya está presente radicalmente en la comunidad del Resucitado: vivimos "desde ahora la novedad de la vida eterna" (poscomunión).
El Señor glorioso está actuando en este mundo y en esta Iglesia, por grandes que nos parezcan sus límites, problemas e infidelidades.
En esta comunidad se realiza la utopía pascual. En medio de un mundo que no ama, hay un grupo de cristianos que cumplen el mandamiento nuevo de amarse los unos a los otros. En medio de una sociedad fragmentada y enfrentada, hay un espacio de auténtica libertad y fraternidad. En un mundo sin esperanza, hay un grupo de hombres y mujeres que viven en la esperanza del mundo nuevo y definitivamente feliz.
Crear y dirigir esta comunidad es la tarea fundamental del ministerio pastoral.
Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es
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