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CORPUS CHRISTI -ciclo A-

 

                          

CORPUS CHRISTI

        

CORPUS. EL SIGNO DEL PAN

EL OLVIDO DE DIOS   
         La primera lectura nos presenta la exhortación de Moisés al pueblo para que cumpla los mandamientos de Dios, recordándole la experiencia de los 40 años por el desierto, camino de la tierra prometida. Durante ese largo camino, Yahvé fue educando a su pueblo, al que había liberado de la esclavitud de Egipto. Ahora, Moisés les exhorta a que recuerden siempre las enseñanzas recibidas para no caer otra vez en la esclavitud. Un recuerdo agradecido que invita a vivir de la palabra de Dios, en la obediencia al Señor. Es la condición para sobrevivir.
         En este tiempo, el pueblo de Israel vive ya en la “tierra de leche y miel” que se le había prometido. Pero esta nueva situación es peligrosa en cuanto que favorece el sentimiento de autosuficiencia y puede llevar al olvido del Señor, que le sacó de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto.
         HOY una muchedumbre inmensa de personas está atravesando el desierto del paro, del hambre, de la injusticia, de la ausencia de Dios, mientras otros, tal vez, desde nuestra “tierra de leche y miel” nos olvidamos del Señor que quiere pan, justicia, y fe para todos.       Revisemos nuestra vida.

PAN ALIMENTO
         El pueblo de Israel se alimentó con el maná, figura de la Eucaristía, en su marcha por el desierto. Era un pan bajado del cielo, pero que no daba la vida; los que lo comían terminaban muriéndose, como todos los demás.
       El pan de la Eucaristía es hoy el alimento del nuevo pueblo de Dios que peregrina en este mundo. Es el pan del cielo, prenda de la vida eterna, que nos alimenta (viático) para realizar el paso de este mundo al Cielo, a la verdadera “tierra de leche y miel”. 
         Lo que ocurre hoy es que muchos caminamos sin tomar este alimento,  y es que no sentimos hambre de ese pan. Estamos satisfechos con nuestros alimentos: el dinero, los viajes, el trabajo, los juegos, los placeres de la vida… Al parecer, no tenemos hambre de Dios. Ojalá pudiéramos decir con el salmista:"Mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua..." (Sal 63, 2.6)
         Pero ¿no es verdad que en nuestro interior nos sentimos insatisfechos, no somos felices, siempre queremos más, otra cosa, otros alimentos, “¿Otro alimento?”
         ¿No es verdad que la tentación nos acecha y que a veces caemos y nos sentimos cansados y deprimidos? Pues bien, en estos casos, la eucaristía es el alimento para no desfallecer y seguir el camino. Hoy muchos están perdiendo el ánimo y la esperanza. La crisis económica, social y política, los problemas en el matrimonio y la familia, los problemas morales y de fe, producen desaliento, sufrimiento, enfrentamiento y rencor. En estas circunstancias, sin el alimento de la eucaristía, nos faltarían las fuerzas necesarias para afrontar estas situaciones y poder vivir una vida digna, humana y cristiana.

PAN, UNIDAD y COMPROMISO
         San Pablo destaca la exigencia de unidad que brota de la Eucaristía. Todos los que comulgan del cuerpo y la sangre de Cristo se hacen con él un solo cuerpo. La unidad de alimento produce también unidad entre aquellos que comulgan.
         «El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan».
         San Agustín insistía en el hecho de que los cristianos, al comer el mismo pan, nos transformamos en aquello que comemos. Este pan, decía, es el alimento de los fuertes. Los alimentos normales son menos fuertes que el hombre, que los asimila al comerlos. Pero el pan de la eucaristía es más fuerte, pues al comerlo somos nosotros los asimilados por Cristo.  Este pan nos transforma, de manera que podemos decir: Vive Cristo en mí. Pero esta comunión con Cristo es también y necesariamente comunión con todos los «suyos».
         La comunión sólo es auténtica cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. Por eso, el que comulga se compromete con Cristo, con los que son de Cristo, y con todos los hombres por quienes Cristo se entrega. Es el pan de la Nueva Alianza.
         Por todo lo dicho, la comunión se traduce, lógica y necesariamente, en el compartir los bienes espirituales y materiales desde una verdadera caridad fraterna. Por eso hacemos hoy la Colecta de Caritas.
         Si comulgamos bien, seremos cada día más humanos, más solidarios, más constructores de paz, mejores agentes de unidad y de reconciliación, en un mundo donde hay tanta división, enfrentamiento, odio y rencor. En la cultura post-moderna, en la que lo normal es caer en el nihilismo, cuyo distintivo principal es el egoísmo, la solución está en el Cristo de la eucaristía.          Jesús de Nazaret vaciado de sí mismo, convertido en el hombre-para-los-demás-hombres,  es el Cristo eucarístico, el único capaz de cautivar y salvar al hombre de nuestro tiempo.

         Los presbíteros que entregamos a los hombres el “Cuerpo de Cristo”, ¿somos también cuerpo de Cristo? e ¿intentamos formar comunidades verdaderamente eucarísticas?
         Al decirnos Jesús “Tomad y comed, esto es mi cuerpo… Haced esto en memoria mía”, nos invita a repetir su gesto de entrega, a hacernos pan y dejarnos comer por los que necesitan pan, compañía, comprensión, Palabra de Dios y, en definitiva, amor.

 

Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es