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DOMINGO III DE PASCUA. C

  • Los ministros del evangelio tenemos en Juan 21 un magnífico texto para comprender la naturaleza de la misión evangelizadora de la Iglesia. La Biblia de la Casa de la Biblia nos ofrece una brevísima y magnífica síntesis del texto en una nota a Jn 21, 1-14:
    Este relato utiliza el andamiaje de una pesca milagrosa (Lc 5,1-11) para describir simbólicamente la tarea evangelizadora de la Iglesia. Los siete discípulos indican que la faena  de la “pesca” debe correr a cargo de toda la Iglesia. La red que no se rompe acentúa la capacidad de la Iglesia para recibir a todos sin ninguna excepción. El número de peces habla de plenitud y universalidad. La pesca en alta mar, en el mundo, adquiere todo su sentido y consistencia desde la orilla donde está el Señor que prepara la comida, es decir, la Eucaristía”

    1.  “Aquella noche no lograron pescar nada”. Fue una experiencia de fracaso total. No ha
    servido de nada el esfuerzo, el conocimiento perfecto del oficio, la ayuda de los compañeros.
    Es, hoy,  nuestra experiencia de noche oscura, de impotencia, de lucha infructuosa en medio de un “mar” que esconde oscuras y muy poderosas fuerzas del mal.

    En esta situación, lo peor es el desánimo, el perder la esperanza, el pensar que tal como están las cosas (sociedad, cultura moderna, Iglesia…) no hay nada que hacer. Tal vez, dicen algunos, queda soñar en “otra” Iglesia, en cambios que nos parecen absolutamente necesarios…

     2. La solución viene de la “orilla”. Es la presencia del Resucitado, el amanecer de la Pascua.
    Los discípulos obedecen y la barca se llenó de peces. Ellos hicieron su trabajo, pero fue la fuerza de la Palabra la que obró el milagro.
    Esa misma Palabra nos advierte que no estamos solos en medio del mar. Alguien nos dice: “echad la red”. Es el mismo que hablaba de sembrar, no importa que cayera la semilla en tierra dura, llena de zarzas o en tierra buena. Es el mismo que impulsaba a Pablo a decir: ”¡Ay de mí si no evangelizare!”. La fe pascual es para nosotros fuente de ánimo y confianza, de “pesca” abundante y muchas veces inesperada.

    Es importante tener en cuenta también que la tarea de la pesca es cosa de toda la Iglesia (el número 7). Por eso, hemos de alentar y ayudar a los laicos para que asuman un protagonismo activo en la misión, en los campos del profetismo, del culto y de la caridad. No nos lamentemos tanto de la escasez de vocaciones, y pensemos, desde el estudio, la oración y el compromiso en qué querrá decirnos hoy el Señor, más allá de nuestros análisis y juicios normalmente paralizantes.

    3.  La Eucaristía: signo, misión, cumbre y fuente de la actividad eclesial (cf. SC 10).
    Jesús prepara sobre las brasas pescado y pan. Y toma de los peces pescados por los discípulos. También en la multiplicación de los panes y peces quiso contar con lo poco que la gente tenía.

    La enseñanza de Jesús es muy clara: la pesca en alta mar (el mundo), la evangelización, adquiere todo su sentido y consistencia desde la orilla donde él prepara la comida, es decir, desde la eucaristía.

    Los apóstoles no pueden olvidar el sabor especial de aquel pan misterioso de la última Cena;  y el significado que le dio Jesús. Era el signo del amor que llega al extremo, el signo de la fraternidad y de la comunión.

    Ahora, para nosotros, compartir el pan, el amor, y la vida  es el verdadero signo de pascua. No podemos reducir la eucaristía a un mero gesto litúrgico. Con la fuerza de ese pan salimos a luchar por el pan de los pobres y marginados. Una evangelización así, desde la eucaristía, nos llevará al gozo de sentarnos juntos en torno a la mesa del Señor. Entonces habrá comunidad cristiana.

    4. El examen del amor
    Pedro ha almorzado con la vista baja. No se atreve a mirar a Jesús a los ojos. Y a la pregunta del Maestro y amigo “¿me amas?”, sólo puede responder, ahora desde la sinceridad y humildad más profunda: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. Jesús da a entender a Pedro que para el ministerio del pastoreo que le encomienda ha de estar totalmente empapado del amor del pastor bueno. Pablo dirá: “Nos apremia el amor de Cristo” (2 Cor 5,14)

    Santo Tomás de Aquino afirmaba: «(Jesús) dice en singular: «Yo soy el Buen Pastor para hacer comprender cuál es la fuerza del amor de caridad. Pues nadie es buen pastor sino aquel que, por la caridad, viene a ser uno con Cristo, y miembro del verdadero Pastor» (Comentario sobre el evangelio de san Juan, cap. 10)

    En nuestro caso es lo mismo. Se nos hace la misma pregunta: ¿me amas?  Nuestra tarea evangelizadora, si no procede de un amor profundo a Cristo, será propaganda o cualquier otra cosa, menos el anuncio gozoso y valiente de la persona y el mensaje de Jesús como el único Salvador y Redentor del hombre.

    Esto es lo que hicieron los apóstoles desde el principio. Dieron testimonio de Jesús resucitado frente a quienes les prohibían hablar, les perseguían y encarcelaban.

    Un testimonio que daban junto con el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, de la fuerza, del amor y de la vida. (2ª lectura)

    Hoy no puede ser de otra manera. Como decía Pablo VI: “No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo…Las técnicas de evangelización son buenas pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin él. Sin él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas, se revelan pronto desprovistos de todo valor” (EN 75)

    Que este mismo Espíritu haga más firme y viva nuestra fe y nos dé fuerza y valentía para el testimonio.

  • Julio García Velasco

    juliogvelasco@yahoo.es