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DOMINGO II DE PASCUA. C
- JESÚS HACE FIESTA EL DOMINGO
La primera preocupación del Señor resucitado parece ser la de reunir a los discípulos después del escándalo de la cruz. Uno tiene la impresión de que Jesús tiene prisa por encontrarse con sus amigos para levantarles el ánimo y confirmarles en la fe.
Y esto lo hace el domingo; es su día; y será siempre el día de fiesta de sus discípulos.
En la visita a sus amigos les lleva el gran regalo de su Espíritu, para la misión que les encomienda. El Espíritu es el primer fruto de la pascua.
Juan, desterrado en Patmos, (2ª lectura) se encontró precisamente en el día del Señor con aquél que había muerto y ahora vive para siempre, el primero y el último, y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo…
En este día tiene lugar también nuestro encuentro con él y con los hermanos. En él celebramos su victoria y salimos animosos al mundo con el aliento de su Espíritu.
- LA SOMBRA SALUDABLE DE PEDRO.
La gente quería que al menos la sombra de Pedro tocara a los enfermos que sacaban a las plazas.
Hay un refrán antiguo que dice: "el que a buen árbol se arrima buena sombra le cobija". De acuerdo con la máxima, los hombres nos solemos poner “al sol que más calienta” y buscamos la sombra que más nos conviene.
La verdad es que Pedro, en contexto pascual, no hablará de la sombra de Cristo sino de él como piedra viva: “Acercándoos a él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa para Dios, también vosotros como piedras vivas, vais construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios” (1 Pe 2,4-5) Esto quiere decir que nuestra vida se edificará con solidez y consistencia si edificamos sobre esa piedra viva que es Jesús resucitado.
De todos modos, la sombra de Pedro podía tener virtud curativa porque era un trasunto de la sombra de Cristo; porque el Pedro débil, opaco y pecador, ahora creyente, transparenta al Señor resucitado.
Nosotros, los cristianos, deberíamos proyectar la sombra de Cristo; deberíamos estar tan penetrados por él, por sus sentimientos, criterios y actitudes, que nuestra vida entera fuera una transparencia suya.
Al faltar esa identificación con Cristo, apenas hacemos sombra, y muy pocos la buscan en nosotros con el interés con el que sus contemporáneos buscaban la de Pedro.
Intentando definir al sacerdote Juan Pablo II decía: “Los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado... (PDV n.15).
- LA EXPERIENCIA DE JESUS RESUCITADO
Jesús Resucitado, sale en busca de aquellos a los que el escándalo de la cruz había colmado de miedo y desesperanza, y se les hace presente para decirles: "yo soy el que vive" ("estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos"), y para entregarles su Espíritu y su paz.
Los discípulos vieron al Señor Resucitado y se llenaron de alegría.
El encuentro con Jesús Resucitado transforma a aquellos hombres llenos de miedo, “con las puertas cerradas”; los reanima, los llena de alegría y paz verdadera, los libera del miedo y la cobardía, les abre horizontes nuevos y los impulsa a la misión.
Nosotros hoy ¿podemos ser cristianos sin la experiencia de Jesús resucitado?
Es verdad que las apariciones pascuales terminaron en aquellos días de los apóstoles. Pero también es cierto que el Señor continúa haciéndose presente hoy en medio de nosotros y nos invita a creer en El. No se trata de ver y tocar. Pero el ver con los ojos de la fe no es algo frío y distante del mundo de la afectividad. En ocasiones la experiencia es tan fuerte que hace desbordar el mundo de los sentimientos. Recordamos a Pascal quien apenas encontraba palabras para expresar su extraordinaria experiencia: «Seguridad plena, seguridad plena... Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría... Jesucristo. Yo me he separado de El; he huido de El; le he negado y crucificado. Que no me aparte de El jamás. El está únicamente en los caminos que se nos enseñan en el Evangelio».
En la Palabra, en la fracción del pan y en la vida encontramos muchos indicios claros de Jesús resucitado. Ante tantas manos agujereadas por un amor y servicio heroico, ante tantos corazones desangrados en la lucha por la vida y por la justicia, ante tantos signos de paciencia, fe y esperanza inquebrantables, que vemos sobre todo en gente humilde y sencilla, uno no puede menos que caer de rodillas y decir: "¡Señor mío y Dios mío!".
Esta experiencia de Jesús resucitado, cuando la vivimos en comunidad nos empuja a hacer saltar los “cerrojos” que ha echado el miedo y el egoísmo en nuestras vidas, y abrir de par en par las puertas y ventanas de nuestras casas (Iglesia, Institución, parroquia, comunidad…) para anunciar al mundo la resurrección de Jesucristo Redentor del hombre.
Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es
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