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DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO-C

 

1. ¡OTRA VEZ UN AVISO FUERTE! La Palabra de Dios nos recuerda una y otra vez aquellas cosas que son especialmente importantes para la vida cristiana. Esta insistencia no debería molestarnos, como no debemos molestarnos porque en la carretera nos encontremos, cada poco, avisos-señales de curva, de cruce peligroso o de niebla... Pues bien, la Palabra de Dios vuelve hoy a la carga con uno de esos mensajes o avisos fuertes: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

Las palabras de Amós,  si no fueran palabra de Dios, más de uno las calificaría de demagogia. Amós era un hombre del campo, pastor de bueyes y cultivador de higos, que vive en el siglo Vlll a.C., en una  época de prosperidad, en la que surgen diferencias económicas enormes.

En esta situación, Amós ataca duramente a aquellos que aplastan a los pobres y los compran por un par de sandalias; denuncia sin miedo la corrupción de los jueces que se dejan comprar, y protesta contra los comerciantes que recortan la medida, aumentan el precio y falsean las balanzas para robar...  
Hoy podemos afirmar que las críticas de Amós, en una sociedad rural sencilla y pobre, tienen plena actualidad en nuestro mundo y en nuestro pueblo. ¿No es cierto?

2.  “No podéis servir a Dios y al dinero", dice Jesús. Esto lo podemos traducir en lo siguiente: ¿Nos preocupamos más del dinero o de los hombres?

Juan Pablo II, en un viaje a Brasil, dijo que no era admisible un sistema económico que se despreocupa de los más necesitados, que aumenta muchísimo el paro y rebaja notablemente los salarios. Entonces, un dirigente empresarial respondió diciendo que las palabras del papa eran muy hermosas pero irrealizables, porque las leyes de la economía obligan a preocuparse más del dinero que de los hombres. ¿Qué pensamos nosotros?
¿No es verdad que si el valor supremo es el dinero, se genera en la sociedad un sistema social injusto en el que la persona humana termina por ser considerada como objeto y mercancía?

3. El dinero es siempre un peligro en el que casi todo el mundo quiere caer

Nadie quiere ser esclavo de nadie, pero fácilmente caemos en la tentación de ser esclavos del dinero. Es legítimo tener y buscar el dinero, porque lo necesitamos para nuestra vida, para el bienestar de nuestra familia y el progreso del mundo. Incluso para las cosas de la evangelización es necesario el dinero. Pero el dinero no nos puede hacer olvidar que hay otros valores más importantes en la vida.

Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos los hombres y vivir, al mismo tiempo, esclavo del dinero y del propio interés. Sólo hay una manera de vivir como "hijo" de Dios, y es vivir realmente como "hermano" de los demás. Pero el que vive esclavo de su dinero, no puede preocuparse de sus hermanos y no puede, por tanto, ser hijo fiel de Dios.

4.  El monstruo del consumismo

No cabe duda de que el dinero ha hecho y hace cosas muy buenas, pero también ha dado origen al monstruo del consumismo.
Para vender lo muchísimo que hoy se produce de toda clase de objetos y cosas, la publicidad, cada vez más intensa y agresiva, intenta seducirnos con un mensaje muy sencillo: lo mejor en nuestra vida consiste en poseer cosas y disfrutarlas, aunque no las necesitemos para nada. Y así, como decía J.M. Mardones, “de la satisfacción de necesidades hemos pasado a la insaciabilidad de las necesidades”. El caso es que el monstruo no se cansa de vender y nosotros de comprar. Practicamos una nueva religión, la “religión” del consumo, en la que no Dios no tiene cabida.

5.  El administrador infiel, hombre de nuestro tiempo

Jesús dice a la gente: ¿Estáis indignados con el administrador infiel? Pues aprended de él. Este hombre es sagaz, inteligente, ha comprendido la situación crítica en que se encuentra y ha buscado una salida que le salve. Pues todos vosotros, les dice, os encontráis, como ese administrador, ante una situación crítica: el Reino de Dios ha llegado: tenéis que decidiros, si no acogéis al enviado de Dios vais a la ruina. Este es vuestro problema.

Nosotros vivimos hoy una situación crítica, ocasionada por los gravísimos problemas económicos, culturales y morales que conocemos de sobra.

Y en esta situación, mientras hombres astutos y sagaces mueven los hilos por caminos que no responden al proyecto de Dios sobre los hombres y la sociedad, muchos católicos podemos estar adormecidos o viviendo en la comodidad y cobardía.

Y por esto, el reinado de Dios no es una realidad gozosa y liberadora entre nosotros.

Los sacerdotes recordamos las palabras del  Vaticano II: “Los sacerdotes, sin apegar de manera alguna su corazón a las riquezas, eviten siempre toda codicia y absténganse cuidadosamente de todo género de comercio” (PO 17)
Y como servidores de una Iglesia comunión de bienes, de vida y de acción evangelizadora, hemos de recordar siempre a los fieles cristianos las palabras de Cristo “No podéis servir a Dios y al dinero”.

Julio García Velasco    
juliogvelasco@yahoo.es