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Domingo de Ramos. Palabras para meditar y predicar

            En el relato evangélico de Lucas encontramos una serie de expresiones y temas que pueden movernos a una profunda meditación y ayudarnos para la predicación.

  1. En el domingo de Ramos los hebreos gritaban alborozados: "¡Bendito el que viene comorey, en nombre del Señor!" "¡Hossanna!". Este mismo pueblo muy pronto pedirá a Pilato: "¡Crucifícalo!".
    Los sacerdotes hemos de tener en cuenta que en nuestra vocación y en nuestra vida las palmas y la cruz forman nuestro escudo ministerial. No lo podemos olvidar. Como en el caso de Pablo siempre se darán en nosotros las paradojas del ministerio apostólico: “Unos nos ensalzan y otros nos denigran; unos nos calumnian y otros nos alaban”  (2 Cor , 6, 8) De tal manera que  “por todas partes, vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Cor 4, 10).
  1. Un ministerio de lucha y esfuerzo. En el relato de Lucas aparece Satanás como el principal agente invisible, junto a los otros, en el drama de la pasión. Recordamos hace pocos domingos cómo al término del relato de las tentaciones, el texto terminaba diciendo: “El diablo se marchó hasta otra ocasión” (Lc 4,13). El momento, la otra ocasión ha llegado: "Satán se apodera del corazón de Judas para que traicione a Jesús y lo entregue a los sacerdotes" (Lc 22,3), y "zarandea a Pedro y a sus compañeros como se criba el trigo" (22,31). Y de la misma manera que apareció entre los árboles del Edén tentando a Adán, se desliza ahora entre los olivos de Getsemaní para tentar al Enviado de Dios, el nuevo Adán.
    Recordémoslo: todos los grandes creyentes, desde los anacoretas, a los contemplativos, y a los que se comprometieron totalmente en la construcción del reino de Dios, todos mantuvieron una lucha a brazo partido contra las asechanzas del Maligno. Y así será siempre.
    Jesús vence a Satanás con la oración. Al entrar en el huerto de Getsemaní exhorta a sus amigos: “Orad, para no caer en la tentación” Después se alejó como un tiro de piedra. “Preso de la angustia, oraba más intensamente, y le entró un sudor que chorreaba hasta el suelo, como si fueran gotas de sangre”. Pero ahí, en ese momento de la prueba decisiva, dirá: "Abba, Padre, si quieres aleja de mi esta copa de amargura; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
    También nosotros tenemos que orar para que podamos hacer frente a la prueba. En estos momentos, para muchos es la prueba de la fe en la noche oscura de no saber cómo evangelizar a nuestro mundo, y, en todo caso, la prueba de la cruz que de mil formas nos amenaza cada día: la tentación del desaliento, la falta de credibilidad que sufrimos, el alejamiento masivo de las generaciones jóvenes de las prácticas cristianas, la problemática moral…
  1. Jesús sufre una tristeza mortal: "Me muero de tristeza" (Mt 26,38). Es el sentimiento más

significativo de la depresión, fenómeno típico de nuestro tiempo. En adelante, Jesús nos comprenderá perfectamente si nos ve hundidos en la depresión y deseosos, al mismo tiempo, de mantenernos fieles en el ministerio. Jesús será siempre el sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras flaquezas, porque las ha experimentado todas, excepto el pecado (Heb 4,15).

  1. La mirada a Pedro. (22, 61) La mirada que Jesús dirigió a Pedro, fue una mirada en la que

mostró todo su cariño y perdón al amigo cobarde. ¡Cuántas veces nos hemos estremecido con esa mirada!, nosotros también cobardes. Ojalá sepamos mirar así a los que nos traicionan y niegan conocernos, a los que, sin razón quizás, nos juzgan y condenan, a los que se alejan y nos dejan solos cuando han visto lo que significa seguir fielmente al Crucificado.

  1. "Cuando te conviertas, confirma a tus hermanos" (22,32) Jesús le dice a Pedro que ha

rogado por él, para que su fe no decaiga. Y añade: “tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos”. Es decir: cuando te conviertas de tus errores, dudas, huidas, autosuficiencia y orgullo, al amor verdadero, confirma a tus hermanos: ayúdales a mantenerse firmes en la fe, alegres en la esperanza, perseverantes en la tribulación, confiados en el amor eterno del Padre; que la comunidad que vas a presidir, sostenida por el Espíritu, sea una comunidad de hermanos, una comunidad de amor y de servicio que anuncie el evangelio siguiendo mi camino de  humildad, pobreza y abnegación, sin buscar la gloria terrena (cf LG 8), con un compromiso real y amor preferencial por los pobres.
Las palabras de Jesús nos invitan a rogar nosotros hoy de un modo especial por el sucesor de Pedro y por todos los obispos de la Iglesia. Las circunstancias tan dolorosas que estamos viviendo nos obligan de una manera particular a esta oración.

    6. "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino por vosotras y por vuestros hijos" (23,28).
    En el camino de la cruz, Lucas presenta un Jesús en el que, en medio de la tragedia, brilla la ternura, la mansedumbre, la humanidad, la bondad, la misericordia: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén que lloran al verle pasar; perdona a los que le han llevado a la muerte, «porque no saben lo que hacen»; y ofrece el paraíso al compañero de suplicio que le pide que se acuerde de él en su Reino. Qué hermoso contemplar cómo Jesús no se va solo al paraíso del Padre. Con él van los crucificados del mundo, los perdidos y los pobres, los bandidos y los pecadores, los que no han encontrado salvación en la tierra, y le piden: "Acuérdate de mí".


                Las mujeres y el Cirineo son dos símbolos de las actitudes del seguidor de Jesús. El maestro había dicho: «El que no tome su cruz y se venga conmigo, no puede ser mi discípulo»
    El seguimiento, y no la imitación, es una actitud fundamental en aquel que quiere ser discípulo de Jesús.
    «No lloréis por mí»: Jesús no niega el valor de los sentimientos, del buen corazón, capaz de
    conmoverse ante el dolor ajeno. Pero, bien sabemos que esto no es suficiente; son absolutamente necesarias las obras.
     A Simón de Cirene le obligaron a cargar con la cruz de Jesús, es decir, el travesaño de la cruz, que se solía cargar sobre los hombros del condenado y al que llevaba atadas las manos.
    Simón carga con la cruz para ayudar al que no puede ya sostenerla, aunque lo haga a
    regañadientes.
    Hoy continúa Jesús por los caminos del mundo azotado, escupido, abofeteado y
    crucificado, no una sino millones de veces» ¿Le ayudamos a llevar la cruz?

      7. "Padre, a tus manos confío mi espíritu” (23,46)
      Otro rasgo característico de Lucas son las últimas palabras de Jesús: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». No recoge el comienzo del salmo 21 de Mateo y Marcos: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» ni el grito final de Jesús en el momento de morir. Jesús muere dulcemente en las manos de su Padre, a quien entrega confiadamente su espíritu.
      Hacia el mediodía las tinieblas cubrieron toda la región hasta las tres de la tarde. El sol se
      oscureció, y el velo del templo se rasgó por medio. Entonces Jesús lanzó un grito y dijo: "Padre, a tus manos confío mi espíritu”.
                  Es la oscuridad total, y vemos un cuerpo que se rasga por completo y descubre el corazón que tanto ha amado a los hombres que da la vida por ellos. Sobre las ruinas de aquel mundo viejo, oscuro y pecador, amanece la luz de la nueva creación, el mundo nuevo en que habite la justicia.
                 
        8. Miremos al Crucificado
        Clavado en la cruz, el pueblo estaba allí mirando, Y “toda la gente que había acudido al espectáculo, al ver lo sucedido, volvía golpeándose el pecho”. Con todo esto, Lucas nos sigue diciendo: Acerquémonos al trono de misericordia, miremos al Crucificado, y golpeémonos el pecho también nosotros, pues todos le hemos crucificado, y todos podemos recibir de él el perdón y la salvación. (cf Heb 4,16). A este Cristo crucificado habremos de predicar (cf 1 Cor 1, 23).

        Julio García Velasco

        juliogvelasco@yahoo.es