
REFLEXIONES VOCACIONALES PARA LA HOMILÍA: QUINTO DOMINGO DE CUARESMA CICLO C
(Is 43, 16-21; Flp 3,8-14; Jn 8,1-11)
Para seguir al Señor muchas veces nos asusta el pasado. Y pensamos: “no puedo, seré siempre el mismo, no cambio”.
Pero el Señor nos dice por el profeta: “Mirad, voy a hacer algo nuevo”.
¿Qué ocurría? El pueblo de Israel está cansado de esperar. El destierro se hace demasiado pesado. Y, en su angustia, recuerdan el pasado. Y se preguntan: ¿De qué sirvió que el Señor nos librara de la esclavitud de Egipto? Dios insiste: “No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo. Mirad, voy a hacer algo nuevo” (Is 43,18) El es el dueño del futuro, imprevisible y muchas veces desconcertante, pero siempre un futuro de salvación.
También nosotros nos lamentamos muchas veces de un pasado que nos sigue atormentando y repetimos: “Lo mío no tiene remedio. Siempre me pasa lo mismo. El pasado es una losa en mi vida”.
La memoria de lo negativo suele hacernos mucho daño. Es una memoria maldita que nos impide mirar con esperanza hacia el futuro.
Pero nunca debemos darnos por perdidos. La fe nos invita a caminar en esperanza; nos ofrece una seguridad fundamental: Alguien, en medio del desierto, nos abre un camino nuevo: el camino de la salvación. Ese será el mensaje de la Pascua.
2º. Pablo, en la segunda lectura, nos habla de su vida nueva, como consecuencia del encuentro con Cristo. Nos dice: “nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”. Un conocimiento que es experiencia de amistad, seguimiento, un compartir sus padecimientos y experimentar el poder de su resurrección.
El apóstol olvida todo lo que queda a la espalda (obstáculos, fatigas, persecuciones, riesgos, ofensas, trampas, envidias...), y se pone a caminar decidido hacia adelante: “me esfuerzo..., corro hacia la meta”. El pasado de perseguidor de Jesús ha quedado definitivamente superado, está muerto.
También nuestra vida cambiará en la medida en que tengamos un encuentro profundo con Cristo, de otro modo será vulgar, sin fe viva, sin alegría y amor, sin una vocación segura y alegre.
3º. En el evangelio, los escribas y fariseos ponen a los pies de Jesús a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Es una trampa: si dice que no hay que apedrearla, se pone contra la ley de Moisés y le acusarán como transgresor de ella; pero si dice que hay que apedrearla, ¿dónde queda su mensaje y conducta misericordiosa con los pecadores, que atrae la admiración y gratitud del pueblo?
La respuesta lapidaria de Jesús nos recuerda aquella otra de “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”; ahora dice : ”El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. Y empiezan a retirarse comenzando por los más ancianos.
Aquellos escribas y fariseos están dispuestos a apedrearla porque no la creen capaz de cambiar.
Sabemos que en muchos códices antiguos omitieron este fragmento del evangelio de Juan, porque se pensaba que para el adulterio no había posibilidad de perdón. Pero Jesús, con su perdón, liquida definitivamente el pasado, y entrega a la pecadora un futuro nuevo. Para Jesús, el pecado de adulterio también es susceptible de perdón: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.
Con este gesto hacia la adúltera, Jesús está provocando una revolución silenciosa. Esa mujer, tirada por tierra, humillada y despreciada por los que se creen justos es la imagen patética de lo que era la mujer en aquella sociedad: discriminada hasta en el pecado. Porque ¿dónde estaba el hombre que había pecado con ella?
¿No ocurre hoy algo parecido con la prostitución? En la opinión pública es un problema que afecta únicamente a las mujeres; no se habla de “prostitutos”, pero sabemos muy bien la parte de culpa que tienen los hombres no sólo por pecar con ellas, sino por obligarlas, explotarlas, humillarlas.
Esta escena nos recuerda las ocasiones en que condenamos y “apedreamos” a los demás, olvidando o no queriendo ver el pecado que hay en nosotros. A lo mejor nosotros tendríamos que tirar la primera piedra.
Las palabras de Jesús han de movernos a la acción de gracias por su perdón y a la misericordia con nuestros hermanos.
Una vez más, el evangelio nos enseña que nuestro pasado no debe impedir la fe en un seguimiento fiel de Jesús y en la posibilidad de vivir gozosamente nuestra vocación.
Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es
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