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DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO-C
Oyendo el texto del evangelio de este domingo, exclamó Francisco de Asís: “Esto quiero, esto pido, esto anhelo hacer con todo el corazón”. Una vocación maravillosa.
Jesús era un Maestro que, además de enseñar, también hacía prácticas con sus discípulos. A los setenta y dos los envía por delante a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar. Se trata de una misión distinta de la precedente de los doce (Lc 9, 1-6), lo que nos demuestra que el anuncio del reino de Dios es tarea de todos los discípulos de Jesús. Como nos recuerda el Vaticano II “La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado” (AA 2)
¿Qué les dice Jesús en su catequesis de envío?
En primer lugar, que los envía “como ovejas en medio de lobos”, es decir, que han de ir con espíritu de mansedumbre, no apoyándose en la fuerza, la prepotencia o la arrogancia.
Junto a la mansedumbre, el desprendimiento. Tendrán que vivir la pobreza evangélica de los "misioneros" (no llevéis talega, ni alforja ni sandalias). De este modo, serán instrumentos humildes y pobres que dejan traslucir la presencia y la actuación de Dios.
Y les recuerda también el carácter itinerante de la misión, frente a la tentación de "instalarse" en situaciones de comodidad y bienestar.
La misión consiste en anunciar: "el Reino de Dios está cerca de vosotros": el perdón, la gracia, el amor misericordioso de Dios están cerca de vosotros. Un mensaje muy sencillo, pero la mejor noticia que los hombres, sobre todo los pobres, esperan oír.
El fruto del anuncio será la paz, el don de Dios que implica todas sus bendiciones.
Finalmente, les advierte que encontrarán muchas dificultades en el cumplimiento de la tarea. Unos los acogerán y otros los rechazarán.
¿Qué nos dice la Palabra en nuestra situación concreta?
1. No hemos de tener miedo a los lobos. Hay lobos por todas partes: en los ambientes de trabajo, en los ambientes culturales, en programas de televisión y de radio, en la calle, en determinadas películas y libros, en Internet, dentro de la misma Iglesia… Lobos que no respetan la vida, la Ley de Dios, los derechos humanos, la dignidad de la persona... El lobo se nos puede meter en nuestra propia casa, donde menos lo esperamos.
Nuestra vida cristiana auténtica, llena de sinceridad y amor es el medio mejor para que muchos lobos se amansen, y hasta se conviertan en corderos En todo caso, Dios tiene la última palabra. A nosotros nos toca intentar ser buenos discípulos de Jesús y fieles a la misión que se nos ha encomendado.
Ciertamente, la mansedumbre ha de ser nuestro talante misionero. Bajo ningún concepto podemos imponer el evangelio a nadie. La buena noticia se proclama y se propone.
En ocasiones, los “lobos” nos hacen un bien, echándonos en cara nuestras incoherencias e hipocresías.
Hoy sufrimos especialmente el drama y el desafío de la increencia. Muchas cosas habrá que hacer, pero el testimonio de vida, el diálogo sincero y el presentar una imagen positiva de Dios: un Dios que ama la vida, que quiere la felicidad del hombre, un Dios amigo del hombre, habrán de ser prioridades básicas y fundamentales del evangelizador. Hemos de decir a cada uno: “Dios ha vuelto su mirada hacia ti, te ama, no está lejos, tu vida tiene un sentido”. Y lo que anunciamos es verdad, porque quien lo proclamó ha resucitado, está vivo y quienes han creído y creen en él así lo sienten y viven.
2. Las “marcas de Jesús”. Como Pablo, todos los grandes evangelizadores han llevado en su carne "las marcas de Jesús". Ojalá nosotros llevemos también en nuestra persona, en nuestra vida entera, las marcas de Cristo, es decir, la cruz del amor y del servicio, la cruz signo de que el mundo está crucificado para nosotros (el mundo de la corrupción y la injusticia, de la inmoralidad, del odio y la venganza) En el bautismo se nos marcó con el signo de la cruz. ¿Es el signo -“tatuaje” de nuestra vida?
3. El desprendimiento. El Vaticano II nos invita a realizar el ministerio desde la pobreza evangélica (PO,17) El dinero corrompe muchísimas veces la misión. A este propósito, hemos de reconocer que en muchas ocasiones hombres de Iglesia, Instituciones, Congregaciones religiosas de ayer y de hoy, han cedido y ceden a la tentación de la ostentación, de la vanagloria y del poder que da el dinero. Pero “no podemos servir a Dios y al dinero”.
El desprendimiento va unido a la corresponsabilidad y disponibilidad universal (cf PO 7,10)
Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es
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