
DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO-C
Llamada a la tolerancia y a la libertad
El evangelio nos dice que Jesús decide comenzar un camino que terminará en la cumbre del calvario. Pasa por Samaría con sus discípulos y no le dan hospitalidad. Las relaciones entre judíos y samaritanos no eran en absoluto cordiales, por razones sociales y religiosas.
Ante esa negativa a recibirle, Santiago y Juan, heridos en su amor propio de judíos, quieren venganza (“que baje fuego del cielo y acabe con ellos”) Jesús reacciona enérgicamente y les reprende. Jesús no aceptó nunca ninguna forma de violencia. Sus gestos, sus palabras, su vida entera revelan a un Dios Padre que no se impone nunca por la violencia. El Dios de Jesús no es para nada el Dios violento del Antiguo Testamento que a tantos y tanto desconcierta.
A continuación, el relato evangélico nos habla del seguimiento de Jesús. Seguimiento que no es un camino fácil. En el texto que hemos proclamado hoy vemos que Jesús dice a sus discípulos que si continúan dispuestos a seguirle, deben conocer sus condiciones. Para ello presenta tres personajes que manifiestan un deseo de seguirle:
El primero se acerca a Jesús y le dice: "Te seguiré adondequiera que vayas". Palabras muy hermosas y claras. Jesús, sin embargo, le da a entender que la cosa no es tan fácil: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza". Esto quiere decir que para seguir a Jesús, hay que salir de la propia “cueva”, saltar del “nido”, arriesgarnos, cortar amarras… (Comodidad, cobardía, interés egoísta…)
El segundo es "otro" personaje a quien Jesús interpela "Sígueme". Y él responde con una petición legítima y sensata: "Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre". Pero Jesús le responde: "Deja que los muertos entierren a sus muertos". Está claro: para seguir a Jesús hay que dejar atrás todo lo “viejo”, el evangelio es novedad de vida. Ser cristiano no es colocarse una chaqueta que se pone y se quita según conveniencia; no es una vida pagana disfrazada con la escayola de unos ritos religiosos que no comprometen a nada.
El tercer personaje se dirige a Jesús diciéndole: "Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia". Es una postura razonable. Cuando Elías llama a Eliseo que está arando su campo, éste le dice: "Deja que me despida de mi padre y de mi madre; luego te seguiré". Y Elías se lo permitió, (cf 1 Re 19,19-21). Pero Jesús le responde: "El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios". Es decir: para seguir a Jesús no podemos seguir siendo esclavos de nuestro pasado, de nuestra historia personal, de nuestras experiencias negativas de vida, no podemos estar continuamente mirando hacia atrás, mirando lo que hemos dejado. Hay que mirar hacia delante y caminar con decisión, aunque haya cansancios, caídas y hasta crisis.
No cabe duda que Cristo es radical. Pero eso no quiere decir que el cristianismo sea cosa de minorías, un programa de vida para unos pocos, para santos. De hecho, los discípulos que le seguían no eran precisamente unos santos.
Lo que hace Jesús es proponer metas altas, y pide sinceridad, deseos de caminar hacia un ideal de hijos de Dios y de discípulos que siempre nos sobrepasa. Ahí está la vocación y grandeza del hombre. Hemos nacido para volar como las águilas y no podemos contentarnos con ser aves de corral.
Jesús no admite que se pongan condiciones para seguirle, porque desvirtúan totalmente la esencia del cristianismo que consiste en el amor incondicional a Dios y a los hermanos.
El camino de Jesús es ciertamente un camino difícil, pero es un camino de libertad.
“Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado”. Nos ha liberado para amar. Por eso nos ha dicho san Pablo: “sed esclavos unos de otros por amor”, Pero “si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente”. Así acaban muchos matrimonios, muchas familias y muchas comunidades.
Los sacerdotes estamos para ayudar a los hombres a ser libres. Pero lo de salir de la cueva y saltar del nido también vale y muchísimo para nosotros.
¿Conocéis la leyenda del Halcón?
“Cuenta la leyenda que un rey recibió en obsequio dos pequeños halcones, y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenase.
Al cabo de algunos meses, uno de los halcones respondía perfectamente al entrenamiento, pero el otro no se había movido de la rama donde lo dejó, desde el día de su llegada.
Ni curanderos ni sanadores, ni miembros de la corte pudieron hacer volar al halcón. En esta situación el rey ofreció una buena recompensa a la persona que lo hiciera volar. A la mañana siguiente el halcón volaba ágilmente frente a las ventanas del palacio. Entonces, el rey dijo: traedme al autor de este milagro. La corte le presentó a un campesino.
El rey le preguntó: ¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo hiciste? ¿eres mago?. Atemorizado, el campesino contestó: no fue magia ni ciencia, mi Señor, sólo corté la rama y el halcón voló. Se dio cuenta que tenía alas y empezó a volar”.
Y tú, ¿a qué estás aferrado que te impide volar? ¿qué es eso de lo que no te puedes soltar?
Esto tiene mucho que ver con el seguimiento de Cristo ¿no?
Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es
No seamos esclavos de la ley, no hagamos las cosas simplemente porque está mandado. (v.gr. ir a misa).
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