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DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO-C

 

El Dios del perdón y la misericordia

Lucas es el evangelista que mejor resalta la misión liberadora de Cristo: de la enfermedad, de la muerte, y del pecado, el mal radical. Al mismo tiempo nos ofrece el más hermoso retrato de Jesús de Nazaret: amor humano-divino, tierno y misericordioso.
“La revelación del amor misericordioso del Padre, dice Juan Pablo II, ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del hombre” (DM 13).

Cristo no sólo habla de la misericordia y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. En El, Dios se hace concretamente “visible” como Padre “rico en misericordia”, “cercano al Hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad” (id).
Las lecturas de este domingo nos hablan del pecado y del perdón, del amor misericordioso de Dios.
En la primera lectura se nos recuerda el pecado de David. Dios le había llenado de sus favores (“te ungí” “te libré…” “te di la casa de tu señor”) y David ha sido infiel al amor de Dios (“has despreciado al Señor”, “mataste”, “te quedaste con la mujer de Urías”).

Ante la palabra acusadora del profeta, David reconoce humildemente su culpa: “He pecado contra el Señor” Inmediatamente escucha la respuesta de Dios: "el Señor perdona tu pecado: no morirás".

En el evangelio, Jesús es invitado a cenar en casa de un fariseo llamado “Simón”. Invitar a comer en la propia casa a alguien importante es un signo de que se quiere honrar a esa persona; por tanto, se hará todo lo posible para que el invitado se  sienta bien y disfrute. Sin embargo, Simón no guarda las reglas de cortesía que eran habituales en estos casos: no recibe a Jesús en la puerta, no lo saluda con un beso, no ordena a un siervo que le lave los pies, ni le ofrece agua para lavarse la cara y las manos antes de comer; tampoco lo unge con perfume para que sienta un olor agradable.

Comienza la cena y de pronto ocurre algo muy sorprendente: “una pecadora pública se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfumes, se pone detrás de Jesús junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjugárselos con los cabellos de su cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume”.
Centrémonos primeramente en la mujer.

¿Qué pasó en el corazón de aquella mujer, conocida como pecadora? Un escritor comentaba el hecho de este modo: «Lo que lleva a esta mujer a los pies de Jesús no es todavía el arrepentimiento. Es un amor anterior al perdón”.

Ella se deshace en muestras de amor. ¡Qué poder de atracción debía de tener Jesús de Nazaret! Aquella mujer ya sabía cosas de Jesús, lo había observado, lo habría escuchado, y lo admiraba, lo veía diferente a todos los demás. Nadie la había mirado como él. Seguramente experimentó lo que todos hemos sentido ante algunas personas auténticas, limpias y transparentes que con su testimonio, a veces silencioso, hacen brotar de nuestro interior el deseo del bien, de la belleza, lo mejor de nosotros mismos. La mujer del evangelio tenía esperanza de encontrar a alguien que no la considerara objeto de placer; esperanza de ofrecer ya no su cuerpo, sino su corazón. En Jesús lo encontró.

Y allí, en aquel encuentro tan humano, sintió en su interior la presencia de un Dios que creía en ella y que le daba el mejor de sus perdones.

En el otro extremo, desenmascarado por Jesús, está la figura de Simón el fariseo. A la pregunta del invitado “¿Quién de ellos lo amará más?”, no puede por menos de responder «Supongo que aquel a quien le perdonó más». El no se considera pecador. Se cree justificado ante Dios y ante su propia conciencia porque es una persona cumplidora y practicante; si tiene pecados, no son graves. Es un buen fariseo.

¿Y nosotros? ¿Cuántas veces experimentamos la vivencia consoladora del perdón generoso de Dios que nos empuja a amar mucho? Nuestras confesiones, nuestras reconciliaciones con Dios, deberían dejar de ser una rutina convencional para convertirse en un encuentro entre un Padre que nos abraza y un hijo que regresa y llora de emoción entre los brazos de su Padre.

Los sacerdotes hemos de ayudar a los pecadores a celebrar el sacramento de la reconciliación que los llena de paz, alegría, amor y confianza en Dios. Cuando esto no ocurre, es para dudar de que la confesión haya sido bien hecha.

Como ministros del perdón, cumplimos nuestra misión cuando profesamos y proclamamos la misericordia, y cuando acercamos a los hombres a las fuentes de la misericordia (cf Dives in Misericordia).

Termina el relato evangélico diciendo que acompañaban a Jesús “los doce y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades”.

Para el mundo judío, como sabemos, las mujeres eran «mala compañía». Ningún rabí hasta Jesús había permitido ser acompañado por mujeres. Jesús lo cambió todo: las mujeres ocuparon un lugar indiscutiblemente importante en su vida y en su actividad. El  supo percibir toda la grandeza y la dignidad que anida en el corazón de la mujer.

 

Julio García Velasco
juliogvelasco@yahoo.es