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XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DE LOS OBISPOS

LA PALABRA DE DIOS
EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA

INSTRUMENTUM LABORIS

II

SEGUNDA PARTE
LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA
«Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros. Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié» (Is 55, 9-11).
CAPÍTULO CUARTO
La Palabra de Dios vivifica la Iglesia
«La carta que Dios ha enviado a los hombres»
[36]
Cuando el Espíritu Santo inicia a mover la vida del pueblo, uno de los primeros y más fuertes signos es el amor a la Palabra de Dios en la Escritura y el deseo de conocerla mejor. Esto acontece porque la Palabra de la Escritura es una palabra que Dios dirige a cada uno personalmente como una carta en las concretas circunstancias de la vida. Tiene una inmediatez extraordinaria y el poder de penetrar en lo íntimo del ser humano. En efecto:
- la Iglesia nace y vive de la Palabra de Dios;
- la Palabra de Dios sostiene la Iglesia a lo largo de la historia;
- la Palabra de Dios penetra y anima, con la potencia del Espíritu Santo, toda la vida de la Iglesia.
La Iglesia nace y vive de la Palabra de Dios
27. En los Hechos de los Apóstoles se lee acerca de Pablo y Bernabé que en Antioquía «A su llegada reunieron a la iglesia y se pusieron a contar todo cuanto Dios había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe» (Hch 14, 27).
El Sínodo es el lugar en el cual se podrán ciertamente sentir «los signos y prodigios» de la Palabra de Dios, como ya sucedió en Antioquía y en la asamblea de Jerusalén que escuchaba a Bernabé y Pablo (cf. Hch 15, 12). En efecto, en todas las Iglesias particulares se hacen múltiples experiencias de la Palabra de Dios: en la Eucaristía, en la Lectio Divina, comunitaria y personal, en la jornada de la Biblia, en los cursos bíblicos, en los grupos de Evangelio o de escucha de la Palabra de Dios, en el camino bíblico diocesano, en los ejercicios espirituales, en las peregrinaciones a Tierra Santa, en las celebraciones de la Palabra, en las expresiones de la música, de las artes plásticas, de la literatura y del cine.
Múltiples constataciones emergen de las respuestas a los Lineamenta:
- Después del Concilio Vaticano II, se lee más la Palabra de Dios, especialmente en referencia a la liturgia eucarística. En muchas Iglesias se ofrece un puesto privilegiado a la Biblia, exponiéndola en modo visible junto al altar o sobre el altar, como se acostumbra en las Iglesias Orientales. - Es necesario un notable esfuerzo de parte de la Iglesia para que el acceso a la Sagrada Escritura sea un hecho popular. Conferencias episcopales, diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos han emprendido la gran vía de la Palabra de Dios en manera del todo nueva respecto a unos años atrás. - El deseo de ser introducidos en el gusto de la Palabra de Dios, para algunos prevalece respecto a otras exigencias del servicio pastoral. Tal deseo, de todos modos, permanece como necesidad de fondo aún de la gente más distraída, que se demuestra sensible al Jesús de los Evangelios. - Esto no excluye que el grado de familiaridad con la Palabra de Dios sea diversificado. En el mundo de antigua cristiandad la Biblia se encuentra en las casas más que en otros tiempos, pero tal vez no siempre como Libro verdaderamente leído. Datos estadísticos en una parte del mundo atestiguan que debe crecer sensiblemente el uso significativo de la Biblia, así como también debe madurar la consciencia del rol fundante y decisivo de la Palabra de Dios para una vida de fe. - Diverso es el dato de otras zonas geográficas donde el problema es más bien la escasez de medios, en particular de traducciones. Es edificante recordar las experiencias que estos hermanos y hermanas, frecuentemente pobres, viven en contacto con la Palabra de Dios. Valga, al menos como ejemplo autorizado, cuanto se lee en la Nota de la Pontificia Comisión Bíblica: «hay que alegrarse de ver que gente humilde y pobre, toma la Biblia en sus manos y puede aportar a su interpretación y actualización una luz más penetrante, desde el punto de vista espiritual y existencial, que la que viene de una ciencia segura de sí misma»[37]. - Se manifiesta una paradoja: al hambre de la Palabra de Dios no siempre corresponde una predicación adecuada de parte de los Pastores de la Iglesia, por carencias en la preparación del seminario o en el ejercicio pastoral.
La Palabra de Dios sostiene la Iglesia a lo largo de la historia
28. Es un dato constante en la vida del pueblo de Dios, la cual no es estática, sino que se propaga (cf. 2 Ts 3, 1) y desciende, como una lluvia fecunda desde el cielo (cf. Is 55, 10-11). Esto acontece desde cuando hablaban los profetas al pueblo, Jesús a la gente y a los discípulos, los apóstoles a la primera comunidad, y hasta en nuestros días. Podemos bien decir que el servicio de la Palabra de Dios caracteriza las diversas épocas dentro del mismo mundo bíblico y después en la historia de la Iglesia.
Así en el tiempo de los Padres, la Escritura se encuentra en el centro, como una fuente, de la cual se nutren la teología, la espiritualidad y la orientación pastoral. Los Padres son los maestros insuperables de aquella lectura espiritual de la Escritura que, cuando es genuina, no descuida la letra, es decir, el correcto sentido histórico, pero es capaz de leer la letra en el Espíritu. En el Medioevo, la Sagrada Página constituye la base de la reflexión teológica; para encontrarla adecuadamente se elabora la doctrina de los cuatro sentidos: literal, alegórico, tropológico y anagógico[38]. En el período antiguo la Palabra de Dios en la Lectio Divina constituye la forma monástica de la oración; es fuente de inspiración artística; se transmite al pueblo en tantas formas de predicación y de piedad popular. En la edad moderna, el surgimiento del espíritu crítico, el progreso científico, la división entre los cristianos y el consiguiente empeño ecuménico, estimulan, no sin dificultad y contrastes, un estudio más correcto y al mismo tiempo una mejor comprensión del misterio de la Escritura en el seno de la Tradición. En la época contemporánea se desarrolla el proyecto de renovación basado en la centralidad de la Palabra de Dios, que a través del Concilio Vaticano II continúa hasta el presente Sínodo.
En el cuadro de la grande Tradición, cada Iglesia particular se desarrolla en el tiempo con características y modos propios. Sobre todo, como enseña aún la historia, es posible ver conexiones, influencias e intercambios recíprocos. Mientras tanto, es necesario registrar una doble noticia: por una parte, se puede constatar que la Palabra de Dios se difunde y evangeliza las diversas Iglesias particulares de los cinco continentes: en ellas se encarna progresivamente, transformándose en alma vivificadora de la fe de tantos pueblos, fundamental factor de comunión, fuente de inspiración y de transformación de las culturas y de la sociedad; por otra parte, parece que la pastoral bíblica sufre por razones históricas, vinculadas al momento de la evangelización, pero también por problemas reales de fe en el diverso contexto de vida o por carencias económicas.
La Palabra de Dios penetra y anima, con la potencia del Espíritu Santo, toda la vida de la Iglesia
29. Existe una correlación entre el uso de la Biblia, la concepción de la Iglesia y la praxis pastoral. La adecuada relación se realiza cuando el Espíritu Santo crea armonía entre Escritura y Comunidad. Por lo tanto será importante respetar la necesidad interior que estimula la comunidad al encuentro con la Palabra de Dios, pero se cuidará también de controlar aquella sensibilidad que exalta la espontaneidad, la experiencia estrictamente subjetiva y la sed de lo prodigioso. Así también se prestará atención a lo que dice el texto de la Escritura, tratando de meditarlo para comprender el sentido literal, antes de aplicarlo a la vida. No es una cosa siempre fácil. Se señala el riesgo del fundamentalismo, fenómeno que tiene amplios matices antropológicos, sociológicos y psicológicos, pero que se aplica en modo particular a la lectura bíblica y a la consiguiente interpretación del mundo. A nivel de lectura bíblica, el fundamentalismo se refugia en el literalismo y rechaza tener cuenta de la dimensión histórica de la revelación bíblica y así no logra aceptar plenamente la misma Encarnación. «Este género de lectura encuentra cada vez más adeptos [...] también entre los católicos [...] el fundamentalismo [...] exige una adhesión incondicionada a actitudes doctrinarias rígidas e impone, como fuente única de enseñanza sobre la vida cristiana y la salvación, una lectura de la Biblia que rehúsa todo cuestionamiento y toda investigación crítica»[39]. La forma extrema de este tipo de tendencia es la secta. Aquí la Escritura ya no cuenta con la acción dinámica y vivificadora del Espíritu y la comunidad se atrofia, como un cuerpo inerte, transformándose en un grupo cerrado, que no admite diferencias ni pluralidad en el propio seno y muestra una actitud agresiva hacia otros modos de pensar[40].
En cambio, urge mantener viva en la comunidad la docilidad al Espíritu Santo, superando el riesgo de apagar el Espíritu con el excesivo activismo y la exterioridad de la vida de fe, evitando el peligro de la burocratización de la Iglesia, de la acción pastoral limitada a sus aspectos institucionales y de la reducción de la lectura bíblica a una actividad más entre otras.
30. Es necesario tener presente que, como afirma Jesús, el Espíritu guía a la Iglesia hacia la verdad entera (cf. Jn 16, 13), por lo tanto hace comprender el verdadero sentido de la Palabra de Dios, conduciendo finalmente al encuentro con el Verbo mismo, el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret. El Espíritu es el alma y el exégeta de la Sagrada Escritura. Por este motivo, no solo «se ha de leer [la Escritura] con el mismo Espíritu con que fue escrita» (DV 12), sino que la misma Iglesia, guiada por el Espíritu, trata de alcanzar una comprensión cada vez más profunda de la Escritura para alimentar a sus hijos, valiéndose en particular del estudio de los Padres de Oriente y de Occidente (cf. DV 23), de la investigación exegética y teológica, de la vida de los testigos y de los santos.
A este respecto, es muy valiosa la línea trazada en los Praenotanda del Leccionario, donde se afirma: «Para que la Palabra de Dios realice efectivamente en los corazones lo que suena en los oídos, se requiere la acción del Espíritu Santo, con cuya inspiración y ayuda la Palabra de Dios se convierte en fundamento de la acción litúrgica y en norma y ayuda de toda la vida. Por consiguiente, la actuación del Espíritu no sólo precede, acompaña y sigue a toda acción litúrgica, sino que también va recordando, en el corazón de cada uno (cf. Jn 14, 15-17.25-26; 15, 26 - 16, 15) , aquellas cosas que, en la proclamación de la Palabra de Dios, son leídas para toda la asamblea de los fieles, y, consolidando la unidad de todos, fomenta asimismo la diversidad de carismas y proporciona la multiplicidad de actuaciones»[41].
La comunidad cristiana, por lo tanto, se construye cada día dejándose guiar por la Palabra de Dios, bajo la acción del Espíritu Santo, que ilumina, convierte y consuela. En efecto, «todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm 15, 4). Es un deber primario de los Pastores ayudar a los fieles a comprender qué significa encontrar la Palabra de Dios bajo la guía del Espíritu, cómo en particular tal encuentro tiene lugar en la lectura espiritual de la Biblia, en la actitud de la escucha y de la oración. A este propósito afirma Pedro Damasceno: «Aquel que tiene experiencia del sentido espiritual de las Escrituras sabe que el sentido de la palabra más simple de la Escritura y el de aquella excepcionalmente sapiente son una sola cosa y están orientadas a la salvación del hombre»[42].
Incidencias pastorales
31. Si la Palabra de Dios es fuente de vida para la Iglesia, resulta esencial considerar la Sagrada Escritura como alimento vital. Esto implica:
a. Realizar un constante control sobre el efectivo lugar que la Palabra de Dios ocupa en la vida de la propia comunidad, sobre las experiencias más constructivas y también sobre los riesgos más comunes. b. Reconocer la historia y la difusión de la Palabra de Dios en la propia comunidad, diócesis, nación, continente y en la Iglesia en general, para comprender las grandes acciones de Dios (magnalia Dei), para percibir mejor las necesidades y las iniciativas que deben programarse, así como también para ofrecer solidaridad a las comunidades pobres de recursos materiales y espirituales. c. Para llevar adelante en manera incisiva una pastoral animada por la Palabra de Dios es indispensable reconocer y promover el papel insustituible de las Iglesias particulares en comunión entre ellas. Es, a partir de la efectiva iniciativa de ellas, como pueblo de Dios unido con el Obispo, que surgen experiencias grandes y pequeñas y se crea un flujo continuo de la Palabra en las diversas comunidades.

CAPÍTULO QUINTO
La Palabra de Dios en los diversos servicios de la Iglesia
«El pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios
y del Cuerpo de Cristo» (
DV 21)

Ministerio de la Palabra
32. «La predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura» (DV 21). Con esta afirmación el Concilio Vaticano II indica empeños específicos que requieren intervenciones concretas.
Nótese que el servicio de la Palabra en las Iglesias particulares se está realizando en los diversos ámbitos y expresiones de vida, con un programa que lleva a reconocer al momento litúrgico de la Eucaristía y de cada sacramento el aspecto primario de la experiencia de la Palabra de Dios. Se advierte la necesidad de considerar la lectura orante en la forma de la Lectio Divina, a nivel comunitario y personal, como la meta alta y común, así como también la necesidad de promover una catequesis que sea una iniciación a la Sagrada Escritura, vivificando con ella los programas catequísticos y los mismos catecismos, la predicación y la piedad popular. Es conveniente además estimular el encuentro con la Palabra de Dios a través del Apostolado bíblico, preocupándose por el nacimiento y la guía de los grupos bíblicos y haciendo que la Palabra, pan de vida, se transforme también en pan material, es decir, conduzca a ayudar a los pobres y a los que sufren. Se retiene urgente valorizar la Palabra también con estudios y encuentros que pongan de relieve sus relaciones con la cultura y con el espíritu humano, en un contexto interreligioso e intercultural. Para realizar estos objetivos, se exige una fe atenta, dedicación apostólica, preocupación pastoral inteligente, creativa y continua, en un ejercicio que favorezca el espíritu de comunión. En ningún otro ámbito como en éste, emerge la exigencia de una pastoral continuamente animada por la Biblia.
En esta perspectiva de unidad y de interacción, ha de ser reconocido y estimulado plenamente el dinamismo según el cual la Palabra de Dios encuentra al hombre, dinamismo que está en la base de toda la acción pastoral de la Iglesia: la Palabra anunciada y escuchada quiere hacerse Palabra celebrada a través de la Liturgia y de los sacramentos, para promover una vida según la Palabra, a través de la experiencia de la comunión, de la caridad y de la misión[43].
La experiencia en la liturgia y en la oración
33. De la experiencia de las Iglesias particulares emergen algunos puntos comunes: el encuentro con la Palabra de Dios acontece, para una gran mayoría de los cristianos en todas partes del mundo, solamente en la celebración eucarística dominical; crece la consciencia en el pueblo de Dios acerca de la importancia de la liturgia de la Palabra de Dios gracias también a la renovación de la ordenación de la misma en el nuevo Leccionario; algunos esperan sin embargo una revisión del Leccionario en vista de una mejor sintonía entre las tres lecturas, además de una mayor fidelidad a los textos originales; acerca de la homilía, se espera un neto mejoramiento; algunas veces se configura la liturgia de la Palabra como una forma de Lectio Divina; el Oficio Divino, finalmente, no ha logrado una amplia difusión entre el pueblo. Por otra parte, se nota que el pueblo de Dios no ha sido verdaderamente introducido a la teología de la Palabra de Dios en la liturgia, la vive aún pasivamente, sin advertir en ella el carácter sacramental, ignorando las ricas Introducciones de los libros litúrgicos porque los Pastores no siempre parecen interesarse en ellas; el vasto mundo de los signos propios de la liturgia de la Palabra aparece con frecuencia reducido a formalidades rituales sin una comprensión interior; la relación entre Palabra de Dios y sacramentos, en particular el sacramento de la reconciliación, aparece escasamente valorizada.
La motivación teológico-pastoral: Palabra, Espíritu, Liturgia, Iglesia
34. A todos los niveles de la vida eclesial es necesario madurar la comprensión de la liturgia como lugar privilegiado de la Palabra de Dios, que edifica la Iglesia. Es importante, por lo tanto, hacer algunas afirmaciones basilares.
- La Biblia es el libro de un pueblo para un pueblo. Ella es una herencia, un testamento consignado a lectores, para que realicen en sus vidas la historia de la salvación atestiguada en lo que está escrito. Existe, por lo tanto, una relación de recíproca vital pertenencia entre pueblo y Libro: la Biblia continúa siendo un Libro vivo con el pueblo que la lee; el pueblo no subsiste sin el Libro, porque en éste encuentra su razón de ser, su vocación y su identidad.
- Esta mutua pertenencia entre pueblo y Sagrada Escritura es celebrada en la asamblea litúrgica, que es el lugar en el cual acontece la obra de recepción de la Biblia. El discurso de Jesús en la Sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 16-21) es significativo en este sentido. Aquello que sucedió entonces, sucede también hoy cada vez que hay una proclamación de la Palabra de Dios en una liturgia.
- La proclamación de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, es acción del Espíritu: así como ha obrado para que la Palabra se transformase en Libro, ahora en la liturgia transforma el Libro en Palabra. En la tradición alejandrina hay una doble epíclesis, es decir una invocación del Espíritu antes de la proclamación de las lecturas y una segunda después de la homilía[44]: es el Espíritu que guía el presidente en la misión profética de comprender, proclamar y explicar adecuadamente la Palabra de Dios a la asamblea y, paralelamente, lo lleva a invocar una justa y digna recepción de la Palabra de parte de la comunidad reunida.
- La asamblea litúrgica, gracias al Espíritu Santo, escucha a Cristo, «pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla» (SC 7) y acepta la alianza que Dios renueva con su pueblo. Escritura y liturgia convergen, por lo tanto, en el único fin de llevar al pueblo al diálogo con el Señor. La Palabra que sale de la boca de Dios y es atestiguada en las Escrituras vuelve a Él en forma de respuesta orante del pueblo (cf. Is 55, 10-11).
- En la liturgia, y principalmente en la asamblea eucarística, tiene lugar la proclamación de la Escritura en Palabra, caracterizada por un dinamismo dialógico profundo. Desde el comienzo, en la historia del pueblo de Dios, tanto en el tiempo bíblico como en el post-bíblico, la Biblia ha sido siempre el Libro destinado a regir la relación entre Dios y su pueblo; es decir, el libro para el culto y la oración. En efecto, la liturgia de la Palabra «no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza»[45].
- Importante para toda la Iglesia, pero sobre todo para la vida consagrada, es, dentro de la relación Palabra-liturgia, la oración del Oficio Divino. La Liturgia de las Horas ha de ser asumida como lugar privilegiado de formación a la oración, especialmente gracias a los Salmos, en los cuales se manifiesta en modo evidente el carácter divino-humano de la Escritura. Los Salmos enseñan a rezar conduciendo quien los canta o recita a escuchar, interiorizar e interpretar la Palabra de Dios.
- Acoger la Palabra de Dios en la oración litúrgica, además de hacerlo en la oración personal y comunitaria, es un objetivo ineludible para todos los cristianos, por lo cual ellos están llamados a tener una nueva visión de la Sagrada Escritura. Más que un Libro escrito, ha de ser considerada como una proclamación y una atestiguación del Espíritu Santo sobre la persona de Cristo, según la afirmación conciliar ya citada, «presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla» (SC 7). De ello se deriva que «en la celebración litúrgica, la importancia de la Sagrada Escritura es sumamente grande» (SC 24).
Palabra de Dios y Eucaristía
35. Mientras en la praxis la liturgia de la Palabra aparece con frecuencia improvisada y a veces no suficientemente conectada con la Liturgia Eucarística, la íntima unidad entre Palabra y Eucaristía tiene su raíz en el testimonio de la Escritura (cf. Jn 6), según lo atestiguan los Padres de la Iglesia y confirma el Concilio Vaticano II (cf. SC 48.51.56; DV 21.26; AG 6.15; PO 18; PC 6). En la grande Tradición de la Iglesia encontramos expresiones significativas como: «Corpus Christi intelligitur etiam [...] Scriptura Dei» (también la Escritura de Dios se considera Cuerpo de Cristo)[46], «ego Corpus Iesu Evangelium puto» (considero el Evangelio Cuerpo de Jesús)[47].
La creciente consciencia de la presencia de Cristo en la Palabra favorece tanto la preparación inmediata a la celebración eucarística como la unión con el Señor en las celebraciones de la Palabra. Por lo tanto, este Sínodo se ubica en relación de continuidad con el precedente sobre la Eucaristía e invita a una reflexión específica sobre la relación entre Palabra de Dios y Eucaristía[48]. Afirma San Jerónimo: «la carne del Señor, verdadero alimento, y su sangre, verdadera bebida, constituyen el verdadero bien que nos está reservado en la vida presente: nutrirse de su carne y beber su sangre, no solo en la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, la Palabra de Dios es verdadero alimento y verdadera bebida, que se alcanza a través del conocimiento de las Escrituras»[49].
Palabra y economía sacramental
36. La Palabra debe ser vivida en la economía sacramental, como recepción de potencia y de gracia, no solo como comunicación de verdad, de doctrina y de precepto ético. Ella suscita un encuentro en quien escucha con fe, que se transforma en celebración de la alianza.
La misma atención deberá prestarse a toda forma de encuentro con la Palabra en la acción litúrgica: en los sacramentos, en la celebración del Año Litúrgico, en la Liturgia de las Horas, en los sacramentales. En particular, se ha de prestar atención a la Liturgia de la Palabra en la celebración de los tres sacramentos de la Iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Se pide una nueva consciencia acerca del anuncio de la Palabra de Dios en la celebración, especialmente en la individual, del sacramento de la Penitencia. La Palabra de Dios debe ser también valorizada en la diversas formas de la predicación y de la piedad popular.
Incidencias pastorales
37. El primer lugar en la atención pastoral corresponde a la Eucaristía, en cuanto «mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» íntimamente unidos (DV 21), principalmente en el Día del Señor. La Eucaristía «es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente»[50]. Si se considera además que para la mayoría de los cristianos la Misa dominical es actualmente el único momento de encuentro sacramental con el Señor, ella debe ser vista como un don y una tarea que se ha de promover, con pasión pastoral, con celebraciones auténticas y gozosas. La Eucaristía celebrada según esta íntima fusión de Palabra, sacrificio y comunión constituye un objetivo primario del anuncio y de la vida cristiana.
Se ha de dedicar especial empeño en favor de un desarrollo armónico de las diversas partes de la liturgia de la Palabra: anuncio de las lecturas, homilía, profesión de fe y oración de los fieles, enfatizando la íntima conexión con la liturgia eucarística[51] Aquel de quien hablan los textos se hace presente en el sacrificio total de sí mismo al Padre.
Es necesario valorizar las Introducciones, que explican el contenido de la liturgia, en particular los Praenotanda del Misal Romano, las Anáforas orientales, el Ordo Lectionum Missae, los Leccionarios, el Oficio Divino, y hacer de todo ello el objeto de formación litúrgica de los Pastores y de los fieles, junto con la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II.
También sobre la traducción se exige una menor fragmentación de los pasajes y más fidelidad al texto original. Se recuerda que en la liturgia, rito y palabra deben permanecer íntimamente vinculados (cf. SC 35). Por ello, el encuentro con la Palabra de Dios ha de tener lugar en la especificidad de los signos que corresponden a la celebración litúrgica. Tal es el caso, por ejemplo, de la colocación del ambón, el cuidado por los libros litúrgicos, un estilo adecuado de lectura, la procesión e incensación del Evangelio.
Además, se prestará la máxima atención a la liturgia de la Palabra con la proclamación clara y comprensible de los textos, con la homilía que de la Palabra se hace resonancia[52]. Esto implica disponer de lectores capaces, preparados. Con esta finalidad sirven escuelas, también diocesanas para la formación de lectores. Según esta óptica, orientada siempre a una mejor comprensión de la Palabra de Dios en la Misa, resultan útiles breves admoniciones que presentan el sentido de las lecturas que se proclaman.
Sobre la homilía se espera un mayor empeño en la fidelidad a la palabra bíblica y a la condición de los fieles, ayudándolos a interpretar los eventos de la vida y de la historia a la luz de la fe. La homilía no debería limitarse exclusivamente al aspecto bíblico, sino que sería oportuno que incluyese también temas dogmáticos y morales fundamentales. Con esta finalidad resulta indispensable una adecuada formación de los futuros ministros. Se recomienda que la comunicación de la Palabra de Dios tenga lugar junto con el canto y la música, valorizando palabras y silencio; fuera de la liturgia son posibles formas de dramatización de la Palabra de Dios con la ayuda de escritos e imágenes y también de obras artísticamente decorosas como, por ejemplo, el teatro.
Es deseable que las comunidades religiosas, especialmente las monásticas, ayuden a las comunidades parroquiales a descubrir y a gustar la Palabra de Dios en la celebración litúrgica. Acerca del Oficio Divino con la Liturgia de las Horas, a la cual el pueblo se muestra dispuesto a participar, hoy es indispensable reflexionar sobre el modo de hacer pastoralmente más adecuado y accesible a los fieles este excelente canal de la Palabra de Dios.
La Lectio Divina
38. El encuentro orante con la Palabra de Dios dispone de una experiencia privilegiada, tradicionalmente llamada Lectio Divina. «La Lectio Divina es una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogida como Palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción del Espíritu en meditación, oración y contemplación»[53].
Puede decirse que en todas la Iglesias se constata una nueva y específica atención a la Lectio Divina. En algunos lugares es una tradición secular. En ciertas diócesis, después del Concilio Vaticano II se fue afirmando progresivamente. En tantas comunidades se está transformando en una nueva forma de oración y de espiritualidad cristiana, con notables ventajas ecuménicas. Se advierte, por otra parte, la necesidad de una adecuación de la forma clásica a las diversas situaciones, teniendo en cuenta las posibilidades reales de los fieles, en modo de conservar la esencia de esta lectura orante, pero al mismo tiempo favorecer su calidad de alimento nutriente para la fe de todos.
Vale la pena recordar que la Lectio Divina es una lectura de la Biblia, que se remonta a los orígenes cristianos y que ha acompañado la Iglesia en su historia. Permanece viva en la experiencia monástica, pero hoy el Espíritu, a través del Magisterio, la propone como elemento pastoralmente significativo y que ha se ser valorizada en la vida de la Iglesia, para la educación y la formación espiritual de los presbíteros, para la vida cotidiana de las personas consagradas, para las comunidades parroquiales, para las familias, para asociaciones y movimientos, para los fieles en general, adultos y jóvenes, que pueden encontrar en esta forma de lectura un medio accesible y practicable para entrar personal y comunitariamente en la Palabra de Dios (cf. OT 4)[54].
Escribe el Papa Juan Pablo II: «Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la Lectio Divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia»[55]. El Santo Padre Benedicto XVI explica que esto ha de realizarse «mediante la utilización de métodos nuevos, adecuados a nuestro tiempo y ponderados atentamente»[56]. En particular el Sumo Pontífice recuerda a los jóvenes que «siempre es importante leer la Biblia de un modo muy personal, en una conversación personal con Dios, pero al mismo tiempo es importante leerla en compañía de las personas con quienes se camina»[57]. Exhorta «a adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla a mano, para que sea [...] como una brújula que indica el camino a seguir»[58]. El Santo Padre Benedicto XVI tiene en especial consideración la difusión de la Lectio Divina y para él es el punto decisivo en vista de una renovación de la fe hoy. Ello aparece claramente en el mensaje dirigido a diversas categorías de personas, especialmente a los jóvenes, a quienes sugiere: «quisiera recordar y recomendar sobre todo la antigua tradición de la Lectio Divina: la lectura asidua de la sagrada Escritura acompañada por la oración realiza el coloquio íntimo en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla y, orando, se le responde con confiada apertura del corazón (cf. DV 25). Estoy convencido de que, si esta práctica se promueve eficazmente, producirá en la Iglesia una nueva primavera espiritual. Por eso, es preciso impulsar ulteriormente, como elemento fundamental de la pastoral bíblica, la Lectio Divina, también mediante la utilización de métodos nuevos, adecuados a nuestro tiempo y ponderados atentamente. Jamás se debe olvidar que la Palabra de Dios es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero (cf. Sal 119, 105)»[59].
La novedad de la Lectio Divina en el pueblo de Dios exige una oportuna pedagogía de iniciación, que ayude a comprender bien de qué se trata y contribuya a aclarar el sentido de los diversos grados y su aplicación fiel y sabiamente creativa. De hecho, existen diversos procedimientos, como el llamado de los Siete Pasos (Seven Steps), practicado en muchas Iglesias particulares en África. Se llama así porque el encuentro con la Biblia es como un camino constituido por siete momentos: presencia de Dios, lectura, meditación, pausa reflexiva, comunicación, coloquio, oración común. El mismo nombre de Lectio Divina es en diversos lugares modificado, por ejemplo, en Escuela de la Palabra o bien Lectura orante.
Principalmente, se ha de tener presente que el oyente / lector de hoy es diverso de aquel del pasado, vive una situación de rapidez y de fragmentación. Esto exige una formación preclara, paciente y continua, entre los presbíteros, las personas de vida consagrada y los laicos. Objetivos útiles ya puestos en práctica, pueden ser el compartir experiencias, motivadas por la Palabra escuchada (collatio)[60], o las decisiones prácticas, especialmente aquellas que se refieren a la caridad (actio).
La Lectio Divina debe poder transformarse en fuente que inspira las diversas prácticas de la comunidad cristiana, como ejercicios espirituales, retiros, devociones y experiencias religiosas. Un objetivo importante es hacer madurar la persona en la lectura de la Palabra, hacerla capaz de un discernimiento sapiencial de la realidad. La Lectio Divina no es una práctica para ser reservada a algunos fieles muy empeñados o a un grupo dedicado a la oración. Ella es una realidad sin la cual no seremos auténticos cristianos en un mundo secularizado. Este mundo exige personalidades contemplativas, atentas, críticas y valientes. Ello supone en cada circunstancia opciones nuevas e inéditas. Requerirá también intervenciones particulares que no vienen del simple modo habitual de proceder ni de la opinión común, sino de la escucha de la Palabra del Señor y de la percepción misteriosa del Espíritu Santo en el corazón.
La Palabra de Dios y el servicio de la caridad
39. La diakonia o servicio de la caridad es una vocación de la Iglesia de Jesucristo, en correspondencia con la caridad que el Verbo de Dios ha manifestado con sus palabras y con sus obras.
Es necesario que la Palabra de Dios lleve al amor del prójimo. En muchas comunidades se afirma que el encuentro con la Palabra no se agota en la escucha y en la celebración en sí misma, sino que está orientado al empeño concreto, personal y comunitario, hacia el mundo de los pobres, en cuanto signo de la presencia del Señor. En esta óptica, se alude a la visión liberacionista de la Biblia, para cuyo ulterior desarrollo y fecundidad en la Iglesia «un factor decisivo será poner en claro los presupuestos hermenéuticos, sus métodos y su coherencia con la fe y la tradición del conjunto de la Iglesia»[61].
Urge iluminar esta relación entre Palabra de Dios y caridad, en cuanto la caridad, para los creyentes y también para los no creyentes, contiene una potente tensión hacia la Palabra de Dios. Esta relación es afirmada en la Encíclica del Santo Padre Benedicto XVI Deus caritas est, que presenta unidos los tres elementos que constituyen la naturaleza profunda de la Iglesia: proclamación de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los sacramentos (leitourgia) y ejercicio del ministerio de la caridad (diakonia). Escribe Su Santidad: «La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra»[62]. La Encíclica Spe salvi afirma que «el mensaje cristiano no es sólo " informativo", sino "performativo". Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida»[63]. Claramente en la base de esta relación entre Palabra y caridad está la misma Palabra hecha carne, Jesús de Nazaret que «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38).
Dado que tantas páginas de la Sagrada Escritura no solo sugieren, sino que ordenan el respeto de la justicia hacia el prójimo (cf. Dt 24, 14-15; Am 2, 6-7; Jer 22, 13; St 5, 4), habrá fidelidad a la Palabra cuando la primera forma de caridad se realice en el respeto de los derechos de la persona humana, en la defensa de los oprimidos y de los que sufren. A este propósito se tenga presente la importancia de las comunidades de fe, formadas también por pobres y animadas por la lectura de la Biblia. Es necesario dar consolación y esperanza a los pobres del mundo. El Señor, que ama la vida, con su Palabra desea iluminar, guiar y confortar toda la vida de los creyentes en cada circunstancia, en el trabajo y en la fiesta, en el sufrimiento, en el tiempo libre, en los empeños familiares y sociales, y en cada situación de la vida, de modo que cada uno pueda discernir en cada caso y optar por lo que es bueno (cf. 1 Tes 5, 21), reconociendo así la voluntad de Dios y poniéndola en práctica (cf. Mt 7, 21).
La exégesis de la Sagrada Escritura y la teología
40. «La Escritura debe ser el alma de la teología» (DV 24). Indudablemente los frutos alcanzados en este ámbito, después del Concilio Vaticano II, nos llevan a alabar al Señor. Hoy emerge como un punto relevante el empeño de un gran número de exégetas y teólogos que estudian y explican las Escrituras "según el sentido de la Iglesia", interpretando y proponiendo la Palabra escrita de la Biblia en el contexto de la Tradición viva, valorizando de este modo la heredad de los Padres, teniendo en cuenta las indicaciones del Magisterio (cf. DV 12) y colaborando solícitamente con el servicio de los Pastores, mereciendo así una palabra de agradecimiento y estímulo[64].
Por una parte, dado que la Palabra de Dios ha plantado su tienda en medio a nosotros (cf. Jn 1, 14), es indudable que el Espíritu nos impulsa a meditar sobre los nuevos itinerarios que ella quiere cumplir entre los hombres de nuestro tiempo, mientras, por otra parte, el mismo Espíritu invita a dar respuesta a las esperanzas y desafíos que la humanidad de hoy pone a la Palabra. De todo ello se derivan algunos nuevos empeños tanto a nivel de estudio, como a nivel de servicio a la comunidad.
Resulta indispensable articular el estudio según las indicaciones del Magisterio, ya sea en cuanto al conocimiento y el uso del método de investigación, ya sea en cuanto al proceso interpretativo, que debe culminar en la plenitud dada por el sentido espiritual del Texto sagrado[65]. Se pide que sea superada la distancia que se advierte entre la investigación exegética y la elaboración teológica, en favor de una recíproca colaboración: el teólogo debe usar el dato bíblico sin instrumentalizarlo, mientras el exégeta no debe limitar su investigación solamente a los datos literarios sino que debería empeñarse en reconocer y comunicar los contenidos teológicos presentes en el texto inspirado. En particular, se pide al teólogo que se dedique a una teología de la Sagrada Escritura, que ayude a comprender y a valorizar la verdad de la Biblia en la vida de fe y en el diálogo con las culturas, reflexionando sobre las actuales tendencias antropológicas, sobre las instancias morales, sobre la relación entre razón y fe y sobre el diálogo con las grandes religiones.
Entre los puntos de referencia del trabajo exegético y teológico han de ser valorizados los testigos de la Sagrada Tradición, como la liturgia y los Padres de la Iglesia. De los estudiosos la comunidad cristiana espera "adecuados subsidios", que ayuden a los ministros de la divina Palabra a ofrecer al pueblo de Dios «el alimento de las Escrituras, que alumbre el entendimiento, confirme la voluntad, encienda el corazón en amor a Dios» (DV 23). Con esta finalidad se espera un intenso y constructivo diálogo entre exégetas, teólogos y pastores. Este diálogo permitiría traducir la reflexión teológica en propuestas de evangelización más incisivas. En esta óptica global se llama la atención sobre las líneas ya trazadas por el Decreto del Concilio Vaticano II Optatam totius, a propósito de la enseñanza de la teología y de la exégesis bíblica y del reflejo de la metodología útil para formar a los futuros pastores. Las orientaciones propuestas en este documento todavía esperan en gran parte ser aplicadas.

La Palabra de Dios en la vida del creyente
41. Aceptar conscientemente que la Palabra de Dios es un don de inestimable valor determina la responsabilidad de la recepción de la fe. Dado que la escucha de la Palabra se orienta -como dice Jesús- a actuar la Palabra (cf. Mt 7, 21), la Iglesia ha siempre propuesto una conducta de vida coherente, en vista de la formación de una espiritualidad bíblica.
El tipo de relación con la Palabra de Dios es claramente determinado por una visión de la fe. Del análisis de la experiencia se nota cómo la Biblia, para algunos, corre el riesgo de ser vista como un mero objeto cultural, sin incidencia en la vida, para otros, en cambio, la Biblia es un libro que aman, sin saber el motivo. Existe, además, como en relación a los diversos terrenos de la parábola del sembrador, quien da fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento (cf. Mc 4, 20). Tiene fundamento afirmar que el progreso espiritual, junto con el catequístico, constituye uno de los aspectos más bellos y prometedores del encuentro de la Palabra de Dios con su pueblo.
Las razones de una relación vital con la Biblia fueron sintetizadas por la Dei Verbum, según la cual es necesario leer y estudiar asiduamente la Escritura (cf. DV 25), porque la Biblia es «fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21). Para una genuina espiritualidad de la Palabra, ha de recordarse que «a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"[66]» (DV 25). Confirma San Agustín: «Tu oración es tu palabra dirigida a Dios. Cuando lees la Biblia es Dios quien te habla; cuando oras eres tu quien hablas con Dios»[67]. Es necesario iluminar a los fieles acerca de lo que ofrece la lectura de la Biblia hecha con fe en la vida del cristiano, si él mismo sabrá hacer de su corazón una biblioteca de la Palabra[68].
La Palabra de Dios ayuda a la vida de fe, no en cuanto expone primariamente un compendio de cuestiones doctrinales o una serie de principios éticos, sino en cuanto expresa fundamentalmente el amor de Dios, que invita al encuentro personal con él y manifiesta su inexpresable grandeza en el evento pascual. La Palabra de Dios propone un proyecto de salvación del Padre para cada persona y para cada pueblo. Ella interpela, exhorta, estimula a un camino de discipulado y de seguimiento, dispone a aceptar la acción transformadora del Espíritu, favorece ampliamente la fraternidad creando vínculos profundos, lleva a un empeño evangelizador. Todo esto vale en particular para las personas consagradas.
Esto lleva a prestar una atenta consideración a algunas actitudes. En primer lugar, la Palabra de Dios ha de ser encontrada con el ánimo del pobre, interior y también exteriormente, como «nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza» (2 Co 8, 9), con un modo de ser, basado en el de Jesús que escucha la Palabra del Padre y la anuncia a los pobres (cf. Lc 4, 18). Hay personas, en particular mujeres, que trabajan en condiciones difíciles, se dedican al hogar, se preocupan por los hijos, sirven de diversas maneras a sus vecinos, y todo lo hacen con una fe viva y una referencia espontánea a los salmos y a los Evangelios. Es un modo de dar un testimonio de vida que da credibilidad a la lectura de la Biblia.
Los maestros espirituales recuerdan las condiciones, gracias a las cuales la Palabra nutre la vida del creyente, generando la espiritualidad bíblica: la interiorización profunda de la Palabra; la perseverancia en las pruebas, suscitada por la Palabra; finalmente la lucha espiritual contra las palabras, los pensamientos, las conductas falsas u hostiles. También la Biblia se despliega bajo el signo de la cruz, es morada del Crucifijo. Estas actitudes son atestiguadas por las comunidades religiosas y por los centros de espiritualidad, que son una válida ayuda para una experiencia profunda de la Palabra de Dios.
TERCERA PARTE
LA PALABRA DE DIOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA
«Vino a Nazará, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde está escrito:"El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: "Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy"» (Lc 4, 16-21).
La misión de la Iglesia
42. Al anunciar la Buena Noticia la misión de la Iglesia está estrechamente vinculada a la experiencia de la Palabra de Dios en la vida. En la escuela de la misma Palabra encarnada la Iglesia tiene consciencia que la frecuentación de Cristo es, por mandato del mismo Señor, una palabra, una experiencia de vida que se ha de comunicar a todos. Hoy la misión de la Iglesia, al servicio de la Palabra de Dios, está orientada a diversos ámbitos: pueblos y grupos humanos, contextos socio-culturales en los cuales Cristo y su Evangelio no son conocidos o todavía no se encuentran bien enraizados; comunidades cristianas fervientes de fe y de vida; situaciones de enteros grupos de bautizados que no se reconocen miembros de la Iglesia, conduciendo una existencia lejana de Cristo y de su Evangelio[69]. Es necesario, por lo tanto, reflexionar adecuadamente sobre este diversificado dinamismo misionario de la Palabra de Dios en la Iglesia.
CAPÍTULO SEXTO
Para un «fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22)
La misión de la Iglesia es proclamar la Palabra y construir el Reino de Dios
43. La misión de la Iglesia al comienzo de este nuevo milenio es nutrirse de la Palabra, para ser sierva de la Palabra en el empeño de la evangelización[70].
El anuncio del Evangelio es, sin lugar a dudas, la razón de ser de la Iglesia y de su misión. Esto implica que ella vive lo que predica. Esta es la vía decisiva para que aparezca creíble aquello que proclama, a pesar de las debilidades y de la pobreza. El pueblo de Israel, cuando respondía a la Palabra de Dios, decía: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahvé» (Ex 24, 7); también Jesús invitaba a esta respuesta a sus discípulos al concluir el Discurso de la Montaña (cf. Mt 7, 21-27).
El anuncio de la Palabra de Dios, en la escuela de Jesús, tiene como fuerza intima y contenido el Reino de Dios (cf. Mc 1, 14-15). El Reino de Dios es la misma Persona de Jesús, que con las palabras y las obras ofrece a todos los hombres la salvación. Predicando a Jesucristo, la Iglesia participa, por lo tanto, en la construcción del Reino de Dios, ilumina el dinamismo de la semilla del Reino que germina (cf. Mc 4, 27) e invita a todos a recibirlo.
El «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (1 Co 9, 16) de San Pablo resuena también hoy en la Iglesia con urgencia y es para todos los cristianos no en una simple información, sino una llamada al servicio del Evangelio para el mundo. En efecto, como dice Jesús, «la mies es mucha» (Mt 9, 37) y diversificada: existen muchos que no han jamás recibido el Evangelio y están a la espera del primer anuncio, especialmente en los continentes de África y de Asia; hay también otros que se han olvidado del Evangelio y esperan una nueva evangelización. Dar un testimonio claro y compartido sobre una vida según la Palabra de Dios, atestiguada por Jesucristo, constituye un criterio indispensable para verificar la misión de la Iglesia.
En verdad no faltan las dificultades que impiden el camino en el anuncio del Evangelio y en la escucha del Señor. Varios son los motivos: la cultura actual, llevada por diversas razones al relativismo y al secularismo; las múltiples solicitaciones del mundo y el activismo de la vida que sofocan el espíritu, por lo cual se nota una cierta dificultad para vivir interiormente el mensaje evangélico; la falta de subsidios bíblicos que no permite en tantas regiones el uso del Texto bíblico, su traducción y su difusión. Se encuentran además, en particular, obstáculos, como las sectas y el fundamentalismo, que impiden una correcta interpretación de la Biblia. Anunciar la Palabra de Dios es una misión importante que implica un sentir cum Ecclesia, profundo y convencido.
Uno de los primeros requisitos para un eficaz anuncio evangélico es la confianza en la potencia transformante de la Palabra en el corazón de quien la escucha. En efecto, «viva es la Palabra de Dios y eficaz [...] discierne sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4, 12). Un segundo requisito, hoy particularmente necesario y creíble, es anunciar la Palabra de Dios como fuente de conversión, de justicia, de esperanza, de fraternidad y de paz. Otros requisitos son la franqueza, el coraje, el espíritu de pobreza, la humildad, la coherencia y la cordialidad de quien sirve a la Palabra de Dios. Escribe San Agustín: «Es fundamental comprender que la plenitud de la Ley, como también de todas las divinas Escrituras, es el amor [...] por lo tanto, quien cree haber comprendido las Escrituras, o al menos una parte cualquiera de ellas, sin empeñarse a construir, con el entendimiento de las mismas, este doble amor a Dios y al prójimo, demuestra no haberlas aún comprendido»[71]. En síntesis, como afirma el Santo Padre Benedicto XVI, recibiendo la Palabra de Dios, que es amor, se sigue que no se puede verdaderamente anunciar al Señor sin una práctica del amor, en el ejercicio de la justicia y de la caridad[72].
La misión de la Iglesia se cumple en la evangelización y en la catequesis
44. Desde siempre en la historia del pueblo de Dios el anuncio de la Palabra tiene lugar a través de la evangelización y de la catequesis. A partir del Concilio Vaticano II, es evidente que entre la Biblia y la evangelización en sus diversas formas, desde el primer anuncio hasta la catequesis, existe una relación muy estrecha. Por ello, los Catecismos nacionales y los Directorios que los inspiran son bíblicamente cualificados y muestran en el primer lugar la Palabra de Dios tomada de la Escritura. Se piden aclaraciones especialmente en relación a un punto central: la integración de la comprensión de la fe, propuesta por la Tradición y por el Magisterio, con el Texto bíblico.
En principio, se ha de recordar en su nitidez la afirmación conciliar: «El ministerio de la Palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto privilegiado la homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de santidad» (DV 24). El Papa Juan Pablo II ha afirmado que «con esta atención a la palabra de Dios se está revitalizando principalmente la tarea de la evangelización y la catequesis»[73]. El Directorio General para la Catequesis indica el exacto sentido de la "Palabra de Dios, fuente de la catequesis" afirmando: «La catequesis extraerá siempre su contenido de la fuente viva de la Palabra de Dios, transmitida mediante la Tradición y la Escritura»[74].
Es importante recomendar que en la catequesis la Palabra de Dios no sea reducida a un objeto de conocimiento como una materia escolástica. A la luz de la Revelación se deberá recordar que la Escritura ha de ser encontrada en la catequesis como acto con el cual Dios mismo se dirige a las personas, análogamente a lo que acontece en la celebración litúrgica. Se trata, gracias a los textos bíblicos, de hacer sentir la presencia fiel y benévola de Dios que no cesa de manifestarse a los hombres. Desde este punto de vista la catequesis está estrechamente vinculada con la Lectio Divina, en cuanto es experiencia de escucha y de oración de la Palabra de Dios, desde la juventud.
45. Operativamente, se han de tener presentes las formas de comunicación de la Palabra de Dios y al mismo tiempo las exigencias siempre nuevas de los fieles en las diversas edades y condiciones espirituales, culturales y sociales, como indican el Directorio General para la Catequesis y los Directorios catequísticos de las Iglesias particulares[75].
La evangelización tiene como canales privilegiados el ciclo del Año litúrgico, el camino de la iniciación cristiana y la formación permanente[76]. La catequesis catecumenal y mistagógica conduce a una fecunda mentalidad bíblica, que permite también alumbrar eficazmente la religiosidad popular a través de la Palabra de Dios, de la cual ella frecuentemente se nutre. Un papel importante reviste el encuentro directo con la Sagrada Escritura. Esto es un objetivo primario. La catequesis «ha de estar totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y las actitudes bíblicas y evangélicas, a través de un contacto asiduo con los mismos textos»[77].
Por su peculiar importancia cultural ha de ser valorizada la enseñanza de la Biblia en la escuela y especialmente en la enseñanza de la religión, para proponer un camino completo de búsqueda de los grandes textos bíblicos y de los métodos de interpretación adoptados en la Iglesia. Con tal finalidad el Catecismo de la Iglesia Católica es «un instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial, y una regla segura para la enseñanza de la fe»[78]. No se pretende con esto sustituir la catequesis bíblica, sino integrarla en la visión completa de la Iglesia.
Dados los fuertes cambio culturales y sociales que se han verificado, es necesaria una catequesis que ayude a explicar las "páginas difíciles" de la Biblia. Estas dificultades se detectan en el orden de la historia, de la ciencia y de la vida moral, en particular, con respecto a ciertos modos de representación de Dios y de comportamiento ético del hombre, especialmente en el Antiguo Testamento. La búsqueda de una solución exige una reflexión orgánica de carácter exegético-teológico, pero también antropológico y pedagógico.
Finalmente, la predicación en las formas más variadas continúa siendo uno de los medios preeminentes de comunicación de la fe en la Iglesia, aún cuando es también la forma más expuesta al juicio de los fieles. Es necesario pensar en un proyecto estratégico de formación en vista de la predicación de la Palabra (cf. DV 25). En cuanto al proceso de comunicación la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi del Papa Pablo VI, conserva plena actualidad, en particular cuando declara que ha de ser reconocido el primado del testimonio personal en el anuncio de la Palabra de Dios y de su transmisión en estructuras familiares o en los ambientes habitualmente frecuentados por cada uno.
CAPÍTULO SÉPTIMO
La Palabra de Dios en los servicios y en la formación del pueblo de Dios
Un contacto continuo con las Escrituras (cf. DV 25)

Un empeño pastoral esencial se refiere a la formación de los fieles para recibir y dar la Palabra de Dios. Es lo que se lee claramente en la Dei Verbum, que recuerda el múltiple valor de la Palabra de Dios e indica con precisión las tareas, los responsables y el camino formativo.
El hambre y la sed de la Palabra de Dios (cf. Am 8, 11): atención a las necesidades del pueblo de Dios
46. Tales necesidades se pueden identificar como conocimiento, comprensión y práctica de la Palabra. En cuanto al conocimiento, la necesidad se refiere a la verdadera naturaleza de la Palabra y de sus canales, Escritura y Tradición, con el servicio que el Magisterio está llamado a prestar. Mucho ha sido hecho después del Concilio Vaticano II, pero es verdaderamente grande la necesidad de iluminación y de certeza sobre lo que la Revelación ofrece. En cuanto a la comprensión, es central el problema de la interpretación y de la inculturación de la Palabra de Dios, como ha sido afirmado anteriormente. Dificultades se encuentran acerca de la práctica de la Biblia. Tantos fieles no tienen todavía entre sus manos una traducción del texto bíblico.
Hoy, se perfilan otros problemas, que se han de tener presentes: la dificultad de leer, puesto que persiste el analfabetismo en varios lugares; el aprendizaje para muchos tiene lugar en la mayoría de los casos a través de canales visivos y auditivos, y por lo tanto, veloces y fragmentarios; en ciertas partes del mundo, la cultura religiosa dominante no tiene como referencia inmediata el Libro sagrado.
«La Sagrada Escritura nos muestra la admirable
condescendencia de Dios» (
DV 13)

47. En este sentido es posible decir que el Espíritu sugiere a las Iglesias particulares retomar los documentos del Concilio Vaticano II, especialmente las cuatro Constituciones, con la Dei Verbum al centro, y hacer de ellos el objeto de la catequesis para todo el pueblo de Dios en las modalidades más adecuadas a las personas. Teología de la revelación, teología de la Escritura, relación entre Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, pedagogía de Dios, son temas sustanciales, que solo una catequesis orgánica y cursos bíblicos estructurados pueden ilustrar.
Se tendrá presente también la necesidad de metodologías y subsidios. Existen muchas posibilidades de oír la Palabra de Dios. Lo esencial es que ella llegue a tocar verdaderamente los corazones, se transforme en una Palabra viviente y no sea solo una Palabra escuchada o conocida. Por ello nada puede reemplazar el trabajo personal, regular y paciente en la oración. Conviene estimular, adoptar subsidios simples y accesibles a todos. Diversos movimientos, entre los cuales la Acción Católica, proponen medios para unir la vida y la Palabra de Dios. Hoy son muchos, y generalmente bien pensados, los instrumentos y las técnicas para entrar en contacto con la Biblia: comentarios, introducciones a la Biblia, Biblias para niños y adolescentes, libros espirituales, revistas científicas y de divulgación, sin considerar el vastísimo campo de los medios, simples y complejos, al servicio de la comunicación de la Biblia. Es necesario hacerse entender y ofrecer a los hermanos y hermanas en la fe el pan de la Palabra. Con tal finalidad se advierte la necesidad de una solidaridad también en el plano material entre las Iglesias.
Aquí aparece la necesidad de pensar en modo nuevo y más correcto todo lo que se refiere a las nuevas formas de comunicación. La familiaridad con la Sagrada Escritura no es fácil. Como el ministro de la reina de Etiopía, para comprender lo que dice el texto es necesaria una pedagogía que, partiendo de la Escritura, abra la mente para comprender y aceptar la buena noticia de Jesús (cf. Hch 8, 26-40). Se hace necesario comenzar un camino y, sobre todo, inspirar formas creativas y evangélicas de actualización de la enseñanza de la Dei Verbum, que, a su vez, permita el acceso desde la fe, cuantitativa y cualitativamente, a la Palabra de Dios consignada en las Escrituras.
Los Obispos en el ministerio de la Palabra
48. El Concilio Vaticano II enseña que «los Obispos [...] deben instruir a sus fieles en el uso recto de los libros sagrados» (DV 25). Por lo tanto, esta tarea corresponde a los Obispos directamente en primera persona, ya sea como los que escuchan la Palabra, ya sea como servidores de la misma, según el propio munus docendi[79]. El Obispo, en el mundo de comunicaciones, debe ser un comunicador dotado de sabiduría bíblica, no tanto por su erudición, sino más bien por su contacto frecuente con los libros sagrados, transformandose en un guía para todos aquellos que cotidianamente abren la Biblia. Haciendo de la Palabra de Dios y de la Sagrada Escritura el alma de la pastoral, el Obispo será capaz de llevar a los fieles al encuentro con Cristo, fuente viva. El Santo Padre Benedicto XVI ha relevado la necesidad de «educar al pueblo en la lectura y meditación de la Palabra de Dios», de modo que «ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6, 63) [...]. Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios. Para ello, animo a los pastores a esforzarse en darla a conocer»[80]. Por lo tanto, el mejor modo para favorecer el gusto por la Sagrada Escritura es la misma persona del Obispo compenetrado de la Palabra de Dios. Él tiene la posibilidad continua de ayudar a los fieles a saborear la Escritura. Todas las veces que se dirige a los fieles, y en particular a los sacerdotes, puede dar algún ejemplo y prueba de Lectio Divina. Si él ha aprendido a hacerla correctamente y la presenta de manera simple, los fieles aprenderán. He aquí un objetivo cierto del ministerio de los Pastores: la práctica de la Biblia y todas las iniciativas que la promueven han de ser consideradas como camino eclesial y base de todas las devociones.
La tarea de los presbíteros y de los diáconos
49. También para los presbíteros y los diáconos el conocimiento y la familiaridad con la Palabra de Dios reviste un aspecto de primaria importancia en vista de la evangelización, a la que ellos están llamados en el propio ministerio. El Concilio Vaticano II afirma que necesariamente todos los clérigos, en primer lugar los presbíteros y los diáconos, deben mantener un contacto continuo con las Escrituras, mediante la sagrada lectura asidua y el estudio atento, de modo que no se transforme exteriormente en vano predicador de la Palabra de Dios quien no la escucha interiormente. (cf. DV 25; PO 4). Corresponde a esta doctrina conciliar la disposición canónica acerca el ministerio de la Palabra confiado a los presbíteros y a los diáconos como colaboradores del Obispo[81].
De la frecuentación cotidiana de la Palabra ellos toman la luz necesaria para no conformarse con la mentalidad del mundo y para poder realizar un sano discernimiento personal y comunitario, de manera que puedan guiar con solicitud al pueblo de Dios en la acción apostólica según los caminos del Señor. Todo esto hace necesaria una educación y una formación pastoral iluminada por la Palabra. El desarrollo de las ciencias bíblicas junto con la variedad de las necesidades y la evolución de la situaciones pastorales exigen una actualización permanente.
La misión del anuncio determina el uso de iniciativas específicas, como por ejemplo, la valorización plena de la Biblia en los proyectos pastorales. En cada Diócesis un proyecto de pastoral bíblica, bajo la guía del Obispo, resulta útil para hacer entrar la Biblia en las actividades importantes de la Iglesia, en la evangelización y en la catequesis. De este modo se prestará atención para que sobre la Palabra de Dios se fundamente y se manifieste la comunión entre clérigos y laicos, y por lo tanto, entre parroquias, comunidades de vida consagrada y movimientos eclesiales.
En esta línea de servicio presbiteral, la formación en los seminarios requiere cada vez más un conocimiento vasto y actualizado, en exégesis y en teología, una formación no superficial en el uso pastoral de la Biblia, una verdadera iniciación a la espiritualidad bíblica, sin descuidar una educación orientada a promover una gran pasión por la Palabra al servicio del Pueblo de Dios. Es deseable, por lo tanto, que muchos clérigos se dediquen también a estudios académicos en Sagrada Escritura.
Los diversos ministros de la Palabra de Dios
50. La renovación bíblica y litúrgica ha revelado la necesidad de servidores de la Palabra de Dios, principalmente en la acción litúrgica y después en cada una de las otras formas de comunicación de la Biblia. En lo que se refiere al servicio litúrgico, el ministerio de la Palabra de Dios se desarrolla mediante la proclamación de las lecturas y sobre todo mediante la homilía. Ésta última corresponde solo al ministro ordenado, la proclamación en la liturgia es oficio propio del lector, que es un ministerio instituido, y en su ausencia es desarrollada por laicos, hombres y mujeres[82]. En ciertos casos canónicamente previstos los laicos pueden ser admitidos a predicar en una iglesia u oratorio[83].
Entre los servidores de la Palabra han de ser contados los catequistas, los animadores de grupos bíblicos y cuantos tienen una misión formativa de los fieles en la liturgia, en la caridad, en la enseñanza religiosa de la escuela. El Directorio General para la catequesis establece las funciones correspondientes. Pero esta atención a los cooperadores pastorales permanece viva en todas las Iglesias particulares, porque se advierte, por una parte la adhesión a la Escritura y por otra la dificultad de prestar este servicio.
La tarea de los laicos
51. Hechos miembros de la Iglesia por el bautismo y investidos de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, los fieles laicos comparten la misión salvífica que el Padre ha confiado a su Hijo para la salvación de todos los pueblos (LG 34-36)[84]. Para ejercer su misión «los fieles laicos son hechos partícipes tanto del sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que "no puede equivocarse cuando cree" (LG 12), cuanto de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10). Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social»[85]. De este modo ellos dan su contribución a la construcción del Reino de Dios con la fidelidad a su Palabra.
Corresponde a los laicos, para desarrollar su misión en el mundo, proclamar la Buena Noticia a los hombres en sus diversas situaciones de vida. En el estilo profético de Jesús de Nazaret, el anuncio de la Palabra «como una abertura a sus problemas, una contestación a sus preguntas, una ampliación de sus valores, al mismo tiempo que la satisfacción aportada a sus aspiraciones más profundas»[86].
El laico en el camino con la Palabra de Dios no debe ser solamente un oyente pasivo, sino que debe participar activamente, en todos los campos donde entra la Biblia: en el estudio científico, en el servicio de la Palabra en ámbito litúrgico o catequístico y en la animación bíblica en los diversos grupos. El servicio de los laicos exige capacidades diversificadas que suponen una formación bíblica específica. Vale la pena recordar como tareas prioritarias: la Biblia en la iniciación cristiana de los niños, la Biblia para el mundo de los jóvenes, por ejemplo en las Jornadas Mundiales de la Juventud, la Biblia para los enfermos, para los soldados y para los encarcelados.
Un medio privilegiado para el encuentro con Dios que nos habla es la catequesis dentro de las familias con la profundización de alguna página bíblica y la preparación de la liturgia dominical. Continúa siendo válida la tarea de la familia de iniciar a los hijos en la Sagrada Escritura con la narración de las grandes historias bíblicas, especialmente de la vida de Jesús, y con la oración inspirada en los Salmos u otros libros revelados.
También a los movimientos o a los grupos, como asociaciones, agregaciones y nuevas comunidades, se ha de prestar gran atención. En efecto, aún siendo muy distintos entre ellos por los métodos y los campos de acción, todos ellos tienen como característica común el redescubrimiento de la Palabra de Dios y su colocación privilegiada en el proyecto espiritual- pedagógico para suscitar y nutrir la vida espiritual. Disponen de caminos formativos eficaces centrados en la asimilación existencial de la Palabra de Dios. Enseñan a vivir la liturgia y la oración personal dando grande atención a la Palabra, privilegiando la liturgia de la Iglesia. También la oración del Oficio y la Lectio Divina son practicadas como momentos de alimentación espiritual.
Se ha de verificar que en este fervoroso encuentro con la Palabra de Dios se exprese y se viva la comunión eclesial y la caridad hacia los fieles que no pertenecen a las agregaciones.
El servicio de las personas consagradas
52. En este camino de la Palabra de Dios en el pueblo cristiano tienen un papel específico las personas de vida consagrada. Ellas, como subraya el Concilio Vaticano II, «tengan, ante todo, diariamente en las manos la Sagrada Escritura, a fin de adquirir, por la lectura y la meditación de los sagrados Libros, "el sublime conocimiento de Jesucristo" (Flp 3, 8)» (PC 6) y para encontrar renovado impulso en sus actividades de educación y de evangelización, especialmente de los pobres, de los pequeños y de los últimos, a través de los escritos del Nuevo Testamento «sobre todo los Evangelios, que son "el corazón de todas las Escrituras" [...], promoviendo del modo más acorde al propio carisma escuelas de oración, de espiritualidad y de lectura orante de la Escritura»[87].
Para las personas consagradas el Texto bíblico debe ser objeto de una cotidiana ruminatio y de confrontación para un discernimiento personal y comunitario en vista de la evangelización. Cuando el hombre comienza a leer las divinas Escrituras -afirmaba San Ambrosio- Dios vuelve a pasear con él en el paraíso terrestre[88]. La lectura orante de la Palabra, hecha junto con jóvenes, es el camino para un renovado crecimiento vocacional y para un fecundo retorno al Evangelio y al espíritu de los fundadores, tanto auspiciado por el Concilio Vaticano II y recientemente repropuesto por el Santo Padre Benedicto XVI a las personas de vida consagrada[89]. En particular, las personas consagradas han de valorizar la evaluación de la vida comunitaria a la luz de la Palabra de Dios, que llevará a la comunión fraterna, al gozoso compartir de las experiencias de Dios en sus vidas y facilitará el crecimiento en la vida espiritual[90]. El Papa Juan Pablo II afirmaba: «La Palabra de Dios es la primera fuente de toda espiritualidad cristiana. Ella alimenta una relación personal con el Dios vivo y con su voluntad salvífica y santificadora. Por este motivo la Lectio Divina ha sido tenida en la más alta estima desde el nacimiento de los Institutos de vida consagrada, y de manera particular en el monacato. Gracias a ella, la Palabra de Dios llega a la vida, sobre la cual proyecta la luz de la sabiduría que es don del Espíritu»[91].
La Palabra de Dios debe estar siempre a disposición de todos
53. La Iglesia considera que «los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22)[92], porque las personas tienen derecho a encontrar la verdad[93]. Hoy es un requisito indispensable para la misión. Dado que no raramente el encuentro con la Escritura corre el riesgo de no ser un hecho de Iglesia, sino que resulta expuesto al subjetivismo y a la arbitrariedad, es indispensable una promoción pastoral, consistente y creíble, sobre la Sagrada Escritura para anunciar, celebrar y vivir la Palabra en la comunidad cristiana, dialogando con las culturas de nuestro tiempo, poniéndose al servicio de la verdad, y no de las ideologías corrientes, e incrementando el diálogo que Dios quiere tener con todos los hombres (cf. DV 21).
Con tal finalidad, es necesario difundir la práctica bíblica con oportunos subsidios, suscitar el movimiento bíblico entre los laicos, cuidar la formación de los animadores de los grupos, con particular atención a los jóvenes[94], proponiendo el conocimiento de la fe a través de la Palabra también a los inmigrantes y a cuantos buscan el sentido de la vida.
Dado que «El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad [...] la utilización de los mass media ha llegado a ser esencial para la evangelización y la catequesis [...] la Iglesia se sentiría culpable ante su Señor si no emplease esos poderosos medios [...] en ellos la Iglesia encuentra una versión moderna y eficaz del púlpito. Gracias a ellos puede hablar a las masas»[95] (cf. IM 11). Se ha de dar amplio espacio, con sapiente equilibrio, a los métodos y a las nuevas formas de lenguaje y comunicación en la transmisión de la Palabra de Dios, como son: radio, TV, teatro, cine, música y canciones, incluyendo los nuevos medios como CD, DVD, internet, etc. No debe olvidarse que el buen uso de los medios de comunicación requiere un serio empeño y capacidad de parte de los operadores pastorales. Es necesario integrar el mensaje mismo en la "nueva cultura" creada por la comunicación moderna, con nuevos lenguajes, nuevas técnicas y nuevas actitudes psicológicas[96].
Es también conveniente recordar que desde 1968 existe y actúa la Federación Bíblica Católica mundial (CBF), instituida por el Papa Pablo VI al servicio de la difusión de las orientaciones del Concilio Vaticano II sobre la Palabra de Dios.
CAPÍTULO OCTAVO
La Palabra de Dios, gracia de comunión
La Palabra de Dios, vínculo ecuménico
54. La plena y visible unidad de todos los discípulos de Jesucristo es considerada por el Santo Padre Benedicto XVI una cuestión de primaria importancia que incide sobre el testimonio evangélico[97]. Dos son las realidades que unen a los cristianos entre sí: la Palabra de Dios y el Bautismo. Acogiendo estos dones el camino ecuménico podrá encontrar su realización. El discurso de despedida de Jesús en el cenáculo pone en evidencia que esta unidad se manifiesta a través del común testimonio de la Palabra del Padre, ofrecida por el Señor (cf. Jn 17, 8). Afirma el Santo Padre Benedicto XVI: «La escucha de la Palabra de Dios es lo primero en nuestro compromiso ecuménico. En efecto, no somos nosotros quienes hacemos u organizamos la unidad de la Iglesia. La Iglesia no se hace a sí misma y no vive de sí misma, sino de la Palabra creadora que sale de la boca de Dios. Escuchar juntos la Palabra de Dios; practicar la Lectio Divina de la Biblia, es decir, la lectura unida a la oración; dejarse sorprender por la novedad de la Palabra de Dios, que nunca envejece y nunca se agota; superar nuestra sordera para escuchar las palabras que no coinciden con nuestros prejuicios y nuestras opiniones; escuchar y estudiar, en la comunión de los creyentes de todos los tiempos, todo lo que constituye un camino que es preciso recorrer para alcanzar la unidad en la fe, como respuesta a la escucha de la Palabra»[98].
En general, se nota con satisfacción que la Biblia es hoy el mayor punto de encuentro para la oración y el diálogo entre las Iglesias y comunidades eclesiales. Se ha tomado consciencia que la fe que nos une y los diversos acentos en la interpretación de la misma Palabra son una invitación a redescubrir juntos los motivos que han creado la división. Permanece, sin embargo, la convicción que los progresos alcanzados en el diálogo ecuménico con la Palabra de Dios pueden producir otros efectos benéficos. Una experiencia válida ha se ser subrayada en relación a los últimos decenios, es decir, el influjo positivo y reconocido de la Traduction oecuménique de la Bible (TOB), y la colaboración entre las diversas Asociaciones bíblicas cristianas, que han favorecido las buenas relaciones y el diálogo con diversas confesiones. Pero el hilo conductor que une el camino ecuménico desde el comienzo del siglo hasta nuestros días es la oración común de invocación a Dios, sostenida por el Espíritu Santo, que promueve entre los cristianos aquel ecumenismo espiritual, del cual el Concilio Vaticano II afirmaba: «Esta conversión del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones públicas y privadas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico» (UR 8).
La Palabra de Dios, fuente del diálogo entre cristianos y judíos
55. Una peculiar atención deber prestarse a las relaciones con el pueblo judío. Cristianos y judíos son juntos los hijos de Abraham, enraizados en la misma alianza, puesto que Dios, fiel a sus promesas, no ha revocado la primera alianza (cf. Rm 9, 4; 11, 29)[99]. Confirma el Papa Juan Pablo II: «Este pueblo es convocado y guiado por Dios, creador del cielo y la tierra. Por consiguiente, su existencia no es meramente un hecho natural o cultural, en el sentido de que, por la cultura, el hombre desarrolla los recursos de su propia naturaleza. Más bien, se trata de un hecho sobrenatural. Este pueblo persevera a pesar de todo, porque es el pueblo de la alianza y porque, no obstante las infidelidades de los hombres, el Señor es fiel a su Alianza»[100]. Cristianos y judíos comparten gran parte del canon bíblico, aquellas "Sagradas Escrituras" (cf. Rm 1, 2) que los cristianos llaman Antiguo Testamento. Esta estrecha relación bíblicamente fundada ofrece al diálogo entre cristianos y judíos un carácter singular. A este respecto el importante documento de la Pontificia Comisión Bíblica: El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana[101] induce a reflexionar sobre la estrecha conexión de fe, ya indicada por la Dei Verbum (cf. DV 14-16). Para comprender en modo adecuado la persona de Jesús de Nazaret es necesario reconocerlo como «hijo de ese pueblo»[102]; Jesús es judío y lo es para siempre.
Además, dos aspectos han de ser especialmente considerados. En primer lugar, la comprensión hebraica de la Biblia puede ser de ayuda para la comprensión y el estudio de parte de los cristianos[103]. A veces, se han desarrollado -y se pueden aún desarrollar ulteriormente- modos de estudiar las Sagradas Escrituras junto a los judíos y aprender los unos de los otros, en el riguroso respeto de las diversidades. En segundo lugar, es necesario superar toda forma de posible antisemitismo. El mismo Concilio Vaticano II ha subrayado que «no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras» (NA 4). Al contrario, siguiendo las huellas de Abraham podemos y debemos ser fuente de bendición los unos para los otros y para el mundo, como tantas veces ha subrayado el Papa Juan Pablo II[104].
El diálogo interreligioso
56. Haciendo referencia a cuanto ha expresado hasta hoy el Magisterio de la Iglesia (cf. AG 11; NA 2-4)[105], y a las diversas contribuciones recibidas, se indican los siguientes puntos para una reflexión y evaluación. La Iglesia, enviada a llevar el Evangelio a todas las criaturas (cf. Mc 16, 15), encuentra el gran número de adherentes a otras religiones, ya sea las llamadas religiones tradicionales, ya sea aquellas que poseen libros sagrados con un propio modo de entenderlos; encuentra en todas partes personas en un camino de búsqueda o simplemente en espera de la Buena Noticia. A todos la Iglesia se siente deudora de la Palabra que salva (cf. Rm 1, 14). Desde un punto de vista positivo, se prestará atención a discernir las "semillas evangélicas"(semina Verbi) difundidas entre los pueblos, que pueden constituir una auténtica preparación evangélica[106]. Especialmente las religiones y las tradiciones espirituales que se imponen a la atención mundial por su antigüedad y difusión, como el hinduismo, el budismo, el jansenismo, el taoísmo, deben ser objeto de estudio de parte de los católicos, en vista de un diálogo respetuoso y leal.
En particular «la Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres» (NA 3). Como los cristianos y los judíos, también ellos se refieren a Abraham buscando imitarlo en su sumisión a Dios, al cual rinden culto sobre todo con la oración, la limosna y el ayuno. Aunque ellos no reconozcan a Jesús como Dios, lo veneran como profeta y honran a María su madre virginal (cf. NA 3). Esperan el día del juicio y aprecian la vida moral.
El diálogo de los cristianos con los musulmanes y con los miembros de otras religiones es una urgencia y permite conocerse mejor y colaborar en la promoción de los valores religiosos, éticos y morales, contribuyendo en la construcción de un mundo mejor.
El encuentro de Asís en 1986 recuerda que la escucha de Dios debe llevar a superar toda forma de violencia, para que tal escucha se mantenga activa en el corazón y en las obras para la promoción de la justicia y de la paz[107]. Como ha dicho el Santo Padre Benedicto XVI «nosotros queremos buscar las vías de la reconciliación y aprender a vivir respetando cada uno la identidad del otro»[108].
Además, en las ocasiones, en que se trata de proceder a una comparación de la Biblia con los textos sagrados de las otras religiones, sería lamentable caer en sincretismos, paralelismos superficiales y deformaciones de la verdad, a causa de las diversas concepciones sobre la inspiración de tales textos sagrados.
Una especial atención ha de prestarse a las numerosas sectas, que actúan en diferentes continentes y se sirven de la Biblia para alcanzar objetivos desviados con métodos extraños a la Iglesia.
La Biblia no pertenece solamente a los cristianos, sino que es un tesoro para toda la humanidad. A través de un contacto fraterno y personal, ella puede ser fuente de inspiración para aquellos que no creen en Cristo.
La Palabra de Dios, fermento de las culturas modernas
57. En el curso de los siglos el libro de la Biblia ha entrado en las culturas, llegando a inspirar varios ámbitos del saber filosófico, pedagógico, científico, artístico y literario. El pensamiento bíblico ha penetrado tanto, que ha llegado a ser síntesis y alma de la misma cultura. Como afirmaba el entonces Cardenal Ratzinger en un comentario a la Encíclica Fides et Ratio: «Ya en la misma Biblia se encuentra un patrimonio de pensamiento religioso y filosófico pluralístico derivado de diversos mundos culturales. La Palabra de Dios se desarrolla en el contexto de una serie de encuentros mientras el hombre busca dar una respuesta a sus preguntas últimas. La Biblia no cayó directamente desde el cielo, sino que es verdaderamente una síntesis de las culturas»[109]. Las influencias económicas y tecnológicas de inspiración secularista, potenciadas por el amplio servicio de los mass media, requieren un diálogo más intenso entre Biblia y cultura, diálogo a veces dialéctico, pero pleno de potencialidad para el anuncio, pues es rico de preguntas con sentido, que encuentran en la Palabra del Señor una respuesta liberadora.
Esto significa que la Palabra de Dios tiene que entrar como fermento en un mundo pluralista y secularizado, en los areópagos modernos, llevando «la fuerza del evangelio al corazón de la cultura y de las culturas»[110] para purificarlas, elevarlas y transformarlas en instrumentos del Reino de Dios. Esto requiere una inculturación de la Palabra de Dios, realizada no con superficialidad, sino con una adecuada preparación en relación con las otras situaciones, de manera que aparezca la identidad del misterio cristiano y su benéfica eficacia hacia cada persona. En este contexto ha de ser atentamente estudiada la investigación de la llamada "historia de los efectos" (Wirkungsgeschichte) de la Biblia en la cultura y en el ethos común, por lo cual la Biblia justamente es llamada y considerada como "gran código", especialmente en Occidente. El Santo Padre Benedicto XVI ha afirmado: «Hoy, más que nunca, la apertura recíproca entre las culturas es un terreno privilegiado para el diálogo entre hombres comprometidos en la búsqueda de un humanismo auténtico, por encima de las divergencias que los separan. También en el campo cultural el cristianismo ha de ofrecer a todos la fuerza de renovación y de elevación más poderosa, es decir, el amor de Dios que se hace amor humano»[111]. De todo esto se hacen cargo con gran empeño y mérito muchos centros culturales esparcidos en el mundo.
La Palabra de Dios y la historia de los hombres
58. Durante el Concilio Vaticano II el Papa Pablo VI describió a la Iglesia como «servidora de la humanidad»[112] para orientar el mundo hacia el Reino de Dios, según la medida de Jesucristo, el Hombre perfecto (GS 22). La Iglesia, por lo tanto, reconoce el signo de Dios en la historia construida a partir de la libertad de los hombres y sostenida por la gracia divina.
En este contexto, la Iglesia es consciente que la Palabra de Dios debe ser leída teniendo presente los eventos y los signos de los tiempos con los cuales Dios se manifiesta en la historia. Afirma el Concilio Vaticano II «Para cumplir esta misión [de servir al mundo], es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas» (GS 4). Ella, por lo tanto, inmersa en las vicisitudes humanas, debe «discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios» (GS 11). De este modo, desarrollando a través de todos sus miembros su misión profética, podrá ayudar a la humanidad a encontrar en la historia el camino que la aleja de la muerte y la lleva a la vida.
Con esta finalidad el Espíritu Santo llama a la Iglesia a anunciar la Palabra de Dios como fuente de gracia, de libertad, de justicia, de paz y de salvaguardia de la creación, poniendo en práctica la Palabra del Señor, según las diversas funciones, en colaboración con personas de buena voluntad. Estimulan y son un punto de referencia las primeras palabras de Dios en la Biblia respecto de la creación del mundo y de la persona humana: «Vio Dios que [...] estaba bien [...] todo estaba muy bien»(Gn 1, 4.31), y sobre todo las palabras y los ejemplos de Jesús. De la Biblia, por consiguiente, reciben inspiración y motivación, no sin una necesaria mediación cultural, el real empeño en favor de la justicia y de los derechos humanos, la participación en la vida pública, el cuidado del ambiente como casa de todos.
De esta manera, la Palabra que Jesús ha sembrado como semilla del Reino, continúa su camino en la historia de los hombres (cf. 2 Ts 3, 1) y cuando Jesús retornará en la gloria resonará como invitación a participar plenamente en la alegría del Reino (cf. Mt 25, 24). A esta segura promesa, la Iglesia responde con la ferviente oración: «Marana tha» (1 Cor 16, 22), «Ven, Señor Jesús» (Ap 22, 20).
CONCLUSIÓN
«La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados. Todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3, 16-17).
La Palabra de Dios , don a la Iglesia
59. En su gran bondad Dios Uno y Trino ha querido comunicar al hombre el misterio de su vida escondido desde siglos (cf. Ef 3, 9). En su Hijo Unigénito Jesucristo, Dios Padre ha pronunciado, en la gracia del Espíritu, su Palabra definitiva que interpela a cada hombre que viene a este mundo. Una condición fundamental para que el hombre se encuentre con Dios es la escucha religiosa de la Palabra. Se vive la vida según el Espíritu en la medida de la propia capacidad de hacer espacio a la Palabra, de hacer nacer el Verbo de Dios en el corazón humano. En efecto, no es el hombre que puede penetrar la Palabra de Dios, sino solo ésta que puede conquistarlo y convertirlo, haciéndole descubrir sus riquezas y sus secretos y abriéndole horizontes llenos de sentido, propuestas de libertad y de plena madurez humana (cf. Ef 4, 13). El conocimiento de la Sagrada Escritura es obra de un carisma eclesial, que es puesto en las manos de los creyentes, abiertos al Espíritu.
Afirma San Máximo el Confesor: «Las palabras de Dios, si son simplemente pronunciadas, no son escuchadas, porque no tienen como voz la praxis de aquellos que las dicen. Si, por el contrario, son pronunciadas junto con la práctica de los mandamientos, entonces tienen el poder con esta voz de hacer desaparecer los demonios y de impulsar a los hombres a edificar el templo divino del corazón con el progreso en las obras de justicia»[113]. Se trata de abandonarse a la alabanza silenciosa del corazón en un clima de simplicidad y de oración contemplativa come María, la Virgen de la escucha, porque todas las Palabras de Dios se reasumen y han de ser vividas en el amor (cf. Dt 6, 5; Jn 13, 34-35).
60. La Iglesia, como comunidad de creyentes, es convocada por la Palabra de Dios. Ella es el ámbito privilegiado en el cual los creyentes se encuentran con Dios, que continúa hablando en la liturgia, en la oración, en el servicio de la caridad. Por medio de la Palabra celebrada, en modo particular en la Eucaristía, los fieles se insieren cada vez más en la Iglesia-comunión, que tiene su origen en la Trinidad, misterio de la comunión infinita.
El Padre, que en el amor del Espíritu Santo crea todo lo que existe por medio del Hijo y en vista de Él (cf. Col 1, 16), prosigue su obra originaria en lo que el Hijo mismo realiza (cf. Jn 5, 17) sobre la tierra, su obra es su Iglesia, Iglesia del Verbo encarnado, vía, por una parte, descendiente de Dios al hombre y, por otra parte, ascendiente del hombre a Dios (cf. Jn 3, 13). En esta Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12) la Iglesia nace, se edifica (cf. Jn 15, 16; Hch 2, 41s.) y encuentra vida plena (cf. Jn 10, 10).
Por mandato del Señor Jesús resucitado la Iglesia, comunidad de sus discípulos, guiada por los Apóstoles, es enviada a anunciar la salvación siempre y en todo lugar, en la fidelidad a la Palabra al Maestro: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).
Notas
[1] Cf. Synodus Episcoporum, Relatio finalis Synodi episcoporum Exeunte coetu secundo: Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7.12.1985), B, a), 1-4: Enchiridion del Sinodo dei Vescovi 1, EDB, Bologna 2005, pp. 2316-2320.
[2] Benedictus XVI, Adhort. Apost. post-syn. Sacramentum caritatis (22.2.2007), 6; 52: AAS 99 (2007) 109-110; 145.
[3] Ioannes Paulus II, Litt. Enc. Redemptoris missio (7.12.1990), 56: AAS 83 (1991) 304.
[4] Cf. Benedictus XVI, Litt. Enc. Deus caritas est (25.12.2005), 1: AAS 98 (2006) 217.
[5] S. Irenaeus, Adversus Haereses IV, 34, 1: SChr 100, 847.
[6] Cf. S. Bernardus, Super Missus est, Homilia IV, 11: PL 183, 86.
[7] Origenes, In Johannem V, 5-6: SChr 120, 380-384.
[8] Benedictus XVI, Ad Conventum Internationalem La Sacra Scrittura nella vita della Chiesa (16.9.2005): AAS 97 (2005) 957. Cf. Paulus VI, Epist. Apost. Summi Dei Verbum (4.11.1963): AAS 55 (1963) 979-995; Ioannes Paulus II, Audiencia General (22.5.1985): L'Osservatore Romano edición española (26.5.1985), p. 2; Discurso sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia (23.4.1993): L'Osservatore Romano edición española (30.4.1993), pp. 5-6; Benedictus XVI, Angelus (6.11.2005): L'Osservatore Romano edición española (11.11.2005), p. 6.
[9] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 825.
[10] Benedictus XVI, Ad Conventum Internationalem La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia (16.09.2005): AAS 97 (2005) 956.
[11] S. Hieronimus, Com. In Is., Prol.: PL 24, 17
[12] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 120.
[13]Cf. Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église(15.4.1993), IV, C 3: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, p. 1724.
[14]Cf. Pontificia Commissio Biblica, Le peuple juif et ses Saintes Écritures dans la Bible Chrétienne (24.5.2001), 19: Enchiridion Vaticanum 20, EDB, Bologna 2004, pp. 570-574.
[15]S. Augustinus, Quaestiones in Heptateucum, 2, 73: PL 34, 623; cf. DV 16.
[16]S. Gregorius Magnus, In Ezechielem, I, 6, 15: CCL 142, 76.
[17]Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 83; Ratzinger J., Comentario a la Dei Verbum, L Th K, 2, pp. 519-523.
[18]Cf. S. Bonaventura, Itinerarium mentis in Deum, II, 12: ed. Quaracchi, 1891, vol. V, p. 302s. Cf. Ratzinger J., Un tentativo circa il problema del concetto di tradizione: Rahner K. - Ratzinger J., Revelación y Tradición, Morcelliana, Brescia 2006, pp. 27-73.
[19]Cf. Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église (15.4.1993), IV, A-B: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, pp. 1702-1714.
[20] Cf. ibidem, I, A-F: pp. 1568-1634.
[21] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 115-119; Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église (15.4.1993), I, F: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, pp. 1628-1634.
[22] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 117
[23] Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église (15.4.1993), II, B 2: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, pp. 1648-1650.
[24] Ibidem, I, pp. 1568-1628.
[25] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 109-114.
[26] Benedictus XVI, Discurso a los Obispos de Suiza (7.11.2006): L'Osservatore Romano edición española (17.11.2006), p. 4; cf. Ratzinger J., Jesús de Nazaret, La Esfera de los libros, Madrid 2007, pp. 7-21.
[27] Missale Romanum, Ordo Lectionum Missae: Editio typica altera, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1981: Praenotanda, 8.
[28] Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église (15.4.1993), II, B 2: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, p. 1650.
[29] Cf. ibidem, III, B 2, pp. 1672-1676.
[30] Cf. Benedictus XVI, Ad sacrorum alumnos Seminarii Romani Maioris (19.2.2007): AAS 99 (2007) 254.
[31] S. Ambrosius, De officiis ministrorum, I, 20, 88: PL 16, 50.
[32] Benedictus XVI, Litt. Enc. Deus caritas est (25.12.2005), 41: AAS 98 (2006) 251.
[33] Isaac De Stella, Serm. 51: PL 194, 1862-1863.1865.
[34] Cf. S. Ambrosius, Evang. secundum Lucam 2, 19: CCL 14, 39.
[35] Ioannes Paulus II, Epist. Apost. Rosarium Virginis Mariae (16.10.2002), 1; 3; 18; 30: AAS 95 (2003) 5; 7; 17; 27.
[36] S. Gregorius Magnus, Registrum Epistolarum V, 46, ed. Ewald-Hartmann, 345-346.
[37] Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église (15.4.1993), IV, C 3: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, p. 1724.
[38] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 115-119.
[39] Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église (15.4.1993), I, F: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, p. 1630.
[40] Cf. Ioannes Paulus II, Discurso sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia (23.4.1993): L'Osservatore Romano edición española (30.4.1993), pp. 5-6.
[41] Missale Romanum, Ordo Lectionum Missae: Editio typica altera, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1981: Praenotanda, 9.
[42] Petrus Damascenus, Liber II, vol. III, 159: La Filocalia, 3, Torino 1985, p. 253.
[43] Cf. Congregatio pro Clericis, Directorium generale pro catechesi (15.8.1997), 47-49: Enchiridion Vaticanum 16, EDB, Bologna 1999, pp. 662-664.
[44] Cf. Euchologion Serapionis, 19-20, ed. Johnson M.E., The Prayers of Serapion of Thmuis (Orientalia Christiana Analecta 249), Roma 1995, pp. 70.71.
[45] Ioannes Paulus II, Epist. Apost. Dies Domini (31.5.1998), 41: AAS 90 (1998) 738-739.
[46] Waltramus, De unitate Ecclesiae conservanda: 13, ed. W. Schwenkenbecher, Hannoverae 1883, p. 33: «Dominus enim Iesus Christus ipse est, quod praedicat Verbum Dei, ideoque Corpus Christi intelligitur etiam Evangelium Dei, doctrina Dei, Scriptura Dei».
[47] Origenes, In Ps. 147: CCL 78, 337.
[48] Cf. Benedictus XVI, Adhort. Apost. post-syn. Sacramentum caritatis (22.2.2007), 44-46: AAS 99 (2007) 139-141.
[49] S. Hieronymus, Commentarius in Ecclesiasten, 313: CCL 72, 278.
[50] Ioannes Paulus II, Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001), 36: AAS 93 (2001) 291.
[51] Cf. Benedictus XVI, Adhort. Apost. post-syn. Sacramentum caritatis (22.2.2007), 44-48: AAS 99 (2007) 139-142.
[52] Cf. ibidem, 46: AAS 99 (2007) 141.
[53] Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église (15.4.1993), IV, C 2: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, p. 1718.
[54] Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Pastores dabo vobis (25.3.1992), 47: AAS 84 (1992) 740-742; Benedictus XVI, Encuentro con los jóvenes romanos, (6.4.2006): L'Osservatore Romano edición española (14.4.2006), p. 3; Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud (22.2.2006): L'Osservatore Romano edición española (3.3.2006), p. 3.
[55] Ioannes Paulus II, Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001), 39: AAS 93 (2001) 294.
[56] Benedictus XVI, Ad Conventum Internationalem La Sacra Scrittura nella vita della Chiesa (16.9.2005): AAS 97 (2005) 957.
[57] Benedictus XVI, Encuentro con los jóvenes romanos (6.4.2006): L'Osservatore Romano edición española (14.4.2006), p. 3.
[58] Benedictus XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud (22.2.2006): L'Osservatore Romano edición española (3.3.2006), p. 3.
[59] Benedictus XVI, Ad Conventum Internationalem La Sacra Scrittura nella vita della Chiesa (16.9.2005): AAS 97 (2005) 957. Cf. DV 21.25; PO 18-19; Catechismus Catholicae Ecclesiae, 1177; Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Pastores dabo vobis (25.3.1992), 47: AAS 84 (1992) 740-742; Adhort. Apost. post-syn. Vita consecrata (25.3.1996), 94: AAS 88 (1996) 469-470; Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001), 39-40: AAS 93 (2001) 293-295; Adhort. Apost. post-syn. Ecclesia in Oceania (22.11.2001), 38: AAS 94 (2002) 411; Adhort. Apost. post-syn. Pastores gregis (16.10.2003), 15: AAS 96 (2004) 846-847.
[60] Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Vita consecrata (25.3.1996), 94: AAS 88 (1996) 469-470.
[61] Pontificia Commissio Biblica, L'interprétation de la Bible dans l'Église (15.4.1993), I, E 1: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, p. 1622.
[62] Benedictus XVI, Litt. Enc. Deus caritas est (25.12.2005), 22: AAS 98 (2006) 234-235.
[63] Benedictus XVI, Litt. Enc. Spe salvi (30.11.2007), 2: AAS 99 (2007) 986.
[64] Cf. Ratzinger J., Jesús de Nazaret, La Esfera de los libros, Madrid 2007, p. 20.
[65] Cf. ibidem, p. 279.
[66] S. Ambrosius, De officiis ministrorum, I, 20, 88: PL 16, 50.
[67] S. Augustinus, Enarrat. in Ps. 85, 7: CCL 39, 1177.
[68] Cf. Origenes, In Genesim homiliae, 2.6: SChr 7 bis, 108.
[69] Cf. Ioannes Paulus II, Litt. Enc. Redemptoris missio (7.12.1990), 33: AAS 83 (1991) 277-278.
[70] Cf. Ioannes Paulus II, Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001), 40: AAS 93 (2001) 294.
[71] S. Augustinus, De doctrina Christiana, I, 35, 39 - 36, 40: PL 34, 34.
[72] Cf. Benedictus XVI, Litt. Enc. Deus caritas est (25.12.2005): AAS 98 (2006) 217-252.
[73] Ioannes Paulus II, Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001), 39: AAS 93 (2001) 293.
[74] Congregatio pro Clericis, Directorium generale pro catechesi (15.8.1997), 94: Enchiridion Vaticanum 16, EDB, Bologna 1999, pp. 738-740; cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. Catechesi tradendae (16.10.1979), 27: AAS 71 (1979) 1298.
[75] Cf. Congregatio de Cultu Divino et Disciplina Sacramentorum, Direttorio su pietà popolare e liturgia (9.4.2002), 87-89, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2002, pp. 81-82.
[76] Cf. Congregatio pro Clericis, Directorium generale pro catechesi (15.8.1997), I, 2: Enchiridion Vaticanum 16, EDB, Bologna 1999, pp. 684-708
[77] Ibidem, 127, p. 794; cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. Catechesi tradendae (16.10.1979), 27: AAS 71 (1979) 1298.
[78] Ioannes Paulus II, Const. Apost. Fidei depositum (11.10.1992), IV: AAS 86 (1994) 117.
[79] Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Pastores gregis (16.10.2003), III: AAS 96 (2004) 859-867.
[80] Benedictus XVI, Allocutio In inauguratione operum V Coetus Generalis Episcoporum Americae Latinae et Regionis Caraibicae (13.5.2007), 3: AAS 99 (2007) 450.
[81] Cf. CIC can. 757; CCEO can. 608; 614.
[82] Cf. Missale Romanum, Institutio generalis, 66, editio typica III, Typis Vaticanis 2002, p. 34.
[83] Cf. CIC can. 766, CCEO can. 614, § 3; 4.
[84] Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Christifideles laici (30.12.1988), 8.14: AAS 81 (1989) 404-405; 409-411; CIC can. 204; CCEO can. 7, 1.
[85] Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Christifideles laici (30.12.1988), 14: AAS 81 (1989) 411.
[86] Paulus VI, IV Congreso de Enseñanza Religiosa en Francia. Normas y votos del Santo Padre (1-3.4.1964): L'Osservatore Romano edición española (21.4.1964), p. 6.
[87] Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Vita consecrata (25.3.1996), 94: AAS 88 (1996) 469.
[88] Cf. S. Ambrosius, Epist. 49, 3: PL 16, 1154 B.
[89] Cf. Benedictus XVI, Allocutio En ocasión de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada (2.2.2008): L'Osservatore Romano edición española (6-8.2.2008), p. 5.
[90] Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Vita consecrata (25.3.1996), 94: AAS 88 (1996) 469.
[91] Ibidem.
[92] Cf. CIC can. 825; CCEO can. 662 §1; 654.
[93] Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei, Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización (3.12.2007): L'Osservatore Romano edición española (21.12.2007), pp. 11-13.
[94] Cf. Benedictus XVI, Mensaje del Santo Padre para la XXI Jornada Mundial de la Juventud (22.2.2006): L'Osservatoro Romano edición española (3.3.2006), p. 3.
[95] Congregatio pro Clericis, Directorium generale pro catechesi (15.8.1997), 160: Enchiridion Vaticanum 16, EDB, Bologna 1999, p. 844; Cf. Paulus VI, Adhort. Apost. Evangelii nuntiandi (8.12.1975), 45: AAS 68 (1976) 35; Ioannes Paulus II, Litt. Enc. Redemptoris missio (7.12.1990), 37: AAS 83 (1991) 284-286; CIC can. 761; CCEO can. 651 § 1.
[96] Cf. Congregatio pro Clericis, Directorium generale pro catechesi (15.8.1997), 161: Enchiridion Vaticanum 16, EDB, Bologna 1999, p. 846.
[97] Cf. Benedictus XVI, Pontificatus exordia: Sermo ad S.R.E. Cardinales ad universumque orbem catholicum (20.4.2005), 5: AAS 97 (2005) 697-698.
[98] Benedictus XVI, Allocutio Dar al mundo un testimonio común (25.1.2007): L'Osservatore Romano edición española (2.2.2007), p. 3.
[99] Cf. Ioannes Paulus II, Allocutio Mogontiaci ad Iudaeos habita Veteris Testamenti Haereditas ad pacem et iustitiam fovendas trahit (Mainz, 17.11.1980): AAS 73 (1981) 78-82
[100] Ioannes Paulus II, Allocutio A los participantes al Simposio intereclesial sobre Raíces del antijudaísmo en ambiente cristiano (31.10.1997), 3: L'Osservatore Romano edición española (7.11.1997), p. 5.
[101] Cf. Pontificia Commissio Biblica, Le peuple juif et ses Saintes Écritures dans la Bible chrétienne (24.5.2001): Enchiridion Vaticanum 20, EDB, Bologna 2004, pp. 506-834.
[102] Ibidem, 2, p. 524; cf. Ratzinger J., Jesús de Nazaret, La Esfera de los libros, Madrid 2007, pp. 131ss.
[103] Cf. Pontificia Commissio Biblica, Le peuple juif et ses Saintes Écritures dans la Bible chrétienne (24.5.2001): Enchiridion Vaticanum 22, EDB, Bologna 2004, pp. 584-586.
[104] Cf. Ioannes Paulus II, Messaggio agli Ebrei polacchi in occasione del 50º Anniversario dell'insurrezione (6.4.1993): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 16/1, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1993, p. 830: «Come cristiani ed ebrei, seguendo l'esempio della fede di Abramo, siamo chiamati ad essere una benedizione per il mondo. Questo è il compito comune che ci attende. È dunque necessario per noi, cristiani ed ebrei, essere prima una benedizione l'uno per l'altro».
[105] Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei, Declaratio Dominus Jesus (6.8.2000), 20-22: AAS 92 (2000) 764-766.
[106] Cf. Congregatio pro Clericis, Directorium generale pro catechesi (15.8.1997), 109: Enchiridion Vaticanum 16, EDB, Bologna 1999, pp. 764-766.
[107] Cf. Benedictus XVI, Nuntii ob diem ad Pacem fovendam Nella verità, la pace (8.12.2005): AAS 98 (2006) 56-64; La persona humana, corazón de la paz (8.12.2006): L'Osservatore Romano edición española (15.12.2006), pp. 5-6.
[108] Benedictus XVI, Allocutio A los representantes de algunas comunidades musulmanas (20.8.2005): L'Osservatore Romano edición española (26.8.2005), p. 9.
[109] Ratzinger J., Allocutio Fe y Razón en ocasión del encuentro sobre "La Fe y la búsqueda de Dios" (Roma 17.11.1998): L'Osservatore Romano (19.11.1998), p. 8.
[110] Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. Catechesi tradendae (16.10.1979), 53: AAS 71 (1979) 1320.
[111] Benedictus XVI, Allocutio Al Pontificio Consejo de la Cultura (15.6.2007): L'Osservatore Romano edición española (22.6.2007), p. 14.
[112] Paulus VI, Homilia Ad Patres conciliares (7.12.1965): AAS 68 (1966) 57.
[113] S. Maximus Confessor, Capitum theologicorum et oeconomicorum duae centuriae IV, 39: MG 90, 1084.