TESTIMONIO VOCACIONAL
Una llama
Mateo tiene 17 años, una melena rubia recortada a la altura de los ojos, calza un 44 y mide uno noventa bajo el aro de baloncesto.
Estudia en el Liceo Científico, en parte por elección personal y en parte porque se encuentra cercano a su casa.
Muchos amigos y una medio novia (negociaciones en curso que hacen bien en esperar)
Podría levantarse a las ocho, pero el despertador le suena a las siete y media. En diez minutos está listo.
En su dormitorio, entre el póster del “Señor de los Anillos” y de “La Tierra Media”, ha colgado un icono con el rostro de Jesús. Debajo, una vela, de esas perfumadas que se compran en las tiendas étnicas.
Sentado en la alfombra con las piernas entrecruzadas, Mateo enciende el pabilo y abre la Biblia.
En el ambiente, se siente ese silencio matutino que te ayuda a respirar ese oxígeno que hace más bien al espíritu que al cuerpo.
Mateo ora.
Diez a quince minutos.
Luego, sopla y apaga la llama que ilumina el icono, pero esa luz se queda en sus ojos. Y ahí se queda todo el día. Para poder apagarla no bastará el soplo malicioso de una pregunta que no ha sabido responder, o un partido de baloncesto que se ha perdido por un solo punto. Porque esa luz la alimenta el que es la Luz que nunca se apaga.
Reconocerse
Lo de Mateo, no es un caso aislado.
Son muchos los muchachos y muchachas que, durante el día, encuentran un espacio para orar y meditar la Palabra de Dios.
Son muchos.
Sois muchos.
Si estás leyendo estas páginas, seguramente tú eres uno de ellos.
Aunque a menudo, no lo sabemos.
Se frecuenta la misma escuela, se viaja en el mismo tren o autobús, se hace culturismo en el mismo gimnasio, se frecuentan los mismos bares por la noche, sin saber que aquel tipo o aquella tipa (-posiblemente, aquella de allí ¿? -) ora como nosotros. O, al menos, hace todo lo posible por hacerlo.
Entre todas estas personas (y no sólo entre los jóvenes, desde luego)se da una unión invisible pero muy fuerte. Aunque no se nos manifieste o no hayamos pasado del típico y superficial ¡hola!, permanecemos profundamente unidos.
Somos parientes cercanos por el bautismo (que es el sacramento de la fe) y la eucaristía, que nos hace a todos miembros del Cuerpo de Cristo.
Jesús mismo lo garantiza: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8,21)
Somos, pues, parientes cercanos entre nosotros, porque somos parientes cercanos de Jesús. ¡Y te parecerá poco!
¿Quién está a la puerta?
“Yo estoy a la puerta y llamo”, es una frase tomada del Apocalipsis del apóstol San Juan.
En este tiempo, muchos serán los que llamen con fuerza y quizás prepotencia a las puertas de tu televisor, de tu monitor, de tu móvil.
Sólo una persona lo hará con discreción, casi de puntillas, para anunciarte que ahí se encuentra Él, porque para Él tú cuentas verdaderamente. Es necesario, pues, que hagas silencio en tu corazón para que puedas escuchar su voz. No gritará ni se anunciará en tu teléfono celular con una melodía polifónica.
Estoy aquí -es lo que parece que nos quiere decir Jesús en este texto del Apocalipsis. No te perforo los tímpanos, ni tampoco toco el timbre, pero si tú quieres, puedo asomarme a tu vida, para que saborees un poco la alegría que brota de la comunión con el Padre y de la fuerza del Espíritu.
Palabras dulces y discretas, pero no acarameladas ni insignificantes. Si tienes la curiosidad de abrir la Biblia en el Apocalipsis (Ap 3, 14-21), podrás verificar que las palabras que preceden dicho texto son fuertes y provocadoras, que no sólo invitan a la escucha sino que invitan también y, sobre todo, a una conversión y a tomar opciones de vida radicales.
Un tiempo especial
Cada año, la Iglesia hace preceder la Pascua de cuarenta días de Cuaresma. Es un tiempo de gracia para ayudarte a sintonizar tu propia vida en Dios, y para ‘adorar al Señor tu Dios y rendirle culto sólo a Él’. Lo que se te propone es un camino de libertad. Por qué no reservas 5 minutos diarios para:
- Leer un pasaje del Evangelio.
- Reflexionar unos momentos.
- Ponerte en contacto con Él.
El Señor está a tu puerta y llama.
Escucha las palabras que dirigió el Papa Juan Pablo II al mundo entero en aquel lejano octubre de 1978:
“¡No tengáis miedo¡ ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”
Y te darás cuenta que Cristo nunca defrauda.
( Reflexión del Hermano Onorino Rota, marista, aparecido en la página web de los Hermanos Maristas de España)

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