El síndrome del espejo
El síndrome del espejo, conocido como síndrome de Zelig es una afección extraordinariamente rara, de la que existe un único caso descrito en toda la literatura médica. Supone una perdida del control de la propia identidad y se produce una atracción hacia el rol social que propone el ambiente. En este sentido el enfermo puede asumir el papel de médico entre médicos, o mimetizar el rol de psicólogos o abogados, actuando con una sorprendente naturalidad, llegando incluso a inventarse una biografía personal explicatoria. El nombre Zelig se debe a una película filmada en 1984 por Woody Allen en la que el personaje principal, Leonard Zelig, era capaz de mimetizar la personalidad de los que le rodeaban.
No pretendo escribir un artículo sobre psicología. Es más, cuando se me ocurrió el título pensaba que el “síndrome del espejo” aunque existiera en la vida real, no estaba catalogado como tal. Acudiendo a un “buscador” encontré lo que cuento más arriba. Curiosamente sólo hay un caso médico descrito y una película que le dio nombre.
Enfrentarse con uno mismo
Mi punto de partida era, y es, algo tan sencillo como la experiencia diaria de levantarme por la mañana y a los pocos minutos mirarme en el espejo.
No siempre es una experiencia agradable. Hay días en los que estoy más dormido que despierto y sólo veo mi cara… me puede gustar más o menos. Hay otros días en los que, de alguna manera el espejo me “traiciona” y veo más allá de la imagen de la cara. Es como si el espejo se empañara en mostrarme la verdad de mí mismo, lo que en realidad soy, los aspectos de mi persona y de mi forma de ser que me niego a aceptar… y eso sí que produce desagrado.
Posiblemente sea eso lo que me lleve al síndrome de Zelig, o síndrome del espejo: como si fuera un camaleón intento asumir la forma de ser de quienes me rodean, o de actuar de forma que pueda ser aceptado por aquellos con los que vivo y trabajo.
Una forma de evitar sentirme rechazado por los demás, de evitar conflictos, de eludir enfrentarme con lo que realmente soy… para ello basta modificar mi forma externa de presentarme y moverme en la vida cotidiana.
El problema está en que me quedo con la sensación de estarme traicionando a mí mismo.
Si fuera sincero tendría que reconocer que hay situaciones en las que no puedo evitar el conflicto y hay realidades en las que tendría que dar un cambio profundo a mi vida.
Por eso, he sentido la necesidad de confrontar esa realidad con el mensaje y la forma de actuar de Jesús de Nazaret...
El “síndrome del espejo” siempre será una tentación para el misionero y para cualquier vocación. Por eso en nuestra forma de actuar, en nuestras actitudes, en nuestras relaciones con distintos grupos y culturas deberemos aprender cada día a conjugar la necesidad de conversión y cambio con la exigencia de la fidelidad a uno mismo y al mensaje que hemos de transmitir. Un equilibrio con frecuencia no fácil de conseguir. Siempre nos exigirá una gran sinceridad y el no convertirnos en camaleones para salvar el prestigio.
Ernesto Duque
(Aparecido en Antena Misionera, septiembre 2008)

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