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EL ENCUENTRO DE AYUDA II

La relación de ayuda en el plano espiritual-vocacional debe partir de una visión unitaria de la persona humana. Es necesario suprimir toda dicotomía entre psicología y teología en esta relación. La experiencia muestra que hay una clara analogía entre curar la mente y salvar el alma, aunque no se dé una plena coincidencia entre el proceso de ayuda psicológico y el proceso de ayuda espiritual. El orientador cristiano necesita así una iniciación a un método de coloquio psicológico-espiritual. Sin embargo la relación de ayuda se puede analizar también desde las disposiciones del cliente. Destacar en este sentido cuatro disposiciones:

1. VOLUNTAD O DESEO DE CAMBIO

Aunque habitualmente se manifiesta cierta voluntad de cambio siempre es necesario estimularla. Hay situaciones típicas en las cuales no se da o se da deficientemente una voluntad de cambio. Por ejemplo, los que acuden no por propia iniciativa sino aconsejados y animados por otros; o quienes comienzan limitándose a hablar solamente de ciertos problemas. Hay entonces una resistencia previa al compromiso en la relación de ayuda. Cuando esta resistencia es consciente no suelen tener voluntad de salir de ella, cuando es inconsciente necesitan ser sacados de ella. Jesús en el evangelio lo hace sin violencia, pacientemente.
El orientador cristiano debe contar con algunos principios psicológicos con los que juega la voluntad de cambio:

a) El cambio no proviene de las estructuras o de lo externo, sino de los recursos dinámicos presentes en el individuo.
b) Es necesario llevarle a tomar conciencia de los recursos y limitaciones que se dan en todo hombre.
c) La relación espiritual-vocacional debe poner en juego armónicamente todas las funciones psíquicas y esprituales.
d) Debe exigir el máximo que la persona puede dar, aumentando la exigencia según crecen sus capacidades.

2. VALENTÍA PARA ENCONTRARSE CONSIGO MISMO O CAPACIDAD DE RESPONDER

Frecuentemente se da un mecanismo psicológico que intenta impedir el enfrentamiento con el lado oscuro de la personalidad, lado oscuro que navega entre la conciencia, la subconciencia y la inconsciencia. Hay entonces una tendencia a proyectar en elementos externos el problema juzgando a esos elementos de manera lapidaria. El hombre en esta situación necesita la ayuda de otro que le señale eso que él mismo sabe de alguna manera y no quiere ver. Cuanto más se enfrente este lado oscuro de la personalidad más se logrará la autocomprensión.

3. ASUMIR O PERSONALIZAR LAS PROPIAS RESPONSABILIDADES

El individuo debe dejar de atribuir la situación a las solas causas externas para asumir su parte de responsabilidad en el origen de dicha situación. Es una parte importante de la misión del orientador. Esta disposición implica una doble actitud:

1. Repulsa de los condicionamientos: el cliente busca librarse de apoyos externos, incluso de la dependencia del director espiritual.
2. Anhelo de vida: aspira a la plena realización de su personalidad.

Si el orientador se apoya en la máxima confianza en los recursos humanos y espirituales del cliente y se abstiene de todo control y presión adquieren importancia las exigencias fundamentales que se plantea él mismo y su satisfacción. De esta manera se puede personalizar el proceso de crecimiento humano, espiritual y vocacional.

4. INICIARSE EN UN COMPROMISO CONCRETO

Otra disposición que debe perfilarse en el proceso de acompañamiento es la de comprometerse en acciones concretas. Lo ideal es que el mismo cliente proponga los compromisos que quiere asumir; es necesario que por lo menos haga suyos los medios que el orientador proponga. En este sentido es conveniente evitar el directivismo: un plan elaborado por el orientador y el laxismo: dejarlo todo al cliente sin evaluar el proceso. El orientador intervendrá más en la elaboración del plan según la inmadurez del cliente. Su tarea primordial es estimular en él la autoaceptación y la confianza en que alcanzará el éxito.
Al ser el encuentro de ayuda una tarea de dos es necesario que ambas partes, orientador y cliente, pongan en juego sus disposiciones personales y una manera psicológicamente sana de proceder.