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MEDITACIONES VOCACIONALES PARA LOS DOMINGOS DE CUARESMA - CICLO C

 

Primer Domingo de Cuaresma

 

1er domingo de Cuaresma Ciclo C


Dt 26, 4-10
Rom 10,8-13
Lc 4, 1-13

1.Comentario vocacional

                Una vez más la Iglesia nos invita a iniciar este tiempo de cuaresma con el texto de las tentaciones de Jesús. Lucas coloca este relato entre la escena del bautismo y la visita a la sinagoga de Nazaret. En el Jordán Jesús recibe el Espíritu Santo y es presentado como el Hijo de Dios, amado y predilecto de su Padre. Además, las tentaciones preparan al lector a la

scena de la sinagoga de Nazaret, donde Jesús presentará las líneas maestras de su ministerio, un ministerio en el que sus milagros y exorcismos se justifican desde esta victoria sobre el mal.

                Lo que se pone en juego en este texto es precisamente el carácter de “Hijo”, la identidad de Jesús como “Hijo de Dios”. Por eso el diablo comienza la primera y la tercera tentación con un “si eres Hijo de Dios…”. Jesús es tentado en calidad de Hijo. Es una manera de poner a prueba esa identidad. Por lo que al final, sus respuestas tomadas del Deuteronomio corregirán una idea equivocada de Jesús como Hijo. Son además, tentaciones que Jesús vivió durante toda su vida. Lucas cambia un poco la introducción del texto que podemos traducir de esta manera: “El Espíritu lo condujo al desierto, donde el diablo le puso a prueba durante cuarenta días”. Son cuarenta días de tentaciones que nos sugieren enseguida los cuarenta años de Israel en el desierto. Son además, tentaciones que surgen a partir de la oposición que Jesús experimentó a lo largo de todo su ministerio. La oposición por parte de los líderes de Israel y de algunos judíos fue tan fuerte, que Jesús se sentía tentado a usar su poder de Hijo para destruirla y vencerla.

                La primera tentación es la de salir victorioso de las necesidades materiales, la de recurrir a Dios como garantía de la prosperidad material, la de utilizar los poderes de Hijo para su provecho propio. En cuanto Hijo de Dios encarnado y hecho hombre, es la tentación de renunciar a las dificultades y sufrimientos propios de la vida del hombre.

                La segunda es la tentación del poder y del dominio sobre todos los pueblos, la de ordenar las políticas de este mundo. Y la tercera tentación es la de manifestarse de forma ostentosa, la de mostrarse como un Mesías poderoso, incluso tentando a Dios, es decir, poniéndolo a prueba, exigiéndole algo que él no ha previsto en su plan.

                Sin embargo, el denominador común de las tres tentaciones es la de cambiar el rumbo del ministerio de Jesús. En definitiva es una pregunta sobre el tipo de Mesías que Jesús aspira a ser, un Mesías al estilo de Dios o al estilo del diablo. A este respecto conviene señalar el cambio de orden que introduce Lucas con respecto a Mateo. En Lucas la última tentación tiene lugar en Jerusalén (en Mateo es la segunda), ciudad que es centro en toda su obra, ciudad de la pasión y de la muerte y, después, centro de irradiación de la Buena Noticia. Es un anticipo de la gran tentación de Jesús: la de escapar de una muerte violenta.

                Al contrario que el pueblo judío que cayó en la tentación durante su paso por el desierto, Jesús permanece fiel y elige el proyecto de Dios, como un camino de obediencia y aceptación de la voluntad de su Padre. Y es capaz de ello porque está “lleno del Espíritu Santo” y se deja conducir por él. Y si bien hemos señalado antes que durante cuarenta días el diablo le tentó, hay que destacar una simultaneidad de estas dos acciones, es decir, durante la tentación del diablo, el Espíritu le guía y le lleva por el desierto también durante los cuarenta días.

                Jesús responde a cada una de las tentaciones con una cita del libro del Deuteronomio, para mostrar que donde cayó Israel, él permanece en pie. Y por ello se convierte en modelo para todo discípulo.

                En el camino de la vocación también tenemos las mismas tentaciones tanto a nivel personal como comunitario e institucional. Somos tentados porque somos hombres, pero también porque somos hijos de Dios. Somos tentados cuando queremos garantizarnos un cierta “mínimo” de seguridades materiales. Se nos olvida que Jesús fue un profeta itinerante que no tenía dónde reposar su cabeza. “No sólo de pan vive el hombre”, esta respuesta de Jesús nos despierta para que tengamos una vida más austera y más a la intemperie. ¿Qué nos falta a quienes nos hemos consagrado al Señor si la congregación o la diócesis nos sostienen? ¿Qué nos sobra? ¿Dónde queda esa fe en la Providencia? Plantearse esto es querer por lo menos afrontar la tentación.

                Sufrimos la tentación del poder. A veces soñamos algunos puestos en la Iglesia donde se toman decisiones. Y lo hacemos de buena fe, porque creemos que haríamos esto o aquello por el bien de la Iglesia. Es la tentación de gobernar, de tener servidores. La Iglesia, la congregación, también aspira a un cierto poder de influencia en la sociedad. Ya no consideramos que Jesús está en medio de nosotros como el que sirve.

                Sufrimos también la tentación del éxito (incluso pastoral), del reconocimiento, del aplauso. Nos gusta que nos miren, que nos feliciten, que aprecien todo lo que hacemos en la Iglesia, en la congregación. No nos gusta ser olvidados o ignorados. Nos gusta también la Iglesia o la congregación tena unas obras reconocidas, abundancia de vocaciones, buena fama, presencia en los medios… Y nos olvidamos de que Jesús, siendo Hijo de Dios, tomó la condición de hombre para morir en la cruz.

                Estas son nuestras tentaciones como vocacionados que somos en la Iglesia. Y las tentaciones estarán siempre ahí, “cuarenta días”. No hay tregua ni descanso. Por eso más que nunca necesitamos la guía del Espíritu Santo. Con su ayuda podremos hacer una relectura de nuestra historia personal que nos lleve a hacer nuestra propia profesión de fe como la del pueblo judío (primera lectura). Sí, fue una historia llena de sombras, pero también con muchas luces: la acción de Dios “que nos sacó de Egipto y nos dio esta tierra”. Que sepamos descubrir en medio de las tentaciones de nuestra historia la presencia salvadora del Espíritu de Dios.

2. Ideas para la homilía

- Lucas sitúa el relato de las tentaciones entre la escena del bautismo y la presentación en la sinagoga de Nazaret. En definitiva son una prueba a su identidad de Hijo, una prueba sobre su manera de ser Mesías que se extendió a lo largo de toda su vida.
-Jesús las supera gracias a la presencia del Espíritu Santo y a las respuestas tomadas de la Escritura.
-Tres tentaciones: la de salir victorioso de las dificultades materiales, la del dominio y el poder y la de manifestarse de forma ostentosa. Todas tienen el denominador común de cambiar el rumbo de su misión.
-Nuestras tentaciones en el camino vocacional: tener seguridades, el poder y la autoridad, el éxito y el reconocimiento.
-Él nos muestra el camino para superar nuestras tentaciones y llegar a hacer nuestra propia profesión de fe: creer en su presencia salvadora a lo largo de nuestra historia llena de luces y sombras, pero una historia de alianza.

3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo:

-¿Qué significa para ti que Jesús fue tentado en cuanto Hijo de Dios?
-¿Cómo interpretas cada una de las tres tentaciones?
-¿Qué te sugieren las respuestas de Jesús?
-También yo soy hijo de Dios, ¿cómo ilumina este pasaje mi forma de vivir como cristiano?
-¿Cuáles son realmente mis tentaciones concretas? Comparte una con el grupo.
-¿Cómo me siento animado por la certeza de que es posible ser fiel a la voluntad de Dios a pesar de los momentos de prueba?

 

4. Un poco de poesía

PROGRAMA PARA LA CUARESMA

No el poder, sino la humildad.
No la diversión, sino la conversión.
No la burla, sino el humor.
No el racionalismo, sino el Misterio.
No la introspección, sino la contemplación.
No la riqueza, sino la pobreza.
No el purismo, sino la inocencia.
No el «mal menor», sino la justicia.
No el «bien común», sino el «bien de todos».
No la interpretación, sino la Palabra.
No la «prudencia», sino la caridad.
No el abuso de bienes, sino el uso de bienes.
No la agitación, sino el silencio.
No la picardía, sino la simplicidad.
No el fanatismo, sino la fe.
No la opresión, sino la libertad.
No el Hombre, sino el hombre.
No dios, sino Dios.
No la letra, sino el espíritu.
No el primer lugar, sino el último.
No el egocentrismo, sino el humanismo.
No la instalación, sino la persecución.
No la institución, sino el Espíritu.
No una Iglesia instalada en el mundo, sino perseguida.
No el absurdo, sino el Misterio.
No la separación, sino la comunicación.
No mi voluntad, sino la voluntad del Padre.
No el refinamiento, sino el pan.
No la contemplación de uno mismo, sino el olvido.
No la autosuficiencia, sino la colaboración.
No el acomodo en la verdad, sino buscar la Verdad.
No la fuerza del rico, sino la debilidad del pobre.
No la evasión, sino la participación.
No el individualismo, sino la comunión.
No el Mal, sino en Bien.
No el Príncipe de este mundo, sino el Creador.
No la casuística, sino la Parábola.
No el desprecio, sino la compasión.
No la magia, sino el Sacerdocio.
No «mi Iglesia», sino la Iglesia.
No la huida, sino la presencia.
No la publicidad, sino el testimonio.
No el molde, sino la levadura.


(Comín, A. C.)

 

 

 

Segundo Domingo de Cuaresma

 

Gén 15, 5-12.17-18
Flp 3,17-4,1
Lc 9,28b-36

 

1. Comentario vocacional

                Una vez el domingo pasado hemos reflexionado sobre las tentaciones de la vocación, hoy encontramos en la Palabra algunos elementos que nos pueden orientar en nuestro caminar vocacional,.

                El culmen al que nos conduce el evangelio de la Transfiguración es la voz que habla desde la nube y se dirige a quienes acompañan a Jesús: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”. Esta actitud de escucha es la que define al verdadero seguidor del Señor. El discípulo es el que escucha al Maestro, el que escucha su voz y se pone en camino. Si no hay escucha, no hay nada después.  Pero ¿por qué hay que escucharle? ¿Quién es este Jesús?

                En definitiva, el texto de la Transfiguración es un relato de revelación o manifestación, que Lucas sabe presentar de una manera particular como una escena paralela a la del Bautismo. Como Jesús ha elegido a Pedro, Juan y Santiago para que le acompañen, descubrimos una intención de mostrarles algo de manera especial en cuanto testigos de los secretos del Reino.

                Según Lucas, Jesús sube al monte a orar y no a manifestarse. “Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió”. Una vez más Lucas nos muestra la importancia que la oración tiene en su evangelio; es el diálogo orante con el Padre lo que transfigura Jesús con una gloria que sale de dentro. Y frente a la oración de Jesús, la actitud ambigua de los tres discípulos. Primero “se caían de sueño”, pero a poco que se espabilan son capaces de contemplar la gloria de Jesús como un don y una  gracia.

                La presencia de Moisés y Elías responde a la expectativa judía que esperaba su vuelta en los últimos tiempos. Ellos vienen a representar todo el Antiguo Testamento que se completa en Jesús. Aquí lo verdaderamente importante es el tema de la conversación. Aunque la traducción litúrgica señala que “hablaban de su muerte”, el término griego exodos es mucho más sugerente y nos remite al paso de Jesús al Padre que culmina con su resurrección y ascensión.

                Sin embargo, cuando sonó la voz, Moisés y Elías ya habían desaparecido. La voz invita a escuchar sólo a Jesús en su condición de Hijo y Elegido de Dios. A partir de ahora es el único portavoz del Padre, el Hijo que ha recibido su poder gracias a su fidelidad. La escena de la Transfiguración es una teofanía para confirmar a Jesús en su identidad y su misión.

                No obstante Pedro no parece captar el alcance de la visión, por lo que el evangelista se apresura a aclarar que “no sabía lo que decía”. A Pedro le gustaría detenerse en el monte. Esta es su tentación, la de disfrutar de la contemplación olvidando las exigencias y las actitudes del discípulo que Jesús les ha explicado en los versículos previos (Lc  9,22-27). Es la tentación de querer “estar siempre en la gloria”. Y esta puede ser también la tentación de todo vocacionado, la de querer estar siempre “conectado” y en “una nube” olvidando las responsabilidades del día a día.

                En contraste con Pedro, la actitud de Abraham es otra. Dios le promete una descendencia y una tierra dándole como garantía las estrellas del cielo. Sin embargo Abraham creyó, porque creer es permanecer firme y aceptar con seguridad el plan de Dios. Se fía de él. Lo más curioso de todo es que, como respuesta a la pregunta de Abraham, Dios sella una alianza con él con un rito llamativo. Este rito consistía en pasar por en medio de los animales descuartizados para mostrar el destino del que no cumpliera lo pactado. Una vez más Dios nos desconcierta porque es él y sólo él quien realiza el rito de la alianza, por lo que él mismo se vincula en esta alianza unilateral e incondicional. Abraham recibe la alianza como un don de la fidelidad de Dios.
Esta Alianza de Dios nos recrea por dentro totalmente. Porque, como dice San Pablo, Dios transforma “nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa”. Así llegamos a ser ciudadanos del cielo y dejamos de estar apegados a las cosas terrenas.

Nuestra vocación es también una alianza que Dios hace con cada uno de nosotros. Una alianza muy especial porque nos transforma y nos da un nuevo ser, una nueva identidad. Y si es cierto que no nosotros hacemos un compromiso delante de Dios y de la Iglesia, lo es más el hecho de que Dios será siempre fiel a esta alianza. Nosotros tendremos nuestros altibajos, pero Él no nos dejará nunca.

2. Ideas para la homilía

-El culmen del evangelio es la voz que nos invita a escuchar a Jesús. La actitud de escucha es la que define al verdadero discípulo de Jesús.
-El diálogo con el Padre en la oración transforma a Jesús. Sin embargo los discípulos se caían de sueño, aunque también son capaces de contemplar su gloria si se espabilan un poco.
-Jesús habla con Moisés y Elías sobre su éxodo, su paso hacia el Padre a través la pasión, la muerte, la resurrección y la ascensión.
-La voz de la nube identifica a Jesús como el único portavoz de Dios, porque ha llevado a plenitud el Antiguo Testamento.
-La tentación de Pedro es la de querer “estar siempre en la gloria”.
-Abraham nos da un ejemplo de fe y confianza, por eso Dios sella con él una alianza en la que sólo él se compromete.
-Esta alianza nos transforma en nuevas criaturas, desapegados de las cosas terrenas.

3. Preguntas para la reflexión personal o grupal

-¿Qué haces en tu vida por escuchar la voz de Jesús?
-Es en la oración que Jesús se transfigura. ¿Qué experiencia tienes tú de tu oración personal?
-¿Qué significa para ti que Jesús sea el Hijo, el escogido del Padre? ¿Qué repercusiones tiene esto en tu vida?
-¿Cuándo experimentas la tentación de quedarte “en la gloria” dejando a un lado las exigencias de la vida, de la vocación?
-¿En qué sentido tu vocación es una alianza?
-¿A qué cosas o personas te sientes apegado de tal manera que te impide vivir como una nueva criatura?

4. Un poco de poesía

Escucharé tu Palabra,
en lo profundo de mi corazón
yo la escucharé.
En la oscuridad de la noche
la Palabra como luz
brillará.

Meditaré tu Palabra,
en el silencio interior
la meditaré.
En el desierto de las voces
la Palabra de amor
resonará.

Y seguiré tu Palabra,
por el sendero de la vida
yo la seguiré.
En el trance del dolor
la Palabra de la cruz
me salvará.

Guardaré tu Palabra,
para la sed de mis días
la guardaré.
En el transcurso del tiempo
la Palabra de lo eterno
no pasará.

Anunciaré tu Palabra,
caminando por este mundo
yo la anunciaré.
Las fronteras de tu Reino
la Palabra como un viento
abrirá de par en par.


(Ana María Galliano)