
MEDITACIONES VOCACIONALES PARA LOS DOMINGOS DE CUARESMA - CICLO B
Primer Domingo de Cuaresma |
Gén 9, 8-15
1 Pe 3, 18-22
Mc 1, 12- 15
1. Comentario vocacional
Un año más nos encontramos a las puertas de la cuaresma con la intención de prepararnos a la celebración de la Pascua. El calendario nos ha traído hasta aquí y de nosotros depende aprovechar esta coyuntura para adentrarnos con paso decidido en estos días de penitencia y oración.
Dice el evangelista que “el Espíritu empujó a Jesús al desierto”. El desierto, como lugar de prueba y de encuentro con Dios, se actualiza para nosotros en estos días de cuaresma, días de prueba y días de encuentro con el Padre. Pero sólo sacaremos provecho de este tiempo si vamos empujados por el Espíritu. Es él quien nos tiene que guiar en esta travesía. Si no, correremos el riesgo de perdernos.
También los desiertos de nuestra vida, vivimos la misma experiencia de Jesús: la tentación. Al comienzo de su ministerio el evangelista nos presenta un hecho que estuvo, sin embargo, presente a lo largo de toda su vida. Jesús se encuentra en una encrucijada: optar por el camino del Padre u optar por el camino que le ofrece el tentador. Es cierto que Marcos no nos presenta al detalle este momento como lo hacen los otros sinópticos. Marcos no nos habla de tres tentaciones, porque en el fondo siempre es la misma. Y es, en definitiva, la misma tentación de todo hombre, la Tentación con mayúsculas: llevar una vida de espaldas a Dios, organizarse sin contar con él, vivir sin tenerle como referencia, construir el reino sin él.
A lo largo de la historia de la salvación, los hombres han sucumbido infinidad de veces a la tentación. Los cuarenta días de Jesús en el desierto nos recuerdan los cuarenta años que el pueblo judío pasó ahí. Sin embargo, Jesús supera la tentación que el pueblo judío no pudo o no supo vencer. Jesús se nos presenta como el hombre nuevo que vence al tentador y por ello nos muestra el camino a seguir. El ha querido encarnarse e insertarse en la historia de todo hombre, su historia de divisiones internas, de contradicciones, de duplicidades, de mediocridades… para salir finalmente victorioso. Donde hubo derrota, ahora hay victoria. Así toda su vida fue una superación de esta tentación para decirnos: Sí, es posible vivir como hijo de Dios.
Por eso, se marcha después a Galilea para proclamar el Evangelio de Dios. Es lo normal. Sólo aquel que ha superado y vencido al tentador puede proclamar sin ambigüedades y con autenticidad el Reino. Su vida es ya una realización del Reinado de Dios, porque en ella sólo Dios es el Señor y no se adoran otros señores.
Para nosotros la conversión que Jesús nos pide al comienzo de esta Cuaresma viene urgida por la llegada del Reino. Su venida demanda corazones preparados y sin divisiones, consagrados completamente a Dios. Nos pide además creer esa Buena Noticia que hemos escuchado mil y una vez. Una Buena Noticia que incluso nosotros proclamamos de manera adormilada y tibia, casi pidiendo perdón por molestar.
En nuestro camino vocacional son muchas las tentaciones que tenemos. Bueno, habría que volver a decir que es siempre la misma tentación pero que aparece muchas veces y con disfraces distintos. El peligro está en querer anunciar y hacer un reino de Dios a nuestra manera y semejanza. Es el peligro de querer domesticarlo según los intereses personales. Es el peligro a vivir acostumbrados a la mediocridad y la ambigüedad. Pero ese no es el camino. Guiados por el Espíritu en este desierto cuaresmal, pongamos a Dios en el centro, en el lugar que le corresponde. Hay sitio para la esperanza.
2. Ideas para la homilía
-Para entrar en este tiempo de cuaresma conviene estar guiado por el Espíritu porque la cuaresma se nos presenta como un desierto, es decir, un lugar privilegiado para la prueba pero también para el encuentro con Dios.
-Jesús nos muestra el camino para superar la Tentación con mayúsculas (vivir de espaldas a Dios, querer construir su Reino sin contar con él). Con su ejemplo, Jesús nos dice que vencer al tentador es posible.
-Sólo el que supera la tentación anuncia con credibilidad el Reino de Dios porque en su vida no se adoran a dos señores.
-La presencia del Reino nos pide corazones consagrados completamente a Dios y a su Reino.
3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Con qué espíritu te presentas a las puertas de la Cuaresma de este año?
-¿En qué sentido el Espíritu de Dios guía tu vida como hizo con Jesús?
-¿En qué situaciones concretas de tu vida se manifiesta la tentación de vivir de espaldas a Dios?
-¿Cómo superas esa tentación?
-¿Cómo resuena en ti la invitación de Jesús “convertíos y creed en la Buena Noticia”?
4.Un poco de poesía
El jugador
Y un día, al cabo, la pregunta llega:
¿a qué jugabas? ¿quién vivió tu vida?
¿sólo esquivar el llanto y la partida?
¿sólo esconderse a la gallina ciega?
Viviste sobre la interior bodega
en un vacío galopar: la huida
no era freno, ni sed, ni ardor, ni herida,
sino algo que ni sacia ni sosiega.
No fuiste ángel ni hombre. Ni siquiera
santo, borracho o bailarín. Pasabas
de un amor a otro, a otro, a otros.
Lo humano y lo divino: Todo era
juegos de azar en los que ni jugabas.
Y hoy te descuartizan tus dos potros.
(José Luís Martín Descalzo)
Segundo Domingo de Cuaresma |
Gén 22, 1-2.9-13.15-18
Rom 8, 31b-34
Mc 9, 2-10
1.Comentario vocacional
El seguimiento de Jesucristo no es fácil. Lo sabemos por experiencia. En este sentido ya reflexionábamos el domingo pasado sobre las tentaciones que nos acosan en todo momento. Siempre estarán ahí, como compañeras fieles de la marcha. La verdad es que cuando tropezamos y caemos podemos desanimarnos e incluso pensar que el seguimiento es demasiado para nosotros, que no somos capaces y que es mejor tirar la toalla.
El texto de la Transfiguración, que nos presenta la liturgia todos los años en este segundo domingo de cuaresma, hay que leerlo y entenderlo desde su contexto. Jesús acaba de anunciar su pasión y su muerte a sus discípulos (Mc 8,31-33). Además les ha explicado claramente las condiciones para ser seguidor suyo (Mc 8, 34-9,1): “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”… El panorama que se le presenta a los discípulos vemos que no es nada brillante ni aleccionador.
Quizá nos pase a nosotros lo mismo que a Abrahán y escuchamos al Señor que también nos dice “toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac y ofrécemelo en sacrificio”. Abrahán ya había renunciado a su tierra, a su pasado. Ahora el Señor le pide que renuncie al porvenir, a su descendencia. Lo que le pide en definitiva, es renunciar a la promesa que había esperado de Dios. Abrahán había sido fiel y como consecuencia, Isaac le pertenecía; su hijo era la prueba que le había ayudado precisamente a mantenerse fiel. Si Dios se lo pedía, era un Dios injusto, un Dios que no respecta el pacto, la alianza. Sin embargo y a pesar de todos estos razonamientos, Abrahán sólo tiene un “aquí me tienes” como respuesta y actitud vital. La fe-obediencia de Abrahán llega a ser completamente madura e incondicional, es decir, una fe pura, sin pruebas.
¿Cuál es el “hijo” que Dios nos pide sacrificar? El nos pide renunciar a nuestro propio proyecto personal, a nuestro porvenir, al fruto de nuestra vida, a nosotros mismos. Ese es el hijo que hemos de sacrificar. Muchas veces nos cuesta hacerlo. Pero para aquellos a quienes nos cuesta aceptar la cruz en nuestro camino vocacional, Jesús en el evangelio de hoy nos permite contemplar su misterio y anticipar su victoria sobre la cruz y la muerte, de manera que podamos recobrar el ánimo y seguir adelante.
El texto del evangelio es una teofanía según el esquema propio de este tipo de relatos: montaña, apariciones, voces, etc… Es una teofanía que nos muestra quién es Jesús, la identidad de aquel a quien seguimos. Él ha cumplido todas las promesas del Antiguo Testamento, simbolizadas en la presencia de Elías y Moisés. Él es el Hijo amado del Padre, el Hijo de Dios. Pedro, Santiago y Juan, recobran fuerzas. Ya saben que siguen al Hijo de Dios, han visto su gloria. Pero reciben un mensaje conciso: “escuchadlo”. Es esta actitud de escucha la propia del discípulo y seguidor; por ello la invitación a aceptar su mensaje, a pesar de que hable de cruz y sufrimiento.
Sabemos, no obstante, que la vida no es una permanente teofanía, sino que la batalla cotidiana tiene lugar en el valle a donde es preciso bajar. Pero ahora se baja con otro espíritu, con otro ánimo. Bien pueden los discípulos decir con Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. Esta confianza básica se funda en el amor incondicional de Dios que nos sostiene en medio de nuestras dificultades, dudas y mediocridades.
Nuestra vocación recibe hoy, sin duda, un gran impulso.
2. Ideas para la homilía
- Es frecuente que en nuestro seguimiento de Cristo vivamos el desánimo debido a las dificultades y las exigencias del mismo. Lo más duro es cuando el Señor nos pide sacrificar lo que más queremos y valoramos: nuestro propio ser.
- Para animarnos Jesús se nos revela como Hijo de Dios. El anuncio de su resurrección nos recuerda el premio que hay para los que son fieles. La cuestión está en escucharle, a pesar de que su mensaje sea duro.
- Con ánimo fortalecido, descendemos a la cotidianeidad de la vida. La fe nos hace confiar totalmente en Dios. Ya no hay razones para temer.
3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿En qué momentos de tu vida se hace más difícil seguir a Jesús? ¿Por qué?
-¿Cuál es el “hijo”, el único al que quieres, que Dios te pide sacrificar? ¿Estás dispuesto a hacerlo?
-¿Qué situaciones de transfiguración has experimentado en tu vida?
-¿Cómo se concreta en tu vida la actitud de escucha?
-¿A qué montañas has de subir para sentirte transfigurado por el Señor? ¿A qué lugares has de bajar para vivir el seguimiento?
4.Un poco de poesía
En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti. Y digo
que tengo todo cuando estoy contigo:
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.
Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.
Contigo el sol es luz enamorada
y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.
Pues, si me faltas Tú, no tengo nada:
ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.
(José Luis Martín Descalzo, Testamento del Pájaro Solitario)
Tercer Domingo de Cuaresma |
Ex 20,1-17
1 Cor 1, 22-25
Jn 2, 13-25
1. Comentario vocacional
La escena que nos presenta el evangelio de hoy dejó una gran huella en la primitiva comunidad cristiana. No es normal encontrar a Jesús realizando un gesto violento. Sin embargo los primeros cristianos no se vieron escandalizados, precisamente porque descubrieron en ello algo más. En definitiva, lo que leemos hoy es una acción de Jesús en la línea de los gestos que hacía los profetas del Antiguo Testamento, es decir, una acción llamativa y provocadora que tiene un mensaje.
El templo judío ya no se ajusta a los planes que Dios tenía sobre él. Sin embargo, podemos decir que todo lo que allí se hace resulta “necesario”: los animales para el sacrificio, el cambio de monedas pues no se aceptaban en el templo las monedas romanas… Todo es necesario, sí, pero hace que finalmente la casa del Padre se convierta en un mercado; es decir: se ha perdido el sentido y la finalidad del templo. Con su gesto, al defender el templo, Jesús defiende a su Padre y con ello aclara la relación auténtica que se ha de tener con Él.
Sin embargo la interpretación que hace Jesús de este gesto (v.17), hace que el relato se convierta en una automanifestación de Jesús mismo. Por ello Juan introduce referencias que nos conducen tanto a la muerte como a la propia resurrección de Jesús. Además, al situar la escena en el contexto la Pascua, nos ofrece también el marco de liberación de la esclavitud.
Ante los comentarios de los judíos, Jesús da como prueba de su gesto “destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (v.17), pero refiriéndose a su cuerpo, a sí mismo. Con esta expresión, Jesús anticipa ahora su muerte. Ha descubierto que su celo, su pasión por la casa y la causa de Dios, le llevaran a morir violentamente. Pero anuncia sólo su muerte sino también su resurrección (“en tres días lo levantaré”). Por ello El Resucitado se convierte en el nuevo lugar del encuentro entre Dios y los hombres.
Sabemos que Jesucristo es el centro de la experiencia de fe, de la experiencia vocacional. Ahí está la clave. Por desgracia, a lo largo de los años hemos ido “adornando” nuestra vida de fe con elementos superficiales y secundarios. Esto se da también a nivel eclesial, ya sea en nuestras comunidades religiosas como en las parroquias: ritos, costumbres, tradiciones… nos van haciendo ritualistas y olvidadizos de… Jesús. Hay que reconocer también que, a veces, nuestro trato con Dios tiene carácter “mercantilista”: hacer una promesa a cambio de una gracia, enfadarnos si no nos concede lo que pedimos… Verdaderamente tenemos necesidad de que Jesús agarre el látigo hoy también y haga ese gesto de sustitución en nuestro corazón y en nuestra Iglesia. Hoy le pedimos que sustituya todo lo secundario de nuestra experiencia de fe y vocacional, para que se ponga él mismo en el centro.
En este sentido, conviene recordar el primer mandamiento que nos presenta la primera lectura: “no tendrás otros dioses frente a mí”. Hemos de tomar conciencia de los diosecillos e ídolos que nos hemos ido creando como necesarios e imprescindibles en nuestra vida e incluso en nuestra experiencia vocacional. Demasiados apoyos que nos parecen imprescindibles. Quizá tengamos miedo de fijar nuestros ojos sólo en el Cristo crucificado, porque es un escándalo o una necedad, como nos dice San Pablo. Pero no queda otra alternativa. Para que nuestra experiencia vocacional sea verdadera y estable, ha de estar fundada en la cruz y sólo en ella, sin adornos. Quizá esto no lo entendamos al principio. Tampoco los discípulos lo comprendieron todo y tuvieron que esperar a tener la luz de la experiencia de la resurrección para interpretarlo todo desde la Escritura. Necesitamos tiempo para ir madurando nuestra fe, pero para que ese tiempo sea fecundo hemos de despojarnos de todo y quedarnos con la cruz, sólo la cruz.
2. Ideas para la homilía
- La acción profética de Jesús en el templo de Jerusalén, es un gesto de sustitución del templo como lugar de culto y encuentro con el Señor.
- Con ese gesto quedan relativizadas todas las mediaciones que nos distraen y alejan del fin primordial: el encuentro con el Señor.
- También en nuestra experiencia de fe y en nuestra propia vocación, nos hemos ido cargando de “adornos” y mediaciones que han adulterado nuestra relación de Dios, haciéndola más mercantilista.
- Jesús viene hoy a sustituir todos esos adornos para que no tengamos otros dioses frente a Él, para que nos quedemos simplemente con el Crucificado, como experiencia fundante de toda vocación.
3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Es Jesús y su mensaje el centro de nuestra Iglesia y de nuestras celebraciones? Explica tu respuesta.
-¿Cuáles son los adornos añadidos que le quitan protagonismo al Señor y que hay que purificar?
-¿Qué lugar ocupa Jesús en tu propia experiencia de fe?
-Cuando contemplas la cruz, ¿qué sentimientos suscita en ti?
-¿Qué experiencia tienes de que la cruz sea una escándalo y una necedad?
4. Un poco de poesía
Hazme una cruz sencilla, carpintero,
sin añadidos ni ornamentos,
que se vean desnudos los maderos
desnudos y decididamente rectos
los brazos, en abrazo hacia la tierra;
el astil, disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno
que distraiga ese gesto,
ese equilibrio humano de los dos mandamientos;
sencilla, sencilla
hazme una cruz sencilla, carpintero.
(León Felipe)
Cuarto Domingo de Cuaresma |
2 Crón 36, 14 - 16. 19 – 23
Ef 2, 4 – 10
Jn 3, 14 – 21
1. Comentario vocacional
“Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó”. Así comienza la segunda lectura, con una definición de Dios (rico en misericordia) y explicitando su relación hacia nosotros (un gran amor). Somos “obra suya” por amor, hechos a su imagen. Por ello el amor de Dios se encuentra en el punto de partida de nuestra vida y de nuestra vocación. Él nos ha hecho, Él nos llama, porque nos quiere. Así, simplemente. Bastaría detenerse en esta idea, contemplarla y saborearla en el corazón para quedar inundados del amor de Dios.
Porque, en definitiva, es un amor y una gracia que no merecemos. La historia de la salvación es un elenco de infidelidades como vemos en la primera lectura. El pueblo de Israel multiplicó sus infidelidades y se burló de los mensajeros enviados por Dios. Nada nuevo. Es lo que seguimos haciendo nosotros hoy. La deportación a Babilonia fue interpretada como un castigo de Dios por esta infidelidad. Sin embargo el autor del libro de las Crónicas termina abriéndonos una puerta a la esperanza desde una confianza absoluta en el cumplimiento de la profecía hecha por Dios.
Esta profecía llega a su cumplimiento verdadero en el Nuevo Testamento: “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su propio hijo”. Para algunos, este versículo 16 es una fórmula única que resume toda la teología del cuarto evangelio. El amor del Padre por nosotros, origina el envío del Hijo. Él será elevando en una cruz, lugar que para Juan constituye el triunfo definitivo y la glorificación del Hijo. Desde la cruz él da la vida eterna. Por ello San Pablo, en la segunda lectura, utiliza los verbos en pasado: “nos ha hecho vivir con Cristo… nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él”. La gracia y la salvación son ya algo presente y definitivo que ya hemos recibido.
Pero no hay que olvidar la respuesta del hombre a esta oferta. En el evangelio se pasa de una oferta global de la salvación a una respuesta individual. Dios ama al mundo y envía su Hijo al mundo (oferta global) pero la respuesta es personal: el que cree en él.. el que no cree (en singular). Conviene precisar que el verbo “creer” aparece cinco veces en el texto por lo que intuimos su importancia. Es en esta acción de creer donde se juega lo importante. El creyente está en crisis y tienen que elegir. Su decisión es ya un juicio. El que cree tiene la vida eterna y no será condenado. El que no cree ya está condenado porque él mismo ha elegido la muerte, él mismo se priva de la vida eterna y ha anticipado el juicio final. El que cree ya anticipa su parte en la vida eterna.
Sin embargo conviene preguntar ¿porqué creer hoy? Incluso podemos ser más incisivos aún y personalizar la pregunta: ¿porqué soy creyente? Para fundamentar nuestra fe, hay que volver al origen, al amor de Dios. Me reafirmo como creyente porque Dios me ama, creo en su amor y quiero vivir correspondiendo a su amor. Creo porque soy amado.
Nuestro error está en pensar que una vez que hemos iniciado nuestro recorrido vocacional ya hemos hecho la opción “por la vida eterna” y que somos creyentes para siempre. Y será verdad que hemos hecho una opción fundamental la de orientar nuestra vida hacia la Vida. Pero no podemos olvidar ni descuidar el hecho de que todos los días tenemos que renovar esa opción. Todos los días somos creyentes y optamos por ser creyentes.
2.Ideas para la homilía
-El amor de Dios se encuentra en el origen de nuestra vida y nuestra vocación. Es el punto de partida y también el término de nuestro trayecto. En el “tanto amó Dios al mundo” está condensado todo el evangelio y nuestra propia vida.
-Todo es un don y una gracia del Dios “rico en misericordia” a pesar de nuestra historia personal de pecado e infidelidad.
-Ante esta oferta, el creyente se encuentra en una situación crítica y de elección. Por eso tiene sentido plantearse la pregunta ¿porqué creer hoy? “Todo el que cree en él tiene vida eterna”. El que no cree, ya se ha condenado.
-La vocación es un don y una gracia pero se nos pide actualizar en lo cotidiano nuestra opción por Cristo.
3. Preguntas para la reflexión personal o de grupo
-¿Qué experiencia tienes de sentirte querido y amado por Dios?
-¿Cuáles son las infidelidades que jalonan tu vida?
-¿Qué puedes hacer para crecer en tu vida de fe?
-¿Porqué sigues siendo creyente hoy?
-¿Cómo concretas cada día tu opción de vida?
4. Un poco de poesía
Padre y amigo
Padre,
yo te amo
porque eres
único.
Porque eres amor,
ternura, consuelo
y cariño.
Porque eres
padre en la noche
y amigo en el peligro.
Porque eres mi todo,
mi fuerza,
guía y camino.
Porque eres vida
en mi vida,
misterio y desafío.
Padre,
tras ti corro
y de ti me fío.
Pongo mi vida
en tu vida.
Mis brazos
son tuyos.
Padre, yo sé
que eres mi amigo.
(Eusebio Gómez Navarro)
Quinto Domingo de Cuaresma |
Jer 31, 31-34
Heb 5, 7-9
Jn 12, 20-33
1. Comentario vocacional
El texto del evangelio que nos propone hoy la liturgia, tiene una gran intensidad por lo que está considerado como un texto bisagra en el cuarto evangelio. Con él se cierra la primera parte para dar paso, en el capítulo 13, a los acontecimientos de la pasión. Es algo que se ve claramente cuando Jesús afirma que “ha llegado la hora”, una hora que se ha retrasado a lo largo del evangelio hasta este preciso momento. Ahora se da una coyuntura de importancia decisiva: la glorificación del Hijo del Hombre, una glorificación que comienza en la cruz. Es la hora.
La estructura del texto nos hace llegar al v.32 como centro y momento culminante: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. La idea de elevación-glorificación engloba, en el evangelio de Juan, la cruz y la resurrección. Así, con este versículo, se nos presenta la salvación como la atracción que ejerce el Cristo crucificado sobre los hombres. De este modo, el príncipe de este mundo será echado fuera quedando Cristo en la cruz como referencia de salvación.
A partir de la primera lectura, podemos iluminar un poco más el sentido de la salvación realizada en Jesús. La “nueva alianza” anunciada por el profeta, se cumple gracias a la muerte y resurrección de Jesús. Es una nueva creación en la que la nueva criatura está marcada por la ley de Dios, grabada en su corazón. Esta nueva relación con Dios nos hace capaces de conocerle y reconocerle como el Señor.
La “hora” de Jesús queda explicada con la parábola del grano de trigo que debe morir para dar fruto porque es una parábola que constituye un anuncio de la pasión y de la resurrección. A continuación, Jesús explica lo que significa la “hora” para los creyentes: aborrecerse a sí mismo (muerte) para la ganar la vida eterna (resurrección). El seguidor de Jesús está llamado a servirle, a seguirle y a configurarse con el misterio pascual, en lo que significa vivir la “dinámica del grano de trigo”: morir a sí mismo para dar fruto y resucitar después.
Parece que a continuación Juan nos presenta su escena de Getsemaní que la saca del relato de la pasión para traerla a este momento. Se puede decir que aquí es un “Getsemaní iluminado” porque está presente ya la perspectiva de la gloria (lo dice la voz del cielo). Y esto es algo importante y a tener en cuenta en nuestros “getsemanís vocacionales”, esos momentos de crisis en los que nuestra alma está agitada y dudamos de nuestra misión. También en esas circunstancias no podemos perder de vista la perspectiva de la gloria y seguir a Jesús, para terminar afirmando de una manera convencida: “si por esto he venido”. Como se nos dice en la segunda lectura, la oración intensa (con gritos y con lágrimas) transforma al suplicante que pasa de querer ser liberado de la muerte a la aceptación y adhesión a la voluntad de Dios. La clave nos la da esa intensa oración.
Parece que nos hubiéramos olvidado del comienzo del evangelio donde se nos cuenta que algunos griegos querían conocer a Jesús. Pero no es así. El deseo de estos griegos viene a reforzar la idea central del texto, la atracción de todo el mundo hacia el Cristo. Pero además es ya un anticipo de la conversión de los gentiles y de la misión de la Iglesia. Efectivamente la función de Andrés y Felipe de ser intermediarios nos pone de manifiesto la importancia de su “ministerio”. No olvidemos que en el evangelio de Juan son muchos los intermediarios que posibilitan el encuentro con Jesús.
Esta es una vocación más que necesaria en la Iglesia de hoy. “Ser intermediario” es poner en relación a alguien con Jesús y después desaparecer. Es grave renunciar a esta vocación. Muchos dejarán de conocer el verdadero rostro de Cristo. Pero si queremos ser intermediarios y seguir estando en el candelero, nos equivocamos al otorgarnos un puesto que no nos corresponde. Esta parte de renuncia, no es nada fácil. A pesar de ello, ¿estaremos dispuestos a ser intermediarios?
2. Ideas para la homilía
- El centro del evangelio se encuentra en la afirmación: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. La salvación se nos presenta bajo la forma de una atracción de Cristo.
-Esta atracción se concreta en una “nueva alianza” con la que reconoceremos a Dios Padre como el único Señor de nuestras vidas.
-Los que se dejan atraer por Jesús son asociados a su destino, el destino del grano que cae en tierra y muere. Por ello Jesús nos deja algunas condiciones para ser discípulo: aborrecerse a sí mismo en este mundo y aceptar la voluntad del Padre.
-Jesús mismo tiene su momento de angustia y ha aprendido sufriendo a obedecer. Pero no pide al Padre que le libre de esta hora. Nos muestra el camino para hacer lo mismo en nuestros momentos de angustia o crisis.
-La presencia de los griegos al comienzo del relato es una anticipación de la conversión de los paganos y de la misión de la Iglesia como intermediaria. Hoy estamos llamados a desarrollar la vocación del “intermediario”, llegar a Jesús y desaparecer.
3. Preguntas para la reflexión personal o de grupo
-¿Qué experiencia tienes de sentirte “atraído” por Jesús?
-¿Cómo reconoces que la ley de Dios está grabada en tu corazón?
-En tu estilo de vida ¿cómo vives la dinámica del grano de trigo que muere?
-¿En qué se parece tu oración a la de Jesús?
-¿Cómo vives tu vocación de “intermediario”?
4. Un poco de poesía
SABERTE
Dame, Señor, la sencillez de espíritu,
la del alma dormida en su silencio,
abierta a todo con grandes ojos niños.
No quiero ya mi voz. Ni mi palabra llena.
Me aburre estar conmigo, tan atento,
seguro de una luz sin Ti perdida.
Así impotente, sólo, casa hueca,
va a colmarse tu voz de resonancias
familiarmente puras y serenas.
Dame, Señor, el abandono firme
ante el futuro ignoto y tu aventura
soñada tantas veces en secreto.
Estoy contigo. Piensa cuanto quieras
para hacerme sufrir o para verte.
Bien sé que lo prepara tu ternura.
Hazme a diario un pobre sorprendido
de cada hoja, de cada mano abierta,
tendida a la penumbra de mí mismo.
Viviré así este miedo más alegre,
con un verbo, no más, entre mis labios:
saberte junto a mí, Jesús… saberte.
Pedro Miguel Lamet
Preparado por Carlos Comendador Arquero
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