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MEDITACIONES VOCACIONALES PARA LOS DOMINGOS de la Santísima Trinidad y Corpus Christi

- CICLO B -

Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Dt 4, 32-34.39-40

Rom 8,14-17

Mt 28,16-20

 

1. Comentario vocacional

 

Un año más, la liturgia nos lleva a la Solemnidad de la Santísima Trinidad. A veces contemplamos este misterio como algo incomprensible, que está ahí, en el catecismo, en la liturgia, pero que conviene pasar de largo porque no hay quien lo comprenda. Sin embargo olvidamos que no se trata de un misterio para ser entendido (intelectualmente) sino para ser contemplado y vivido. Nuestra vida cristiana debería ser trinitaria o por el contrario tiene el riesgo de quedarse coja.

 

                En primer lugar decimos que sólo hay un Dios. Pero ¿nos lo creemos? Conviene que no perdamos de vista la exhortación que Moisés dirige al pueblo hebreo que se encuentra rodeado de naciones politeístas: “Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro”. Se trata de reconocer y meditar en el corazón que sólo hay un Dios verdadero, también hoy, en nuestro mundo actual que nunca ha dejado de ser politeísta. Ser creyentes, respondiendo a la llamada de Dios, no es fácil porque también hacemos caso a otras llamadas de los que quieren ocupar el lugar qué sólo le corresponde a Dios. ¿Quiénes son estos “diosecillos”? Cada uno tiene los suyos. Basta con ser honestos e identificar aquello (cosa, situación, persona…)  a lo que le consagramos nuestro tiempo, nuestras energías, nuestra pasión. Quizá nos sorprendamos al descubrir que muchas veces somos nosotros los primeros a ser los dioses de nosotros mismos.

 

                Ante este misterio del Dios único conviene la actitud de los discípulos que aparece en el evangelio. Hay una traducción aceptada por los críticos que dice así: “Al verlo, lo adoraron; ellos que habían dudado” (v.17). Nosotros, como los discípulos, hemos dudado de Dios, le hemos abandonado buscándonos otros diosecillos o buscándonos a nosotros mismos. Hemos sido infieles. Pero siempre tenemos una oportunidad para volvernos hacia él, para reconocerle como nuestro único Dios y para adorarle. ¿Porqué no hoy? Ellos vivieron una transformación interior que les hizo pasar de la duda a la adoración. Esa transformación también es posible para mí en el día de hoy.

 

                Tendremos entonces una experiencia de fe concentrada en Dios y sólo en él. Una experiencia focalizada en Dios, y sólo en él. Será, entonces, una experiencia fundante porque nos permitirá dirigirnos a Dios como ¡Abba! (Padre). Así nos lo recuerda Pablo en la carta a los romanos. Hemos recibido un Espíritu de hijos adoptivos que hace posible una relación con Dios basada en el amor y no en el temor. Un Espíritu que nos hace también coherederos con Cristo. Ese Espíritu es un don, una gracia que no merecemos.

 

                En esta dinámica trinitaria recibimos una misión narrada en el evangelio: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. No se trata de un proselitismo barato. Lo que se propone a todos los pueblos, a cada persona, es una relación única e íntima con Dios. Y es una propuesta que se hace a través del bautismo y la enseñanza. La fórmula utilizada (“en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”) es una fórmula que subraya la consagración que se hace de la persona al Dios trinitario a quien pertenece ahora. La misión recibida es hacer de los hombres “una posesión” de Dios.

 

                Conociendo el hecho de que es una tarea difícil, el Resucitado no nos deja solos: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Su presencia entre nosotros es certera (sabed), en todo momento (todos los días) y en todo lugar (hasta el fin del mundo) abarcando, por ello, todas las dimensiones de la existencia. Gracias a él, podremos compartir nuestra propia experiencia trinitaria.

 

2. Pistas para la homilía

 

-La Trinidad es un misterio para ser vivido. Un ministerio que nos recuerda en primer lugar que sólo hay un Dios verdadero. Ante la tentación de la idolatría en la sociedad actual, la Palabra nos recuerda el principio de nuestra fe. A nosotros, que también dudamos, se nos invita a adorar al Señor en nuestra vida.

 

-Gracias a esta experiencia de fe concentrada y focalizada en Dios, le podemos reconocer gracias al Espíritu como “Padre”, y por ello nos convertimos en coherederos con Cristo.

 

-La misión que recibimos es la de hacer que todos puedan hacer esta misma experiencia trinitaria, de ser discípulos a través del bautismo.

 

-Sabemos que en esta misión recibida el Señor está siempre con nosotros.

 

3. Preguntas para la reflexión personal y en grupo

 

-¿Cómo te interpela la exhortación de Moisés: “Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro”?

-¿En qué sentido te reconoces “politeísta”, adorador de muchos dioses?

-¿Qué gesto de adoración al Dios único puedes hacer hoy?

-¿Qué sientes al dirigirte a Dios como Abba-Padre?

-¿Qué consecuencias tiene para tu vida/ministerio saber que la meta de la misión es ofrecer a todo el mundo la posibilidad de se consagre a Dios, de pertenecer sólo a él?

-¿En qué medida eres consciente de la presencia viva de Jesús resucitado en su Iglesia?

 

4. Un poco de poesía

 

¡Alfa y Omega! No me digas nada.

¡Palabra sola y toda! Puede verse

el surgir de la llama, el entenderse

entre la boca y la palabra, atada.

 

¡Atada Trinidad, Unidad dada!

Uno en amor y tres para quererse.

Uno incapaz jamás de desprenderse.

Tres latidos en una llamarada.

 

Porque en Dios Uno, el Hijo era la herida

que insertaba la rosa de los vientos,

se le llamó mañana y tarde unida.

 

Sólo lo temporal cuenta momentos.

Y en la Unidad eterna, viva roca,

Alfa y Omega sólo desemboca.

 

(Emilio del Río)

 

 

 

Domingo del Cuerpo y Sangre de Cristo

 

 

Ex 9, 11-15

Heb 9, 11-15

Mc 14, 12-16.22-26

 

 

1. Comentario vocacional

 

                La fiesta del Corpus Christi constituye un pórtico maravilloso para adentrarse en el tiempo ordinario guardando todavía el gusto del tiempo pascual. Nos sirve además para fijarnos en el significado y el valor de la Eucaristía. Toda experiencia vocacional nace de una profunda vivencia de la Eucaristía y conduce a la Eucaristía misma. Por eso, hoy es un día para preguntarnos por el significado que tiene realmente la Eucaristía para mí y por mi manera de celebrarla.

 

                La Palabra de Dios que hoy se proclama nos habla de sangre y de alianza. La primera lectura nos presenta al detalle un rito de sacrificio para establecer la alianza entre Dios y su pueblo. Los hebreos se comprometen a obedecer y hacer todo lo que mande el Señor. La sangre derramada por Moisés es un signo de comunión de vida con Dios.

 

                Pero esta alianza es sólo un anticipo de la definitiva alianza realizada por Jesucristo, Sumo Sacerdote. Él no utiliza sangre de animales, sino la suya propia, porque él mismo se ofrece como sacrificio. Por ello él se constituye mediador de esta nueva alianza que nos purifica de nuestros pecados.

 

                Sin embargo el sentido profundo de este misterio lo encontramos bien explicado en el evangelio. Ya la introducción (“el primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual”) nos pone en un contexto de sacrificio y nos anuncia algo nuevo. Jesús realiza dos gestos bien conocidos en las comidas festivas de los judíos: toma el pan y el vino y los reparte para par gracias a Dios  por los dones recibidos. Pero Jesús los relaciona con su muerte cercana a la que da un sentido de entrega total y donación sin límites.

 

                Así, cuando dice “esto es mi cuerpo” se refiere a toda su persona, como si dijera “estoy soy yo mismo que me entrego”. Y cuando dice “esta es mi sangre” expresa una idea de entregarse en sacrificio “por todos”. La intención de Marcos es subrayar que Jesús hizo la ofrenda de su sacrificio, que él era dueño de su propia  muerte,  ya  que reveló  su verdadero sentido: una  muerte "por muchos", un sacrificio de alianza, sacrificio  ofrecido,  pero  también  sacrificio aceptado.

 

                Sin embargo este gesto constituye también un resumen de lo que ha sido la vida y el ministerio de Jesús: una vida partida, re-partida y com-partida. Jesús no se guardó nada para sí mismo, no se ahorró nada. Lo dio todo, se dio a sí mismo mientras recorría los caminos de Palestina.

 

                Estas son dimensiones que no podemos perder de vista cuando celebramos la Eucaristía. En ella actualizamos el gesto del ofrecimiento salvador de Jesús. Pero constituye una invitación a estar en “comunión” con él, a hacer lo mismo que él hizo. Celebrar la Eucaristía es comprometerse a darse totalmente a los otros, a entregarse, a repartirse y compartirse entre los demás, llegando incluso a la muerte de sí mismo. Si al terminar la Eucaristía no salimos con esta convicción quiere decir que algo falla o que se ha convertido en mera rutina.

 

                En este sentido, la celebración eucarística no termina al salir de la iglesia, sino que continúa. La vida misma es el campo de acción donde se pone en práctica este misterio de entrega generosa. Es en la vida de cada día donde realmente somos eucarísticos. Si no fuera así seríamos esclavos de una piedad fría y calculada. El ejemplo de Jesús nos invita a seguirle sin guardarnos nada para nosotros mismos, sin ahorrarnos nada.

 

2. Pistas para la homilía

 

-Hoy conviene preguntarnos por el sentido que tiene de verdad la Eucaristía para cada uno de nosotros, sobre nuestra manera de celebrarla y de participar en ella.

-La primera lectura nos da la clave de la alianza sellada con la sangre derramada, una alianza en la que el pueblo se compromete a obedecer al Señor.

-Sin embargo será Jesucristo quien, como Sumo Sacerdote, vendrá a consumar la alianza definitiva ofreciendo su propia sangre.

-En la última cena Jesús mismo nos ofrece un resumen de su vida y un anticipo del significado de su muerte: es una vida entregada voluntariamente por todos. Celebrar la Eucaristía es seguir su ejemplo en una entrega total y sin límites.

 

3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo

 

-¿Qué significa para ti que Jesús dé un significado a su muerte?

-¿En qué sentido la última cena es un resumen de su vida pública y su ministerio?

-Jesús entrega su cuerpo y su sangre, ¿aceptas en tu vida esta ofrenda que él te hace?

-¿Cómo celebras la Eucaristía?

-¿Qué exigencias para tu vida te pide la participación en la Eucaristía?

 

4. Un poco de poesía

 

Dios malgastado

 

¿Cómo es posible, oh Dios, que cada día

yo levante tu Sangre entre mis manos

y que mis labios sigan siendo humanos

y que mi sangre siga siendo mía?

 

Treinta años sacerdote, y todavía

nada sé de tu amor, y he vuelto vanos

tus doce mil prodigios soberanos

y doce mil millones perdería.

 

¡No vengas más! ¡Refúgiate en tu cielo

o búscate otras manos más amigas!

¡Yo soy capaz de congelar tu fragua!

Me das amor, y te lo torno hielo.

Siembras tu Carne, y te produzco ortigas.

Viertes tu Sangre, y la convierto en agua.

 

(José Luis Martín Descalzo)

 

 

Preparado por Carlos Comendador Arquero