Tres calas

 

 

Tres calas, o tres diversas y asistemáticas observaciones en torno a la vocación, para llamar la atención, para sorprenderse, extrañarse y así comenzar a entender.
Que escribí hace mucho tiempo y que M. Rosa María Ferreiro desde la India desveló: «Chus me mandó ayer para las nuevas profesas su texto sobre la vida religiosa, que me sé de memoria pero que no lo tenía.... Nos costó traducir al inglés lo "de bajada"... y hoy me manda usted su otro dibujo, que es genial».
Espero que el próximo mes nos diga cómo tradujo al inglés «de bajada». No sólo.

JSV
     

Vocación alta tensión

    
      En el campo de la energía eléctrica las líneas de alta tensión afortunadamente son muy inferiores en número a las de corriente industrial y de alumbrado. Afortunadamente.
      A bastantes kilómetros de un centro urbano unos amigos míos tienen una quinta de descanso. Está la casa casi debajo de una línea de alta tensión. Es una casa antigua. Con ello quiero decir que fue primero la casa y luego la línea. A pesar de tanta proximidad a tanto caudal eléctrico es una casa sin luz. No pueden tomarla directamente de las torres eléctricas inmediatas. Alta tensión.
     Parece que los genios son muy inferiores en número a la mayoría de los mortales. Entran pocos en una docena y en una tonelada. Y sin embargo son las vidas de los genios las que se nos brindan como modelo. Los grandes músicos, los grandes generales, los grandes santos... Gente de alta tensión.
     Ortega y Gasset habla repetidas veces de la vocación. Casi siempre con ocasión de figuras clave: Goethe, Velázquez, Goya...
     Montar una teoría de la vocación sobre «alturas», sobre casos históricamente excepcionales, es muy peligroso. Son personajes, los que él estudia, que han nacido, o les hace nacer, para una misión individual, inexorable, ineludible. Estudia casos, usando palabras suyas, de quienes han venido al mundo para enamorarse de una sola y determinada mujer. Por fortuna -y son los que no estudia- la mayor parte de los hombres traen un destino amoroso menos diferenciado y pueden realizar su sentimiento en amplias legiones de feminidad homogénea.
     Goethe, Velázquez, Goya... no podían ser más que lo que fueron. Tenían que serlo.
     ¿Y los que, afortunadamente, no somos ni Goethe, ni Velázquez, ni Goya?
     Ortega, pese a su constante teoría de la vocación basada en genios, se ve forzado a reconocer que «Las vocaciones con la mayor frecuencia son vulgares, es decir, que muchos de entre los hombres tienen la vocación de ser vulgo: de ser el médico cualquiera, el pintor cualquiera, el uomo qualunque».
     «No sabemos si estamos destinados a ser río caudaloso o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida...». La frase es hermosa. Pero... hay dudas que ofenden. La mayoría sabemos -tenemos que saber- que hemos de parecernos a la gota de rocío.
     La mayoría nunca inventaremos rutas desconocidas, no tenemos que inventarlas porque ya están inventadas. Tenemos que andarlas. Que no es poco. Andarlas con elegancia, con armonía, con perseverancia y constancia, con ilusión, es mucho.
     Tengo mis reparos ante la moda de la «creatividad», de la «originalidad», tanto en el campo de la enseñanza, de la pintura, de la educación, como en el campo de la vocación.
     Temo por las necesarias «frustraciones» de un gran número de jovencitos y muchachas, víctimas de la ola de educadores creativistas, de educadores de genios... supuestos.
     ¡Lo que estudió Descartes para ser capaz de empezar a dudar! «Miguel Ángel no sólo meditó en forma exhaustiva sobre el arte y los artistas, sino que además trabajó con la laboriosidad y el esmero de un artesano. Precisamente los grandes artistas son estudiosos infatigables tanto es así que casi se puede decir que el genio consiste en aplicación y tesón. Precisamente las obras de arte que nos subyugan dándonos la sensación de ser la cosa más natural, más sencilla y más graciosa del mundo, proceden no sólo del don de la inspiración, sino también de un estudio incesante y fatigoso. Goethe repensó y elaboró una y otra vez sus hermosos poemas. Versos que parecen nacidos sin esfuerzo proceden de reiterada metamorfosis» (Kampmann).
     ¿Cuántos Descartes, Miguel Ángel, Goethe puede haber a nuestro alrededor?, ¿uno por docena, uno por tonelada? ¿Y la vocación de los otros once y de la tonelada menos uno?

Vocación de cocinero de los cristianos

     «Si a nadie se le ha ocurrido nunca llegar a obispo para santificarse y nadie ha hablado de vocación episcopal, ¿qué significado tiene la expresión "vocación sacerdotal"? (Leclercq).
     Ninguna.
     Estamos acostumbrados -mal acostumbrados- a ver el sacerdocio (el presbiterado) como el final de una subida, cuando en realidad más que una subida es una bajada.
     Subimos -con nuestra mala costumbre- de muchachos a seminaristas, de seminaristas a clérigos, de clérigos a... diáconos, de diáconos a presbíteros.
     Pero, dado que «Todo aquí abajo se sostiene por Arriba», mejor sería esforzarse en bajar de Arriba a abajo: de Dios que envía a Jesús (el Apóstol, el Enviado), el cual envía a los apóstoles (enviados), los cuales dejan la antorcha en manos de sus sucesores (los sucesores de los apóstoles, los obispos), que ante las necesidades del pueblo de Dios escogen, llaman, vocan, dan la vocación, a unos bautizados para que sean colaboradores suyos (ministros de segunda clase, cooperadores de los obispos) en partir el Pan de la Palabra y de la Eucaristía.
     Ser sacerdote es un oficio, un servicio, un ministerio, una diaconía, una profesión, una «actividad personal realizada en orden a la comunidad con un fin trascendente».
     Porque había murmuraciones de los Helenistas contra los Hebreos de que en el servicio diario sus viudas eran dejadas a un lado, buscaron siete hombres -siete diáconos- a quienes pusieron a cargo de este servicio, mientras los apóstoles se dedicaban al servicio de la Palabra.
     Ser sacerdote es servir. Se sirve cuando es necesario un servicio. Se sirve no porque guste o deje de gustar sino, porque el Señor, que siendo Dios no vino a ser servido sino a servir, fundó un gremio, un pueblo, una Iglesia de servidores.
     Lutero lo dijo gráficamente: el sacerdote es el cocinero de los cristianos. Los cristianos tienen que alimentarse en su peregrinar hacia la Casa del Padre con el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. Por esto los sacerdotes se lo preparan y se lo sirven.
     No se trata de «la» vocación por antonomasia, la mejor, la más alta, la más sublime. Sino de una de las vocaciones de los cristianos. Tan buena como las otras. Tan necesaria como las otras. Tan humana como las otras. Tan santa como las otras. No más. No menos.

Vocación de señalador del Camino

     Hay un dibujo de Cesc, que refleja con bastante exactitud el oficio del sacerdote. (Un sacerdote ensotanado y con sombrero negro ve una señal que indica el camino hacia la derecha. Se acerca, la agarra y la cuelga de nuevo orienta hacia arriba. Tras lo cual sigue su camino).
     Sería bueno que Cesc «tradujese» gráficamente con otro dibujo el oficio del religioso.
     Creo que bastaría una pequeña modificación: en vez de un hombre que cambia la señal horizontal en vertical, un hombre, una mujer, señalando con su persona, con su vida, el Camino; hecho él señal.
     La vocación del religioso es la de señalador no de caminos sino del Camino; no con palabras, sino con su vida.
     Porque lo específico, lo típico, lo personal de un religioso ciertamente no es curar, ni educar, ni decir misa, ni ser santo.
     Santos tenemos que serlo todos los cristianos. Presidir la Eucaristía es oficio de los sacerdotes. Educan los padres y sus colaboradores delegados. Curan los médicos y las enfermeras. Curar, educar... el religioso puede hacerlo «luego», «de bajada», «por desbordamiento». Pero lo suyo, lo propio es poner nuestro reloj a Tiempo, orientar nuestra brújula hacia el Norte, ser flecha que señale el Camino, hacia Arriba, para que los cristianos que son peregrinos no olviden nunca que sólo Dios basta.
     En mi familia, en mi parroquia, en mi colegio, en mi patria, en el mundo, ¿hay suficientes cocineros de los cristianos y suficientes señaladores del Camino?

Jorge Sans Vila

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Siempre el que se arriesga a amar, se compromete a sufrir, hasta llegar a la frontera en que se toca el todo o nada. Elegir es renunciar. Un «sí» en la vida, trae acollarado una tropilla de «no». Decir «no» a algo, nos deja en libertad para decirle todavía que «sí» a todo lo demás. Mientras que decirle a algo que «sí», nos compromete a decirle que «no» a todo el resto. Contiene muchos más «no» un sí, que no un «no».- Mamerto Menapace.