Siete días de un obispo

La vida de un obispo a lo largo de una semana nunca es igual. Es rica y compleja. Es la experiencia constante de la acción de la gracia en la vida de un hombre, seguro de que “el que te llamó te será fiel”. Lo que narro está marcado por lo que es una convicción y un deseo expresado en mi lema episcopal: “Para mí la vida es Cristo”.

Escudo: Junto a la cruz de Jerusalén, imagen de Cristo, una barca impulsada por una vela en la que está dibujado un crismón, que representa a Cristo. Es la Iglesia, impulsada siempre por Cristo. Debajo: un ánfora con azucenas, símbolo de las catedrales de Guadix y de Almería. Almería, representa la Iglesia en la que nació y creció como sacerdote; Guadix, en la que nació al ministerio episcopal. Azucenas sobre fondo rojo, alusión al carácter martirial de las dos diócesis, tanto en la época de los varones apostólicos como en la época actual. Tres flores de lis, símbolo del apellido Beltrán. Lema: “Para mí la vida es Cristo”.

     

Domingo

     El primer día de la semana, el día del Señor es la gran fiesta de los cristianos. Esa mañana el rezo del oficio divino –el oficio de lecturas y las laudes– convoca a la gran fiesta de la alabanza al Dios que ha exaltado a su Hijo Jesucristo resucitándolo de entre los muertos. La proclamación del Te Deum y el júbilo que expresan los salmos y demás elementos de la liturgia me introducen en el sentido de este día. Es un momento de acción de gracias y alabanza al Señor.
     Después todo está dispuesto para salir a celebrar la Eucaristía en alguna comunidad parroquial, o en la misma Catedral, sede del Obispo.
     Son muchas las horas que el Obispo pasa en el coche; en este tiempo, que parece inexorablemente muerto, es el momento que el Señor nos regala para estar con Él. El coche se convierte en un verdadero oratorio donde meditamos, leemos algún texto, reflexionamos, incluso rezamos el rosario. Hablo en plural porque habitualmente voy acompañado, pero incluso cuando voy solo, he descubierto que tenemos el rosario más natural en los diez dedos de nuestras manos, que presionados sobre el volante nos van ayudando a desgranar cada Ave María. Realmente el coche se convierte en un lugar de oración y de trabajo.
     He de confesar, ya en este primer día, que lo más hermoso en la vida de un Obispo es el contacto y la cercanía con el pueblo que el Señor nos ha encomendado. Siempre he encontrado la acogida sincera de la gente que ven en el Obispo al Pastor que viene a ellos en el nombre del Señor. Muchas veces no imaginamos lo que significa que el Obispo se acerque a alguien y lo salude, o le haga alguna pregunta, incluso le pida una oración. Celebrar la Eucaristía en una parroquia, momento en el que el Obispo les explica la Palabra de Dios que se ha proclamado, les enseña como Sucesor de los apóstoles, comparte con ellos el don de Jesucristo hecho alimento de vida eterna, es un don, una gracia que llena el alma de alegría.
     En la mayoría de las ocasiones, y después de las celebraciones litúrgicas, comparto la comida con la gente, sea con un pequeño grupo, sea con todos, u otras veces con los sacerdotes a solas. Es este el momento de conocer quiénes son, cómo viven, cuáles son sus problemas y sus alegrías. En definitiva, es un momento para entrar en la comunidad y en cada uno de los que la forman.
     Al final de la jornada doy gracias a Dios por todo lo que nos regala cada día, por el don de Jesucristo y de la Iglesia, por el regalo de los hermanos que me confirman en la fe y me invitan a renovar esa entrega de la vida que hice el día de mi ordenación sacerdotal. El cansancio se ve aliviado por el gozo de poder hacer presente a Jesucristo en medio de los hermanos.

 

Lunes

     Cada día sorprendo al amanecer delante del Señor. Es el momento más íntimo, el más jugoso y tierno del día; es el aire fresco que me ayuda a respirar. La oración del Obispo no tiene nada de especial, pero se ve configurada por el ministerio, como ella misma configura el ministerio. Es una oración apostólica.
     El sacerdote ha sido llamado por Cristo para estar con Él; la misión solo toma contenido y sentido desde la unión con el Señor que llama. Además el sacerdote, como el Obispo, es el que reza por su pueblo. Por la memoria y por el corazón van pasando las personas que el Señor ha puesto bajo mi cuidado, tantos que me dicen que rece por ellos; otras veces son situaciones que conozco y por las que sé que he de pedir. Pongo ante el Señor a mis sacerdotes, al Seminario, las vocaciones, a los consagrados, a todos los que formamos la diócesis, sin olvidar a la Iglesia universal presidida por el Papa. Rezar por ellos es un signo de amor; porque los amas, se los encomiendas al Señor.
     Ahora recuerdo lo que me decía un amigo cuando conoció que me habían nombrado obispo: «Cada día necesitarás más el sagrario, él será tu refugio y tu consuelo; dedica mucho tiempo a contarle al Señor tus preocupaciones y tus alegrías». Y es cierto. Cada día necesito más al Señor y experimento que mi ministerio es más rico cuando estoy con Él; esta relación íntima con el Maestro me amplía el horizonte que yo por mi debilidad estrecho.
     Y después, este y todos los días, viene el correr de las horas trabajando, recibiendo, escuchando, leyendo, contestando a las cartas que en cantidad llegan cada día, y un largo etc.

Martes

     Para un Obispo es una verdadera riqueza la cantidad y la variedad de personas con las que te encuentras cada día. Son muchas las visitas que se reciben, personas muy diferentes que te traen temas de lo más variado. Desde la mujer que pide ayuda para el hijo que no tiene trabajo, hasta aquellos que traen el problema del templo de su anejo que se cae, pasando por una asociación de vecinos que pide el apoyo en una justa reivindicación. Sin ir más lejos, hoy he recibido a un responsable de la iglesia de los mormones que me ha traído algunos libros y hemos hablado del diálogo interreligioso.
     El conocimiento de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de nuestra tierra es magnífico, y el enriquecimiento grande. A la vez que vas conociendo vas ganando en humanidad.
     Es también muy importante y necesaria la buena relación con los representantes de la vida pública en general, los políticos, el mundo de la cultura y de la economía, los responsables de los medios de comunicación social. Con ellos, y mucho más en una diócesis pequeña como esta, me encuentro con frecuencia y en un ambiente de gran cordialidad. Hay, en general, buena voluntad de colaboración en todo aquello que sea a favor de los hombres y su dignidad y por el bien de nuestra tierra. Son muchas las ocasiones que tenemos para encontrarnos, lo que crea un clima de buen entendimiento y hasta de familiaridad.
     Las tardes, cuando lo permite la agenda, son el momento para dedicarlo a leer, estudiar, meditar los problemas, escribir cartas, también pastorales. Hay un peligro que nos amenaza a todos, y del que no se libra el Obispo, hacer lo urgente, dejando para después lo importante. También el Obispo tiene muchas urgencias, pero estas no deben sustituir a lo importante. Esto supone que he de reflexionar sobre las realidades y temas que se me proponen, no basta decir algo para salir del paso. Son necesarios tiempos largos para leer y estudiar, estar al día, documentar bien los escritos y las palabras que has de pronunciar, sobre todo, en momentos especiales. Las decisiones no pueden ser precipitadas y mucho menos no pensadas. Las horas de estudio y reflexión no son horas perdidas, todo lo contrario.

Miércoles

     Cada día valoro más los momentos para el silencio; son los momentos más sonoros y más eficaces en la vida del Obispo. Saber callar, saber escuchar es fundamental en el ejercicio de este servicio eclesial. Saber retirarse y apartarse del ruido es un buen medio para ver las cosas de otra manera. Saber callar y no caer en la tentación de querer responder y solucionar todo en un instante es una buena vía. Y escuchar, hacernos expertos en saber escuchar, primero a Dios, después a los demás.

     Esta tarde he visitado el Seminario. Siempre se dijo que el Seminario es “la niña de los ojos del Obispo”, o “el corazón de la diócesis”. Y es verdad. La vida de una comunidad se expresa en las vocaciones que de ella surgen. La vitalidad de una diócesis está en su Seminario. Siempre es un gozo para mí estar en el Seminario, hablar con los seminaristas y sus formadores, conocer el proceso de su formación y las dificultades que tienen, darles una palabra de aliento al tiempo que ejerces tu misión como primer formador de los futuros sacerdotes. El Seminario es la corona de un obispo y por ello una fuente de preocupación. Pero para tener un seminario fuerte hay que trabajar en la pastoral vocacional, poniendo los medios para suscitar las vocaciones. Invito a todos a rezar con frecuencia por las vocaciones –en el evangelio es el mismo Cristo quien nos pide que recemos por este fin–; insisto en que hay que acompañar a aquellos que sienten la llamada. Sería hermoso que recuperáramos una cultura verdaderamente vocacional. El Seminario y las vocaciones están en el corazón del Obispo.

Jueves

     Hoy he estado con los sacerdotes en una reunión de arciprestazgo. Son un grupo de diez sacerdotes, de todas las edades, aunque en su mayoría jóvenes. Hemos rezado juntos, hemos estudiado un tema del tratado de cristología que se está siguiendo en la formación permanente, y hemos dialogado sobre algunos temas de la pastoral más directa. En el encuentro se ve la riqueza de la Iglesia, la riqueza de nuestros presbiterios. Cada uno ha aportado sus conocimientos y su experiencia; con sencillez uno de ellos ha dirigido la oración, otro ha expuesto el tema; en el ambiente se respiraba un clima de verdadera fraternidad. Es un gozo para el Obispo estar con sus sacerdotes. Sin ellos yo no sería nada y el ejercicio del ministerio episcopal casi imposible. Los necesito para cumplir con la misión que el Señor me ha encomendado, son los hermanos con los que he de realizar el camino apasionante de la evangelización.
     Estoy convencido que una de mis tareas más importantes es estar cerca de los sacerdotes, acompañarlos en su tarea nada fácil, llegar a sus soledades y estar con ellos en los momentos más delicados. Y siempre crear e invitar a la ilusión. Mis sacerdotes saben que cuando trabajamos con ilusión y lo hacemos unidos –en comunión–, somos capaces de hacer cosas grandes. No trabajamos para nosotros, trabajamos para el Señor y para su gloria.
     Pero no quiero dibujar aquí, líbreme Dios, un paisaje idílico. También hay dificultades y problemas. Y no siempre los sacerdotes somos cómo debíamos ser, ni nuestra vida responde a nuestra vocación. Por eso siempre es momento para volver al origen y comenzar de nuevo. No podemos conformarnos con lo que somos, ni hacer de nuestra vida una permanente lamentación.
     Aprovechando mi visita al arciprestazgo he estado con las monjas de un monasterio de clausura que hay en la ciudad. Por mucho que las visite no deja de sorprenderme la alegría que transmiten y la capacidad de admiración ante cualquier cosa que les cuentas, o una palabra que les das. Viven una inocencia verdaderamente admirable. Los contemplativos son de pocas palabras, pero su palabra está llena de profundidad, hablan de Dios no por lo que han escuchado sino por la propia experiencia. En esta diócesis hay cuatro monasterios de monjas contemplativas, son nuestros “pararrayos”.
     Al hablar de las monjas contemplativas no quiero olvidar a ese grupo de hombres y mujeres que representan una vida de especial consagración, la vida consagrada, que se manifiesta en la Iglesia en sus formas variadas como variados son sus carismas. Escuelas, residencias de ancianos, casas de acogida y transeúntes, centros de espiritualidad y tantas obras que en esta diócesis están encomendadas a institutos religiosos y seculares y a sociedades de vida apostólica. Para ellos no tengo más que agradecimiento y admiración. Con sus vidas enriquecen a la Iglesia.

Viernes

     Un lugar importante en la vida del Obispo la ocupan los pobres en todos los rostros que la pobreza adquiere en el momento presente.
     He tenido una reunión con los responsables de Cáritas diocesana. Son muchos los proyectos y las acciones que la Iglesia realiza entre los pobres. La extensión de la pobreza en esta época de crisis viene a tocar a la puerta de nuestra caridad, y no podemos hacer oídos sordos a estos hermanos nuestros. Intentamos buscar salida a tantas situaciones de pobreza y marginación. La fe se hace creíble por el testimonio de la caridad. Cada parroquia y comunidad tiene que sentir la llamada del amor para ofrecerse a los demás, en especial a los más pobres. Cáritas no debe ser la organización en la que delegamos la caridad, es la Iglesia la que vive y ofrece la caridad, Cáritas somos todos.
     Esa caridad que acoge y cuida a los más pobres. Me gusta ir a las residencias de ancianos y hablar con ellos, decirles que Dios los quiere, y aunque todos los abandonen, Dios no los deja de su mano.
     En una de nuestras residencias, hay una mujer ciega y que le han amputado las dos piernas a consecuencia de una diabetes severa que se la va comiendo. Un día le regalé un rosario, se ha convertido en una gran joya para ella, cada día lo reza y lo hace por el Obispo –no puedo tener mejor recomendación en el cielo–; cuando voy a verla,  ha preparado una canción que ella misma ha compuesto e interpreta para mí. Me siento el hombre más afortunado del mundo teniendo tan grandes amigos.
     Esta tarde he ido a confirmar al Colegio de la Esperanza, es un colegio de disminuidos psíquicos y sensoriales; forma parte de un gran complejo de cinco colegios donde atienden a todas estas personas según su estado y su edad, incluido un taller de trabajo. Eran 20 los que se han confirmado, y he de confesar que he visto a pocos tan bien preparados como ellos y con una participación tan activa en la celebración. Les he dicho que son los más queridos para el Señor, que Dios los quiere mucho. Entre ellos se está feliz, son cariñosos y acogedores, unas esponjas para las cosas de Dios. Después he compartido con ellos una merienda, ¡bueno, lo que me han dejado!, pues todos querían estar conmigo. Me gusta que cuando me ven por la calle me abrazan, y saben perfectamente que soy el Obispo y cuál es mi misión.
     Cuando vuelvo a casa y pienso lo agraciado que soy por el Señor no tengo por menos que darle gracias y hablarle de todos estos hermanos míos, especialmente los más pequeños.
     Pero no quiero terminar el día sin hacer referencia al necesario y diario examen de conciencia. En la última oración del día –las Completas–, comenzamos con un examen de conciencia, en el que recorremos el día para reconocer todo lo que no hemos hecho bien o el bien que hemos dejado de hacer. Este momento es muy importante. Sé que soy pecador y que no respondo suficientemente a la gracia que he recibido. Cada día tengo que pedir perdón por no ser el Obispo que Dios quiere, por no ser el pastor según el corazón de Cristo que necesita mi gente. Cada noche, antes de descansar, miro y me encomiendo a la misericordia de Dios, y siempre le pido: “No permitas que sea un escándalo para tu pueblo”, “haz tú lo que yo no he podido o no he sabido hacer; y si lo he hecho mal, arréglalo tú”.


Sábado

     Hoy tengo un encuentro con los laicos. Son la gran fuerza de la Iglesia, aunque todavía, en buena medida, dormida. Los laicos tienen una misión en la Iglesia y en el mundo que es insustituible, y que los sacerdotes no debemos olvidar ni realizar al margen de ellos.
     Hoy los laicos dedicados a las tareas de apostolado tienen un gran merito, pues todo les invita a no comprometerse a nada. Pero tenemos laicos, y afortunadamente muy buenos. Los invito a tomar conciencia de su identidad y a formar parte en movimientos y asociaciones laicales.
     Quisiera invitarlos a transformar la realidad, según el espíritu del Evangelio, llevándolo a todos los ámbitos de la vida pública. Pero para esto han de adornarse de una espiritualidad recia.
     El mundo de la familia es una preocupación y una ocupación en mi ministerio como Obispo. Estoy procurando hacer crecer en la diócesis movimientos de espiritualidad matrimonial como los Equipos de Nuestra Señora o el Movimiento Familiar Cristiano. La familia, también pastoralmente, tiene un poder multiplicador. Todo lo que trabajamos con y a favor de la familia llega a ancianos, adultos, jóvenes y niños, en definitiva, a todos.
     Y la tarde para los jóvenes. He encontrado una gran acogida en el acercamiento a los jóvenes. Hemos de escucharlos y secundar muchas de sus iniciativas. Siempre he creído en el slogan: “los jóvenes, evangelizadores de los jóvenes”. Y estoy convencido que el Obispo tiene que estar cerca, para hablarles de Jesucristo, enseñarles a rezar y proponerles modelos de vida basados en el Evangelio, pero lo cierto es que no sé bien cómo hacerlo. Estos días pasados hemos tenido en la diócesis la cruz de la JMJ y el icono de María, ha sido una maravilla, una experiencia de gracia, y lo han preparado ellos, los jóvenes. Me pregunto si no tendré algún prejuicio que he de superar para acercarme a estos jóvenes, que por otra parte es mi gran deseo.
     Al final de la semana tengo la impresión de que no he descrito la vida de un Obispo, y es que la vida siempre es mucho más. La mía es rica y variada, sorprendente siempre. No hay día igual, ni semana igual. El Espíritu de Dios todo lo hace nuevo, también en mi vida cada día.
     Pero no puedo, ni quiero terminar, sin hablar de una presencia muy especial en mi vida, me refiero a la Virgen María. La Madre, mi Madre forma parte de mi quehacer; a ella me dirijo cada momento del día, para depositar mis preocupaciones; con ella comparto mis alegrías y mis esperanzas. Es la fuente de mi consuelo. María es la Madre de los sacerdotes, en sus brazos nos refugiamos porque sabemos que con ella nada malo nos puede pasar. Me gusta repetirle con las palabras de la Salve: “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

† Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

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La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI