10 días de un misionero

 

 

Escribí a Carlos Comendador diciéndole que “ya toca” otro texto para una nueva hoja vocacional, que podría titularse: 7 días de un misionero, igual que la de 2005, la primera (425). Sería la número 474.
[Pueden verse las diez anteriores: 425.427.428.434.441.446.451.455.460.467 en http://www.pastoral-vocacional.org/ ]
Y como felicitación de san Jorge acaba de enviarme para el mes de mayo siete + tres días, de propina. Alleluia, alleluia, alleluia.
Carlos matiza el título: «Lo de "misionero" puede tener unas connotaciones muy determinadas. La gente igual se imagina todavía la selva y el misionero con sotana blanca. La misión ha cambiado mucho. En una gran ciudad, como es Lubumbashi, que roza el millón y medio de habitantes, yo me veo más bien como un "misionero urbano"».

JSV

     

Domingo

     En mis doce años de sacerdocio es la primera vez que hago este gesto. Por eso lo he querido hacer con todo mi corazón, y no como un mero formalismo.
     Hoy la diócesis de Lubumbashi ha vivido un día grande. Hemos acogido al nuevo Arzobispo por todo lo alto, como sólo lo sabe hacer el pueblo africano. Se sabe de antemano que estas misas duran lo suyo. Yo calculé que sería de cinco horas, pero ya íbamos camino de la sexta (momento de los discursos) cuando la lluvia que amenazaba obligó a dejar de lado el protocolo, dar la bendición final y buscar refugio antes de empaparse.
     Pero como siempre, estas largas misas dan para pensar. ¿Qué sentido tenía para mí hacer el “acto de obediencia” al nuevo pastor de la diócesis? Desde hace varios días semejante gesto ha sido objeto de chistes y comentarios entre los sacerdotes, sobre todo con alguno que tiene fama de rebelde y poco dócil. ¿Se quedará en una formalidad? ¿En un teatro? Yo pensaba en silencio.
     Este gesto lo he querido hacer con pleno sentido, sobre todo porque era la primera vez que lo hacía. Lo he hecho como sacerdote operario diocesano, subrayando aquí el aspecto de diocesano. Como se nos dice tantas veces, los operarios tenemos una doble incardinación: efectiva (con la diócesis de origen) y afectiva (con la diócesis donde se trabaja). El valor de la diocesaneidad ha quedado resaltado con la nueva forma jurídica.
     Cogiendo la mano del obispo y besando su anillo, he querido expresar mi “sí” a esta Iglesia-Familia de Dios en Lubumbashi. Sí, quiero trabajar por ella y para ella. Sí, quiero estar disponible para lo que el obispo quiera (aunque no sé si me pedirá algo en particular). Sí, quiero darme totalmente a este pueblo que tanto sufre. Ha sido un gesto para expresar mi “incardinación afectiva”. Dar mi afecto a esta Iglesia, a veces tan llena de contradicciones y signos que nos desilusionan y que incluso nos escandalizan, es dar mi amor, mi corazón, mis energías y mi tiempo. En cierto modo es un desposorio, una alianza, que me exige siempre un más o un mayor, como tantas veces dice san Ignacio, y que me impide estancarme, dormirme o conformarme.
     También he querido hacer este acto de obediencia como sacerdote. Vino a mi mente una anécdota que cuenta Guy Gilbert. Un día en el que besó la mano del obispo que le esperaba antes de dar una conferencia, éste le recriminó diciéndole que eso ya no se hacía, que estaba pasado de moda. Pero él le respondió: “Padre, quiero decirte con ello cómo el obispo que me ungió las manos hace veintinueve años, me ha hecho más feliz de lo que nunca podría imaginar”.  Al coger la mano del obispo hoy he besando su anillo, cosa que no recuerdo haber hecho antes. Lo he besado suavemente pero con todas las ganas, queriendo besar las manos del obispo que me hizo sacerdote, las manos de la Iglesia. Y sí, hoy me he dado cuenta de que a pesar de mis buenos y malos días, de mis mediocridades y tibiezas, también yo puedo decir que soy feliz. Sereno y feliz. (30.1)

 

Martes

     Algunas veces recibo un mensaje en el teléfono: “Tienes cartas”. La bolsa de la Embajada ha llegado con algo para mí y hay que pasar por la casa de Ekumene a recogerlo.
     Pero lo cierto es que cartas, lo que se dice “cartas”, ya casi no recibo porque ahora  intercambiamos prácticamente todas las noticias por email, que es más rápido y universal.
     Lo que recibo en estos sobres son regalos. Regalos que vienen de la familia y de los amigos. Y por eso suelen ser sobres de los grandes. A veces se trata de una revista, una película, un libro, unas fotos, unos calendarios… Algunos los espero desde hace semanas porque antes me han avisado. Y en ocasiones las semanas se hacen eternas. Es entonces cuando yo pregunto si hay cartas. Otros vienen por sorpresa y por ello son inesperados. Pero todos son gestos de cercanía, de amistad y de cariño que a uno le hacen mucho bien cuando se reciben. Tienen la fuerza de cambiar la cara al día, incluso a la semana. Rompen la monotonía y tienen un poder energético. Los considero regalos porque nunca se merecen.
      Hoy ha sido uno de esos buenos días en los que he recibido el mensaje: “Tienes cartas”. (1.2)

 

Miércoles

     La muerte siempre impresiona, siempre; sobre todo cuando llama sin avisar, que es la mayoría de las veces. La hermana Véronique se preparaba para irse de vacaciones a su tierra, Brasil. Pero esta misma mañana antes de ir al aeropuerto se fue finalmente a hacer el Gran Viaje; ese que es como un premio que siempre toca aunque no sabemos cuándo, pero premio al fin y al cabo.
     Tuve la suerte de celebrar ayer la Eucaristía en su comunidad. Era domingo. Entre las intenciones de la misa había una por su viaje. Se iba de vacaciones. Eso creían todos porque a mí me dijo en la sacristía que probablemente no volvería. A sus 79 años le habían sugerido que se quedase en su tierra, aunque parece que en su comunidad no había dicho nada. Dicen que ayer se limitó simplemente a preparar una comida especial, incluso con un pequeño regalo encima del plato para cada una de las hermanas. Por la tarde también llamó a muchos amigos para despedirse. Sabía lo que hacía.
     Conocí a la hermana Véronique por primera vez hace unos tres meses. En la misa que hoy hemos celebrado en la comunidad he ido pasando, como si fuera una película, los momentos que había compartido con ella. Pocos, pero con huella. Dos detalles me sirven para “definir” (da miedo este verbo cuando se aplica a una persona) a la hermana Véronique. Uno: un día que pasé por la comunidad para hablar con una novicia a la que acompaño, me obligó a sentarme en el  comedor y tomar un trozo de tarta porque era su cumpleaños. La tarta era reflejo de su corazón. Dulce.
     Otro detalle: a mediados de la semana pasada, nos encontramos fuera de la librería San Pablo. Me llamó y se tomó todo su tiempo para explicarme la decoración que había preparado en el escaparate con motivo de la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Todo tenía un sentido.
     He dado gracias a Dios por tanto bien que él ha hecho a través de la hermana Véronique: toda una vida consagrada a África en la familia del beato Alberione. Por su delicadeza, el gusto por los pequeños detalles, el don de la acogida, su sonrisa sincera y dulce… y por la tarta. Sí, también le di gracias a Dios por aquella tarta… (9.2)

 

Viernes

     Confieso que desde hace un par de días estoy enfadado, molesto y decepcionado. Y como me conozco, sé que la cosa va a durar algunos días más. Me va a costar perdonarles. Y es que lo de los robos nunca lo he entendido. Nunca. Pero que se robe además en un seminario, que se roben los seminaristas unos a otros, lo entiendo mucho menos. Y si encima lo hacen dos veces en una semana, la semana en la que precisamente estamos reflexionando sobre el amor fraterno a la luz de San Francisco de Sales, que es el patrón del seminario, la situación roza lo esperpéntico.
     Dios no me ha dado dotes de policía o de detective para encontrar al culpable. Además esto le corresponde al rector. Pero yo me siento mal, frustrado e inútil. ¿De qué sirve lo que les decimos en las homilías? ¿En qué quedan las charlas de formación? ¿Para qué los encuentros de acompañamiento? ¿Sirven para algo los carteles con mensajes que ponemos para ambientar?
     Dicen que para trabajar con adolescentes hace falta mucho amor, perdón y esperanza. Son los tres ingredientes imprescindibles. Yo creo que hoy suspendo en los tres, pero con suspenso de “cero patatero”. Quizá porque no sé aceptarles con sus defectos (y pecados). Quizá porque me gustaría que fueran perfectos, casi sacerdotes en miniatura. Quizá porque olvido fácilmente que son pequeñas plantas que aún están en crecimiento. Es lo mismo: suspenso de todas formas y sin derecho a reclamación.
     Cuando uno está cabreado… ya lo dijo Mosén Sol: ¡a la capilla! Por eso sólo me queda presentar al Señor estos seminaristas, los nuestros; para que Él haga lo que nosotros no hemos sabido hacer. Y el enfado se pasará. Seguro. (11.2)

Domingo

     Después de los exámenes de fin de semestre en la escuela han dado a los chicos unos días de vacaciones. Nosotros también aprovechamos para enviar a los seminaristas a sus casas y descansar un poco… o al menos, cambiar de actividades. Pero a pesar de estas buenas intenciones hoy me siento cansado, aunque también satisfecho. Han sido unos días muy variados. Repasemos.
     El viernes, convivencia de monaguillos del decanato Centre Ville. Han venido unos 75 pero había parroquias sin representantes. El tema era “El monaguillo, luz para los jóvenes”. Después de la Eucaristía y la comida pique-nique, hemos organizado un concurso de preguntas y respuestas. La competitividad era de la buena y se lo han pasado bien.
     El sábado, encuentro con las alumnas finalistas (que terminan este año la escuela secundaria) del centro Twendelee de las hermanas salesianas. Como es un día de vacaciones van llegando a cuentagotas. Comenzamos con 20 y terminamos con 80. El tema es “Orientación a la vida”. Reflexionamos con ellas sobre los valores que hacen posible una nueva sociedad y un nuevo hombre; sobre los criterios para elegir una carrera universitaria y finalmente tocamos el tema de la vocación y sus diversas respuestas en la Iglesia. Las chicas se han ido contentas y también las dos religiosas que nos acompañan como animadoras.
     El domingo, retiro con unas amigas de un instituto de seglares consagradas. Son cuatro, algunas entradas en edad de respeto. Me decidí a hacer una lectio divina sobre el evangelio del día. No hay mejor cosa que dejar hablar al Señor directamente, sin muchos adornos por mi parte. Siempre funciona.
     Las actividades y los destinatarios son tan variados como una ensalada de frutas. Pero es muy digestivo. En mi cansancio de esta noche doy gracias a Dios por estos sencillos servicios, y por todos y cada uno de los que han participado. A ellos me he dado con ilusión y también con mis limitaciones, que siempre me acompañan. ¿Volveremos a cruzarnos en nuestras vidas? Puede ser, unos tienen más posibilidades que otros. Pero a todos les deseo que el Señor les acompañe y les bendiga.
     Los seminaristas ya están de regreso y yo me pregunto qué ha pasado con estos días que se suponía que eran de vacaciones y de descanso. (20.2)

 

Lunes

     Tengo que confesar que a veces tengo ciertas crisis de escrúpulos, escrúpulos de no saber a ciencia cierta si el trabajo que hago es lo más importante y urgente. Se ven tantas miserias en este mundo globalizado y en este Congo tan deshumanizado, que uno llega a preguntarse si el trabajo por las vocaciones es lo que realmente necesita la gente.
     Hablando en general, se podrían escuchar todo tipo de argumentos, a favor y en contra. Pero cuando uno se sienta tranquilamente para escuchar la historia del paso de Dios por la vida de alguien que te hace confianza, te sientes metido en un torbellino que te supera.
     Ese servicio de acompañamiento es muy frágil y me exige mucha responsabilidad. Para mí es como trabajar con unas preciosas piezas de porcelana. Son frágiles hasta tal punto de llegar a tener miedo de romperlas con la mirada. Son valiosas.
     La gran tentación que siento en mí es creerme propietario de esa pieza. Con el paso del tiempo llegas a conocerla profundamente. Puedes creer que es obra de tus manos, que eres tú quien hace maravillas. Grave error. Ya le estamos robando a Dios el lugar que le corresponde.
     Como antídoto contra mi escrúpulo, pienso que sí, que no hay nada más importante que ayudar a una persona a saber responder a la llamada de Dios en su vida. Responder no de cualquier manera, sino con alegría, con libertad, con decisión. Y responder así en un contexto de miseria, de injusticia y de inhumanidad. Es un servicio importante porque es delicado, muy delicado. Porque si uno lo hace mal o con cierta negligencia puede estropear la vida de una persona. La porcelana se puede romper o salir con defecto y ya sabemos que más tarde será difícil arreglarlo.
     Ante semejante tarea, lo único que le pido a Dios es que no sea yo un obstáculo a su gracia, que no estropee la belleza que él ha creado. Y si lo consigo con la ayuda de su Espíritu, ya es bastante. (28.2)

 

Martes

     Mi amigo Arturo vale mucho, tanto como las caricias del sol en invierno. Le han descubierto un tumor en la próstata, pero eso no le ha impedido hacernos una visita rápida de tres semanas. Estas visitas que nos rompen la monotonía del día a día se agradecen mucho. Según la tradición, el huésped es siempre una bendición.
     Pero el día en el que el huésped se va llega inexorablemente. Es el momento de decir adiós, los rituales del aeropuerto, las maletas, los pasaportes… Entre tanto, Arturo nos ha dicho que dentro de un par de días irá otra vez al médico para ver qué le dice. Nos pide que recemos, cosa que haré religiosamente, como no puede ser de otra manera.
     Estos últimos momentos antes de subir al avión se hacen densos, casi sagrados. A su edad y con el cuadro médico que nos presenta esta despedida tiene otra dimensión. Este “hasta luego” ¿qué significa? ¿Dónde será el próximo encuentro?
     En estas cosas trascendentales estaba yo meditando cuando Arturo, el “pastelero de Dios”, abrió su mochila de mano y me dio unos cuadernos viejos:
     —Esto yo ya no lo necesito para nada, me dijo.
     Se trata de los cuadernos en los que había escrito las recetas de pasteles cuando hizo un curso antes de abrir su pastelería. La caligrafía, de museo. Me gusta. Acepté los libros con veneración porque me emocionó ser el depositario de semejante herencia.
     —Los guardaré como  si se tratara de una reliquia, le dije.
     —¡Qué exagerado que eres!, fue su respuesta, con la que evidentemente yo no estoy de acuerdo.
     Sin embargo ahora tengo un problema. No vale con quedarse con los cuadernos y dejarles coger polvo en la estantería. Tendré que ponerme algún día a hacer pasteles. Entonces los haré en honor a nuestro amigo Arturo porque se lo merece. (8.3)

 

Lunes

     Me llamó mi madre para decírmelo. No podía ser de otra manera. Ha fallecido Don Juan. Llevaba varios días enfermo.
     La relación que tengo con Don Juan es muy particular. Durante varios años fuimos vecinos. Incluso siendo Obispo de Guadix, siempre volvía a su casa de vacaciones. Sin embargo, nuestros encuentros han sido muy puntuales. No hemos hablado mucho. Tampoco hemos tenido una correspondencia. A decir verdad ignoro lo que piensa en cualquier dominio. Pero a pesar de todo eso, siempre he querido a Don Juan.
     ¿Por qué le quiero si casi no hay indicios de lo que llamaríamos una amistad? Simple: porque me ordenó sacerdote. Después de aquel día, no hemos tenido muchas ocasiones para volvernos a ver. Mi vida ha llevado otros derroteros. Pero nunca, nunca podré olvidarle. Es mi obispo porque me dio mi ser. (14.3)

 

Miércoles

     Hacía tiempo que quería ver el documental La última cima. Había seguido por internet los ecos y las reacciones que había suscitado y me había picado la curiosidad: a la gente le gustaba esta película porque hablaba bien de un cura bueno, de alguien que hizo de lo cotidiano algo épico.
     Tengo que reconocer que esto de estar lejos, muy lejos, de las salas de cine es algo que no se lleva bien del todo. Uno se tiene que hacer a la idea de intentar ver algunas buenas películas cuando toque el período de vacaciones. Pero en este caso, un día llegó en un sobre el DVD gracias a un amigo que bien me quiere y me lo había prometido. Me puse a verla pensando sobre todo en hacer un comentario vocacional, porque hablar de la vocación en el cine es otra de mis pasiones, aunque a veces no tengo ni el tiempo ni los medios para hacerlo tanto como me gustaría.
     Gracias a esta película he podido conocer algo del sacerdote Pablo Domínguez cuya semblanza se nos presenta como modelo. Pero también he podido conocer algo del director, Juan Manuel Cotelo. Después de haber investigado sobre él tengo que reconocer que me ha fascinado tanto como el protagonista de su documental. Me ha fascinado hasta tal punto que si pudiera haría una película sobre él. Pero ya he dicho que no tengo ni tiempo, ni medios, ni tampoco conocimientos. La verdad es que me ha cautivado su pasión por querer homenajear a tantos sacerdotes anónimos que pasan por la vida haciendo el bien discretamente. Es un laico que ha decidido dar la cara por su Iglesia, y lo hace con pasión y con un lenguaje actual y comprensible para el hombre de hoy.
     Es curioso escucharle en las diversas entrevistas que ha concedido. El éxito de la película es para él pura gracia de Dios. Y no desaprovecha la ocasión para invitar a vivir una santidad cotidiana. Por eso me reafirmo en lo dicho, Juan Manuel Cotelo es personaje de película. (30.3)

 

Sábado

     Dicen que unos de los rasgos propios del ser humano es el humor y  la capacidad de reír. Incluso los niños pequeños, los bebés, se ríen. No se puede decir lo mismo de los animales. Dios me ha dado cierto sentido del humor, algo que es de agradecer. Pero el humor es algo complicado porque es también una forma de diálogo, muchas veces en clave, por lo que a todo el mundo no le hacen gracia  las mismas cosas. El humor tiene sus colores.
     Para los que hemos salido de nuestro país, nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestro lenguaje para intentar conocer, amar y encarnarse en otro país, otra cultura, con otras costumbres y otro lenguaje, la comunicación resulta al principio un gran problema, una noche oscura por la que hay que pasar obligatoriamente.
     Unas de las situaciones más frustrantes que uno experimenta es cuando quieres contar un chiste, una anécdota o una gracia, y no puedes hacerlo. Te faltan palabras, giros idiomáticos, contexto… Y al final te guardas el chiste para ti mismo, aunque te quede con un sabor amargo, porque el humor, por naturaleza, es un bien que se comparte.
     Por eso, me siento especialmente contento cuando puedo hacer reír a los demás, con alguna ocurrencia, en una lengua que no es la mía.  Es como si la risa fuera un lenguaje común que nos acerca, nos hermana, que nos hace superar barreras de todo tipo. En todas las culturas la gente se ríe. Por eso para mí verles reír “por mi culpa” es sentirme uno de ellos, sentirme acogido y aceptado. No me queda más remedio que reconocerlo: necesito que se rían. (9.4)

 

474
¿Por qué estoy aquí en la Misión? Sólo Él lo sabe. Pero siempre me acuerdo de aquella frase tan especial para mí: «La vocación es como un itinerario con señales de pista. Cada señal lleva a la señal siguiente, sin saber el término definitivo. Más que un conocimiento del futuro es una correspondencia amorosa». Recuerdo que cuando estaba en el Seminario Menor de Toledo me sentía atraído por los misioneros. Con razonamiento infantil pensaba que eso de ir a tierras lejanas debía de ser algo muy difícil, complicado y heroico. Ahora veo mi itinerario y veo las pistas que me han traído aquí, unas pistas puestas por Dios, como si fuera un juego de rastreo de esos que hacía en los campamentos. No creo que haya sido difícil.- Carlos Comendador