El futuro está en manos de Dios

 

     Varias veces he pedido a sacerdotes, incluso a obispos, que contaran «7 días de su vida». [En la hoja vocacional 457 se pueden leer siete y siete días del obispo de La Seu d'Urgell, Mons. Joan Martí Alanis]. Ver qué hacen, qué sueñan, qué esperan, es una manera de entender para qué sirven los sacerdotes. Cuando el domingo 23 de enero leí la entrevista de Andrés Cárdenas al obispo de Guadix, Mons. Ginés Ramón García Beltrán, publicada en Ideal, hice propósito de pedirle «7 días». Mientras llegan, transcribo la entrevista.

Jorge Sans Vila

     La tarde en Guadix tiene un relieve dorado. Los últimos rayos de sol dan en la fachada de la catedral y reverberan el esplendor de su piedra. En la calle hace frío pero en el Palacio Obispal nos reciben con calor humano. Allí el mobiliario es noble y añejo, del que ha pasado con dignidad el examen de los años. Sin duda, el que desentona con el vetusto ambiente de las instalaciones es el obispo, que sale a nuestro encuentro con una jovialidad a prueba de cualquier polilla en el alma. Su despacho mantiene una austeridad estudiada y solo el ordenador encima de una arcaica mesa da al recinto ese toque de modernidad que, si faltara, tampoco se le echaría de menos.
     Cultiva el obispo la cordialidad y se predispone con docilidad a las extravagancias del fotógrafo, que quiere separarlo del calor de la estufa para hacerle una foto en la puerta del templo catedralicio. En el camino al pórtico le confieso que no sé cómo tratarlo, como 'ilustrísima', como 'monseñor' o como 'usted'. Incluso le propongo el tuteo ya que, le informo, es la primera entrevista que hago a un obispo más joven que yo. «Puede tratarme como quiera», me anima. Y por ese camino, por el de la cercanía y la confianza, arrancamos.

     —¿Sabe?, al intentar informarme sobre usted puse en el Google 'Ginés García' y me salió un actor.

     —Sí. Lo conozco. Es de Puerto Lumbreras, muy cerca de Huércal-Overa, el pueblo en el que me crié.

     —¿Qué hace un obispo tan joven como usted en una diócesis tan pequeña como esta?

     —En primer lugar mi misión es traer el Evangelio y vivir la fe con los habitantes de esta zona. Y luego hacerles ver que esta diócesis tiene muchas posibilidades y no pensar que somos los más pequeños y los más pobres. Sí es verdad que puede haber una pobreza material, pero hay una riqueza personal y espiritual enorme. Conforme más conozco esta diócesis, más convencido estoy de ello y más posibilidades de futuro encuentro. A veces me veo diciéndoles que ya está bien de ese mensaje de que somos los más pobres. Yo les digo que nada de eso, que aquí hay una naturaleza y una espiritualidad exquisita y que lo que hay hacer es saber venderse.

     —Estamos en una época tan globalizada que hasta los bancos reducen oficinas para que la cosa funcione más rentablemente. Si el Vaticano decidiera reducir diócesis me imagino que la de Guadix-Baza sería de las primeras en ser eliminada.

     —Las diócesis no se eliminan, se pueden unir a otras. Pero no es el caso de Guadix, ni lo será. Entre otras cosas porque esta diócesis hace la doce en el territorio nacional, o sea, que hay once que son más pequeñas que esta. Mire, incluso cuando se había publicado en los periódicos y las páginas digitales que la diócesis de Guadix iba a desaparecer, yo ya tenía noticias de la Nunciatura que iba a ser destinado aquí. Lo que se dice es una cosa y la realidad otra.

     —Lleva usted prácticamente un año al frente de la diócesis. ¿Se atrevería a hacer un balance?

     —Si hay una palabra que define lo que he hecho en este año esa palabra es 'conocimiento'. Me he dedicado a conocer esta tierra y a sus habitantes. A mirar mucho. Ya he hablado con los ochenta y tantos sacerdotes que hay en la diócesis y he hecho muchos kilómetros por los pueblos de la zona visitando centros y comunidades.

     —¿Y qué ha encontrado?

     —Pues una Iglesia muy rica en historia y patrimonio pero, sobre todo, muy rica en vida. Hay aquí un pueblo cristiano con unas vivencias religiosas muy profundas. Pero también me he dado cuenta de que queda mucho por hacer y de que hay que construir un presente mirando hacia el futuro.

     —Me imagino que lo dice porque sabe que está en una de las zonas más deprimidas de España y donde las necesidades son muchas. Aquí tiene usted tarea.

     —Sí. Hace poco me preguntaron para una encuesta qué pedía al 2011 y una cosa que dije fue que quería una mayor atención por parte de las instituciones a esta tierra tan necesitada. En esos viajes a pueblos me he encontrado con carreteras infames y con unas estructuras muy deficientes. Hace poco fui a Alicún de Ortega y tuvimos que dar un rodeo porque una de las carreteras estaba cortada. Dios mío, pensé, ¿qué pasaría si una de estas personas necesitara atención sanitaria urgente? También cuando fui a Alamedilla comprobé la deficiente carretera que hay. Lo paso mal, aunque luego, cuando llego, encuentro mi recompensa. Para este obispo lo más gozoso no es estar aquí dentro, en este despacho, sino encontrarme con la gente. Me encanta estar con ellos y compartir sus vivencias.

     —Ayer mismo vi una película que se llama 'Tapas' en la que una anciana, cuyo papel interpreta María Galiana, va a buscar ayuda espiritual a la Iglesia porque su marido está enfermo de cáncer. La respuesta que recibe del cura es que tiene que rezar. Luego le da una estampa de Santa Gema. Cuando la anciana sale de la sacristía lo primero que hay hacer es tirar la estampa a una papelera porque cree que rezar no es la única solución a su problema.

     —A esa mujer no hay sólo que darle una estampa, hay que acompañarla. Hay que estar con la gente cuando sufre. Por mi experiencia en parroquias sé que cuando compartes con una familia momentos difíciles o alegres, ya quedas vinculado a ella para siempre. Hace unos meses me enteré de que había muerto una persona en una cueva que se derrumbó. Lo primero que hice fue ir hasta allí. Por supuesto que no pude hacer nada, sólo acompañar a aquellas personas que habían perdido a un ser querido. De todas maneras esta diócesis tiene un potencial muy grande en cuanto a lo social y lo caritativo. Además de Cáritas, funcionan muy bien el centro de transeúntes, nuestras residencias de ancianos, los comedores. Hay muchas obras sociales cuyas actuaciones me llenan de orgullo. Solo así, de esa forma, la fe se hace creíble. Amar a los demás y al prójimo, sobre todo al más pobre, debe ser nuestro objetivo fundamental.

     —¿Qué pasa por su cabeza cuando oye o lee una noticia de un caso de pederastia en el que hay implicada una persona de la Iglesia?

     —Me llena de tristeza y me da un dolor todavía más grande pensar que se puede utilizar nuestro ministerio para crear el mal. Cuando oigo uno de esos casos de los que usted me habla, siento una rabia contenida. No hago nada más que preguntarme cómo es posible que pase esto.

     —La credibilidad de la Iglesia se ha resentido mucho con estos casos.

     —Claro, y no sólo eso, sino que muchas veces tenemos que tener cuidado a la hora de expresar nuestro afecto a los niños, a los que ves crecer y no puedes ni siquiera tocarlos por esa mala imagen que se ha creado de nosotros. Por eso creo que no tenemos que cansarnos nunca de condenar estos casos. Quien es capaz de hacer eso no tiene sitio en la Iglesia. Hay que cortarlo de raíz.

     —¿Y cómo se puede hacer eso?

     —Pues seleccionando mucho a los candidatos al sacerdocio y formándolos en una afectividad equilibrada. Hay que formarlos en la espiritualidad y el que no se sienta capacitado para ello, pues que se vaya.

     —A lo mejor en la desaparición del celibato y el permitir que los curas se casaran estaría la solución.

     —No creo. Mire, la mayor parte de los casos de estos abusos a niños se dan entre las mismas familias. La causa es un desequilibrio afectivo muy grande y también puede ser un vicio. Estamos tan saturados de sexualidad que sale por todos sitios. De acuerdo, la sexualidad es importante, pero no lo es todo en esta vida.

     —Ahora no hay un tipo de familia sino muchos.. Padres separados, parejas de homosexuales con hijos... Me imagino que todo eso dificulta una labor pastoral.

     —Sí. Han surgido nuevas dificultades pero no tanto por la pluralidad de las familias sino por las rupturas familiares y lo que ello conlleva. Hay muchos niños cuyos padres no se llevan bien y a ellos, por ejemplo, es muy difícil hablarles de Dios como Padre cuando tienen muy mal concepto del suyo. También hay muchas familias que han delegado la educación de sus hijos en terceras personas. El otro día una catequista me explicó que en una sesión con niños preguntó a quién querían más y hubo uno que dijo que a su tata. ¿Pero no quieres a tu padre y a tu madre?, le preguntó la catequista. Sí, también, pero a quien quiero más es a mi tata, dijo el niño. Y es que sus padres, ambos con trabajos independientes que le ocupaban mucho tiempo, apenas se dedicaban a su hijo. De todas maneras se habla mucho de familias en crisis, pero también las hay muy asentadas y con muchos años de matrimonio que son verdaderos padres para con sus hijos.

     —Sé lo que me va a contestar, pero no tengo más remedio que preguntarle cómo son sus relaciones con el arzobispo de Granada. Lo digo más que nada porque no todos los sacerdotes de Granada están de acuerdo con la actuación de monseñor Martínez.

     —Mis relaciones con él son muy buenas, de verdad. De vez en cuando nos juntamos y charlamos en fraternidad sobre asuntos de la Iglesia. También he encontrado un ambiente muy bonito en la reunión de los Obispos del Sur. De todas maneras hacer hoy una labor pastoral es más difícil porque todo el mundo te juzga. Antes lo que decía el obispo nunca era cuestionado, pero ahora hay personas a las que les gusta lo que haces y a otras que no. Es muy bonito decir eso de que eres un obispo cercano, pero también es complicado. En esta diócesis hay ochenta sacerdotes y a veces resulta difícil hacer una labor que contente a todos. Pero bueno, eso es algo que va en el sueldo.

     —¿Cuál es el sueldo de un obispo?

     —Yo gano 1.200 euros.

     —Casi como un mileurista. Estaba convencido de que ganaban más.

     —Bueno, hay familias que viven con mucho menos. Además, yo no pago ni luz ni agua ni vivienda. De todas maneras no estamos aquí para ganar dinero y lo bonito de todo esto es que cuando te jubilas no te has hecho rico. Eso demuestra que a la Iglesia se le sirve por otros motivos que no es el dinero.

     —Pero debe tener algunas otras compensaciones.

     —Claro, pero sobre todo el recibir el afecto de la gente. He quedado impresionado por la despedida que me hicieron en Almería y el recibimiento y ordenación aquí en Guadix. A mí me gusta decir que esta diócesis tiene medidas humanas y ya me lo ha demostrado con creces.

     —Una asignatura pendiente para la Iglesia es la juventud.

     —Efectivamente. Desgraciadamente a los jóvenes no los tenemos cerca, pero si ellos no vienen, tenemos que ir nosotros. Uno de mis objetivos es acercarme a ellos. De hecho en mayo ya lo hice con 400 en una Eucaristía. Les dije que no tenía otra cosa que proponerles que Jesucristo y su ejemplo y que ellos tenían que responder. De todas maneras ese desapego no es sólo con lo religioso. La juventud en general vive despegada de la política, de la economía, de los valores... Yo he buscado cauces de acercamiento a través del deporte y de la religiosidad popular. Aquí más del 30% de los jóvenes pertenecen a una cofradía o a una hermandad, y esa puede ser una manera de llenar ese hueco.

     —Confiéseme cuáles son sus aspiraciones. Si con menos de cincuenta años es obispo, quizás podemos verlo pronto como cardenal.

     —Cuando decidí ser cura sabía que estaba al servicio de la Iglesia. Es verdad que desde muy joven he tenido responsabilidades importantes. Con 34 años era vicario general en Almería, pero confieso que hasta hace poco lo más lejano que yo veía era ser obispo. Creí que había pasado mi momento de gobierno y que iba a volver a una parroquia, porque yo tengo vocación de párroco. Cuando me llamaron para decirme que iba a ser obispo de Guadix fue una sorpresa. Lo que sí sé es que ahora estoy aquí y no tengo aspiración de ir a otro sitio. Estoy muy bien. Lo que pase en el futuro está en manos de Dios.


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La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI