Amabo numquam satis

 
     

Mientras estaba releyendo —de hecho lo leía por tercera vez, bolígrafo en mano— un «journal» escrito por el Padre Ambroise-Marie Carré (1908–2004), vino un muchacho al que sólo conocía de vista. En realidad buscaba a un compañero que estaba de vacaciones. Como el calor apretaba, le invité a tomar un refresco. Mientras, hablamos de todo. Al tener a mano el libro, le traduje algunos párrafos que me habían llamado la atención.
     Volvió meses después. Y me preguntó si no iba a traducir el libro aquel «porque lo que me leyó me dio que pensar, nunca se me había ocurrido que existiesen aspectos así en la vida de los sacerdotes».
     No, no traduje el libro.
     Tengo anotadas algunas frases de aquel «diario» titulado Je n'aimerai jamais assez (Nunca amaré bastante). Y de otros escritos del Padre Carré.
     Algunas, se las envío a veces a amigos sacerdotes, que viven «tan ocupados contando las olas que no se dan cuenta de la marea». Incluso me han servido y me sirven cuando me olvido de conjugar el verbo amar.
     Transcribo 24, en este año en el que recordamos al Cura de Ars.


JSV

 

1


     Me llamaron por teléfono, pidiendo que fuera a administrar los últimos sacramentos a una mujer que estaba agonizando. El capellán del hospital no había podido ir todavía.
     Confieso que sentí cierta ansiedad, porque no sabía nada de aquella persona.
     Al entrar en la sala, ocupada por unas diez enfermas, se hizo un silencio. Un silencio que inmediatamente comprendí estaba cargado de antipatía. Tuve que hacer un auténtico esfuerzo para pronunciar el nombre de la enferma que buscaba. Me la señalaron con un gesto. Estaba en coma.
     Volviéndome a sus compañeras, les expliqué que, incluso en una situación así, el sacerdote puede administrar la unción de los enfermos, y les pregunté si tenían algún inconveniente en que cumpliera con mi ministerio. Creo que esta pregunta, inspirada por el Espíritu, hizo que cesara la tirantez reinante. Todas hicieron ademán de que estaban de acuerdo. Incluso una, a media voz, comentó que si aquella mujer era católica había que respetar su conciencia.
     Empecé con la lectura del conocido texto de Santiago: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo», escuchado en un clima de recogimiento.
     Al salir todas me saludaron cordialmente.
     Nunca he presumido de valiente. Mientras abandonaba la sala, tranquilo ya, les di las gracias.

2


     Dios nos utiliza. Qué alegría, cuando nos damos cuenta. Una señora rusa, ya anciana, se encontró en tal estado de indigencia que no tenía de qué comer. Habría podido recurrir a sus vecinas, pero su orgullo se lo impedía. Decidió suicidarse. Antes de tomar el vaso en el que había echado un puñado de comprimidos, rezó una oración a la Virgen María. Se dio cuenta entonces que funcionaba su transistor. Prestó atención a la voz que la envolvía: estaban retransmi¬tiendo una de mis conferencias de Notre-Dame en París.
     No sé qué frase le llegaría al corazón, no lo sé. Pero, renunciando a lo que había proyectado, tuvo el valor de salir a pedir ayuda.
     Días después recibí una carta en la que me contaba lo sucedido. Añadía que no sabía por qué me contaba todo aquello, ya que daba por supuesto que no le respondería.
     En efecto, a una confesión como ésta no se responde. Se va a ver a quien tuvo la franqueza de escribirte. Le dije que irían a visitarla unos amigos míos. Deseosos de que les contara su vida, sus años felices.
     Mucho tiempo después, la anciana tuvo una muerte muy serena.
     Ser utilizados por Dios es comprobar que él siempre camina por delante de nosotros.

3


     Vengo de celebrar un bautizo. Durante la ceremonia disfruto siempre al hacer sobre los oídos y los labios del recién nacido, o del adulto, el gesto de Cristo: «¡Ábrete!».
     Dado que el sordomudo no habló hasta no estar curado de su sordera, con frecuencia una vez terminada la ceremonia rezo así: «Señor, haz que te oiga para que pueda hablarte. Señor, haz que oiga a los otros para que encuentre palabras para anunciarte». Y añado: «Pero haz otro milagro: concédeme también la gracia de estar sordo para todo lo que pueda alejarme de ti, de estar mudo cuando lo que esté a punto de decir sea para mí y no para ti».

4


     Cuando predico me sucede algo curioso. El padre Sertillanges nos aconsejaba anotar después las ideas que se nos ocurriesen durante la improvisación. Durante mucho tiempo seguí su consejo.
     Actualmente me siento incapaz. Si me separo mucho del texto preparado —cosa que sucede casi siempre— luego no me acuerdo ya de lo que he dicho.
     Quizá sea porque mi memoria se debilita, quizá. Pero es una explicación que no me convence del todo. He notado recientemente que cuando se logra una comunión profunda con el auditorio se siente la necesidad que tiene de compasión o de exigencia. Y el Espíritu santo sugiere la respuesta. Este diálogo misterioso puede no dejar huella en quien habla. El Espíritu nos utiliza, y no tenemos por qué tomar nota de sus intervenciones, para aprovecharlas en otra ocasión.
     Esto ya lo había experimentado a lo largo de mi vida. Pero nunca con tanta intensidad como ahora. ¿Me atreveré a afirmar que cada vez es más cierto que toda cita con un auditorio es antes una cita con Dios? ¿Que lo que sucede entonces brota de lo secreto del amor? Ojalá fuera verdad.

5


     Hacía tiempo que no participaba en una ordenación sacerdotal. El 30 de junio se ordenaron dos dominicos en nuestra iglesia de la Anunciación.
     Esperaba de la ceremonia un afianzamiento en mi sacerdocio. Y no es lo que experimenté. Asistí, con gran número de dominicos, por los dos diáconos que se ordenaban, no por mí.
     El afianzamiento me viene diariamente a través de mi ministerio. Es la gente la que, de mil maneras, a veces paradójicas, nos «hace» sacerdotes.

6


     «La Croix» del 6 de julio publicó una entrevista con un antiguo ingeniero que se había hecho franciscano. El título «Mi vocación es ser feliz» me llamó la atención. Hasta hace poco hubiese sido difícil proclamarlo. ¿A quién le habrían tomado en serio -en el momento de entrar en el noviciado, por ejemplo- si hubiese hablado de algo que no fuera renuncia? «Mi vocación es ser feliz». No se refería a una felicidad egoísta, sino a adentrarse en la alegría misma de Dios y compartirla con todos los hombres, sobre todo los pequeños, los excluidos, los que aguardan en la angustia y las privaciones el reino de las bienaventuranzas.

7


     Con frecuencia recuerdo la reflexión del cardenal Veuillot, en su lecho de muerte, invitando a los sacerdotes a guardar silencio ante el sufrimiento.
     En efecto, hablamos muy mal. Pero el silencio no siempre es posible. Cuando un coche atropelló mortalmente a un sobrino del obispo de Lausanne, el cardenal Journet le dijo a la madre del muchacho estas palabras llenas de respeto y de verdad: «Lo que Dios le pide, no es que diga sí, sino que, de momento, no diga no».

8


     De una carta recibida el martes pasado: «Gracias por su visita. Gracias por haberme absuelto de mis pecados, por haberme dado la eucaristía. Ha sido un gran bien para mi conciencia profunda, la que muchos ignoran que exista...».

9


     Abro al azar el libro «Notes intimes» de Marie Noël. Y me impresiona la evocación que hace de sus encuentros con el padre Bremond. Repetidas veces trata ella de introducirle «en los lugares sombríos» de su alma. Pero el padre parecía no querer seguirla. Prefería entretenerse con otras cosas. ¿Qué cosas? «Me hizo el maravilloso regalo de descubrirme la felicidad que tenía en mi alma y que yo desconocía».
     Hay personas que, habiendo entrado en mi despacho con el pañuelo en la mano y llorando a mares, han salido con una sonrisa. Durante la entrevista, sin duda era el Espíritu santo el que me inspiraba las palabras que hacían que en ese pozo de angustia de repente apareciera una zona luminosa.
     Atento a los secretos de Dios, el padre Bremond actuó como un zahorí. Pero esto no se improvisa. Hace falta un agudo sentido sobrenatural para ayudar a un ser a ahondar en lo más profundo de sí mismo, allí donde sólo puede existir la alegría del Reino.

10


     Al celebrar la eucaristía muchas veces revivo los minutos que viví en Jerusalén en 1939, en la capilla del Calvario.
     Al final de la misa quedé como paralizado: trazar la señal de la cruz sobre los fieles que me rodeaban, en aquel sitio donde se levantó la Cruz, me pareció un gesto imposible. Dudé unos instantes: no podía levantar los brazos.
     Recordé después —y lo recuerdo cada vez que esta escena viene a mi memoria— que mis manos han sido consagradas para bendecir. No se trata de mí, de mi indignidad. Es el Señor quien, por medio de su sacerdote, anuncia al mundo la victoria sobre la muerte.

11


     El sacerdote que no quiera limitarse a ser un funcionario experimenta tantas miserias que le confían, tantas crisis de familias que se apoyan en su sacerdocio... Virgen María, aleja de mí la tentación de la huida, el temor a recibir a tantas personas, a escuchar sus quejas. Tengo miedo de contagiarme de su rebeldía, miedo de no saber qué responder.

12


     El profesor de filosofía nos decía que la palabra «habitué» era la palabra de la condenación.

13


     (Al presentar al cardenal Feltin a los artistas, de los que era capellán): Los que tiene delante, señor Cardenal, son «simplement» unos pecadores… Ellos lo saben, no presumen de serlo. No se dejan desanimar, porque estos pecadores han descubierto en el evangelio un secreto: Cristo vino al mundo por ellos, Dios los ama y son capaces de amar, y de amarse. Soy testigo de que todos, de alguna manera, aunque el camino es largo, han empezado a caminar siguiendo sus huellas.

14


     «Visitar a los artistas que llevan tiempo jubilados, debe ser muy triste», me dicen. Hay quien añade: «No me gustaría encontrar venidos a menos, y como privados de su aureola, a quienes triunfaron hasta hace poco en los escenarios». Yo, en cambio, veo a mis amigos a la luz de su pasado glorioso, y a la luz del más allá, que asegura a sus rostros una eterna juventud.

15


     Henry de Montherlant decía que muchos habían encontrado en nuestro colegio «algo insuperable», que él definía como «un anhelo del bien, una presencia del Dios vivo, una generosidad, un talante, un auténtico interés por las almas».
     Si yo tuviera que explicar en qué consiste ese «algo insuperable», diría que sobre todo era la forma de mirar al otro.
     Nuestro director, y con él sus colaboradores, nos miraban con una atención, un respeto que encerraba no sólo auténtico amor de padre, sino un ardiente anhelo de que llegáramos a realizar nuestra vocación de hombres y de cristianos. Ese modo de mirar no es frecuente. Logra que descubras tu valía y consigue que realmente existas. (En la vida, ¿quién no se ha cruzado con gente que, so capa de un cortés interés y de dar la impresión de tenerte en cuenta, ni siquiera te ve?).
     No me atrevo a afirmar que haya sido totalmente fiel a esa gran lección, pero creo que ni siquiera un día de mi vida he podido olvidarla. Estoy convencido de que antes de intentar solucionar un problema, manifestar nuestro apoyo al otro, mostrar comprensión, dar un consejo, hay que mirar al hermano que tenemos delante con «los ojos iluminados del corazón» (Ces maîtres que Dieu m'a donnés).

16


     Durante muchos años la expresión «servidores inútiles» ha prevalecido en la predicación y la espiritualidad sacerdotal. Podría servir actualmente si con estas palabras se quiere decir que somos utilizados por Dios sin mérito por nuestra parte. Pero la fórmula es ambigua. No tiene en cuenta nuestro papel en la comunión de los santos. Parece preferible llamar «pobres servidores» a los que obedecen al Señor, con la conciencia a la vez entusiasta de su misión y humilde ante su insuficiencia.

17


     Cuántas veces no habré citado la patética expresión de la fraterna comunión de los santos, expresada en estos dos versos de La Ballade de la geôle de Reading de OscarWilde:

      Quien no vive su sola vida
     tiene que morir más de una muerte
.

18


     ¿Hay que sorprenderse de lo que respondió el párroco de Jarnac a quienes le atacaban por haber celebrado las exequias religiosas de François Mitterrand? Con palabras, dignas y profundamente sacerdotales, recuerda que «la sepultura religiosa no es una canonización del difunto, sino más bien una oración de súplica por un hermano que nos deja». Y añade: «Para mí, esa ceremonia tuvo lugar entre otros dos entierros, uno el miércoles por la mañana y otro el jueves por la tarde. En cada uno, puse la misma entrega, la misma atención pastoral».
     El párroco de Jarnac, consciente de «la degradación de la imagen de la familia actualmente», deja a Dios el juicio de las conciencias. «Nosotros tratamos de anunciar un mensaje de Amor».
     No estoy de acuerdo con el título del artículo de la revista en la que se le ataca: «Jarnac o el perdón de la Iglesia». Por ambiguo. A un difunto que pidió ser enterrado por la Iglesia (y en este caso en la parroquia donde fue bautizado) la Iglesia no le perdona –en el sentido estricto de la palabra- los pecados de su vida. Su poder es de interceder ante el Padre de las misericordias, el «gran Perdonador». Es lo que hace en cada entierro; y lo hará un día por mí.

19


     El padre Teilhard de Chardin escribía el 13 de octubre de 1916: «Lo único esencial ¿no está en aceptar la Voluntad divina, tanto más adorable cuanto nuestro destino escapa a la previsión y a nuestro control?»
     El hombre busca, ansía seguridad, poder controlar la vida. ¿Pero cuántos logran dominarla? Si creen estar seguros, el Evangelio les pone en guardia con la parábola del hombre rico que se cree al resguardo de todo riesgo: «Insensato, dice Jesús, esta misma noche te pedirán el alma».
     El padre Teilhard de Chardin no tiene, ni mucho menos, la suficiencia del rico. Evoca el vértigo que se apodera del hombre ante acontecimientos inesperados, una enfermedad por ejemplo, que le deja incapaz de prever el mañana. Su destino, tan alejado de cálculos y deseos. ¡Qué vacío! Ante ese vacío, sólo cabe una actitud, la adoptada por el padre Teilhard: aceptar la Voluntad del Padre que está en el cielo. No es nada fácil. Bien lo sabía él, a quien la obediencia religiosa le quitó muchas veces el control de su vida!

20


     El cardenal Lustiger ingresará en l'Académie française dentro de unos días. El mes pasado, cuando le dije que tenía que buscarse dos padrinos, espontáneamente me propuso que fuera uno de ellos. Habiéndolo sido ya del cardenal Decourtray, su predecesor, un poco apurado que, yo simple religioso, tuviera que hacerlo con mi propio arzobispo, le dije que declinaba la invitación, y al día siguiente le escribí sugiriéndole el nombre de algunos colegas. Inútil, he tenido que aceptar. Lo comento por la frase tan emotiva que empleó el cardenal anteayer por teléfono: «Creo importante que quede bien patente lo que yo llamaría: "la sucesión apostólica en la Academia"».

21


     A lo largo de mi vida, en conversaciones con personas que venían a preguntarme por la fe, con frecuencia me he sentido impotente. No poder iluminar verdaderamente la discusión. ¿Quién es el responsable del fracaso? No me lo pregunto, por el gran misterio que envuelve tales encuentros. Pero sí se me ha impuesto esta evidencia: si el sacerdote tiene por misión enseñar, enseñar significa ante todo poner al visitante en estado de disponibilidad ante Dios. Lo que supone, en el sacerdote, la fascinación del amor, el contagio de la santidad.

22


     Deseoso de iniciarse en todas las transformaciones del mundo, tanto en los progresos técnicos como en las evoluciones de la cultura, Maurice Zundel tenía un sentido agudo de la Encarnación. Me repetía con frecuencia esta frase: «Somos responsables de Dios». Sopesaba con finura las repercusiones en la historia de las más minúsculas conductas personales y comunitarias, dictadas por el Evangelio.
     Pero si conservo el preciado recuerdo de las predicaciones que le oí en la iglesia del Sacré-Coeur d'Ouchy y de las conversaciones que mantuve con él, he de añadir que no puedo leer una página de sus escritos sin que le vea tal como le encontré en su casa parroquial de Lausanne. Era el servidor de todos, increíblemente disponible. Recordaba yo las palabras de Cristo a los Apóstoles: Tenéis que lavaros también los pies unos a otros. Tal es la imagen que conservo para siempre de quien Pablo VI consideraba como un genio del espíritu.

23


     «La Sal de la tierra», libro-entrevista de Peter Seewald con el cardenal Ratzinger, comienza con esta hermosa frase: «Le pregunté un día por los caminos que llevan a Dios. No sabía qué iba a responder. Habría podido decir: sólo uno ó varios. El Cardenal respondió con presteza: "Tantos como seres humanos"».

24


     Desde que descubrí la figura del abbé Huvelin (1838–1910), profesor de historia, cuyo nombre casi sólo es recordado por haber tratado a Charles de Foucauld (1858-1916), siento por él una gran devoción. Por su calidad intelectual y su inmensa bondad, tuvo un papel de luz y de paz con personajes importantes de la corriente «modernista». Siempre intentó pasar desapercibido como coadjutor de la iglesia de San Agustín de París. Sufrió mucho física y moralmente, incluso espiritualmente. En un bello libro que escribió sobre él Lucien Portier, leo estas palabras de una carta escrita por un amigo a Maurice Blondel: El querido abbé Huvelin ya no hablaba; le costaba terriblemente usar su pobre lengua paralizada. Sus últimas palabras comprensibles, la víspera de su muerte, fueron: amabo nunquam satis. Ahora ya sabe qué es amar.
     A comienzos de mayo de 1958 pusieron una lápida en una capilla de la iglesia de San Agustín. Prediqué aquel día, y dije que si, en aquel lugar, se había convertido Charles de Foucauld, no había que olvidar que el abbé Huvelin había estado allí, durante treinta y cinco años, desempeñando su incansable ministerio de misericordia.
     [«Nunca amaré bastante»: el abbé Huvelin repetiría estas palabras muchas veces ante Charles de Foucauld. Aparecen en la última carta que, antes de morir, Charles de Foucauld escribió a su prima Marie de Bondy. Tal coincidencia impresiona: la misma frase pronunciada por los dos al final de su vida].

A. M. Carré

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La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI