Paisajes por fuera y por dentro

 

 
     Hasta hace no mucho tiempo, cuando viajábamos solíamos comprar una postal para enviarla a la familia y a los amigos. En una postal hay poco espacio para escribir. Prácticamente se trataba de un saludo; una manera de decir que no nos habíamos olvidado de aquellos a quienes queremos, que los teníamos presentes. La foto acompañaba el texto y tenía su importancia. Era un modo de querer compartir con ellos el lugar donde estábamos de viaje o de trabajo.
     Ahí van unas «postales» de algunos lugares de Lubumbashi por donde paso mi tiempo fuera del Seminario. Son paisajes de lo que uno ve por fuera, pero también de lo que se vive por dentro.

     



 

Soeurs de la Charité

     Los miércoles por la mañana tenemos una capellanía. Cada semana nos turnamos por lo que en principio, cada uno de nosotros va dos veces al mes. Después de bendecir el desayuno de los seminaristas me subo rápidamente en el coche para llegar antes de las 6:15. El trayecto no dura más de diez minutos.
     Allí nos espera una comunidad de entre diez y quince hermanas, jóvenes, de mediana edad y mayores. Entre ellas hay dos belgas, de esas que han desgastado aquí toda su vida, pero que a pesar de sus achaques y muletas, todavía se mantienen en pie. Pero el año pasado la comunidad celebró las bodas de platino de la consagración de la hermana Thérèse, “joven” congoleña. ¡Setenta y cinco años de fidelidad que se celebraron como se debe hacer ante semejante misterio!
     Una de las cosas que más me gusta de estas mañanas de miércoles es el contraste entre el viaje de ida y el de vuelta. En menos de una hora el paisaje de la ciudad ha cambiado totalmente. Al ir diría que Lubumbashi con su millón y medio de habitantes aún duerme o se está despertando. Pero al volver ya se encuentra en marcha: los minibuses repletos de gente, el tráfico que se hace lento, y miles y miles de niños, jóvenes y adolescentes, chicos y chicas que con su inconfundible uniforme (camisa blanca y pantalón o falda azul marino) se dirigen a las escuelas.
     Me gusta mirarlos cuando me paro en los semáforos. Son el futuro del país. Me gusta aún más el hecho de distinguir entre ellos a algunos seminaristas que también van a la escuela. Ellos son el futuro de la Iglesia.

 

Kibati

     Se trata de una avenida en la “zona industrial” de Lubumbashi. En su momento fue una zona muy activa y productiva. Después de muchos años de decadencia parece que ahora se recupera algo de lo que fue.
     La avenida de Kibati está llena de baches y en ella hay dos comunidades donde uno encuentra la amistad verdadera. En la primera están las hermanas Carmelitas Misioneras del padre Palau. En la segunda, los hermanos laicos de la asociación Ekumene, fundada por don Domingo Solá. Allí vive Carlos, un joven colombiano que está haciendo una experiencia de voluntariado por dos años. Y con él, diez muchachos huérfanos a quienes se les educa como si estuvieran en una familia numerosa, una familia africana.
     A la casa de Ekumene nos dirigimos todos los jueves por la tarde. Cuando es el turno de mi compañero Alain se celebra la Eucaristía. Cuando es el mío, los dos Carlos hacemos una catequesis muy dinámica e incluso divertida. Así, con el paso de los meses hemos ido explicando cada una de las partes de la Eucaristía y los tiempos litúrgicos.
     Dos o tres días antes comienza lo bueno, cuando nos juntamos para tomar café y preparar la catequesis. Es hacer experiencia de un verdadero trabajo cooperativo en el que los dos vamos aportando ideas y ocurrencias. Y aunque a veces nos hemos atascado, la verdad es que disfrutamos con nuestra creatividad. Creemos que los chicos también lo han disfrutado porque se lo pasan bien y aprenden, aunque más de una vez nos hemos frustrado.
     Pero lo que más me gusta es la decoración de la capilla. Las paredes se han ido llenando de murales, letreros, dibujos… según lo pedía el tema. Y queda bien. Me gusta. Nos gusta. Y creo que también le gusta al Señor. Él era amigo de los niños.

 

La parroquia

     La parroquia que tenemos al lado del seminario está bajo el título de Notre Dame de la Paix (Nuestra Señora de la Paz). Es una advocación muy oportuna para un pueblo que ha sufrido, y aún hoy sufre, la guerra y la violencia.
     Como está situada en una colina justo enfrente de la casa del gobernador, me cuentan que durante el asalto de Kabila, el padre, se veían los soldados alrededor de la parroquia y el seminario escondiéndose entre los muros preparando el ataque. Debe ser verdad, porque los muros tienen aún agujeros que son de bala y que dan que pensar. ¡Nuestra Señora de la Paz! ¡Cómo desea este pueblo la paz!
     Está bien tener la parroquia cerca, eso nos permite insertarnos de vez en cuando en la vida parroquial y en algunas de sus actividades y fiestas. Varias veces nos piden que celebremos una de las misas del domingo, lo cual te hace salir de la monotonía y sentir con todas sus fuerzas la liturgia del pueblo. Es cierto que los chicos del seminario hacen un esfuerzo y cantan bien, pero no es lo mismo que cuando te encuentras en una iglesia grande, llena a rebosar, repleta de vestidos de colores, donde todos cantan y bailan expresando así su fe, donde una coral de sesenta personas con unas voces impresionantes te pone los pelos de punta… Verdaderamente no es lo mismo y lo siento por los que no lo han vivido. No se lo pueden ni imaginar.

 

Safina

     Safina en swahili significa “arca”. Safina es también una casa en la parte céntrica de Lubumbashi, un verdadero oratorio salesiano que está muy bien organizado. Allí los jóvenes encuentran los viernes y sábados muchas actividades culturales y educativas: debates, cine fórums, charlas, talleres, retiros…; también entre semana se puede venir a estudiar y utilizar la biblioteca. Creo que por todo ello el nombre de Safina está muy bien escogido. Esta casa es una verdadera arca donde los jóvenes de Lubumbashi pueden subirse para salvarse del diluvio cultural y espiritual que les amenaza.
      A mi compañero Seraphin y a mí nos pidieron colaborar en la formación de un grupo de novios que se preparan al matrimonio. Este programa existe desde hace 22 años y está coordinado por la CVX (Comunidades de Vida Cristiana de los jesuitas). Se comienza y se termina con un domingo de retiro y en medio hay diez domingos seguidos donde nos reunimos a partir de las tres de la tarde. Esta secuencia se hace dos veces al año y cada vez participan entre diez y quince parejas.
     La formación que se ofrece es muy completa y toca todos los aspectos de la vida matrimonial y de familia. Nosotros no hablamos ni intervenimos mucho, sólo cuando nos toca orientar los retiros o dar la charla sobre el sacramento. Pero estamos presentes todos los domingos.
     Hay que reconocer que sacrificar las tardes del domingo para escuchar una charla dirigida a novios y decir al final cuatro consejos muy simples, no es algo que apetezca mucho. Sobre todo cuando uno piensa que es casi el único momento de la semana para descansar un poco. Pero yo me recuerdo a mí mismo que estos encuentros tienen lugar en Safina, y esto lo justifica todo. Porque a fin de cuentas son algo más que unos encuentros.

 

Saint Benoît

     La parroquia de Saint Benoît es otro de los sitios a los que vamos por turno. En este caso nos pidieron el servicio de ir a celebrar la misa de jóvenes los sábados por la tarde. Como es costumbre, cada sábado va uno de nosotros aunque eso nos suponga sacrificar el momento de deporte con los seminaristas.
     Hay que reconocer que no es una misa a la que venga mucha gente. La iglesia no se llena, sobre todo después de la ampliación, porque los huecos se hacen más evidentes. Pero la inmensa mayoría de los que ahí están son jóvenes que pueden llegar fácilmente a un centenar. ¡Ya les gustaría a las parroquias de España ver tanto joven junto para celebrar la Eucaristía!
     Pero aquí es normal encontrarlos. En el mensaje del segundo sínodo para África, los obispos dicen que en varios países africanos más del 60% de la población tiene menos de 25 años. A pesar de este dato los jóvenes no cuentan nada para los políticos y poco para la Iglesia. Da pena verlos como “ovejas sin pastor” y sin futuro, desorientados y perdidos. Da más pena aún el ver que en la Iglesia no encontramos la tecla para guiarles y encauzarles, aunque están ahí.
     En África tienen la costumbre de aplaudir cuando termina la homilía. En broma digo siempre que no sé si lo hacen porque se alegran de que se termine o como gesto de agradecimiento al sacerdote. Como yo no me alargo mucho, prefiero pensar lo segundo. Y reconozco que ese aplauso me llena profundamente y no por vanagloria sino por venir de donde viene: de los jóvenes.

 

Lukotola

     He tenido la suerte de ir a Lukotola tres o cuatro veces. Es una aldea a unos 210 kilómetros de Lubumbashi donde los hermanos de Ekumene tienen una comunidad, una escuela técnica y… digamos para resumir, que hay varios proyectos en marcha.
     En dos ocasiones he estado para celebrar la Navidad. Es como volver a la zona rural, a todo lo vivido durante mis años de Zambia. Si no fuera porque en lugar del chibemba hablan el swahili o el chisanga, diría que hay pocas diferencias sustanciales, porque la gente es casi la misma.
     No sé por qué pero la simplicidad de la gente del interior o de la zona rural, me atrae. ¡Es una vida tan distinta a los ajetreos de la gran ciudad de Lubumbashi! Reconozco tener cierta melancolía cuando he estado ahí.
     Desde hace años los hermanos tienen aquí un proyecto muy llamativo. Para promover el desarrollo agrícola sostenible Ekumene se dedica a distribuir yuntas de bueyes en lugar de tractores. Aquí es muy fácil ver en la tele al político de turno que en un ademán populista y caciquero dan unos cuantos tractores para el “progreso” del pueblo. Yo me pregunto quién va a pagar luego el diesel o las averías. Pero bueno, a la gente le gustan estos regalos que les adormilan.
     En Lukotola, con un sistema de cooperativa, se les dan los bueyes y se les enseña a manejarlos para que trabajen adecuadamente la tierra. Llevan años haciendo este sistema que respeta la tierra y las economías de la gente y los poblados. Funciona y ¡muy bien!, pero ellos son verdaderamente discretos.

 

Catedral

     Ahora la Iglesia de Lubumbashi celebra el centenario de su evangelización. Es por ello una Iglesia joven pero a la que se le ha puesto “un traje” de cultura, de liturgia y de estructura, que no le queda del todo bien. Ya el primer sínodo para África de 1994 pidió que se hicieran aún grandes esfuerzos para lograr una verdadera inculturación del Evangelio. En eso andamos.
     Paseándose por el centro de Lubumbashi uno se topa con la Catedral. Es pequeña, fácilmente uno se puede desilusionar. En cualquier ciudad europea pasaría por ser una iglesia parroquial, aunque grande. Pero aquí es la Catedral, que además funciona como parroquia.
     Hecha de ladrillo, llama la atención su color rojizo. Pero sobre todo da una impresión de solidez y firmeza. Si añadimos que lleva por nombre y santos patrones a los Santos Pedro y Pablo, todavía se entiende mejor esta sensación de fortaleza.
     Sinceramente creo que el nombre está muy bien escogido. Los dos pilares de la primitiva Iglesia velan por esta joven Iglesia. Lo cual me deja bastante tranquilo y lleno de esperanza, aunque la Catedral se haya quedado pequeña.

 

La grotte

     Todas las parroquias tienen su gruta (grotte), e incluso también los colegios religiosos. Aunque confieso que al principio no me gustaban, he terminado por acostumbrarme.
     Y es que no me parecía normal, ni siquiera estético, simular una gruta, hecha con un dudoso gusto, para poner en ella una imagen de la Virgen María. Lo peor de todo es que algunas imágenes que he visto son para quitar la devoción. He tenido la suerte de ver preciosas imágenes de María en ébano o en madera noble; es una representación con rasgos africanos. Son imágenes muy bien hechas y con mucho gusto. Pero son raras de ver; sin intención de ser exhaustivo, diría que se encuentran sólo en casas de comunidades religiosas.
     Por el contrario, la mayoría de las imágenes que he visto en estas grutas intentan copiar el modelo occidental en escayola. Y no quedan bien, porque no están bien hechas. Por todo ello, no he sido fanático de las grutas, incluso cuando nos han invitado a la bendición de alguna en una determinada parroquia.
     Sin embargo lo llamativo es que por las tardes siempre hay gente rezando el rosario. La mayoría son mujeres, aunque también se ven jóvenes de vez en cuando. El pueblo sencillo en este caso va a lo importante: rezar. No se hacen problema con la estética y los gustos. El problema me lo hago yo solo. Por eso al final, he terminado aceptando las grutas como son. Si a la gente le sirve para rezar…

 

La montaña de la Gecamines

     Lo más característico de Lubumbashi es su gran montaña de escoria: la montaña de la Gecamines y su famosa chimenea. Viniendo desde el sur se ve desde muy lejos e impresiona.
     La Gecamines (La Générale des Carrières et des Mines) es la empresa estatal que creó Mobutu a partir de la estatalización de la Union Minière du Haut Katanga en 1966. Ha sido durante años signo del progreso del pueblo congoleño y la compañía más importante del país. En 1989 producía el 85% de las exportaciones del Congo y suponía el 42% de las ganancias que recibía el Estado.
     Mucha gente vivía de la Gecamines y la empresa proporcionaba también muchos servicios públicos. Por eso la caída de esta empresa ha traído consigo un efecto dominó terrible, tanto para el país en general como para las familias en particular.
     El seminario está bastante cerca de la Gecamines, en el barrio que lleva su nombre. Dicen que era una joya de barrio, bien construido y equipado para las familias de los trabajadores. De eso ahora sólo queda el recuerdo.
     El padre José Coves, que ha consagrado 28 años de su vida a este seminario, comenta que aquí siempre ha sido muy difícil tener un buen jardín y bonitas plantas. Parece que lo que salía de esa chimenea quemaba la tierra. Y yo me pregunto qué es lo que ha estado respirando él y tantos otros durante tanto tiempo.
     Hoy la montaña de escoria sigue ahí y la chimenea continúa echando humo con una actividad simbólica. Una montaña artificial, amenazante. Todo un símbolo del Congo.


El padre Marcelino

     El padre Marcelino es un venerable carmelita de 80 años. Por sus venas corre sangre italiana, francesa y diría también que congoleña porque ya acumula 32 primaveras en esta esquina del mundo.
     Cuando le conocí quise también conocer la comunidad situada en uno de los barrios en expansión. Es un barrio sin nada: agua, luz… Los carmelitas tienen por ello varios proyectos sociales en marcha: una pompa de agua, una escuela, dispensario… Es una auténtica mística encarnada. Y el padre Marcelino es el motor en todos los sentidos.
     Siempre me ha apetecido tomarme un día de retiro al mes. Es necesario para no atosigarse y renovar energías. Pero las circunstancias no siempre lo facilitan. Cuando es posible me voy a la casa de retiro de los padres carmelitas. Allí hago silencio e intento curarme de tantos ruidos que se acumulan. Una especie de desintoxicación espiritual. Es como si uno bebiera del manantial de Santa Teresa de Lisieux, la gran misionera.
     Termino mi día de retiro con una conversación y después, confesión con el padre Marcelino. Después de un día así, me vuelvo tranquilo y sereno a la actividad de cada día. No puede ser de otra manera.

 

El árbol de mi puerta

     No puedo decir que yo tenga una verdadera ventana en mi cuarto. La forma de edificar que hay aquí no es como la europea. Las casas tienen una sola planta. También en el seminario. No hay pasillos ni nada cerrado.
     Mi habitación está en un bloque donde todas las puertas dan al exterior. Tiene a un extremo la ventana, donde está la cama. Los cristales están pintados para garantizar cierta discreción. Pasa la luz. Pero nada más. De todas maneras poco hay que ver, porque da a la parte de atrás del seminario.
     Al otro extremo está la puerta acristalada para que también pase la luz. Como aquí la temperatura es siempre primaveral, la puerta siempre está abierta aunque hay poco que ver. Esta parte de la habitación hace de despacho. La división entre el dormitorio y el despacho lo hace el armario y una cortina.
     El “paisaje” al que da la puerta no es nada del otro mundo. Sí, hay una casa al fondo, pero no se ve aunque se sabe que está ahí: es el seminario mayor. Espero que algún día pueda ver allí a algunos de los que han pasado por aquí, por el seminario menor. Cuando eso llegue, la veré de otra forma. Pero todavía no sé cómo. También desde mi puerta se puede ver el depósito de agua; que viene muy bien para darse cuenta de cuándo está lleno y bajar a apagar el motor. El resto es como un parque, aunque sin mucha flora.
     Lo bueno de mi “paisaje” es un arbolito. Cuando llegué, hace ya dos años, había pequeños tallos salidos de semillas silvestres. Pero no todos podían llegar a ser árboles. Seleccioné y me quedé con uno pensando que el árbol que tiene al lado y que está inclinado, algún día va a caerse. Este tallito sería su sucesor.
     Hace algunas semanas, cuando empezaron las lluvias, le podé unas ramitas que le estorbaban. Y en este poco tiempo ha dado un estirón. ¡Vaya que sí lo ha dado! Ahora es todo un muchachito, ya va cogiendo la forma de árbol y me supera en altura. Lo que me sorprende es que ya da semillas. Quizá ya piense en su sucesor.
     Sí, lo bueno de mi “paisaje” es un arbolito, que no tiene nombre, pero que en cierto modo me ha domesticado, porque es un arbolito al que veo crecer.

Carlos Comendador

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¿Por qué estoy aquí en la Misión? Sólo Él lo sabe. Pero siempre me acuerdo de aquella frase tan especial para mí: «La vocación es como un itinerario con señales de pista. Cada señal lleva a la señal siguiente, sin saber el término definitivo. Más que un conocimiento del futuro es una correspondencia amorosa». Recuerdo que cuando estaba en el Seminario Menor de Toledo me sentía atraído por los misioneros. Con razonamiento infantil pensaba que eso de ir a tierras lejanas debía de ser algo muy difícil, complicado y heroico. Ahora veo mi itinerario y veo las pistas que me han traído aquí, unas pistas puestas por Dios, como si fuera un juego de rastreo de esos que hacía en los campamentos. No creo que haya sido difícil.- Carlos Comendador