Joan Martí Alanis
27.11.1928 – 11.10.2009
sacerdote 58 años y 3 meses; obispo 38 años y 7 meses



 

     Éramos amigos-amigos.
     Desde que entramos juntos en el Seminario de Tarragona en octubre de 1939.
     El 19 de julio pasado, nos vimos en Les Peces, donde
feia de rector.
     Comimos juntos. Comentó:
     
—Ets més vell que jo. Però ho dissimules.
     Me sirvió para argumentar que como mayor tenía derecho a pagar yo la comida.
    
 —Bé, aquesta vegada. L'altra em toca a mi, eh.
     Me gustaba llamarle «copríncipe» y «arzobispo» delante de la gente.
   
  —Ai, Martí, que m'has quedat a deure un dinar!

     En 1972 le pedí que contase 7 días de su vida de obispo. A los diez años, 7 días más.
     Son los siguientes:

J.S.V.


14 días de un obispo

1972


21, domingo:

     Es domingo y hace un día muy frío. La ciudad dedica una fiesta al asilo de ancianos, que las religiosas atienden con abnegación. Gran número de jóvenes asisten con los ancianos a misa y, luego, invaden la casa sembrando alegría. Es como un puesto del que salen barcos hacia rumbos desconocidos, mientras otros, lentos, atracan en su último viaje. Frágiles unos y otros. Los ancianos celebran la fiesta y comen bien. Es un peligro para su presión arterial.
     Por la tarde, solo en el despacho y en la enorme casa del palacio episcopal, trabajo horas sosegadas en la correspondencia y otros documentos. En el silencio pienso que en nuestras vidas es Dios el timonel.

22, lunes:

     He pasado la noche con un poco de fiebre gripal. Aspirinas y, por la mañana, a atender visitas, que vienen algunas de lejos. Las hay de todas clases. Uno ve desfilar personas con toda suerte de sentimientos: nobles, mezquinos, interesados y generosos. Más de una vez hay que deducir, relacionar y, sobre todo, escuchar. Con una persona habría que hablar más de una vez sobre un asunto y vivir, en lo posible, su contexto.
     ¡Es tan difícil discernir, comprender ¡Es tan doloroso no acertar, no ayudar y, también, ser engañado!
     Muchos no buscan otra cosa que un signo de sintonía y cuando descubres la verdadera dimensión de sus problemas e incluso pones al descubierto sus engaños, descansan.

23, martes:

     Por 1a mañana, retiro espiritual con los sacerdotes de la comarca de La Seu. El pare Miquel Estradé, benedictino, nos habla de la oración.
     Sigue luego un diálogo de dos horas. Surgen toda clase de temas. Van llegando aquellos que tenían clase, hasta reunirnos unos treinta. Al fin comemos juntos.
     Llevo casi un año en La Seu d’Urgell y cuesta alcanzar con todos, incluso con los sacerdotes, un estilo de relación adecuada. Tienden a darme la razón con demasiada facilidad. ¿No tenderán otra vez con demasiada facilidad también a negármela?
     Hay que conseguir que nos tratemos con amor y con sinceridad a la vez. Sin máscaras. Con nuestra cara auténtica. Una cara que se deje iluminar por la sonrisa franca o por la pena profunda de los demás.

24, miércoles:

     Amanece todo cubierto de nieve. El resfriado vuelve a dominarme. Cancelo un viaje. Preparo, de todas formas, las maletas para mañana. Tengo que estar casi quince días ausente, entre visita pastoral al arciprestazgo de Baix Urgell y la asamblea episcopal.
     ¡Qué duro es moverse tanto, no tener un domicilio más .permanente, y poner la mente al mismo tiempo en asuntos tan diversos!
     Suena el teléfono: unos jóvenes de Andorra que querían venir a verme, se excusan. La carretera, dicen, está como un cristal y hay varios coches atravesados. Seguro que lo han intentado todo. Les conozco.
     Vuelve a sonar el teléfono: es mi hermano Antonio que me llama desde Canadá. Desde allí me ha resuelto un asunto. Habla con las palabras precisas, para decir mucho en pocos minutos.

25, jueves:

     Son las once de la noche y desde las ocho de la mañana no he parado. Me siento cansado. He visitado dos pueblos, Linyola y Bellcaire, celebrando la eucaristía y administrando la confirmación.
     Docenas de rostros infantiles han desfilado ante mí. Un aficionado a la etnología podría deducir orígenes por el color del pelo y de los ojos. Los había variados. Y, sin embargo en la iglesia, unidos en la fe y en la oración, suenan las notas de «pueblo de reyes, pueblo sacerdotal...»
     Un solo padre, Dios, nos preside. Es hermoso hablar de él, sentirle cerca, ver cómo los hombres le buscan, cómo se sienten hermanos cerca de él. Es hermoso llegar cansado a la noche y haber servido a Dios de instrumento.

26, viernes:

     Mi visita suscita en los pueblos sentimientos e ideas que trascienden la vida ordinaria. Hay que saberlo captar. Ellos ensanchan su horizonte y le explican a uno recuerdos del pasado, le enseñan obras Y planes en curso y se preocupar por el futuro.
     Nos reunimos en diálogo abierto en un salón, café o en la iglesia con todos aquellos que quieran participar. Son muchos. Preguntan por el seminario y los sacerdotes, por la juventud, por las misiones, las bienaventuranzas, los sacramentos... Estas charlas con el pueblo tienen momentos de grandeza. Yo me pregunto si Jesucristo no hablaba precisamente así a la gente. Los mismos niños asisten muchas veces y están quietos, sin respirar, una hora y más.
     Un anciano asiente con la cabeza a lo que estoy diciendo, unas señoras sonríen ante otra idea, otros siguen pidiendo, con la mirada, más aclaración.
     Termina el acto. Se acerca el dueño del local a despedirme, un niño me devuelve, atrevido, la misma palmada cariñosa que le di en la confirmación, unos jóvenes continúan preguntando, mientras salimos a la calle.

27, sábado:

     Hoy visita a otros dos pueblos.
     Uno les pone afecto a esa gente. Llenan las iglesias, rezan, se preocupan, esperan. A veces exponen ante mí sus mutuas discrepancias, como queriendo captar mis reacciones espontáneas para saber de qué lado está la razón. Hay que ser rápido y precavido.
     Vamos a empezar la eucaristía en la parroquia de Ibars. La iglesia está llena. Sólo dos monaguillos de siete años me acompañan. Los otros están con sus padrinos, preparados para la confirmación. Yo voy revestido con mitra y báculo. Me detengo en la puerta de la sacristía, esperando la señal para salir. Uno de mis monaguillos se vuelve e interpreta así mi espera: «¿Es que te da vergüenza salir así...?».
     Llueve mucho. Hace pocos días que terminaron la siembra en estos pueblos. ¡Qué a punto viene ahora el agua! Habrá, así, buena cosecha.
     Vamos sembrando, sembrando, y la simiente, según donde caiga da más o menos fruto. Y Dios da la gracia a las almas, como la lluvia a los campos. ¿No hablaba de esto el Señor hace dos mil años? Estos días me doy cuenta de que seguimos viviendo en los tiempos de Cristo. Es bueno ser sembrador.


1982


Domingo:

     Hoy me persiguen las visitas. Hasta en el aeropuerto, mientras espero la salida del avión hacia Madrid. Siempre hay gente con ganas de hablar, de que les escuches.
     Viajes y más viajes. ¡Tanto como conviene que el obispo esté en su diócesis! Viajar rompe el ritmo del trabajo. ¡Que le vamos a hacer! Pero es necesario que los obispos nos reunamos, nos informemos y actuemos juntos. En el mundo, la sociedad también lo hace. El bien y el mal, todo se comunica.
     Subir y bajar del avión, hacer cola, recorrer salas, pasar controles... toda una rutina. La gente va seria. Maletín en mano. Cansancio. Ya se acabaron las ilusiones infantiles de volar. Viajas como si tomaras el autobús, con la ventaja de salvar grandes distancias en poco tiempo. Jesús andaba sobre un borriquillo. Pablo navegaba. «Id y predicad» supone moverse. Con el calor del evangelio en el pecho, claro está.

Lunes:

     Reunión del Comité Ejecutivo del Episcopado todo el día. Esta vez ha sido menos apretada, más humana, incluso afloraba el buen humor.
     Lo que más se agradece es la amistad y la compañía. Al principio iba siempre con un paquete de consultas para preguntar a los más experimentados. Más que saber qué hace y cómo lo hace, ahora me interesa conocer cómo es el hombre, qué piensa, qué siente, cómo reacciona. «Hacer» era mi enfermedad de juventud. Creo que es la obsesión de nuestro mundo competitivo.
     Antes de cenar me acerco al quiosco próximo, con otro «confrère», que dicen los franceses. Hemos comprado los periódicos de la tarde y una revista del motor.

Martes:

     Regreso en el «Valdepeñas». El viajero gordo que ocupa el asiento del lado me hace recordar a una «extensa» mujer que, hace tres años, en Jerusalén, ocupaba casi todo el banco del autobús y en las curvas aplastaba a los vecinos.
     Al llegar a casa viene un pintor. Nos hicimos amigos hace poco. Trae cuarenta óleos que, con la ayuda de su esposa, despliega rápidamente en un salón.
     Es curioso, a mí me interesan los cuadros y, en cambio, a él le interesa hablar del diaconado permanente. Por la noche le viene la idea como una obsesión. La pintura sola no le llena.
     El vicario general y el conserje me cuentan que ha estado viniendo un hombre estos días con amenazas de matarme si no saco de la cárcel a un amigo suyo. ¡Hay que ver lo que le piden a uno!

Miércoles:

     Reunión con los vicarios, visita de los padres de un seminarista, asistencia a un concierto que dan unos estudiantes... y me duermo leyendo unas páginas sobre san Francisco de Asís. Éste podría ser el resumen de la jornada.
     Cada vez me ocupo más de las vocaciones. Son la principal esperanza de nuestra Iglesia. En nuestro mundo misterioso y espiritual, que es el de la fe, en cualquier persona puede dormir el verdadero diamante, la perla del reino de los cielos.
     Con los vicarios pasamos lista a nuestros seminaristas; los problemas que tienen, cómo siguen sus estudios, cómo van madurando humanamente, cómo colaboran en las parroquias...
     Estos dos últimos años han aumentado las vocaciones. Insuficientes aún, pero se respira otro aire.

Jueves:

     Dedico la mañana a escribir. Tengo en lista siete asuntos bien distintos. La semana pasada dos prólogos a diferentes libros.
     Cada mes escribo una larga carta a mis diocesanos. ¿Qué les cuento? Comento acontecimientos de Iglesia, temas que están en la calle y que tocan la doctrina de la Iglesia... La última fue sobre el aborto. La próxima tratará de las colonias de verano para niños. El obispo, maestro en la fe.
     Y... cartas. De todas clases y especies. Capítulo aparte las cartas a los amigos y a mi familia. Mis sobrinos del Canadá antes sólo querían juguetes. Ahora ya empiezan a pensar. Estamos en la etapa de las postales.
     Al mediodía voy a confesarme. Es una experiencia del amor de Dios, que supera nuestros pecados. ¿Dónde están los pecados? Los hombres raras veces nos movemos por intenciones puras y sin egoísmo.
     Antes de acostarme, al rezar completas, me doy cuenta de que no he rezado aún la penitencia.

Viernes:

     Después de comer acostumbro a ir de paseo. A buen ritmo. Solo.
     Al regresar, sentado en un sillón, echo una rápida siesta.
     Hoy me duelen un poco las piernas de la caminata de ayer, dos largas horas andando por el monte. Encontré a Timi, el perro lobo de un vecino. Somos amigos. Es grande y, cuando me ve, ladra fuerte de contento y me hace fiestas. Su pata —se la rompió un coche— ha mejorado.
     Por la tarde vienen a verme seis muchachos que estudian profesional. Preguntas y más preguntas. Uno de ellos que me conoce, les introdujo.

Sábado:

     Nuevamente empiezan las visitas pastorales. Cada año visito un centenar de parroquias. Casi todos los sábados y domingos. Excepto en el crudo invierno y en el centro del verano, cuando los agricultores cosechan.
     Me dedico a preparar las visitas. Recojo los programas pastorales del arciprestazgo al que iré. Los revisaremos. Leo las lecturas de la misa con vistas a la homilía. Pienso en las personas que veré y en sus problemas. ¡Son tantos!
     Las visitas y contactos «in situ» con los curas y con la gente son estimulantes. Sin ellos uno no se explica gran cosa. Los viajes son ciertamente más cómodos que los del apóstol Pablo, pero el zarandeo físico y espiritual de tanto cambio de circunstancias, de tanto desorden, se hace pesado.
     A la entrada de mi habitación, sobre una silla, tengo siempre dispuesta mi maleta de viaje, con un equipo permanente. No hace falta añadir más que lo de última hora, cerrarla y marchar. He calculado: la mitad de los días del año estoy fuera de casa.
     ¡Qué largas son las rutas de los hombres, las del evangelio, el camino hacia el Señor!

    —Arquebisbe Joan, com m’agradaria rebre ara els teus 7 primers dies a dalt del Cel!

 

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La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI