7 días desde el Gemelli

 

 
     El día de la Virgen del Rosario el Prof. Cellini me dijo que me vendría bien un reconocimiento médico a fondo, para lo que me llamarían del Gemelli muy pronto. Con ricovero (hospitalización), para no perder vez en las pruebas y análisis.
     El día de Santo Tomás de Villanueva para allá me fui, pronto.
     Suponiendo que el ricovero duraría, avisé discretamente a los amigos que más frecuentemente llaman a mi puerta por internet, que me iba «de retiro». No fuera que al no responder tuvieran «malos pensamientos».
     Y «de retiro» me fui. Como cuando año tras año, en verano, iba al monasterio de Poblet unos días.
     El día de San Anastasio el apocrisiario me llamaron de casa: que dice tu sobrino Carlos que a ver si escribes «7 días desde el Gemelli».
     [Jesús Rico, cuando era rector del teologado en Salamanca, a Carlos Comendador lo llamaba mi «sobrino», porque además de cursar teología iba a mi clase de pedagogía. Y yo feliz de tener un alumno-sobrino tan bueno].
     El misionero Carlos, al que le he pedido varias veces que contara, y ha contado, «7 días desde Mishikishi», «7 días desde Lubumbashi»…, devolvía ahora la pelota al tío, que soy yo.
     Primero pensé decirle que no, que me iba de retiro. Y en el retiro se guarda silencio. Pero como ya le tengo dicho que espero otros 7 días para enero, ¿cómo negarme?
     Según iban pasando mis días en el Gemelli, en silencio, a ratos miraba a mi alrededor.
     Ahora que ya ha terminado el retiro, voy a ver si consigo esbozar algunos de mis recuerdos o sorpresas o reflexiones o audiciones o visiones. «Ne pereant», como los fragmentos de pan sobrantes de la multiplicación de los panes que Jesús hizo.
JSV
     


1

     Gemelli, en castellano equivale a Géminis, tercer signo del zodiaco, de 30 grados de amplitud que el sol recorre aparentemente durante el último tercio de la primavera.
     Desde que me enteré que yo era Gemelli / Géminis, cuando quiero sonreír leo mi futuro en el periódico.

2


     Gemelli, (Milán, 1878 - 1959) es el más ilustre psicólogo italiano contemporáneo. Nacido de una familia de burgueses librepensadores. Su brillante inteligencia y su sensibilidad por los problemas humanos le convirtieron pronto en joven promesa del partido socialista, pero su sonora conversión a la fe y el ingreso en la Orden franciscana (cuentan que el golpe de gracia le vino tras besar a un soldado tuberculoso agonizante) señalaron el comienzo de una fecunda existencia como intelectual católico que culmina en la Pontificia Academia de las Ciencias, de la que fue primer presidente, y en la fundación y rectoría hasta su muerte de la Universidad Católica del Sacro Cuore.
     En 1934 aceptó todavía el encargo de Pío XI de coronar «il sogno della sua anima», la Facultad de Medicina en Roma.

3


     Gemelli, autor de Psicología de la edad evolutiva, traducida por el Padre Juan Fábregas Camí y reeditada muchas veces por Razón y Fe.
     Libro que leí con gran provecho en mis comienzos del quehacer educativo, con el valor añadido de estar traducido por un jesuita casi pariente mío.

4


     Carta del Padre Gemelli a los Salesianos del PAS [Orientamenti pedagogici 5 (1959) 723] cuando querían hacerle un homenaje como pedagogo. Que cada año leía a mis alumnos de Teoría de la Educación al explicarles el objeto formal de sus estudios:

     «Molto Reverendo Padre,
     Lei mi attribuisce qualche cosa che io propio non so; io non sono pedagogista, e non mi intendo di pedagogia, e non mi voglio occupare di pedagogia. Il campo dei miei studi è di tutt’altro genere, perche la Psicologia è lontana dalla Pedagogia, come Lei ben sa. A.G.».

(«Muy reverendo padre: Usted me atribuye algo que yo realmente no soy; yo no soy pedagogo, y no entiendo de pedagogía, y no quiero ocuparme de pedagogía. El campo de mis estudios es muy diverso, porque la Psicología está muy lejos de la Pedagogía, como usted muy bien sabe. A.G.»)

5


     Actualmente, el Policlinico Universitario «Agostino Gemelli», donde el Papa Juan Pablo II estuvo internado, lleva su nombre. «Caro fratello, come tu stesso puoi constatare, il luogo che al presente ti accoglie porta il nome del P. Agostino Gemelli».

6


     Vine por primera vez al Gemelli en febrero de 2005 acompañando a Mons. Cipriano Calderón para decir «Hola» a Juan Pablo II ricoverato. Ya anochecido, mientras Mons. Calderón atendía a periodistas y cámaras de televisión que querían saber cómo estaba el Papa, mirando la mole del hospital que parecía un barco iluminado surcando la noche, me puse a rezar el rosario.

7

     
Del 10 al 17 de octubre he vuelto a rezar diariamente el rosario allí, misterios de la luz incluidos.


8


     El 13 tocó: Scintigrafia ossea, Eco addome, RM (con MDC). Me vino bien estar metido en el cilindro media hora, porque esperando en el pasillo, empijamado, sólo con una batina veraniega azul celeste, sentado en silla de ruedas, pasé frío. Sin gafas dentro, claro, y sin abrir los ojos, durante la resonancia magnética desgrané los misterios de gozo, de la luz y de dolor hasta el tercer misterio. Pobremente.

9


     El 7, fiesta de la Virgen del Rosario, había enviado a los amigos con el título Al Fijo de la Gloriosa el texto siguiente que escribí para “Enfermos misioneros” en febrero de 1980. Desvelarlo tanto tiempo después no digo que fuera «providencial», dejémoslo en «oportuno» para mí:
     Mi tío, don Ángel Sagarmínaga, me dijo en una ocasión: «Mira, Jorge, cuando quiero convencer a alguien nunca echo mano de textos de la Sagrada Escritura, ni de documentos pontificios, ni mucho menos de los argumentos de grandes teólogos. ¿Sabes qué hago? Me valgo de las razones que mi madre diluía sabiamente en la conversación».
     Como buen sobrino procuro imitar a mi tío. Y cuando tropiezo con personas que dicen que no quieren, que no saben, que es inútil rezar, no recurro a argumentos apodícticos. Les cuento con toda sencillez que en casa, después de cenar, todos los días rezábamos el rosario. Que entonces me parecía eterno, aburrido, pero que ahora pienso todo lo contrario. Que sólo es cuestión de empezar «como sin querer», abandonándose uno en el mar de Dios, mecido por las olas de las avemarías.

     Tengo un amigo provincial, que escribe cartas a los de su provincia. Y ¡qué cartas! Ésta la escribió en 1979. Él tampoco argumenta. Habla, escribe sencillamente:

     ¿Me permitís que os hable del Rosario?
     Confieso que mil sentimientos dispares se agolpan en mí cuando me pongo a hablar del Rosario:

     – tristeza ante el recuerdo de su recitación apresurada y masiva, con profusión de apéndices y postdatas;
     – miedo a que se la convierta, ¡a la Reina de la paz!, en arma de guerra contra modernos turcos malvados;
     – verdadero pánico a su imposición triunfalista como un signo de victoria ideológica;
     – sensación de impotencia ante los impregnados de racionalismo, porque exige una profunda sencillez de corazón;
     – otras veces me asalta la duda de si no será una oración más personal e íntima que comunitaria...

     Sin embargo, ¡es una oración tan sencilla, tan elemental! ¡Ha sido tan útil a quienes la comprendieron! ¡Ayuda tanto a hacer presente a María, y con Ella al Señor, en la monotonía de la vida cotidiana!

     – ¿Quieres amar más a María? El enamorado agota pronto las palabras y las reduce a un denso «Te quiero». Por eso lo repite tanto.
     – ¿Estás en crisis? Como un barco a la deriva, lanza un S.O.S. repetido y confiado.
     – ¿Te sientes pobre, incapaz de rezar como quisieras? El rosario en su origen es oración de pobres: era el salterio de los que no sabían leer.

     Prueba. Pon un discreto «decenario» en el bolsillo y anímate. En las idas y venidas en autobús, en el momento vacío de una vigilancia, caminando en solitario por la calle, vete desgranando avemarías y contemplando misterios. Unos días más y otros menos...

     Tal vez digas que te distraes. No importa: es una oración que te permite «distraerte», porque se convierte en el telón de fondo de tus preocupaciones inmediatas. Es como el mar. ¿Quién se ha cansado jamás de ver y oír el mar? La vuelta monótona de las olas rompiendo en espuma en la orilla es una melodía que nunca estorba. La vuelta repetida de las palabras esenciales del cristianismo van tejiendo en el entramado de nuestra vida una sutil y alegre presencia. Está el Señor, está Ella, están los hermanos todos.

     Miguel de Unamuno lo ha expresado tan bien que no resisto a la tentación de transcribirlo:

Dios te salve, María,
las olas vienen;
Santa María,
las olas van.

Dios te salve, María,
rezan las olas;
Santa María,
reza la mar.

Dios te salve, María,
es el rosario,
Santa María,
sin acabar.

Gloria Patri: un punto
sonríe el Padre,
y reza el mundo.
Amén,
y Dios también.

J. M. Salaverri

     Vamos: «En el nomne del Padre, que fizo toda cosa, et de don Ihesuchristo, Fijo de la Gloriosa, et del Spiritu Sancto, que egual dellos posa».

10

     En el Gemelli hay dos «esculturas»: una, en la misma puerta de entrada; otra, en lo hondo del hall a la derecha.
     La primera es una esfera formada sólo con manos que se entrelazan. Titulada: L’umanità.
     La otra, es una cruz, triplicada en sus 4 lados, como hojas de una rosa, cóncavos, y una bola en medio. Al pie la inscripción:

PADRE FIGLIO E SPIRITO
UNO E TRINO
ABBRACCIO AL MONDO CREATO
SOSTEGNO DELL’UOMO
NELLA SUA SOFFERENZA

(Padre, Hijo y Espíritu / uno y trino / abrazo al mundo creado / amparo del hombre / en su sufrimiento)


11


     En el Policlínico Gemelli hay dos capillas: la cappella del II piano y la cappella del III piano «San Giuseppe Moscati».
     Iba a la del III piano a estar, a respirar.
     Iba a la del II piano a misa de las 07,00 ó de las 17,00, según los días. A la de las cinco queda mejor decir «íbamos», porque éramos unos cuantos los del «reparto» (sección) que recorríamos juntos el kilométrico pasillo hasta el final.
     El sábado, 11, concelebré en la misa de las cinco. Al leer el evangelio del domingo las «c» de crocicchi (encrucijada) se me desentonaron. Una vecina me dijo luego: Bella messa, y añadí: malgrado i crocicchi. Es que en esa semana he aprendido más italiano que en seis meses fuera.
     Misa con cantos, el canto final algún día sonaba a ópera. Pero allí quedaba bien.

12


     Yo que he ido explorando en el mar de los santos, desconocía la existencia del santo médico Giuseppe Moscati (beatificado por Pablo VI en 1975, canonizado por Juan Pablo II en 1987). Un fuera de serie. Se presentó a dos oposiciones simultáneamente: «Nel primo dei concorsi, su ventun classificati, riesce secondo; nell’altro riesce primo assoluto, e ciò in modo così trionfale che –come si legge in un giudizio qualificativo– “fece sbalordire esaminatori e compagni”». Le tengo cariño al verbo sbalordire (asombrar) porque Germán lo empleaba en alguna ocasión solemne.
     «Celebre e ricercatissimo dell’ambiente partenopeo» (pese a mis progresos en el “imparare” [aprender] italiano, confieso que he tenido que consultar el diccionario para saber que significa napolitano).
     En Nápoles «quando, il 12 aprile 1927, il Moscati muore improvisamente, stroncato in piena attività, a soli 46 anni, la notizia del suo decesso viene annunciata e propagata di bocca in bocca con le parole: “È morto il medico santo”».
     En la fotografía del tapiz vaticano del día de su canonización se le ve con gafas y un bigote que deja sbalordito.

13


     Las noches y los días en el Gemelli eran largos. Me dieron tiempo para leer tranquilamente un par de libros y medio. El medio es «Le porte del peccato. I sette vizi capitali» del gran Ravasi. Del primero, «Ratzinger professore. Gli anni dello studio e dell’insegnamento nel ricordo dei colleghi e degli allievi », anoté cuatro frases que me llegaron al alma. La primera porque la sabía por experiencia. La segunda, ese «Ma è senza amore», que a mi manera también había dicho con dolor de algunos que se dedican a la educación. La de la finestra, la de la pazienza…

I. «Joseph siempre decía: al dar clase, lo ideal es cuando los estudiantes dejan a un lado el bolígrafo y sólo te escuchan. Mientras toman notas de lo que dices quiere decir que les interesa, pero que no les sorprendes. Cuando sueltan el bolígrafo y te miran mientras hablas quiere decir que quizá les has llegado al corazón»

II. «El Papa está dolorido y un poco desilusionado. Dijo: “X es joven, confiaba que llegaría a ser un guía teológico en el futuro. Pero no ama. No podrá serlo”»

III. «El maestro es como una ventana que cumple su mejor función cuando deja que se vean los amplios horizontes a través de él»

IV. «La pazienza, forma quotidiana dell’amore»

14

     Viviana venía todos los días a estar con Nino (Antonino), mi compañero de habitación, a media mañana; iban a comer juntos a la tavola calda; volvía ella luego antes de la cena; y se despedía hasta el día siguiente tan cariñosamente. Al poco, desde su casa, llamaba por el móvil, y escuchaba yo lo que Nino, casi tan joven como yo, le susurraba a su mujer.
     Un día que el periódico traía un reportaje sobre Viviana Leigh, le dije a ella: «Come lei». Sonrió diciendo: «Lei era più bella». Me quedé dudando.
     Y Pasquale, que asomaba por el reparto antes de la prima colazzione y pasaba el día junto a su mujer hasta que tenía que marcharse a dormir cerca en una residencia de religiosas. Los dos eran de los de la procesión a la misa de las cinco. Una noche, al marcharse, me dijo que ella sólo quería que fuese él a acompañarla, más que sus hijos, que sus hermanas…
     Muchas veces, sentado frente a la puerta de entrada, cerca de la cruz del hall con sus triples brazos, viendo pasar a enfermos y sanos, a jóvenes, ancianos, niños, médicos, enfermeras y cuidadores, pensaba que es verdad: «La vita è bella».
     Y recordaba lo de Bessière en «Préstame tus ojos», diciendo tan hermosamente lo que yo he visto también:

Sesenta años de casados. Él tiene 92 y ella 86. ¡Cuántas veces él ha salido a trabajar, cuántas ha regresado! Días y noches, las estaciones, el hijo... y diariamente la orilla cercana, con el temor a la subida repentina del río, a comienzos de marzo, cuando la nieve se funde. Han asfaltado su callejuela, han reconstruido dos veces el puente desde el día en que «salieron juntos de la iglesia». En el taller, él ha silbado trabajando, toda la vida. Ella, a su vez, ha canturreado en la cocina.
Ha llegado el momento en que la salud empieza a resquebrajarse. Sobre todo la de él. La otra tarde hubo que llevarle en ambulancia urgentemente al hospital: edema pulmonar... Al día siguiente por la mañana, no se sabía nada; esperando lo peor, habían preparado la mortaja. Y he aquí que suena el teléfono de la vecina: estaba en reanimación y pedía que le llevaran las gafas «para ver mejor a las enfermeras». Durante toda la noche, en la camarilla, les había estado cantando las canciones de su infancia. Por la mañana quería ver sus caras. Un amigo médico me decía: «El corazón no envejece...».
Días más tarde, cuando salió de reanimación, llevé a su esposa al hospital: pudo verle durante un buen rato. ¡Él se había puesto las gafas! Cuando llegó la hora de regresar al pueblo, fui a recogerla a la habitación que compartía con otros dos enfermos. En el momento en que íbamos a salir, cuando ella se había puesto ya el abrigo, le hizo ademán de que se acercara. Pronunció su nombre con cariño y añadió en voz alta: «Te quiero», sin preocuparse de las personas presentes. Y ella, apurada, le contestó apresuradamente: «¡Que ya lo sé, ya lo sé!».
Sobre la almohada, el viejo rostro, los cabellos blancos ralos, la mirada un poco inquieta, la voz que tiembla ligeramente: la pobreza perpetua del amor.

15


     A Nino le comenté que yo había sido muy feliz durante ochenta años. Que no tenía ningún inconveniente en irme ya. Que la frase de Mauriac: «Al no ser necesario, ¿no se le llama morir?» era verdad.
     Él argumentó en contra delicadamente: «Cuando vayan a operarme, si le llamo para que me confiese ¿vendrá?»
     «Yo también he sido feliz. Pero tengo en casa a mi madre, noventa años cumplidos. Creo que soy necesario todavía».

16


     A la hora de la cena (18,30) vino Willy a verme. Nacido en Lubumbashi, está en Roma para hacer el doctorado en teología. Como su italiano es más elemental que el mío, que ya es decir, le he asociado para que vaya a mi misa de los domingos a las 12,00 y lea el evangelio.
     Mientras cenaba me contó sin prisa, con detalles, lo que sucedió haciendo Ejercicios de mes en Loyola. Genial.
     Al ir a acompañarle al áutobus (que en Italia los autobuses son esdrújulos) le regalé las dos rebanadas de pan de mi cena y un sobrecito con aceite. No para ser original. Me salió de dentro, una manera de agradecerle sin palabras la visita.
     En la entrada del Gemelli le señalé la escultura de la Trinidad abrazando al hombre nella sua sofferenza.
     Me ha dicho que volverá para fotografiarla de nuevo, con luz.

     Luego, mientras tardaba en dormirme, afloró en el recuerdo una visita que hice en las Açores, a la humilde familia de un nuevo sacerdote. Me obsequiaron con pan y con vino. Sólo. (Más que «sólo» tendría que escribir «con tanto»). Nunca había sido tan agasajado. Sentí que estábamos diciendo misa.

17


     El viernes, para celebrar mi marcha, Nino me invitó a un café. Como dije: cafè lungo per me y él entendió “Fernet” (¡y yo que creía que había hecho tantos progresos en el italiano!) pidió un cafè y un Fernet, que para no desairarle tuve que tomarme (El Fernet es una bebida alcohólica amarga elaborada a partir de varios tipos de hierbas, que son maceradas en alcohol de uva, filtradas y añejadas en toneles de roble durante un período que puede ser de 6 a 12 meses. Su graduación alcohólica es del 45% y posee un color oscuro y un aroma intenso). Pero no estaba amargo, doy fe.

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     Cuando marché el sábado a las 11,00 él estaba haciéndose unos análisis. Le dejé escrito en el periódico, que como todos los días él había ido a buscar a primera hora y siempre me dejaba leer: Nino: Grazie. JSV. (Hay veces en las que uno quisiera que la palabra «gracias» en vez de 7 tuviera 17 letras por lo menos).
     A Viviana le comenté que la compañía de su marido había sido un regalo para mí. Ella sólo dijo: Usted le ha dado paz.
     
     Hoy, lunes, a las 12,00 ha sonado el móvil. Era Nino: Que nos veremos.

Jorge Sans Vila

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La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evan gelio. - PABLO VI