Siete días dos meses antes

 

 
     Dos meses antes le pedí que escribiera Siete días de su vida de prepresbítero. Los escribió y me los envió.
     Poco antes del 22 de junio recibí la comunicación de su alegría, con el cuadro de Sieger Köder. Tiene buen gusto.
     Me gustaría saber qué piensa de esos siete días dentro de 50 años.
JSV
     

I

     Hoy, como cada mañana al despertar, he bajado a la cocina a prepararme un café. Existen pocos placeres en el alambicado universo de mi sensualidad de tan extrema cotidianidad y sencillez: me encanta el café recién hecho, y más aún el que tomo a la hora en que el sol todavía no presagia el advenimiento del día aún por estrenar. Rápidamente he echado un vistazo al correo electrónico y me he encontrado una noticia que, aunque esperada, no deja de resultar inquietante: el 22 de junio me ordeno sacerdote. Me lo comunicaba Juanjo, nuestro delegado en España. Un ligero cosquilleo se ha apoderado entonces de mi estómago, síntoma de un nerviosismo que supongo que será normal.
     Normal. Normal es una palabra que no me gusta, porque desvirtúa la realidad profunda de las cosas. Su uso disimula una concepción de la existencia en la que lo contingente adquiere el rango de absoluto. Ir a la escuela, tener un plato de comida en la mesa, comprarse un coche, una vivienda, casarse, tener hijos… Todo ello es normal. Un día, sin embargo, el timón de nuestra vida vira bruscamente a causa de algún incidente y la normalidad se quebranta: la pérdida de un puesto de trabajo, una enfermedad incurable, un accidente de tráfico, etc. Uno cae entonces en la cuenta de que la vida no es normal, que todo lo que uno es y tiene no es más que un regalo inesperado, un don imprevisto. Lo normal se torna extraordinario y la conciencia agradecida.
     Me quedan sólo un par de meses para ser ordenado sacerdote. Para muchos se tratará de un acontecimiento normal: procedo de una familia cristiana, de pequeño fui monaguillo, ingresé en el seminario menor a los doce años, etc. El evento que se avecina puede interpretarse como la tierra firme hacia la que ha tendido la pendiente resbaladiza de mi trayectoria vital. Yo mismo corro el riesgo de considerar de este modo las cosas. Pero sé que no es así. El próximo 22 de junio, cuando el obispo imponga sus manos sobre mi cabeza, estaré recibiendo un don que no es normal, de igual forma que el día que mis padres me concibieron sucedió algo que no puede ser descrito como normal. La vida, y los sinuosos caminos que se abren a su paso, son extraordinarios, son un don.
     Me he ido a la capilla para dar gracias a Dios, como cada mañana, por el nuevo día. Hoy no he rezado laudes, ni siquiera he leído las lecturas del día, como acostumbro a hacer. Me he quedado mirando el sagrario y he esperado a que el cosquilleo de mis tripas se desvaneciese. Sin mediación de palabra alguna, he tratado de dar gracias a Dios por el don de la vida, del amor al que me invita a participar cada día y el que me invita a regalar en cada instante. No dije nada, pero estoy seguro de que Él me ha escuchado.


II

     Tras conocer la fecha de la ordenación, apenas he tenido mucho tiempo para pensar en ello. La Semana Santa estaba encima y quedaban muchas cosas que preparar antes de partir a Cañada de Onofre, el lugar donde este año hemos ido a misionar. Se trata de un pequeño pueblo del Estado de México situado a una hora y media –si el tráfico lo permite– de la Ciudad de México.
     Las misiones son una práctica habitual en México en los días de la Semana Santa. Vendrían a ser lo que en España denominamos Pascua Juvenil. Este año los destinatarios de las actividades no han sido sólo los jóvenes, sino también los niños y los adultos. Hemos tomado el lema de la misión de Aparecida: Discípulos y misioneros de Jesucristo. Para que nuestro pueblo en Él tenga vida. Los misioneros rondábamos la veintena, la mayoría de ellos procedentes de parroquias de Atizapán, un pueblo que por su cercanía con el Distrito Federal se funde ya con la gran ciudad. Los demás eran animadores del Instituto de Pastoral Vocacional, el lugar donde trabajo desde hace dos años.
     Estoy satisfecho con el resultado de las misiones. El grupo de misioneros se ha integrado muy bien y, a su manera, los muchachos han vivido con intensidad la Semana Santa. La convocatoria ha sido un éxito: tanto niños como jóvenes y adultos han participado masivamente en las actividades programadas.
     Una vez más, sin embargo, he podido constatar las enormes diferencias de estilo de vida y el resultado de la desigualdad. La mayoría de los habitantes de Cañada vienen a trabajar al Distrito. Las mujeres como empleadas domésticas; los hombres en la construcción o en la industria, percibiendo sueldos que en Europa calificaríamos con rigor de míseros. La única escuela del pueblo es la de primaria: la secundaria la estudian con un profesor virtual (con televisión y video) y la preparatoria (el bachillerato) más cercana se encuentra a una hora en autobús. Es una situación desgarradora que entraña visos de injusticia y a la que, por desgracia, uno se acostumbra, quedándose anclado en el estrecho de la rutina y la indiferencia.
     En Cañada he celebrado mi primera boda. Llevo más de medio año ordenado de diácono, pero mis tareas habituales no me permiten explotar la dimensión litúrgica del ministerio. Los novios, Carmen y Miguel, estaban más que emocionados. Sus tres hijos han actuado como testigos de excepción. Carmen y Miguel, a juzgar por los cánones de la normalidad, deberían estar celebrando sus bodas de plata pero, como tantas otras parejas de Cañada, optaron por irse a vivir juntos sin mediar celebración civil o eclesiástica alguna.
     Es domingo de Resurrección y, al llegar a casa, junto a la satisfacción por las fatigas de estos días, emergen estas constataciones o pensamientos inconclusos que no sé si conducen a alguna parte. En estos días apenas he pensado en ello, pero ahora me sorprende de nuevo el cosquilleo en el estómago ante la inminencia de la ordenación presbiteral. Las emociones y los proyectos van tomando cuerpo en mi corazón: voy a ser cura en medio de un mundo roto donde la injusticia, lo extraordinario, la desigualdad y la resignación conviven con normalidad. En tal coyuntura adquiere mayor peso la convicción de que todo es don y que el más preciado que poseo es la esperanza. Esperanza de que el tercer día llegará, de que la existencia algún día resucitará y será una vida plena y justa. Mientras tanto, a bregar… con la mirada alta y el horizonte despejado.


III

     Al releer las páginas precedentes caigo en la cuenta de que no me he presentado. Son pocos los datos que verdaderamente revelan quién soy, pero son necesarios. Mi nombre: Juan Francisco; mi pueblo: la Villa de don Fadrique (Toledo); mi familia: mis padres, Julián y Luisa, mis dos hermanas, Consuelo, casada con Iván y dos niños –Diego y Javier– y Pili, con retraso mental y frecuentes crisis epilépticas. Mi trayectoria: aleatoria, pero coherente, con dirección y llena de sentido. Ingresé al seminario menor de mi diócesis con doce años. Comencé en el aspirantado de Salamanca los estudios de filosofía y teología. Interrumpí este periodo para realizar una experiencia de misión en Mishikishi (Zambia). Regresé a Salamanca para finalizar la teología y después me enviaron a México de etapa pastoral. Aquí llevo ya cerca de dos años, en un instituto de pastoral vocacional, un centro que posee un triple objetivo: estudiar el fenómeno de la vocación, capacitar agentes de pastoral vocacional y difundir la doctrina vocacional de la Iglesia a través de diversos medios, entre ellos las publicaciones.
     Se trata de una tarea apasionante, que me ocupa el tiempo, las ganas y las energías. Dicen que lo fundamental no es lo que uno hace, sino cómo lo hace. En mi caso, ambas cosas son importantes, porque no podría esforzarme con igual intensidad si el trabajo no me apasionase. Considero un privilegio el poder empeñar mi vida en algo que me desafía constantemente.
     Se trata de una tarea pastoral un tanto anómala –ya estamos con lo normal y lo anormal–, porque no tengo una comunidad de fe de referencia. Mucho tiempo lo paso en soledad, preparando algún tema para un curso o perfilando alguna futura publicación. Afortunadamente, he aprendido a administrar los tiempos de tal modo que las horas se me escapan de las manos. A ello ayuda el hecho de que no trabajo solo: Emilio, mi compañero sacerdote y especial amigo, comparte conmigo la dedicación y la ilusión que cada nuevo proyecto genera.
     Sé que, como cura, me tocará lidiar en plazas variopintas. Ahora me encuentro cómodo, con una vida llena, en paz… Pero algún día llegará el tiempo de las vacas flacas, cuando la tarea no me absorba con la voracidad de ésta que ahora desempeño. Es algo que pienso de vez en cuando y que, al considerarlo, me agobia un poco. Me da miedo “quedarme sin trabajo”. En nuestra sociedad se valora la eficacia laboral, la profesionalidad y el buen hacer. Todo el mundo se capacita para acometer con eficiencia su trabajo. Ahora me siento a gusto y capacitado para realizar la tarea que se me ha encomendado, pero sé que esta sensación no va a durar toda la vida.
     Es difícil compaginar el valor de la profesionalidad, tan en boga en nuestro tiempo, con el estilo de vida sacerdotal. Muchas de las labores que me va a tocar realizar se califican con frecuencia de inútiles, o al menos de prescindibles. Soy hijo de mi época, y temo caer en la tentación de considerar así las cosas. Presidir la celebración de la Eucaristía, servir de mediador para la reconciliación, escuchar y consolar a quien lo necesite… ¿es prescindible? En mi mente radica la convicción de que no, de que semejantes actos hoy, como siempre, son necesarios para nuestras humanidad rota. Pero el viaje de la mente al corazón es pedregoso y siempre de ida y vuelta. Temo que estas convicciones se enturbien algún día debido a un sentimiento pasajero de esterilidad o inutilidad personal… Es más que posible. Lo digo porque, en cierta manera, alguna vez he tenido esa experiencia.
     La actitud necesaria para encajar la posibilidad de sentirme “incompleto” en el cuadro de mi vida es la de la gratitud. Gratitud por todo lo bueno que Dios hace en mi vida. Por lo que me ha dado y por lo que me da ahora. Estoy seguro de que en otro momento de mi vida me regalará otros retos y desafíos, otras oportunidades para crecer y estar cerca de Él. Sólo siendo consciente de que este tiempo de vacas gordas es un don suyo podré disipar estos miedos y temores que, de vez en cuando, me asaltan.


IV

     Esta mañana he ido al aeropuerto a recoger a José Miguel, sacerdote operario que trabaja en la editorial Sígueme. Hace poco estuvo en México con Cristian, el diseñador de la editorial, para realizar diversas gestiones comerciales y poner en marcha un interesante proyecto que comprendía una exposición de los cuadros de Cristian y varias conferencias impartidas por pensadores que han publicado varias de sus obras en la editorial. A pesar de que no hacía mucho que nos habíamos visto, teníamos muchas cosas que contarnos. En el camino del aeropuerto a casa nos hemos puesto al día de nuestras vidas y proyectos pastorales.
     Formar parte de una fraternidad sacerdotal es una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida. Un gesto tan sencillo como ir a recoger al aeropuerto a un hermano y amigo sacerdote, que vive a miles de kilómetros y que ejerce su ministerio empeñado en una tarea diferente a la mía, me llena de gozo y una serena alegría. Poder compartir proyectos, sueños e ilusiones a pesar de la distancia –geográfica y laboral– que nos separa es, como todo, un regalo inmerecido.
     Vivir y trabajar en equipo es hermoso y gratificante, pero conlleva siempre esfuerzo y abnegación. A pesar de que valoro mucho la autonomía, lo que más me atrajo de la Hermandad de Sacerdotes Operarios, la institución de la que formo parte, fue este estilo de vida y de trabajo “en equipo”. Cuando observaba a mis formadores en el seminario menor, me llamaba la atención el afecto y la confianza con que se trataban. Aunque cada uno poseía un carácter particular, sus criterios y sus modos de estar eran semejantes. A partir de entonces, sólo quise ser sacerdote de esa manera. Durante años, este ideal de la vida en equipo ha adornado mi concepción de la existencia sacerdotal. Aún sigue ejerciendo una fascinación insuperable sobre mí, aunque cada vez soy más consciente de que semejante camino no está exento de dificultades.
     Refiero estas reflexiones al recordar a José Miguel porque su presencia es signo de esta Hermandad universal y peregrina. Somos un puñado de curas dispersos por el mundo, empeñados en tareas de lo más dispares, pero con un vínculo que nos une: la vida y el trabajo en equipo. Es nuestra seña de identidad más profunda y elocuente.
     Por la tarde he ido a la basílica de Guadalupe, donde José Moreno, otro sacerdote operario, ha celebrado su primera misa. Aunque oriundo de Querétaro, ha querido acercarse a la basílica para consagrar a la Virgen su sacerdocio. No he podido evitar pensar, mientras le escoltaba como diácono tras el altar, en el momento en que me veré en tal coyuntura. De nuevo, el famoso cosquilleo estomacal ha hecho acto de presencia. Paciencia…Todo llega.


V

     A primera hora de la mañana llamó Eduardo, de la imprenta, avisándonos de que iban a venir a traer el libro nuevo. Antes de la hora de la comida ha llegado el transportista con los mil ejemplares que les pedimos. Antes de rasgar el envoltorio Emilio y yo nos hemos mirado compartiendo la emoción de recibir una nueva “obra”.
     De momento no somos autores consagrados. Todo se andará. Somos, simplemente, un par de obreros de que se empeñan en poner su granito de arena para que el edificio siempre inacabado de la evangelización adquiera la altura que nuestros tiempos merecen. Este libro lleva por título La vocación en el cine. Se trata de una selección de películas que, o bien por su contenido general o por el de alguna de sus escenas, son idóneas para su uso en catequesis de índole vocacional. Detrás de sus páginas hay muchas horas de trabajo. Son sesenta y cuatro películas, que se dice pronto. Verlas varias veces, seleccionar las escenas y elaborar el guión catequético no es labor de un rato: la redacción nos ha llevado más de cuatro meses.
     Después de descargar la mercancía hemos ayudado a Goyo, el muchacho que se encarga del mantenimiento de la casa, a acomodar el material en la biblioteca que, a falta de una instalación más adecuada, sirve de almacén improvisado. Desde allí serán distribuidos poco a poco en nuestras salidas a lugares todavía desconocidos donde nos desplazaremos para impartir algún curso o taller.
     Cuando considero el trabajo y la dedicación que nos ha exigido la elaboración de esta obra, no puedo evitar pensar que semejante trabajo guarda cierto parecido con la vida del cura. Se realiza en silencio, con paciencia y tenacidad, con la esperanza de que algún día el resultado de la tarea le sirva de utilidad a alguien. Raramente se registra un éxito inmediato. Lo habitual es que los libros tarden en salir del almacén. Pero al final, después de haberse dado a conocer, se agotan.
     En nuestro tiempo el cura carece del reconocimiento social “per se” del que gozó antaño. Hoy ser cura conlleva situarse en un rol que en muchas ocasiones se revela incómodo. Es un rara avis que adorna el paisaje del cuadro social a veces con tonos alegres y otras veces más grisáceos. Me parece que el empuje de la sociedad por un lado, y el de la renovada teología del sacerdocio por otro, le sitúan en una coyuntura relativamente nueva. Se trata en ocasiones de, simplemente, estar, de trabajar calladamente, alentado por la esperanza de que en el momento más inesperado los valores del reino cobran vida en el gesto más insospechado. Es un trabajo a fondo perdido, que aguarda resultados a largo plazo, si es que estos finalmente se constatan.
     Esta es una de las lecciones que mi actual tarea me está dando. La labor pastoral, aunque sea en su conjunto apasionante, exige dedicación, esfuerzo y silencio; sobre todo silencio. Me voy percatando de que ser cura implica apostarse en la retaguardia de la vida, sin esperar protagonismo alguno. Le pido a Dios que genere en mí la disponibilidad necesaria para acoger gozosamente el lugar que por el desempeño del ministerio sacerdotal me deparan los vericuetos de la vida.


VI

     Son ya casi las dos de la madrugada y acabamos de comernos unos tacos en el puestito de Lomas de Sotelo. Como cada vez que nos reunimos el grupo de jóvenes colaboradores del Instituto, hemos ido a llevar a Vero, Laura e Imelda a su casa. Viven en Atizapán, a media hora en coche de aquí. Ya se ha hecho costumbre hacer una parada a la vuelta en el puestito de los tacos o en el de las hamburguesas.
     Aprovechando la presencia de José Miguel, les ha explicado algunas cosillas sobre la editorial Sígueme y la razón por la que una institución como la nuestra sostiene este tipo de obras apostólicas. Después hemos programado la visita a Cañada, prevista para dentro de dos fines de semana. Vamos a visitarlos una vez al mes para tratar de dar vida a la parroquia, que está casi muerta. De este modo podemos dar continuidad al trabajo realizado durante las misiones de Semana Santa. Por último, se han ultimado los preparativos del viaje a España para estar presentes en mi ordenación.
     Como no poseo ninguna bola de cristal en la que sea posible vislumbrar el futuro, desconozco cuáles son los lugares por los que habré de pasar o el tipo de tareas que me serán encomendadas en los años venideros. No me preocupa lo más mínimo, la verdad. Tengo claro que allá donde esté, y haga lo que haga, trabajar con los jóvenes será siempre una prioridad para mí. Me suena raro esta expresión –trabajar con jóvenes–, porque soy uno de ellos, pero resulta elocuente.
     Tengo la impresión de que me ha tocado vivir una época especial. Algo está cambiando, aunque no sepa muy bien qué. Se acerca el final de una configuración socio-eclesial que dista mucho de la vitalidad y el entusiasmo que distingue al grupo de los seguidores de Jesús en los textos del Nuevo Testamento. Creo que algún día contemplaré una nueva fisonomía de la Iglesia, y aunque desconozca sus rasgos, estoy seguro de que los que ahora somos jóvenes tendremos un lugar ineludible en este proceso de trasformación.
     De momento voy compartiendo mis ganas e ilusiones con este grupo de jóvenes. Nos solemos reunir una vez al mes para cenar, rezar juntos y recibir algún tema formativo. Es un tipo de pastoral juvenil quizá poco incisivo, y algo desmarcado de la referencia eclesial, pero muy apegado a la vida, a los sueños y proyectos de cada uno. No me cabe la menor duda de que Dios sigue hablando al corazón de las personas, con un lenguaje quizá incomprensible para muchos, excepto para el interesado. Acometer de este modo la pastoral juvenil tiene mucho que ver con el comentario de ayer. Es una presencia silenciosa de la Iglesia, paciente y cercana, que tiene poco parecido con las grandes epopeyas pastorales de antaño. Algunos la juzgarán sosa o mediocre, pero a mí me parece el camino adecuado.


VII

     Dentro de media hora parto para el aeropuerto, donde tomaré un vuelo rumbo a Madrid. Acabo de cerrar la última maleta de mi equipaje. Las últimas horas han sido de infarto, pero al final me ha dado tiempo a hacer todo lo que me traía entre manos.
     Anoche tuvimos reunión con el grupo de laicos. Les mostramos la nueva página web del centro, que, aunque realizada con prisas, ha quedado bastante decente. Evaluamos el desarrollo del último taller para laicos, impartido por ellos mismos, con el fin de mejorar el próximo. Esta mañana hemos tenido reunión del equipo de pastoral vocacional de nuestra vicaría, donde hemos programado las visitas a varios colegios de la zona para ofertar diversas convivencias vocacionales destinadas a muchachos de los últimos años de bachillerato. Justo antes me habían traído las invitaciones y recordatorios de la ordenación. Han quedado preciosos. Son cuadros de Sieger Köder, un pintor alemán, que representan escenas evangélicas imprescindibles: el lavatorio de los pies, Simón de Cirene ayudando a Jesús a llevar la cruz, Jesús partiendo el pan frente a los discípulos de Emaús y una cruz donde se recogen los momentos fundamentales de la historia de Jesús.
     Experimentar las prisas es una sensación genial. Cerrar asuntos a contrarreloj me provoca la conciencia de que, en medio de la hecatombe personal que se avecina, la vida sigue y me espera. Me marcho a España a preparar (me) este evento que cambiará mi vida de la noche a la mañana; pero sé que, a mi regreso, me esperan proyectos, personas, andanzas. No puedo dejar de dar gracias a Dios por todo ello, por la gracia que derrocha a mi alrededor. Estoy nervioso, para qué ocultarlo. Me aguarda un mes extraordinario, irrepetible. En una semana estaré en Zaragoza de ejercicios espirituales. Tengo ganas. En un mes seré ordenado sacerdote. También tengo ganas.
     Entre todos los sentimientos que me adornan en estos momentos destaca el de la gratitud. No es necesario dar más explicaciones. Es justo dar gracias a Dios por todo lo que ha obrado en mi vida. Mientras le pido que transforme mi persona en un cauce de su misericordia, Emilio llama a la puerta de mi habitación. Echo un vistazo a mi alrededor y está todo en orden. Es hora de apagar el ordenador y partir.

Juan Francisco Comendador

447
La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evan gelio. - PABLO VI