Desde Lubumbashi

 

 
     A través de las hojas vocacionales 425, 427, 428 y 434 muchos hemos conocido algo de las andanzas del misionero Carlos Comendador en Mishikishi. En la hoja 441 (septiembre 2007) veíamos cómo el misionero «afinaba-la-voz».
     Ahora «desde Lubumbashi» con 11 palabras nos sitúa en su nuevo campo de acción. (Y siempre la pregunta implícitamente formulada: ¿Por qué no te vienes a echarLe tus dos manos a Quien dijo "Necesito tus manos para seguir bendiciendo; necesito tus labios para seguir hablando; necesito tu cuerpo para seguir sufriendo; necesito tu corazón para seguir amando; te necesito para seguir salvando a los hombres mis hermanos"?).
     El misionero titulaba su primer envío desde Lubumbashi: «Glosario desde un Seminario Menor». Que es lo que es. Pero yo prefiero reservarlo para título de un futuro libro, cuando las palabras desveladas sean 55 ó 77.
     Para los curiosos: dos ventanas, dos páginas web, desde las que se ve algo en lo que trabaja el misionero: www.cineyvocacion.org / www.auservicedesvocations.org.
JSV
     

VIAJE

     Puedo decir sin miedo a equivocarme que el año 2007 fue un año de viajes. Tuve la suerte de subirme varias veces al avión y de acercarme a diferentes culturas. Toda una bendición que a uno le hace crecer y ensanchar el horizonte del corazón. Una gracia que te permite también conocer a nuevos hermanos y saber del trabajo que hacen. Una gran experiencia sin duda. Sin embargo, también tengo que decir que todavía estoy embarcado en el viaje más importante de todos.
     Fue en septiembre cuando volví a África, pero esta vez a Lubumbashi, la segunda ciudad más importante de la República Democrática del Congo. La distancia que hay con respecto a la Misión de Mishikishi (Zambia), donde trabajé tres años, es de sólo 300 kilómetros, y puesto que ya había visitado Lubumbashi en varias ocasiones, este viaje, definitivamente, no era el que más me preocupaba.
     Hace algún tiempo leí que determinadas personas al llegar a cierta edad (sobre todo en torno a los cuarenta años), pasan por una crisis que hace temblar los cimientos de su edificio existencial. Muchos salen airosos de esta situación comenzando prácticamente una nueva vida con nuevas ilusiones y más profundas motivaciones. A este nuevo nacimiento lo llaman algunos “segundo viaje”. Y algo que me llamó poderosamente la atención era el hecho de que muchas veces este segundo viaje interior estaba provocado por un verdadero viaje exterior que obligaba a salir de la monotonía aunque fuera de manera forzosa: una mudanza, un nuevo trabajo, un nuevo destino…
     En mí se da todo un mosaico de cambios: nuevo país, nuevas lenguas, nueva comunidad, nuevos horarios y costumbres, una gran ciudad con respecto a la zona rural, un seminario con respecto a una parroquia con varios proyectos sociales y un nuevo ministerio que es doble: director espiritual del Seminario Menor Saint François de Sales y miembro del equipo que está poniendo en marcha el Centro de servicios de Pastoral Vocacional “Mchungaji Mwema” (Buen Pastor, en swahili). En definitiva, todo esto me ha exigido, y aún me exige, pequeños retos cotidianos de adaptación al medio y de transformación interior.
     Y después de todo, la sensación que tengo es que, con crisis o sin ella, me estoy embarcando en un nuevo viaje personal que no sé si será el segundo o aún el primero. Creo que algunos lo llaman a esto madurez y otros, sensatez.


EXPERIENCIA

     Tengo que reconocer que al comienzo del curso, cuando llegaron los chicos al seminario, me distraía mucho. Ahora también me distraigo, pero menos. Sin embargo entonces, muchas veces no estaba aquí: el cuerpo estaba presente aunque al espíritu le gustaba ir y venir; le gustaba viajar con frecuencia a Toledo.
     No era la melancolía ni la morriña; tampoco el echar de menos determinadas cosas, situaciones o personas, ni siquiera la familia. No, no era eso. Al ver estos chicos ¿cómo no pensar en mí mismo cuando yo tenía su edad, en los compañeros que tuve, en los formadores que me educaron, en el edificio que para mí fue mi otra casa? No lo podía evitar.
     En cierto modo, estoy de enhorabuena. Celebro mis bodas de plata. Y creo que los motivos de tal jubileo nadie los conoce. Quizá sólo mi madre, a quien no se le escapan las fechas de los aniversarios familiares. Hace veinticinco años di un salto cualitativo en mi vida, un salto que uno no descubre cuando sólo tiene once primaveras. Hace veinticinco años entré en el Seminario Menor de Toledo. ¡Este es mi jubileo y mi fiesta!
     Son muchas las vivencias, las amistades y los momentos que recuerdo de esos cuatro años allí vividos. Unos recuerdos que conforme pasa el tiempo, al igual que el buen vino, se saborean cada vez con más gusto y placer. Simplemente puedo decir que fui un chico feliz y que todo lo que encontré en esa gran casa me ayudó a serlo de manera sencilla y en el día a día.
     Las circunstancias hacen que celebre éste, mi jubileo personal, habiéndome pasado al otro bando, el de los formadores. Y probablemente sea ésta la razón que me ha hecho recordar tanto mi experiencia de seminarista menor, sobre todo en todo lo que se refiere a la relación que teníamos con ellos, a quienes entonces llamábamos “superiores”.
     Ahora me comparo con los más jóvenes que tuve y llego a la conclusión de que eran más jóvenes de lo que yo soy ahora. Y yo, que me veo tan mediocre, tan tibio y tan vulgar, me sorprendo al descubrir que soy mayor que ellos, que me parecían tan enteros, tan respetables y tan buenos sacerdotes y educadores… ¿Será esto la idealización que todo adolescente hace de determinados adultos? ¿No será que no estoy yo a la altura?
     Decía que al comienzo de curso, cuando llegaron los seminaristas, me distraía mucho. Creo que, en el fondo, se trataba de que yo no terminaba de creerme que ahora fuera formador. Por eso buscaba en los que fueron mis superiores modelos de carne y hueso que me orientasen en mis primeros pasos de novato. No se trata de melancolía barata sino de instinto de supervivencia.


SANDALIAS

     A decir verdad no me puedo quejar del lugar donde estoy. Antes de llegar a Lubumbashi se consideraron varias combinaciones para hacer los equipos que había que reforzar tanto en nuestro Aspirantado como en el Seminario Menor de la diócesis. Y al final, me pidieron ser acompañante espiritual en este último. Y creo que, a nivel personal, fue un acierto.
     Me considero en continuo aprendizaje, y eso de cargar con la responsabilidad espiritual de un grupo de filósofos sin tener experiencia previa me asustaba un poco. Era demasiado para mí. Y como decía uno que “los experimentos se hacen con gaseosa”, yo ahora me “experimento” como director espiritual, me pongo a prueba e intento aprender de los errores y del día a día, con un grupo de veinticinco seminaristas menores.
     Pero ¿por qué tantos reparos? Me parece que la dirección o el acompañamiento espiritual es un terreno sagrado. Muchas veces viene a mí la imagen de Moisés ante la zarza ardiente para explicar lo que siento. Acercarse a un joven que siente la llamada de Dios o que se cuestiona sobre su vocación, es acercarse al misterio de Dios que actúa en él. Si Dios está ahí ¿cuál es entonces mi papel? ¿Acaso si intervengo no lo voy a estropear todo?
     Creo que, al igual que Moisés, lo que tengo que hacer es quitarme las sandalias porque estoy introduciéndome en la vida de otro que es lugar santo y propiedad de Dios. Eso significa ser muy humilde, despojarse de uno mismo y contemplar la obra de Dios en el chico que tengo delante. Esto significa olvidarse de los prejuicios y expectativas que de manera inconsciente se tienen, para verificar la llamada de Dios y la respuesta sincera y que con buena intención da el seminarista. Los riesgos de equivocarse cayendo en la tentación de querer ser el protagonista de la historia son evidentes. Porque el verdadero director espiritual, es decir, el que dirige y guía el espíritu, es Dios mismo. Esto no lo pone en duda nadie. ¿Mi papel? Invitar y hacer lo posible para que el chico se abra a Dios y le deje hacer. Ahí está el reto.


EUCARISTÍA

     Evidentemente celebramos la Eucaristía todos los días. En ella hay dos momentos para mí de especial importancia y que tienen un significado muy próximo. En primer lugar se trata del ofertorio en el que me gusta tomarme mi tiempo pues siempre hay un canto que me lo permite. Ofrezco el pan y el vino que se convertirá por el Espíritu del Padre en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y junto al pan y al vino me gusta ofrecer los jóvenes seminaristas, para que también ellos se conviertan por el mismo Espíritu en cuerpo y sangre de Jesús el Buen Pastor. Ellos no los saben pero este gesto para mí es de vital importancia.
     El segundo momento se trata de la comunión. Muchas veces pienso que al darles el cuerpo y la sangre de Cristo les doy lo mejor que tengo y lo máximo a lo que ellos pudieran aspirar, aunque tampoco ellos lo sepan. Más que mis consejos, charlas, retiros y homilías, es el mismo Cristo lo que realmente les vale, lo que no les debería faltar nunca.
     Por eso al presentarles el Pan de Vida les pido también en mi interior que asimilen lo que comen, para que ellos se hagan pan, se entreguen, se partan, se dejen comer y lleguen a ser ellos también alimento de vida para los otros. Y cuando les ofrezco la Copa, les pido a su vez que lo que beben se convierta en su propia sangre, sangre que, por todos los que sufren, se derrame con pasión y generosidad, sin límites y sin miedos. Ese es mi deseo y en manos de Dios lo dejo.


ACOMPAÑAMIENTO

     El acompañamiento espiritual no es un camino de rosas. Sobre todo cuando hay ciertos tintes de obligación. Aquí no se trata de alguien que va a charlar con un director espiritual que ha elegido libremente, sino que todos los seminaristas tienen la obligación de hablar conmigo. Cuando lo veo conveniente agarro la lista y voy llamándoles de uno en uno a lo largo de dos o tres semanas. Esta falta de espontaneidad es sin duda un gran condicionante que de momento me es imposible superar.
     Me propuse al principio de curso que los chicos descubrieran el rol del acompañante espiritual y la ayuda que les puede ofrecer en su discernimiento y crecimiento vocacional. Esto se manifestaría en una verdadera apertura de corazón y en algunas entrevistas surgidas por iniciativa propia. Hasta el momento no lo he conseguido. Primero porque nadie ha venido a hablar conmigo sin que yo le haya llamado y segundo porque son muchos los que intentan dar una imagen demasiado positiva de sí mismos.
     Muchas veces les pregunto qué es lo que puedo hacer por ellos, con la intención de conocer las expectativas que tienen. Y las repuestas pasan por: rezar por ellos, darles un libro o una cruz, orientarles… Todo desde una actitud pasiva y receptiva, como si no se tuvieran que implicar. No han descubierto todavía que yo no puedo hacer nada sin su colaboración, sin su apertura, sin su sinceridad. Ante un miedo subjetivo de ser expulsado intentan dar una buena impresión y por eso sólo cuentan determinadas cosas o cambian detalles de la historia para quedar bien.
     Cuando termino una de estas entrevista desilusionante donde uno ve que casi ha perdido el tiempo es cuando más inútil me siento; pero también cuando mejor descubro mi función como instrumento de Dios. Entonces dirijo mi pensamiento a Dios y le digo: “Ahora te toca a ti. Él no ha confiado en mí y te pido perdón por ello. Pero si Tú le llamas, haz lo que yo no he sabido hacer”. Y así me quedo más tranquilo, sin agobios y sin remordimientos estériles.


ÁNGELUS

     En el seminario todas las mañanas tienen la santa y sana costumbre de terminar la oración con el rezo del Ángelus antes de ir a desayunar. No encuentro mejor manera de empezar el día en una casa como esta.
     Rezar el Ángelus es mucho más que decir unas jaculatorias con unas avemarías. Se trata de meditar un modelo de respuesta ante la invitación y la llamada de Dios, el modelo de María. Y a fuerza de repetirlo todos los días esperamos que se haga realidad en nosotros, como la gota de agua que durante años golpea la misma piedra hasta hacer un dibujo en ella por muy dura que sea.
     Cada mañana conviene recibir el saludo del ángel que porta la presencia y la bendición de Dios; y pedir a la vez la gracia de “concebir”, de recibir y de cuidar la semilla de Jesús que se nos da por obra del Espíritu.
     Cada mañana conviene reconocernos como siervos del Señor dispuestos a que se haga su voluntad y no la nuestra. Le pedimos conocer su proyecto, su deseo, lo que le gustaría que hiciéramos a lo largo del día; y le suplicamos la fuerza para llevarlo a cabo.
     Cada mañana conviene pedir el don de hacer que Jesús se haga carne en nosotros, pasando de las ideas y los sentimientos a la acción, de tal manera que seamos fieles reflejos suyos. Y le pedimos entonces que viva con nosotros, que camine, que ría y que llore con nosotros.
     Definitivamente el Ángelus no es una jaculatoria aburrida.




RETIRO

     Cuando llega un retiro que tengo que dar, aderezo la preparación con la oración. Le pido a Dios que me ayude a prepararlo lo mejor posible para que pueda ser de utilidad a los seminaristas. Pero le pido también que Él se encargue de prepararles para que sepan aprovechar ese tiempo de gracia en el que se pueden encontrar con Él de una manera especial.
     A decir verdad, la experiencia de dar un retiro es una de esas que me recuerdan mi papel de intermediario y de instrumento de Dios. También durante el retiro Él tiene que ser el protagonista y el actor principal. Cuando tengo que hablar le pido que si Él quiere que me utilice, que se sirva de mi, para que realmente sea Él quien hable y quien dé el retiro. Y cuando termino de dar mi charla, sigo insistiendo para que les hable y se les manifieste, porque al fin y al cabo ellos son sus elegidos, aquellos a quienes Él ha llamado. Y es que estoy convencido que Él tendrá cosas más interesantes que decirles que yo.
     Con esta actitud no pretendo escurrir el bulto y huir de mis deberes. Pero intento al menos que cada uno juegue la partida desde el lugar que le corresponde. Y todo este asunto de la vocación le pertenece más a Dios que a mí. Seguro.


CARTELERA

     En el pequeño claustro del seminario hay una cartelera para la Liturgia. Los chicos se organizan para poner cada semana unas frases entresacadas del evangelio del domingo junto con una imagen que lo ilustre. Por mi parte, yo he comenzado a poner cosas de mi cosecha: las intenciones de Papa para el mes, algunas ideas sobre el tiempo litúrgico en cuestión, la vida de un santo de la semana y algunas noticias de actualidad por las que orar de una manera especial. Entre otras cosas busco abrirles un poco el horizonte por lo que se refiere a la oración personal y comunitaria de tal modo que tengan una perspectiva más universal.
     Esta actividad es además muy silenciosa y discreta, y por eso me gusta. Algunos días me lleva tiempo pensar algo, buscar la información, prepararla… No es algo vistoso. Se pone una hoja en la cartelera y ahí queda hasta que alguien la descubra.
     Sin embargo esto en ocasiones no ocurre. A veces he preguntado a los seminaristas sobre determinadas hojas que había puesto en la cartelera y ni siquiera las habían visto. Decepcionante. No obstante, todavía no he claudicado porque alguna vez he encontrado a uno mirando y leyendo frente a ella. Y eso me basta. Me basta que le haya servido a uno solo. Y por uno solo seguiré cambiando de vez en cuando la cartelera. Además, si dejara de hacerlo significaría querer abandonar ese trabajo discreto y poco valorado. Y de momento no estoy dispuesto a ello.


SANTIDAD

     Durante tres semanas los seminaristas han estado en sus casas debido a la huelga de profesores de las escuelas. Como no había curso, decidimos que se quedasen con sus familias hasta que la cosa se normalizase.
     Una vez que han vuelto me siento renovado. Es cierto que su ausencia al principio es necesaria porque nos permite descansar un poco, incluso dormir algo más y dedicar algo más de tiempo a la lectura, placer que pareciera en ocasiones estar prohibido. Pero conforme pasan los días, uno se va acomodando y entumeciéndose. Por eso su regreso se convierte en una exigencia para ponerse a punto. Generalizando se podría decir que durante esos días de descanso uno vive para sí mismo y el tiempo es algo personal. Pero cuando los seminaristas están aquí, uno vive para ellos, y el tiempo, las energías y el pensamiento es para ellos. O al menos así debería ser.
     Sin embargo, siendo honesto consigo mismo, reconozco que no siempre es así. Descubro mi tibieza, mi mediocridad y mi hipocresía que me impiden darme del todo. Por eso me cuestiono si realmente soy un buen acompañante espiritual, si los chicos se merecen uno como yo.
     Cuando le pido a Dios la gracia de la conversión no lo hago por mí, por cierta vanidad religiosa, sino por ellos, los seminaristas. Ellos no se merecen que yo sea un obstáculo o un escándalo en su proceso de fe. Ellos necesitan un hombre de Dios que les transmita su salvación, su vida, su palabra. Por eso, si algún día estoy cansado de mí mismo y se me ha acabado la paciencia le hago un chantaje a Dios como si fuera un adolescente y le digo: “Si Tú me has puesto aquí a pesar de mi mediocridad, si quieres que acompañe a estos chicos a pesar de mi tibieza, bien te podrías implicar un poquito más y ayudarme a superar mis defectos”. Pero luego me arrepiento de haber hablado así porque sé que Él sabe hacer bien las cosas. Las hace a su manera. Y para que no caiga en la vanidad de creer que todo va bien gracias a mí, me deja sufrir con mis cosas para que no me olvide que es su Espíritu quien se encarga de todo.


COMPROMISO

     Hace unos días volví a Zambia a donde me llamaron para dar un retiro a unas jóvenes que aspiran al noviciado de las hermanas Discípulas de Jesús, con quienes trabajé en la Misión de Mishikishi. En una ocasión me preguntaron si echaba de menos la Misión. Dije que no. No echo en falta determinados conflictos, ni las gestiones laborales, ni el ir y venir de la ciudad para comprar o vender, ni la granja ni la administración de los talleres. No, no echo en falta todo eso.
     Sin embargo no es toda la verdad. Porque lo que verdaderamente añoro es el trato con la gente sencilla. Y esto me cuestiona mucho mi estilo de vida en el seminario, de tal modo que me llega a veces a crear problemas de conciencia. La vida aquí es demasiado cerrada y ajena a las miserias que se viven fuera del seminario. Los problemas y preocupaciones de la gente normal no encuentran aquí su sitio.
     Es cierto y soy consciente de que se trata de un ministerio distinto, que la formación de los seminaristas requiere una dedicación específica y completa. Pero esto me vale en una realidad como la de España, donde no hay un contraste social entre la vida de fuera y de dentro. Así que después de pasearse por determinados barrios y ver de lejos las condiciones en las que vive la gente, después de encontrarse con montones de niños que viven en la calle sin nadie que les atienda, después de vislumbrar algunas situaciones de injusticia y corrupción, después de constatar que hay tanto por hacer… ¿cómo evitar el riesgo de vivir con los ojos cerrados a esta realidad? Al final me termino preguntando si realmente estoy haciendo lo que debo hacer o simplemente me dejo llevar.
     A veces siento que el mal espíritu me tienta y me quiere mostrar otro estilo de vida más evangélico, sencillo y testimonial en una parroquia de la zona rural. Pero entonces uno se pregunta si acaso la formación de los futuros sacerdotes no es importante. Y necesito seguir preguntándome para llegar a una síntesis sana: ¿cómo vivir para que el seminario no se desentienda del entorno social? ¿Cómo hacer para que los seminaristas, todavía adolescentes, no le den la espalda? ¿Cómo educar para que los futuros pastores se comprometan activamente en una evangelización integral que promueva el desarrollo?
     Parece que estás preguntas buscan solucionar el problema que me atormenta, pero de momento yo no tengo la respuesta. Así que intento sobrevivir como puedo en la búsqueda y la incertidumbre.


DISCERNIMIENTO

     Los seminaristas que están en el último curso, es decir, los que tendrá que pasar al Seminario Mayor, constituyen para mí un reto añadido. En esta situación entran en juego dos dinámicas complementarias. Por un lado son ellos mismos quienes tienen que decidir después de haber discernido en torno a su vocación. Pero por otra parte, los formadores tienen que “presentar” los chicos al Seminario Mayor. Es frecuente que algunos quieran continuar y que haya al mismo tiempo un informe desfavorable por parte del equipo de formadores del Seminario Menor.
     Desde la perspectiva del acompañamiento espiritual yo les miro y me pregunto: ¿puedo asegurar que Fulano y Mengano son llamados por Dios para ser sacerdotes? Cuando hay problemas evidentes de disciplina o alguna circunstancia particular, es fácil pronunciarse. Pero el problema es más serio de lo que parece cuando no hay nada evidente que diga lo contrario. Además, puede pasar que la respuesta a esa pregunta sea afirmativa, es decir, que Dios les llame, y que yo haya sido incapaz de ver los indicios y me encuentre lleno de dudas al respecto.
     Ante esta situación y conociendo mi torpeza, una de las cosas que más pido al Señor es su espíritu de discernimiento para que al menos yo no meta la pata y el plan que tiene para cada uno de los muchachos se lleve a término según su voluntad.

Carlos Comendador

Dibujo: José María de la Torre
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La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI