Lamberto de Echeverría

36 años tenía don Lamberto cuando José María Javierre escribió esta presentación del autor de «Ascética del hombre de la calle». Le quedaba media vida por delante hasta el 10 de febrero de 1987.

«Incunable», con el paso de los años, ha adquirido una categoría que impone ciertas renuncias. En los comienzos de su vida, cada página era campo propicio a las piruetas que orlaban graciosamente el artículo serio. Un día, tres redactores de «Incunable» se confabularon para publicar por sorpresa la caricatura del director. Apareció el perfil de un cura estrecho y larguísimo, con el tronco interrumpido por puntos suspensivos y esta inscripción: «Continuará».
No sólo en la extraordinaria dimensión longitudinal de su cuerpo. En cualquiera de los múltiples aspectos de su capacidad y de sus actividades, la presentación de Lamberto de Echeverría ha de rematar en inevitables «...y continuará».
Le faltan varios años para cumplir los cuarenta. Pero quien le conozca personalmente no extrañará que L. de E. haya alcanzado una aplastante madurez de obra: Posee milagrosa agilidad mental que le permite pinchar a fondo en cinco minutos veinticinco problemas. Porque si alineáramos aquí las publicaciones de L. de E. y reseñáramos las avanzadillas apostólicas que han visto vigilante a este cura alto y elástico como un mimbre, el lector podría presumir que se pierde en profundidad lo que se gana en extensión. En el caso de L. de E. la regla falla. El suyo es uno de aquellos ingenios privilegiados que hicieron feliz el salón renacentista, sólo que puesto al servicio de un trabajo bondadoso y metódico. El rigor de sus montajes eruditos en la obra científica corre parejo a la riqueza de matices en la creación literaria.
El lector se asombrará si en alguna revista especializada tropieza con la ficha de L. de E. jurista: Desde brillantes estudios juveniles simultáneos en las Facultades Eclesiástica y Civil de Salamanca hasta la responsabilidad de cátedra en ambas Universidades, L. de E. ha salpicado de trabajos jurídicos un camino corto en años y denso en esfuerzos: Instituto de San Raimundo de Peñafort, dirección de la Revista de Derecho Canónico, Semanas Internacionales, Decanato de la Facultad en la Universidad Pontificia. Él, en su conversación parpadeante, alude a su curiosa condición de profesor de derecho civil en la Facultad de Cánones, y de canónico en la Facultad Civil, explicando que ejerce de "profesor de equitación en la academia de infantería".
Ahora tendríamos que prolongar de manera pedante esta solapa para situar la «Ascética del hombre de la calle» en el clima literario y apostólico del autor. Puntos suspensivos y continuará.
«Incunable», «¿En mies ajena?», «5 días», «25 cuentos intencionados», consiliarías, viajes, PPC, Instituto de Pastoral, son motivos de una charla que siento se pierda el lector y que piensa escribir algún día quien firma esta ficha. El «hombre de la calle» conectará perfectamente con el espíritu y el lenguaje de este libro en el que descubrirá empaques de docto profesor y familiaridad de ciudadano corriente. L. de E. conoce, sabe de la vida, porque él está en el mundo de hoy; puede orientar, aconsejar, porque no es del mundo, ya que su vocación y su desprendimiento sacerdotal le colocan por encima de los pequeños afanes cotidianos. Palabra viva, experimentada y sincera: Rico tesoro, el de este breviario ascético.

José María Javierre
     

 

¿De qué se sirvió Nuestro Señor para hacerme su sacerdote?

     –¿De qué se sirvió Nuestro Señor para hacerme su sacerdote? Pues diré con toda verdad y sencillez, ya desde el principio, que de sus instrumentos más ordinarios. Salte, por amor de Dios, esta respuesta, quien piense encontrar aquí otra cosa que la Providencia ordinaria, cual suele manifestarse de continuo en todas las cosas.
     –En efecto, ¿qué suele pedir antes que nada una vocación naciente? Creo que un medio familiar cristiano. Dios me hizo ese espléndido regalo. Cuando yo me abrí plenamente al uso de razón, estaba ya mi buen padre muy enfermo. Fresca está aún, cuando esto escribo, la tinta de dos trabajos míos sobre santidad seglar, y en verdad puedo decir que no desmerece la figura de mi padre junto a las demás que durante estos días he estado trazando. Una fe robusta, inmensa. Una hombría de bien a toda prueba. Pero sobre todo, y esto es lo que me tocó palpar, lo que se me metió para siempre dentro del alma a través de mis ojos de adolescente, el emocionante testimonio cotidiano de un sufrimiento sobrellevado con una entereza que en ocasiones aparecía con dimensiones heroicas. Y mientras la tuberculosis iba avanzando, lenta pero implacable, se erguía junto a él, como la mujer fuerte de que nos habla el inmortal elogio de la Escritura, mi madre. Nada diré de ella, que vive aún, y ha de leerme. Del matrimonio, sí. Si aquí en la tierra se puede dar una compenetración total, una abnegación sin límites, un profundo sentido cristiano de la vida matrimonial, en mis padres se dio plenamente. «For better, for worse», para lo bueno y para lo malo, en los días felices y en los adversos. No faltaron éstos, que los hijos éramos muchos, había también compromisos familiares por otros lados, y los tiempos nunca son buenos para el que ha de vivir de su trabajo. Unidos los dos, hicieron frente a todo sacándonos adelante.
     –Con esto está dicho cuál sería el ambiente de casa. Cristiano de veras. Convivíamos tres hermanos más, y dos hermanas. A una de ellas la llamó el Señor para ser suya, y hoy le sirve, con fidelidad y el esmero que a su hermano le faltan, en la congregación de Esclavas del Sagrado Corazón. Cuando ella marchó de casa era yo aún niño, pues me lleva quince años. Pero no por eso había dejado de influir profundamente. Aún recuerdo, pese a los años transcurridos, oraciones que ella me enseñó, y yo sigo repitiendo; la primera descripción de unos ejercicios espirituales que ella había practicado, ante mi estupefacta admiración infantil; y, sobre todo, aquella maravillosa mañana de Reyes en que me prepararon, con la gozosa complicidad de mi madre, unos ornamentos sacerdotales...
     –Otro regalo me hizo el Señor: el del colegio. Por once años fui alumno del de Santa María, en Vitoria mismo. Puedo decir con verdad que hubo siempre en él un magnífico ambiente, y que a más de excelentes maestros eran los marianistas para mí y para todos mis compañeros ejemplares religiosos. En especial me enseñaron a amar a la Virgen, con el hermoso estilo lleno de filial devoción con que ellos saben hacerlo. Nunca se lo pagaré suficientemente. Pero es justo añadir a su evocación la de otro religioso: un humilde hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, el hermano Echeveste, que por aquellos mismos días dirigía en Vitoria una infantil y bulliciosa asociación de acólitos, especie de Oratorio festivo al que acudíamos puntualmente al salir del colegio. Fundidos niños de las más diversas clases sociales, con una instalación rudimentaria y pobre, pero con una orientación de lo más certero que he encontrado y espero encontrar en mi vida, el hermano nos empujaba por el camino de la vida espiritual de manera eficacísima. Y las vocaciones brotaban en abundancia. Marchar de la asociación al seminario, a la escuela apostólica, al noviciado era algo que yo no llamaré ordinario (¡éramos unos 50!) pero sí que me atrevo a asegurar que jamás resultó extraño. Poco a poco la muerte nos ha de ir visitando, y cuando todos hayamos llegado al Cielo (que él nos conseguirá con su intercesión, a pesar de nuestros muchos pecados), formaremos en torno al buen hermano una corona hermosísima. ¡Dichoso él que con tanta eficacia supo pasar por este mundo sembrando vocaciones!
     –¿Qué faltaba? ¿El ambiente de la ciudad? También esto me lo dio el Señor. Acaso sea Vitoria –yo creo que se puede muy bien quitar ese acaso– la ciudad del mundo más rica en vocaciones. Pero no importa ahora tanto la estadística como el hecho. Y el hecho indiscutible es que, aun en aquellos revueltos tiempos de la república, Vitoria era una ciudad muy católica. Entendámonos: no es que todo fueran rosas. Había también espinas, y no tengo yo que esforzarme mucho para encontrar, en mis recuerdos de adolescente, el céntrico quiosco lleno de mercancía pornográfica, o la presentación editorial del semanario anticlerical que por entonces se publicaba. Pero el tono general de la ciudad era muy digno, y el proverbial buen sentido de los vitorianos puso siempre un freno, silencioso, nada llamativo, pero eficacísimo a todo exceso. No es poco poder afirmar, como con gusto lo hago, que tengo al primer alcalde republicano de mi Vitoria natal como uno de los hombres más honestos y mejor intencionados con los que he tropezado. Y esto puede muy bien servir de indicio.
     –No obstante, eran tiempos de lucha. Y en la Federación de Estudiantes Católicos, y en la naciente Acción Católica, y en la catequesis interparroquial hacíamos nuestras primeras armas. Sin que esto fuera obstáculo para que, en plena adolescencia, aquella infantil ilusión del sacerdocio se fuera oscureciendo. Así estaban las cosas...
     –Muchos de mis lectores no conocerán Vitoria. El arbitrario y caprichoso designio que ha presidido la elección de los sitios de turismo ha dejado a un lado el prodigio de nuestra vieja ciudad gótica, maravilla de urbanismo que permitió a sus habitantes poder morar en una colina teniendo sus calles, dispuestas en anillo, enteramente llanas, sin cuesta alguna. Calles evocadoras, llenas de escudos de las viejas familias vitorianas, con los nombres que aún, por milagro, en tiempos en que la política parece complacerse en lo contrario, conservan, merced al buen sentido vitoriano, el nombre de los antiguos gremios que en ellas tuvieron asiento: Cuchillería, Zapatería, Correría...
     –A una de ellas, la de la Herrería, se abría en tiempos la puerta de una parroquia gótica, adosada a la muralla. Hoy se ha vuelto a la ciudad nueva y se abre en la otra dirección. Pero la iglesia es la misma del siglo XIII. A ella me llevaron para recibir el bautismo y la confirmación. En su feligresía vivía al hacer la primera comunión. Y en ella, queridísima parroquia de san Pedro, me esperaba un día el Señor para llamarme al sacerdocio.
     –La cosa no pudo ser más sencilla. Se estaba celebrando el novenario de la patrona de Álava, la Virgen de Estíbaliz. Predicaba un canónigo vallisoletano, don Alberto de Onaindía. Un día habló del sacerdocio. Lo hizo con calor y sentimiento. El esquema de su sermón fue sencillísimo: las necesidades eran inmensas y, además, ser sacerdote era muy hermoso. Y entonces, a las ocho menos veinte de aquel día, en un sitio de la iglesia que podría señalar sin vacilar un instante, decidí hacerme sacerdote.
     –Metido en política el predicador, según me confesó años después, marchó inmediatamente de Vitoria, porque por aquellos días se celebraban unas elecciones. Era lo mismo. Ni yo hubiera intentado verle, ni en realidad me interesaba demasiado. Desde el primer momento tuve el gozo sosegado de una vocación poseída en paz. Nunca después, desde entonces hasta el día de hoy, he sabido lo que es una crisis honda, verdadera. Habré encontrado dificultades, tentaciones, cansancio... Pero nunca he llegado a dudar del llamamiento. Que así ha sido el Señor de bueno conmigo.
     –Vino la guerra, y don Alberto hubo de marchar al exilio. Ni antes ni después tuvimos el más mínimo contacto. Sólo en 1952, visitando la Unesco, en París, con Javierre, tuve ocasión de hablarle y pude decirle algo de lo que le debía. Le dije también, puede que él lo recuerde, que por eso nunca había sido capaz de escucharle por la radio...
     –Pero no nos estorbe lo anecdótico cuando es lo sustancial lo que andamos buscando. Cuanto antecede es el vehículo de algo que está muy dentro. Al preguntar de qué se sirvió el Señor para llamarnos, se nos pide algo más que puras anécdotas. Se sirvió de estos instrumentos que nos pusieron ante los ojos un sacerdocio que era...
     –Para mí, desde el primer momento, un ponerse a Sus órdenes. Lo entendí como una consagración, como una entrega. Esto es lo que me atrajo y lo que me sigue atrayendo. No como una misión concreta, ni como una tarea determinada. Tuve mis vacilaciones, como casi todos, entre ir por este o aquel camino. Pero la única pregunta, la verdadera cuestión, era siempre preguntar cuáles eran Sus deseos. La angustia se planteaba al pensar que pudiera equivocarme al tratar de corresponder a ellos.
     –También en esto tiene que ser mi contestación a esta encuesta «un acto de agradecimiento a Jesús», como quiere Jorge Sans que sean todas. Porque... es curioso. Pero a estas alturas de mis cuarenta años puedo decir con llana verdad que ninguna de las cosas que hoy hago entraban en mi programa primitivo, y hasta no pocas de ellas estaban manifiestamente excluidas. Ni pensé ejercitar la pluma, ni soñé para nada en llegar a sentarme en un coro de catedral, ni mucho menos me pudo pasar por la imaginación un puesto de profesor en una universidad del Estado. Mi afán fueron los puestos que exigían una labor pastoral inmediata, mejor aún, si tenían un cierto aspecto de riesgo y hasta de heroísmo.
     –Los sueños de seminarista, se han trocado en estas otras tareas tan distintas. Pero lo que me atrajo al sacerdocio sigue estando tan vigente como el primer día. Esto es lo que tengo que agradecer al Señor: no haber dejado que yo me atara a cosas concretas y determinadas. Él ha ido haciendo. Luego yo, con gesto desmañado y torpe, con escasa generosidad, con desaciertos... bueno, con todo eso que saben y lamentan quienes me tratan, he ido, a pesar de todo, respondiendo. Y estoy firmemente persuadido de que lo hermoso de ser sacerdote está en hacer posible una ininterrumpida posición de «firmes» ante el Señor, en espera de sus órdenes.
     –Entré en el seminario en octubre de 1934. Pasando por las calles de la ciudad, semidesiertas; cruzándome con las patrullas armadas y con el hostil recelo de los obreros en huelga general revolucionaria... Fácilmente podría ir reconstruyendo aquellos episodios, y el tenso ambiente del seminario, en que se reflejaba la división política de la diócesis; y la altura intelectual y de piedad que en él encontré. No creo que sea necesario. Baste tan sólo consignar aquí, porque es de justicia para institución a la que tanto debo, que, contra lo que suele ocurrir, yo no experimenté desilusión alguna al ponerme en contacto con mi seminario. Hecha esta confesión, y narrados los primeros pasos de mi vocación, creo que mi tarea, penosa, en verdad, pues no es fácil hablar de cosas tan íntimas, ha terminado.
     –A Dios, por esto, porque ha terminado, y por todo, sean dadas muchísimas gracias. Y a su Virgen Madre.

Lamberto de Echeverría

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Lamberto de Echeverría (1918 – 1987). La «presentación» escrita por José María Javierre es oportuna para quienes no le conocieron. [Además es el pago a una deuda que tenía con él: al reeditar por cuarta vez «Por qué me hice sacerdote» suprimí los escuetos datos biográficos que precedían a las respuestas de los encuestados en las primeras ediciones del libro, cosa que a don Lamberto le pareció mal]. | La respuesta de don Lamberto es un «ex opere operato» de antología, que no puede faltar en un tratado de pastoral vocacional. | El lector inteligente seguro que al terminar la lectura dirá también: A Dios, por su vida, sean dadas muchas gracias. Y a su Virgen Madre.- Jorge Sans Vila