Gramática espiritual
para aprender francés

 

 
Tras leer las hojas vocacionales 425, 427, 428, 434 muchos preguntan qué hace ahora el misionero Carlos Comendador.
Decirles que estudia, me parecía insuficiente. Por eso pedí a Carlos que contara algo de su vida de misionero–que–afina–la–voz.
Ahí va esa exquisita «gramática» en 14 puntos, precedida de unas mini–siluetas misionales de sus amigos.
Emplazado queda para que pronto escriba una «geografía» de su nueva misión, porque más de un lector querrá saber dónde le esperan (al lector).
JSV
     

 

     Hace más o menos un año me pidieron ir al Congo. Para mí el único problema que tenía entonces no era otro que la lengua: el francés. No tenía ni idea. Me vi obligado a poner una condición: que tuviera el tiempo suficiente para aprenderlo bien. No quería volver a repetir experiencias pasadas que no fueron del todo positivas. Cuando marché a Zambia llevaba un inglés de «andar por casa» que está bien para hacer algo de turismo. Pero cuando se tiene una responsabilidad pastoral, cuando se tiene que escuchar y también tomar decisiones, ese inglés no sirve más que para traer quebraderos de cabeza, crear malentendidos y complicar lo que parecía simple. Además, el inglés no bastaba. Hay que añadir el estudio de la lengua nativa. Y esto es harina de otro costal. Para mi nueva experiencia congolesa quería llevar una base más o menos firme de francés, sobre todo por lo que se refiere a la gramática.
     Encontrar un lugar adecuado para estudiar el francés no parecía fácil. Afortunadamente dimos con una escuela en Bélgica pensada para misioneros. De ahí su nombre: Mission-Langues. Dentro de sus muros nos encontramos gente venida de una esquina del planeta para ir a la otra. Esta casa es para nosotros un lugar de tránsito y por ello, se transforma en una comunidad multicultural donde la riqueza de cada uno, de sus raíces, de su congregación, de su país de destino… hace que vivir aquí sea una experiencia única.
     Es, sin duda, una oportunidad para poner un rostro a la Iglesia más universal y misionera, que va y viene de aquí para allá con la sola idea de compartir el amor de Dios. Porque este «ir y venir» es una de las cosas que más me ha llamado la atención. Hay tantos misioneros que van a África como otros que vienen a Europa venidos sobre todo de Asia. Para todos, Mission-Langues es una comunidad, un mosaico en el que cada pieza juega su lugar irremplazable. Vivir con ellos ha sido para mí un lujo, una experiencia enriquecedora, un regalo de Dios que de algún modo quisiera compartir. Por ello, a continuación invito a una degustación de rostros concretos de una Iglesia viva y fraterna. Sírvase con el corazón caliente y con hambre de Reino de Dios.


     Davide, sacerdote italiano que pertenece al PIME (el IEME italiano). Con 34 años acaba de ser ordenado sacerdote después de estudiar la teología en Filipinas. Ha pasado siete de sus primeros nueve meses de sacerdocio en esta casa, aprendiendo el francés y también el ejercicio del ministerio (sobre todo la celebración de los sacramentos). El 11 de junio partió para Argelia para vivir en un oasis en medio del desierto. Sólo busca compartir la vida con los musulmanes siguiendo los pasos de Charles de Foucauld. Para ello tendrá que aprender el árabe y evitar un proselitismo que le complicaría la existencia. Su único miedo es que no se realice su sueño.
      Vanildes, religiosa brasileña de 34 años. Vino aquí por un mes, pero decidió quedarse otro más y luego otro, tal era su empeño por mejorar su francés. Forma parte de la Congregación de Nuestra Señora del Dolor que quiere seguir los pasos de María, estando a los pies de los que mueren en las cruces del mundo de hoy. Su sonrisa, su dinamismo y su constancia la caracterizan. Verdaderamente esto es lo que necesitan tantas mujeres sufrientes que hay en Camerún donde ha llegado en el mes de agosto.
      Miguel sacerdote colombiano de la Congregación de misioneros de Yamural. Ya ha trabajado durante años con los más necesitados en la Amazonia brasileña. Le mandan, y obedece con gusto, a cruzar el charco para trabajar en Costa de Marfil. Aprender el francés a sus 50 primaveras no es fácil, sobre todo cuando uno es amigo del sol, del paseo, de la charla tranquila y afable bajo el árbol, y le toca sufrir el crudo y triste invierno europeo. Desde abril, ya disfruta del calor africano y de sus gentes en la parroquia, haciendo lo que le gusta: pasar el tiempo con ellos, sin prisa pero con amor.
      Narcisa, que pertenece a la congregación de Hijas de Nuestra Señora de las misericordias, es originaria de Ecuador. Ha trabajado un poco en Colombia y partió el 21 de julio a Costa de Marfil con 42 años. Es bajita, pequeña, pero con un gran corazón, un corazón inmenso. A veces me he preguntado cómo un corazón tan grande podría caber en su cuerpecito discreto. Y es que fruto de ello, ella tiene una facilidad envidiable para entablar comunicación con cualquiera, aunque sea chapurreando el francés; una facilidad para establecer una comunicación cercana y de amigo con cualquiera. Seguro que será una buena confidente y una constante animadora de las mujeres angustiadas y sufridas de Costa de Marfil.
     Germán, marista español de 64 años. Tendría que estar preparándose para la jubilación con una “jornada reducida” de trabajo. Pero no es así. Cambia su vida y su misión de Chile (país al que fue siendo todavía un joven) por ir a Argelia (llegó en marzo). ¡Hay que echarle ganas! En Chile lo ha dejado todo: amigos, reconocimiento, experiencias vividas… por lanzarse a una aventura «a lo Abraham». De su presencia entre nosotros recuerdo su simplicidad, su servicio y su manera discreta de animar la vida comunitaria, algo que no se lleva en las maletas sino en el corazón.
     Helena religiosa polonesa de 32 años. Su congregación se llama Hermanas de los ángeles: ellas pretenden servir a los hombres como los ángeles, que no se ven pero que están. Y verdaderamente yo soy testigo de su silencio, su discreción y su servicio. Es además dentista, y marcha en septiembre a Ruanda, a un dispensario que tiene la congregación cerca de la capital, Kigali. Lo que realmente me ha sorprendido de ella es su profunda vida interior, casi de contemplativa. Para mí es una llamada de atención para que los misioneros no descuidemos la oración y la escucha de la Palabra en medio de tanto trabajo urgente.
     Shivu sacerdote indio. Es rogacionista, de esos que ruegan para que el dueño de la mies envíe obreros, pero que también trabajan para «ayudar» al dueño en esta ardua tarea. A sus 31 años y con sólo 3 de sacerdocio deja Filipinas para ir a Ruanda. Allí ha llegado el mes de agosto para ser director espiritual de los seminaristas filósofos de su congregación. Joven tranquilo y alegre, amigo del futbol y siempre preocupado de rezar por las vocaciones para que África pueda ser protagonista de su propio crecimiento en la fe y de la organización de su Iglesia.
     Sería injusto si no hiciera ninguna referencia al otro grupo de estudiantes que aprenden el francés para trabajar en Europa; como Prabu, Augustin y Henry capuchinos de la India que trabajan en Blois, Francia. O a otro grupo variado de novicios, puesto que he tenido la suerte de convivir con novicios dominicos venidos de Iraq (Samer, Zyad y Noriam) y con novicios benedictinos de Vietnam (Dominique y André); los cinco estudian el francés para luego estudiar la filosofía y la teología en Francia. Ver sus diccionarios en indio, en árabe o vietnamita no sólo era motivo de risa y buen humor, sino un acto de admiración a tanto empeño y esfuerzo realizado. Pero, tampoco puedo olvidar lo difícil que resultaba ver el telediario con los dominicos de Iraq. Para ellos, ver las noticias era una prueba de fe, esperanza y amor, que debían superar cada día.
     Habría que añadir, también, el caso de Brigdit, joven laica venida de las antípodas (Australia) para servir por dos años en Bruselas como secretaria general de los Jóvenes Obreros de Acción Católica. O Jerôme, de Birmania con tres años de sacerdocio a sus espaldas, que ejerce su ministerio en el monasterio de la Salette, Francia, junto a la Virgen que llora los pecados de sus hijos. Pero quizás un caso aún más llamativo, sea el de Johanna. Es norteamericana y pastor protestante de la Iglesia del Pacto (The Evangelical Covenant Church). Después de dos años de trabajo misionero en Japón, a sus 29 años viene a Bruselas para atender una Iglesia de emigrantes congoleses. Su presencia y su amistad nos han abierto la mente y corazón a una Iglesia más universal. Sin duda que el haber rezado juntos nos ha hecho vivir un ecumenismo real y necesario.
     Estos no son todos, sólo una muestra. Así, mi experiencia de Iglesia se ha alimentado de esta “ensalada eclesial mixta” y me ha ido bien, muy bien. Es una buena dieta espiritual que aconsejo para ensanchar el corazón.

     Sin embargo, son muchas y variadas las motivaciones que uno puede tener para estudiar una lengua extranjera. Y durante este tiempo, no todo resulta agradable. También viene el desánimo, porque la cosa no es tan fácil como uno creía, o porque uno se descubre más torpe de lo que pensaba. Cuando se aprende una lengua por llevar a cabo la misión de la Iglesia, no se pueden olvidar ciertas “coordenadas espirituales” que le sirven a uno de orientación cuando la tentación de la desgana hace presencia. Aquí aprendemos el francés porque somos misioneros y para ser misioneros.
     Por ello durante mi estancia en esta comunidad de Mission-Langues además del francés, he aprendido otras cosas, quizás más importantes. El francés sólo juega su papel de ser instrumento y medio de comunicación. He podido convivir con personas que se han enfrentado a su estudio de manera diferente. Unos más en serio, otros más relajados. Pero no es suficiente ponerse a estudiarlo como si se hiciera cualquier otro estudio. A lo largo de este tiempo me han surgido ciertas reflexiones que me hacen pensar que el estudio de una lengua extranjera para ir a la misión se pueda convertir en una experiencia espiritual. Van, por ello, estos puntos a modo de “gramática espiritual” para aprender francés u otra lengua, siempre que se vaya a hacer misión, claro.

  • Al principio no hacía más que recordarme por qué estudiaba francés y para qué. Me decía que lo estudias porque marchaba hacia el Congo, porque el Señor me enviaba allí. Necesitaba el francés para evangelizar y construir su Reino. No lo necesitaba para imponer mi cultura, mi teología o mi visión del mundo, sino para escuchar, trabajar con los otros y hacerme uno de ellos. De una manera u otra el francés comenzaba a formar parte de la historia de mi vocación.

  • He descubierto que ser humilde es fundamental. Uno tiene que empezar desde cero y humillarse, sentirse pobre, débil, frágil y necesitado de ayuda. Todo lo que uno es, todo lo que sabe y todo lo que tiene, se queda en paréntesis. Uno parte de la nada como Jesús cuando se encarnó y se hizo niño. Aprender a ser humilde y paciente con uno mismo, me ha resultado a veces más difícil que el estudio del francés.

  • Cuando se estudia en un grupo, el mayor peligro viene del hecho de compararse con los demás. Es un error. Por ello, más de uno se ha sentido retrasado, inferior o torpe. Y cuando hemos tenido la oportunidad de hablar, les he invitado a dar gracias a Dios porque da el “don de lenguas” según su gusto: “Dale gracias por los que aprenden más rápido que tú. Ten una visión eclesial más universal y agradece que gracias a ellos el Reino de Dios hará mucho bien y traerá la justicia y el amor. Pídele a Dios que te de fuerzas para superar tus dificultades, porque en definitiva, tú estás estudiando esta lengua porque Él lo quiere. Pídele humildemente, como un niño necesitado, que se implique contigo en el estudio y que te eche una mano. No te olvides de darle las gracias, porque si a otros ha bendecido con este don, a ti te ha dado otros dones y otras cualidades que tú bien conoces. Ellos serán también necesarios, importantes e imprescindibles para la misión que Él te ha encomendado”. Más de una vez me he tenido que repetirme estas mismas palabras a mí mismo.

  • Pero la comparación puede presentarse más tarde como tentación cuando uno comete el error de sentirse superior, más listo, más inteligente y más rápido. En ese momento yo daba gracias a Dios por este don que me ha dado. Uno no es más listo por los propios méritos, sino porque el Señor le ha bendecido y le necesita con ese don para anunciar su amor a todo hombre y mujer.

  • La tentación puede llegar a decirte que los que van más lentos que tú, se convierten en un obstáculo a tu avance. Entonces uno debería descubrir que los compañeros no son enemigos o competidores; que es necesario abrir la mente a una Iglesia más universal y pensar que ellos son hermanos y hermanas en la misma tarea evangelizadora. Si ellos aprenden mal la lengua, será el Reino de Dios quien saldrá perdiendo. Probablemente la misión comience entonces aquí, con ellos; ayudándoles a progresar, de igual a igual, de hermano a hermano, de misionero a misionero.

  • He sentido la necesidad de rezar por mis compañeros, especialmente por los más frágiles, más vulnerables, más pesimistas. He llegado a pensar alguna vez que su autoestima se veía por los suelos precisamente porque ellos se comparan conmigo. ¿Qué hacer? Tenía que compensar esto rezando al menos por ellos para que el Señor les diera la fuerza para no desanimarse y superar las dificultades.

  • Creo que es necesario cargarse de coraje y decisión para seguir adelante a pesar de los problemas. A todos, tarde o temprano les llega la crisis. Una crisis que se produce cuando hay un desajuste entre lo que soñabas hacer y la realidad pura. Uno pensaba hablar y expresarte de maravilla en esta lengua nueva. Pero cada mañana uno se levanta con los mismos errores y fallos de ayer. La tentación de la desilusión, de venirse abajo y tirarlo todo por la ventana, es demasiado fuerte y demasiado frecuente. En estos momentos de desánimo me ha ayudado el hecho de recordar que no yo no aprendo francés para hacerme rico y crear una multinacional en un país pobre. Mi francés ocupa su lugar, pequeño pero real, en la historia de la Salvación. Esta idea no ha dejado de ayudarme.

  • Durante el primer mes, lo que me resultaba más difícil era rezar en la capilla. Uno comienza a pensar si lees bien o mal, si te equivocas mucho o poco; o a imaginarse lo que los demás están pensando de ti y de tu francés. Eso no es rezar, sino estar y vivir centrado en uno mismo. Así no hay comunicación con Dios. Es necesario dejar los miedos a la puerta y cantar agradecido a Dios como los balbuceos de un niño. Recuerdo que Willy, el director, nos invitaba a rezar en francés aunque sólo fuera un «bonjour, Seigneur» o un «merci, Seigneur». Esto basta sin duda.

  • Mil veces me he dado cuenta de lo necesario que resulta relativizarlo todo, porque sólo Dios es absoluto. No tiene sentido pretender ser perfeccionista porque nunca se conseguirá dominar una lengua que no es la materna. Conviene, entonces, relativizar los propios errores, relajarse y no tensionarse. La ansiedad y estrés no son buenos compañeros en este viaje del aprendizaje.

  • La paciencia es un ingrediente que no puede faltar. Uno quisiera aprenderlo todo y rápidamente. Entonces uno se olvida que Dios no es amigo de las cosas que van deprisa, sino de los procesos, de lo que germina y crece poco a poco. Si uno piensa en cómo los niños (ya sean hijos, hermanos o sobrinos) aprendieron a hablar, si uno recuerda cómo uno mismo lo hizo, si uno hace memoria de la alegría de los padres cuando su hijo pronuncia las primeras palabras, uno se dará cuenta que lo importante es empezar. Realmente ponerse a estudiar una lengua cuando ya se tienen años es una invitación a hacerse niño siguiendo el ejemplo de Nicodemo.

  • He visto que el buen humor es esencial para la vida de la comunidad. Se necesita mucho ánimo para ponerse a estudiar. Y cuánto más mayor es uno, más difícil y más cuesta arriba se hace el camino. Por eso se necesita de animadores, de gente con vocación alegre, que ayuden a los otros a superar sus baches, sus malos momentos y sus crisis.

  • Personalmente nunca podré agradecer del todo las felicitaciones que me daban después de haber leído en la capilla o después de haber presidido la Eucaristía. Yo era consciente de que lo hacía mal, con los errores y fallos propios; pero me felicitaban. Por eso me aplicaba eso de “no sé si será verdad lo que dices, pero me gusta”. Cuando los más veteranos se fueron yendo, asumí esa función de felicitar y animar a aquellos que tenían que hablar o decir algo en público. Era necesario continuar la cadena.


  • También he descubierto que es fundamental respetar a los demás cuando se equivocan. Equivocarse es un derecho; es, además, la posibilidad para mejorar y aprender. Todos nos equivocamos y agradecemos una mano que nos ayude cuando lo hacemos, y una mirada amiga que restablezca nuestra confianza. Agradezco a los compañeros que me han corregido con tacto; porque el corregir es también necesario. Cuando me ha tocado corregir he intentado hacerlo sin sentirme superior, como a mí me lo habían hecho.

  • Desde el primer día nos han pedido hablar siempre en francés en la vida comunitaria. Hay muchos momentos en los que uno tiene que obligarse, sobre todo al principio. Pero así uno demuestra seriedad y determinación, que no es blando ni mediocre. Haciendo este esfuerzo no sólo es bueno para uno mismo sino que también todos nos ayudamos a no relajarnos.

  • Al terminar la estancia y el aprendizaje en esta escuela pienso de vez en cuando en los profesores. También ellos se cansan y se desaniman cuando los alumnos cometemos los mismos fallos, los mismos errores, y no avanzamos. Varias veces me he puesto en su lugar; y creo que su trabajo no es del todo fácil. Sin embargo, ellos, de una manera importante y desapercibida, contribuyen al anuncio del Evangelio de Jesús. No cesaré de agradecerles todo lo que han hecho por mí y por la Iglesia. Por eso rezo por ellos.

Carlos Comendador

Dibujos: José María de la Torre
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La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI