San Juan de Avila, maestro de santos




 

Jorge Sans Vila

     Pedro Luis de León, hijo del que fue mayordomo del convento de Santa Clara de Montilla en los días del Padre Maestro Ávila, testifica:
     «Estando ayudando misa a cierto sacerdote en el dicho convento de Santa Clara, en un altar cerca de la puerta de la sacristía, entró el Maestro Ávila al tiempo que el dicho sacerdote hacía los signos con la partícula sobre el cáliz y los hacía muy de priesa y con poca reverencia, y se llegó a él el dicho Maestro Ávila como que llegaba a enderezar una vela, y le dijo con voz baja: Trátelo bien, que es hijo de buen Padre, y, acabada la misa, se llegó a él el dicho Maestro Ávila y con mucha modestia y cortesía le persuadió a la devoción, reverencia y recato del santo sacrificio de la misa y le dijo tales palabras que el buen sacerdote comenzó a llorar y tuvo grande sentimiento, y propuso hacer y ejecutar su consejo, y con grande humildad le abrazó el dicho Maestro Ávila».

     «Relicarios somos de Dios —decía el Maestro Ávila a los sacerdotes—, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran santidad».

     «Luz de la tierra y sal del mundo nos llama Cristo: lo primero, porque el sacerdote es un espejo y una luz en la cual se han de mirar los del pueblo, y viéndola, cognozcan las tinieblas en que ellos andan y remuerda en su corazón diciendo: «¿Por qué no soy yo bueno como aquel sacerdote?». Y llámanse sal, porque han de estar convertidos en un sabrosísimo gusto de Dios; tanto, que el que los tocare con la habla y conversación, por derramado que esté y desgustado de las cosas de Dios, cobre el gusto de ellas y pierda el gusto de las cosas malas».

     «Esto, padres, es ser sacerdotes: que amansen a Dios cuando estuviere, ¡ay!, enojado con su pueblo; que tengan experiencia que Dios oye sus oraciones y les da lo que piden, y tengan tanta familiaridad con él; que tengan virtudes más que de hombres y pongan admiración a los que los vieren: hombres celestiales o ángeles terrenales; y aun, si pudiese ser, mejor que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos».

     «No dañan tanto los ladrones que están acechando en los caminos para robar a los caminantes, no tanto los corsarios que roban en la mar a los que llevan muchas riquezas y navegan con próspero viento, cuanto daña un enseñador tibio a un hombre que corría ligero por el camino de Dios; y sale él de través y veces con desordenados temores que le pone, y veces con palabras buenas mal entendidas, de tal manera lo trata, que le echa unas cadenas a los pies para que no pueda correr como antes, sino andar muy poco a poco; y la frialdad que el tal enseñador tiene dentro de sí, la derrama como agua fría sobre el corazón del que tenía fervor, y se lo apaga como al fuego el agua».


10 de mayo

     Cuando en las diócesis españolas se reúnen cada año los sacerdotes el 10 de mayo para celebrar sus bodas sacerdotales de plata, de oro, de diamante, con la vida recuerdan frases ardientes como éstas de su Patrono. El 10 de mayo, aniversario de su muerte.

     A partir de 1551, «con bien moderadas treguas» la salud del Maestro Ávila se ha ido resquebrajando. Desde 1555 el andariego viaja ya poco, pero desde la casita de la calle de la Paz de Montilla (Córdoba) sigue predicando, escribiendo y aconsejando porque «decía que él no era suyo, sino de aquellos que lo habían menester».

     El 8 de mayo de 1569 amaneció con gran dolor. Villarás, su fiel discípulo y amanuense, avisa al «físico», y éste se da cuenta de que tocaba a su fin, y así se lo da a entender al enfermo, «añadiendo que si tenía de qué hacer testamento lo hiciese». Respondió el Maestro Ávila que no tenía de qué hacerlo, «porque como había siempre vivido pobre, así moría pobre». «Señor, —insiste el médico— agora es tiempo en que los amigos han de decir las verdades: vuestra merced se está muriendo; haga lo que es menester para la partida». Ávila, después de invocar a la Virgen nuestra Señora, pide confesión.
     Cuando Villarás se dispone a decir misa, le pregunta de quién quiere que la diga, si del Santísimo Sacramento o de Nuestra Señora, le contesta sorprendiendo a todos: «No, sino de la resurrección», como hombre que comenzaba ya a consolarse con la esperanza de ella.
     Al ir a recibir el viático clama: «Denme a mi Señor, denme a mi Señor», «que el Señor que quería recibir en aquel Santísimo Sacramento había descendido de los cielos a la tierra para remedio, sanidad y consuelo de pecadores arrepentidos; y que él era uno de ellos y como tal pedía se le diese».
     Al pedir la unción de los enfermos, le dicen que aún hay tiempo, pero insiste pues «quería estar en todo su acuerdo para oír y ver lo que en este Sacramento se decía y hacía».
     A uno que le pregunta qué sentía en su conciencia, le contesta: «¿Para qué quiere Dios el cielo sino para los pecadores arrepentidos?». Y añade: «Padres míos, ¿qué suelen decir a los ahorcados y quemados cuando los acompañan?». Le dicen: que pongan su confianza en Dios, que confíen en Dios. Y como susurrando les repite varias veces: «Padres míos, díganme mucho de eso».
     Que le entierren en la capilla del colegio de los jesuitas «a los cuales, como había amado en vida, quiso darles esta prenda en muerte».
     El dolor no cesa, ni él de invocar a Dios y repetir los nombres de Jesús, María y José. Y «cuando no podía hablar, ni se entendía lo que decía... del movimiento de sus labios, se conocía decir las mismas palabras». «Y apenas estuvo un cuarto de hora sin habla, con esta paz y sosiego dio su espíritu a Nuestro Señor», escribe Fray Luis de Granada, su primer biógrafo. Era la madrugada del 10 de mayo de 1569.


Gran columna, amparo y oráculo de su tiempo


     «Teresa de Jesús derramó por esta muerte copiosas lágrimas... y habiendo sabido de ella la causa de su llanto, le dijeron por qué se afligía tanto por un hombre que se iba a gozar de Dios. A esto respondió la santa: "Lo que me da pena es que pierde la Iglesia de Dios una gran columna y muchas almas un grande amparo, que tenían en él, que la mía, aun con estar lejos, le tenía por esta causa obligación"». Y es que Juan de Ávila vino a ser el oráculo de la España espiritual de su tiempo.

     (Un tiempo para nosotros muy lejano y muy cercano. Muy lejano, calendario en mano: cinco siglos son muchos años. Pero muy cercano, si se tiene en cuenta la situación existencial. Por extraño que parezca el hombre del siglo XXI sabe también de horizontes que se amplían a velocidad indigerible (entonces eran las Américas recién entrevistas), de cultura supertécnico-electrónica (entonces renacía un humanismo que «descentraba» a Dios), de políticas centrípetas y centrífugas, de desaparición de dogmas definitivos, de inseguridades humanas y... divinas. «Tiempos recios», con palabras de Teresa, también los nuestros).

     Escrito el Libro de la Vida, Teresa de Jesús lo había mostrado a varios doctores para que lo examinaran. Inquieta, consulta con el obispo de Salamanca e inquisidor del Santo Oficio, Francisco Soto de Salazar, quien «díjole, como la vido tan fatigada, que escribiese al Maestro Ávila, que era vivo, una larga relación de todo, que era hombre que entendía mucho de oración; y que con lo que escribiese se sosegase».
     Así lo hace, «porque como a él le parezca voy por buen camino, quedaré muy consolada, ya que no me queda más para hacer lo que es en mí».
     Pasan los días y Teresa se impacienta: «Yo no puedo entender por qué dejó vuestra señoría de inviar luego mi recaudo a el Maestro Ávila... que me dicen hay jornada de un día no más. Mire que importa más de lo que piensa». Insiste a los 9 días: «Pienso que el demonio estorba que ese mi negocio no vea el Maestro Ávila; no querría que se muriese primero, que sería harto desmán».
     El 12 de septiembre de 1558 el Maestro Ávila remitía el manuscrito con una carta de aprobación (es la 158 del Epistolario: A la muy reverenda madre mía y mi señora Teresa de Jesús). Llena de júbilo escribe la Santa: «Lo del libro no puede ser mejor, y ansí olvido cuantas rabias me ha hecho (la demora en el envío). El Maestro me escribe largo y le contenta todo».
     «Le tenía obligación» la Santa. Como tantísimos cristianos eminentes de su tiempo: Ignacio de Loyola, Pedro de Alcántara, Francisco de Borja, Francisco Solano, Juan de Ribera, Tomás de Villanueva, Juan de Dios, Luis de Granada...
     Nueve años después de su muerte (1578) apareció la primera edición del Epistolario. Fray Luis de Granada era asiduo lector de las cartas del Maestro («Ahora mi ordinario libro, que me leen de noche cuando ceno, son las epístolas del P. Ávila; y sepa vuestra reverencia que la primera del primer tomo se escribió a este pobre fraile, cuando comenzaba a predicar»). Las ediciones actuales recogen 260 cartas. Su lectura es oxígeno puro y senda segura para adentrarse en el conocimiento del «apóstol de Andalucía». También él podría decir: «Va mi palabra. ¿Qué más queréis? Os doy todo lo que creo, que es más que lo que soy» (Casaldàliga).


Mi gran padre

     «Le tenía obligación» también Juan de Dios, que cuando iba a visitar al Maestro en Montilla se quedaba en la cruz de la entrada a la villa y hacía llegar el recado: «Díganle al gran Maestro, a mi gran padre, que si le da licencia le irá a ver».

     Tres cartas se conservan (45.46.141) dirigidas a Juan de Dios. «Vuestra carta recebí, —empieza la primera— y no quiero que digáis que no os conozco por hijo; porque si por ser ruin decís que no lo merecéis, por la misma causa yo no merecería ser padre; y así, mal podré yo despreciaros a vos, siendo yo más digno de ser despreciado. Mas pues nuestro Señor nos tiene por suyos, aunque somos tan flacos, razón es que aprendamos a ser misericordiosos unos de otros y a llevarnos con caridad, como El hace con nosotros».
     «Vuestra carta recebí, —empieza la segunda— y no penséis que me dais pena porque me escrebís largo; que como el amor es mucho, no puede parecer larga la carta. Y ruégoos que os acordéis de ser tal, que cuando me escribiéredes, o yo de vos sepa, me alegre yo de saber tales nuevas cuales deseo. Y pues vos deseáis no darme enojo, no seáis perezoso en ponerlo por obra, aunque algo os cueste, que el amor no se parece en las palabras, sino en las obras; y entonces se demuestra más cuando más duele lo que hacemos por quien amamos». «Y leed esta cédula muchas veces, y Dios os guarde de todo mal. Amén. No tengo vestidos que ofreceros agora; yo diré misas por vos en lugar de ellos, que os vestirán mejor».

     Hacía años ya... Fue el día de San Sebastián (20 de enero de 1537). Pastor y labrador, soldado, criado, librero ambulante sucesivamente, a sus 40 años, mientras tenía puesta su tienda de libros junto a la puerta de Elvira, oyó en Granada un sermón del Maestro Ávila, pronunciado en la ermita de los mártires.
     Juan de Ávila «cuando había de predicar, su principal cuidado era ir al púlpito "templado", en la cual palabra quería significar que como los que cazan con aves procuran que el azor o el falcón con que han de cazar vaya templado, esto es, vaya con hambre, porque ésta le hace ir más ligero tras de la caza, así él trataba por subir al púlpito, no sólo con actual devoción, sino también con una muy viva hambre y deseo de ganar con aquel sermón alguna alma para Cristo: porque esto le hacía predicar con mayor ímpetu».
     «Como sus sermones fuesen tales y tan famosos, seguíale gran número de pueblo. Así fue aquel día; y entre los demás fue Ioan de Dios a oille. Y la gracia del Señor dio vida a aquellas palabras, de tal manera que se le fixaron en sus entrañas. Y fueron a él eficaces».
     Terminado el sermón, la muchedumbre desciende hacia Granada. Inmerso en la masa va un hombre que parece chiflado: gesticula, grita, se da golpes de pecho. ¿Un loco? Desvalija su tienda. Los libros que trataban de caballerías y cosas profanas hacíalos con las manos muchos pedazos, y con los dientes; los que eran vidas de santos y buena doctrina, dábalos libremente de gracia. Los vestidos que tenía encima de sí dio también, desnudándoselos y dándolo todo. Desnudo, descalzo, descaperuzado, salió otra vez por las calles principales de Granada, gritando «Misericordia, misericordia, Señor Dios, deste gran pecador que os ha ofendido». Unos decían que era loco, otros que no era sino santo y que aquella era obra de Dios.
     Personas honradas, movidas a compasión, llevaron a Juan ante el Maestro y le pusieron al corriente de todo lo que había sucedido después del sermón.
     Mandó el Maestro Ávila salir fuera toda la gente que con él venía, y se quedó en el aposento a solas con él. Ioan se hincó de rodillas ante él. Le contó su vida. Le confesó sus pecados con grandes muestras de contrición. Dixo que le recibie debaxo de su amparo y consejo. Que por medio suyo le había el Señor comenzado a hacer tantas mercedes. Y estaba aparejado a obedecelle hasta la muerte.
     «Hermano Ioan, esforzaos mucho. Cuando os sintiéredes desconsolado y afligido, veníos a mí. Id en hora buena, con la bendición de Dios y la mía. Sed fiel y constante en lo que comenzasteis, no volváis atrás ni os dexéis rendir del demonio».
     El Maestro Ávila daba a entender a todos que aquello era verdadera contrición y obra de la mano de Dios. Hubo quien le oyó decir al padre Maestro: «Aunque a este hermano Ioan tienen por loco, es más cuerdo de lo que todos pensamos».


70 años

     ¿Cómo extractar 70 años de vida? «Pedir el extracto de ciertos discursos es tan desatinado como pedir —y este desatino se repite en clases de literatura— el argumento de La Ilíada. Y a las veces como pedir el extracto de una sinfonía» (Unamuno).

     Breve cronología para quien se aventure —¡gran ventura!— a «apacentarse» en el rico «pesebre» de sus escritos. (Si Thomas Merton dijo al P. Segundo Llorente que «para entender a san Juan de la Cruz estudiaría en el original cualquiera lengua en la que hubiera escrito el santo», lo mismo podría decirse de la obra del santo Maestro, escrita en un castellano de oro).

1499: Nace el 6 de enero en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). Sus padres fueron Alfonso de Ávila (de ascendencia judía) y Catalina Xixón. Familia acomodada, propietaria de unas minas en Almadén.

1513: Estudia Leyes en Salamanca.

1517: Regresa a Almodóvar, dedicándose a la oración y a la penitencia.

1520: Estudia Artes (filosofía) y Teología en Alcalá. De él decía su maestro Domingo de Soto: «Si siguiera escuelas, fuera de los aventajados en letras que hubiera en España».

1526: Recibe la ordenación sacerdotal. Celebra en Almodóvar la primera misa sin otra fiesta que dar comida a doce pobres. Tras haber repartido entre los necesitados su hacienda que sumaba unos cinco mil ducados, partió para Sevilla con ánimo de marchar con la expedición de Julián Garcés, primer obispo de Tlaxcala. Pero viéndole celebrar y predicar, el arzobispo le mandó quedar en Sevilla y trabajar en ella: predica, catequiza, ayuda a los sacerdotes.
     Y empiezan sus correrías apostólicas: Alcalá de Guadaira, Lebrija, Ecija...

1531: Es denunciado a la Inquisición. Estando en la cárcel traduce La imitación de Cristo. (Apasionante el proceso inquisitorial y estremecedor su comentario cuando le dijeron que el proceso «estaba en manos de Dios» [= parecía que iba a terminar en la hoguera]: «No puede estar en mejores manos»).

1533: Es declarado inocente, sin ser «notado». Pero en la soledad de su celda «aprendió en pocos días más que en todos los años de su estudio un muy particular conocimiento del misterio de Cristo»: una iluminación que constituirá el secreto de su espiritualidad y de su vida.

1535: Pasa a la diócesis de Córdoba. Desde donde desarrolla un asombroso ministerio a través de sus viajes apostólicos por innumerables ciudades de Andalucía y forja una multitud de discípulos que formaron la escuela sacerdotal del padre Ávila.

     Funda con la ayuda de sus discípulos tres colegios mayores universitarios (Baeza, Jerez, Córdoba), once colegios menores (Baeza, Úbeda, Beas, Huelma, Cazorla, Andújar, Priego, Sevilla, Jerez, Cádiz, Écija), tres convictos para clérigos (Granada, Córdoba y Evora)...

     Escribe, no sólo cartas. La edición de sus «Obras completas» (1970-1971) en 6 volúmenes, sobrepasa las 4.000 páginas: Audi filia, Sermones (82), Pláticas espirituales (16), Tratado sobre el sacerdocio, Comentarios bíblicos, Tratados de Reforma, Tratado del amor de Dios, Exposición de las bienaventuranzas, Doctrina cristiana... Aunque como él mismo escribe en el prefacio al Audi filia de 1574: «yo no he puesto en orden cosa alguna para imprimir, sino una Declaración de los diez mandamientos, que cantan los niños de la doctrina, y este tratado de ahora».

     No asiste personalmente al Concilio de Trento, pero con sus Memoriales sí estuvo bien presente. El arzobispo de Granada llevó consigo «sus papeles» y se servía de ellos sin disimulo: «Tratándose de algunas cuestiones en el dicho santo concilio y dando su parecer el dicho señor arzobispo don Pedro Guerrero, y recibiéndolo los Padres del santo concilio con mucho aplauso, dijo con mucha humildad que aquellas cosas que había propuesto eran advertencias de dicho venerable padre Maestro Ávila». Otras veces los mismos Padres le decían: «Hable Monsieur de Granada o sus papeles».

     El Audi filia fue el libro de toda su vida. Esbozado en la cárcel de la Inquisición (para quienes no estén familiarizados con el significado de esta palabra, conviene recordar que la Inquisición fue una institución jurídica para custodiar la fe, algo así como un «Ministerio de sanidad» espiritual para tiempos recios de reforma y de iluminados), fue escribiendo unos pliegos sobre la vivencia del misterio de Cristo para doña Sancha Carrillo. Que con el tiempo crecieron hasta formar un volumen. Al morir doña Sancha en 1537, las copias de lo escrito fueron pasando de mano en mano. Juan de Ávila demora la publicación, esperando la formulación precisa del concilio de Trento sobre la justificación.
     A espaldas del Maestro aparece editado el Audi filia («Se había quedado el tratado sin imprimirlo, y aun cuasi sin acordarme de él, hasta que el año pasado, vencido ya de ruegos de amigos, comenzaba poco a poco a lo corregir y añadir para que se imprimiese... y al cabo de pocos días supe que se había impreso un tratado sobre este mismo verso, y con título de mi nombre, en Alcalá de Henares, en casa de Juan de Brocar, año de 1556. Maravilléme de que hubiese quien se atreva a imprimir libro la primera vez sin la corrección del autor, y mucho más de que alguno diese por autor de un libro a quien primero no preguntase si lo es»).
     Tres años después, el Audi filia con Guía de pecadores de Fray Luis de Granada y Obras del cristiano de Francisco de Borja, engrosan la lista de libros prohibidos por la Inquisición.
     Juan de Ávila en su retiro de Montilla pule lentamente la obra, pues está ya muy enfermo.
     Aunque el obispo de Córdoba aprueba en 1565 el texto definitivo, no será editado hasta 1574, cinco años después de la muerte del Maestro.
     «El intento del libro es dar algunas enseñanzas y reglas cristianas, para que las personas que comienzan a servir a Dios, por su gracia sepan efectuar su deseo. Y estas reglas quise más que fueran seguras que altas, porque, según la soberbia de nuestro tiempo, de esto me pareció haber más necesidad. Danse primero algunos avisos, con que nos defendamos de nuestros especiales enemigos, y después gástase lo demás en dar camino para ejercitarnos en el conocimiento de nuestra miseria y poquedad, y en el conocimiento de nuestro bien y remedio, que está en Jesucristo, las cuales dos cosas son las que en esta vida más provechosa y seguramente podemos pensar».


Por abecedario

     En la carta 225, escrita desde Granada en 1538 a un discípulo, Juan de Ávila da este consejo: «También me parece que haga un cartapacio en el cual ponga por abecedario las máximas que le parecieren, así como amor Dei, amor proximi, de abstinentia, de blasphemia, y lo que hallare en lo que leyere, ansí en la Sagrada Escriptura como en los santos. Lo que hace para cada cosa, póngalo debajo del título, y en esto puede gastar algo de la tarde».

     Buen final para estas páginas en torno a la figura de Juan de Ávila repasar como buenos discípulos del Maestro un breve cartapacio por abecedario con máximas entresacadas de sus escritos:

Voluntad de Dios.- Aquel Señor que hiere, sabe lo que hace, y hace lo que nos cumple; y por eso, pecho por tierra, habemos de adorar sus juicios y conformarnos con su voluntad.

Tristeza.- Buen manjar ofrece con amarga salsa quien sirve a Dios con tristeza, porque él más quiere en el dador alegría que dádiva, y agrádale mucho el corazón libre de toda desaprovechada tristeza.

Sufrimiento.- Una jarrilla sois, y por cocer habéis estado, y por eso érades tan tierna y no podíades retener ni conservar bien el licor que Dios os infundía. Coceros quieren, hermana; tened paciencia; metida estáis en el horno de la tribulación; sufrid agora esos fuegos y esas humaredas y obscuridades; y confiando en la sabiduría y bondad de nuestro buen ollero, ni saldréis hecha ceniza que lleve el viento ni tiznada con algún mal que se os haya pegado; antes dura para padecer, para que, aunque caigáis, no os quebréis; blanqueada del descolorido color que primero teníades y, finalmente, hábil y dispuesta para ser vaso de honra para ser puesta sobre la mesa de Dios. Procurad no salgáis del horno quebrada, porque no os den por ahí de balde. Solamente se quiebran los que en el horno de la tribulación pierden la paciencia. Confío en nuestro Señor y en vos, que saldréis sin lisión. Sufríos agora un poco, que presto se apagará todo. No desmayéis. Confiad en Dios.

Pruebas.- Grande gracia no da Dios, sino con mucha probación.

Prudencia.- Mirad dónde ponéis el pie, para que por hacer el bien a otros no os hagáis mal a vos.

Providencia.- Puesto está Dios en talaya, contando todos mis pasos.

Pobreza.- En más es tenido el pobre que el rico después que Jesucristo se hizo de su bando.

Pecado.- Bueno es pensar los pecados, bueno es tener dolor de tu miseria, pero no demasiado.

Oración.- Así como un hombre, por buenos manjares que coma, si no tiene reposo de sueño tendrá flaqueza, y aun corre el riesgo de perder el juicio, así acaecerá a quien obra y no ora. Porque aquello es la oración para el ánima, que el sueño al cuerpo. No hay hacienda, por gruesa que sea, que no se acabe, si gastan y no ganan; ni buenas obras que duren sin oración, porque en ella se alcanza lumbre y espíritu con que se recobra lo que con las ocupaciones, aunque buenas, se disminuye del fervor de la caridad e interior devoción.

Obispo.- La casa de los obispos, casa de cirujanos de almas ha de ser, donde se atreva a ir el desconsolado a pedir consuelo; el tentado, remedio para su tentación; el flaquito, remedio para su flaqueza; y que se atreva el más pobrecito y mendigo a ir a ella, como a casa de su propio padre. Finalmente, hecha una botica de todas medicinas; y el perlado, que sea tan sabio y ejercitado cirujano, y tenga grande caridad para ejercitar la cirujía, que todos los enfermos, que a él llegaren, lleven sanidad de sus heridas.

Obediencia.- Obedecer en lo que no da pena, no es mucho de agradecer; mas en lo que no hemos gana, es contado por muy gran sacrificio, que huele muy bien delante de Dios.

María.- Más querría estar sin pellejo que sin devoción de María.

Jesucristo.- ¡Qué mayor novedad pudo ser que hacerse Dios hombre y ser pobre y cansarse el que es riqueza y descanso del cielo y la tierra! ¡Qué mayor novedad que morir el que es vida!

Humildad.- Quien a Dios tiene, en la humildad se conoce; como el grano de peso a lo hondo se va, el vano nada al alto del agua; y el árbol lleno de fruto, acorvado está hacia abajo con el peso; el de hojas solas, enhiesto y lozano está. No creáis haber santidad sin humildad, ni aunque seáis subido al tercer cielo.

Faltas.- Conviene mucho no entristecerse por las faltas en que cae, porque se sigue mayor mal de ello que de las mismas faltas.

Caridad.- No es ley de hermanos que vistáis y comáis como habéis gana, y que los otros ni tengan qué vestir ni qué comer. Vuestras demasías son robos, que hurtáis a los pobres, para los cuales os lo dio Dios, y no para locuras.

 
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La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI