Abbé Pierre




 

Desde el 22 de enero de 2007, día en que falleció el Abbé Pierre, mucho se ha hablado y escrito sobre Henri-Antoine Grouès, nacido el 5 de agosto de 1912. El presidente Chirac dijo: «Toda Francia está dolida. Pierde una inmensa figura, una conciencia, una encarnación de la bondad». El cardenal Philippe Barbarin escribió: «Gracias, Señor, por habernos dado a un hermano como él. Gracias, abbé Pierre, por haber sido un modelo a seguir».
Yo he vuelto a releer la respuesta del Abbé Pierre, cuando le pregunté por qué se había hecho sacerdote.

JSV

     Cuando me pregunto por qué me hice sacerdote y busco en mi recuerdo, lo más lejos que puedo, dónde y cuándo ha podido nacer el primer germen de esa voluntad y ha podido empezar esta aventura, me parece que quizá todo empezó en un choque recibido a mis cinco anos. Lo recuerdo con los más ínfimos detalles. Fue un gran enfado de mi padre.
     Soy el quinto de ocho hijos de una familia acomodada. Había hecho alguna trastada y mis padres decidieron que por la tarde me quedase en casa mientras mis hermanos y hermanas iban a una reunión de niños, en casa de unos primos. Así fue. Al anochecer, mis hermanos y hermanas volvieron rebosantes de alegría y se pusieron a contarme su divertida tarde. Nunca he olvidado esa escena, aunque era tan pequeño. Malhumorado y tajante, les dije: «¿Qué me importa a mí, si no estaba?» Y me fui. Mi padre había oído de lejos mis palabras. Me llevó aparte y le vi, a él, que era tan bueno, dominado por la cólera y profundamente indignado. Me dijo que era abominable hablar así, y que Dios detestaba tal egoísmo, y me siguió hablando largamente. Yo me quedé estupefacto.
     Estaba completamente seguro de no haber hecho nada malo, de haber estado en una especie de absoluto lógico, y en ello había saboreado no sé qué satisfacción, una suerte de sentimiento de perfección fría...
     Durante mucho tiempo pensé, no sólo en las explicaciones de mi padre, sino también (y ello me abría todo un mundo) en la pasión y el verdadero sufrimiento que se me había revelado a través de sus palabras.
     Quizá allí estuvo para mí el primer descubrimiento de la alegría que hay en comulgar con la felicidad de los demás, hasta con la propia privación. Es verdad que mi madre y todos los de casa me habían hablado cien veces de sacrificio. Pero ese día fue un descubrimiento personal y dramático. Para que se hayan quedado grabados en mí tantos detalles menudos de ese acontecimiento interior, al cabo de cuarenta años, hay que pensar que no fue ajeno a ninguno de los otros acontecimientos de mi vida.
     ¿Cómo podré nunca agradecer bastante a mi padre haber sido así, y que mis palabras extraviadas hicieran vibrar en él tal pasión que me supo abrir el corazón, y ya no sólo una fría y engañosa apariencia de razón?

     Seguramente también tuvo gran importancia la oración en familia, sin omitirla ninguna noche. Muchas veces desde que soy sacerdote he podido, apoyándome en esta experiencia vivida, exhortar a quien quiera ser cabeza de una familia cristiana, a que dé a sus hijos esta lección, esta herencia, la más preciosa de todas: el ver a diario a su padre y su madre arrodillados en humilde y ferviente oración al Señor, sabiendo presentarse también como niños a Dios, y examinando silenciosamente su conciencia.
     La grandeza de esta visión nunca la podrán comprender los que no han tenido la gracia de que les hiriera en su sensibilidad de niños.

     Dos pequeños hechos de infancia quizá han tenido también un papel importante.
     Un día, cuando yo tenía unos ocho años, una pariente nuestra, llevándome de paseo con otro niño, no sé con ocasión de qué, me dijo: «Es muy bonito ser sacerdote. ¿No tenéis ganas de serlo?» Mi compañero respondió que él sí quería. Yo me quedé alucinado. Nunca había pensado qué sería cuando mayor. ¿Y él, en cambio, sí que había pensado, y se atrevía a pensar en ser sacerdote! Sentí por él una gran admiración y contesté: «Yo no sé». Mi compañero hoy se ha casado y es padre de familia numerosa, por cierto, modelo de familias cristianas; y soy yo el sacerdote. Así son los designios de Dios.
     Me parece que ese día fue la primera vez que pensé que los sacerdotes habían sido niños como yo.

     Un poco más tarde, sin duda hacia los diez años -y aquí también los detalles se me hacen asombrosamente presentes-, iba en tranvía, durante las vacaciones, en una ciudad a la orilla del mar, con otros niños, acompañados todos por una señora, y ésta se puso a hablar de un tío suyo, misionero, yo no sé dónde; todos escuchábamos con los cinco sentidos. Y otra vez surgió la pregunta: ¿Qué serás de mayor? Al llegarme el turno, aún me veo declarando, mitad en broma, mitad triunfante: « ¿Yo seré marino, misionero o bandido! »
     El «maquis» ha hecho que durante dos años me persiguieran como un bandido; luego he sido dos años capellán de marina; y he recorrido también en África muchos territorios de misiones; y mi sacerdocio, entre los más desgraciados, ¿no está muy cerca del de los misioneros?
     Así, cuando me llegue la hora de la muerte, me encontrará como un niño mimado que ha conseguido todo lo que quería. ¿Ojalá el Señor no juzgue con demasiada severidad mi mala manera de responder a tantos mimos!

     Al volver de las vacaciones (era la primera vez que veía el mar), la idea de las misiones me obsesionaba. Me puse a buscar y a leer todo lo que hablara de ellas.
     Y al año siguiente -debía tener once anos- una, noche, terminado el estudio de las lecciones del día siguiente, dije a mi padre, cuando venía a darnos un beso en la cama: «Papá, tengo un gran secreto que decirte... Quiero ser sacerdote». Hubo un largo silencio. Mi padre me besó muy fuerte; luego me respondió: «Ya sabes que a mamá y a mí nos costará mucho separamos de ti... pero estaremos muy orgullosos». Y se fue. Nunca volvió a hablarme de ese secreto, hasta el día en que, después de muchas horas de crisis, a los dieciocho años, le dije mi voluntad de partir para el noviciado de los capuchinos...
     Poco después de eso, quise ser «scout». El escultismo, en el que se descubren tantas insuficiencias con frecuencia en la edad adulta, para quien no tenga su formación corregida y completada con más duras realidades, es seguramente una disciplina magnífica para un adolescente. Nunca podré decir cuántas gracias recibí por ese camino en pocos años.
     Hacia los trece, empezó de modo insólito, e imperceptiblemente, una larga crisis. Enfermo durante meses, leí todo lo que cayó en mis manos. Y un día fue Descartes. El Discurso del método, iba a sumergirme de nuevo perdidamente en el asombro del deslumbramiento cerebral de la lógica pura, cuya primera seducción, en el fondo, había saboreado a los cinco anos.

     Dos años más tarde, un domingo por la mañana, en el curso que nos daba un religioso admirable, en el colegio de los jesuitas de Lyon donde hacía mis estudios, me aplastó con la más brutal evidencia una idea clara: «Tú estás aquí, tú crees, tú vives según esta fe, pero... si tú hubieras nacido en cualquier otro sitio, en tierra del islam, en la India, o sencillamente en un ambiente impío, y no hubieses hecho más esfuerzo personal del que has hecho hasta ahora para criticar y verificar lo que te hubieran ensenado a creer, es evidente que creerías verdadero lo que ahora te parece erróneo. Entonces, ¿qué certidumbre puedes tener de que es verdadero aquello sobre lo que te juegas tu manera de vivir, y algún día tu misma vida? »
     Fue un desplome. Una impresión de vacío, pero a la vez de una apasionante batalla que combatir.
     Mi salud era frágil. Me daban toda clase de facilidades. Muchas veces me iba solo a pasar el tiempo del estudio, en primavera, en la plaza Bellecour, junto al colegio. Allí despachaba traducciones latinas y redacciones, luego hojeaba librotes y tomaba notas a granel. Me queda de esa época una pila de grandes cuadernos. Hubo horas amargas y tenebrosas.
     Tres momentos dominaron ese período. En primer lugar, la lectura de Kant, y sobre todo de Hegel, y de toda la literatura contemporánea que encontraba sobre la filosofía del devenir. Es difícil expresar a quien no lo haya probado, la especie de embriaguez que siente el espíritu en contacto con todo pensamiento panteísta. Hay ahí una suerte de sabor confuso y una tentación de reposo y de fácil posesión sin límite, que sentí entonces.
     Pero al mismo tiempo otras circunstancias que sería muy largo de exponer me hicieron leer la Historia de un alma de santa Teresa del Niño Jesús, y luego la Vida de san Francisco de Asís de Joergensen, y las Florecillas.
     Pasé entonces cerca de un año en que, otra vez enfermo a menudo, rezaba de manera diferente que en el pasado: con ansiedad.
     Y un día, en el azar de una lectura cuyo título no sabría recordar, caí sobre una página cuyo autor evocaba la aparición del Señor a Moisés, que pregunta: «¿Quién eres?» «Soy el que soy». Ese día sin duda fue el más decisivo de mi vida.
     Más tarde, en el curso de mis años de estudio de espiritualidad y de teología, conocería mejor esas misteriosas relaciones que son el Ser mismo del Eterno, en la Trinidad de sus personas, del Eterno, Inmutable y Vida a la vez, y sin contradicción. Pero fue el día del hallazgo de este texto cuando lo supe, con una certidumbre que, en los veinticinco años que han pasado luego, nunca ha sufrido duda (y no sé cómo podría ser yo bastante humilde y tembloroso, a la vez que confiado, ante Dios, para darle gracias por ello).

     Unos meses más tarde, empecé el noviciado en los capuchinos de la provincia de Lyon. Fue casi fácil.
     En cambio, los años de escolasticado fueron terribles, más duros de lo que jamás pueda decir. Mi salud se estropeó pronto Sin embargo, pude terminar.
     El día de san Bartolomé de 1938, era sacerdote.
     La prueba que se incubaba desde hacía anos trajo un año más tarde una decisión cruel: interrumpiendo el año suplementario de teología que estaba haciendo, antes de Pascua, abandoné el convento, dispensado de mis votos por la Santa Sede, a instancia mía y con el consejo de mi director espiritual. Unas semanas más tarde, después de un retiro en la Trapa de Aiguebelle, me incardiné en la diócesis de Grenoble, la semana después de Pascua, y me hicieron coadjutor de una gran parroquia de la ciudad.
     Desde entonces empezó a precipitarse la acumulación de acontecimientos que han hecho del abbé Pierre el pobre hombre de quien hablan tantas personas y que ya no puede más, y que sabe que la celebridad es el equipaje que más estorba, y que a menudo cede a la tentación, ante la inmensidad desesperante de las miserias de la tierra, de murmurar: «¡Cuanto antes, el fin del mundo! ¡Es demasiado horrible!» Pero en seguida se reprocha tal queja porque espera en la multiplicación de los que, ante el paroxismo de los orgullos, de las codicias o de las estupideces que engendran las pasiones, y ante los peligros tan extremos que llenan de estupor y dejan en ridículo a los más arrogantes conductores de los pueblos, comprendan que se ofrece una tarea magnífica, que se impone a todo corazón lúcido y generoso: dedicarse con todo el ser a demostrar a todos los pueblos del mundo que cuando los cristianos les dicen que los hombres son hermanos, hijos comunes de Dios, no es un decir, sino que significa que les ayudaremos realmente, si tienen hambre, a alimentarse; si no tienen trabajo, a poder gozar de la dignidad de ganar el pan que comen; si no tienen escuelas ni hospitales, a poder enseñar y cuidar a sus hijos y sus enfermos. Entonces habrá menos blasfemias, y quizá una esperanza de paz menos envenenada...

     Seis meses después de empezar a trabajar como coadjutor, llegó la guerra de 1939. Desmovilizado, enfermo, llamado a la catedral de Grenoble como coadjutor, después de un año de convalecencia; entonces, por arrancar de la Gestapo a los judíos perseguidos, empecé a atravesar la frontera, y luego fui capellán de los dolorosos y heroicos «maquis» de Chartreuse y de Vercors, adonde afluían los que rechazaban la abominable obligación de ir a trabajar en las fábricas de la Alemania en guerra. Dos veces detenido, luego evadido, a fines de 1944 estuve en África; luego capellán de Marina, luego de nuevo una misión de dos meses a través del África negra, y apenas regresado, al parlamento... Y mientras que, con mi paga de diputado, empezaba «Emaús» y su primera comunidad de hombres desesperados, y luego su primera ciudad de familias obreras sin refugio, tomé la decisión de abandonar el parlamento antes que aceptar una ley sin justicia. Desde entonces, nada más que el crecimiento, y luego la resonancia de «Emaús», y la inmensidad de los quehaceres de hoy.
     Si, antes de terminar, evoco las páginas demasiado largas de esos quince años de peripecias de un sacerdocio lanzado a tareas inesperadas, es para daros un testimonio de experiencia a todos vosotros, amigos, que estáis en los años de seminario y sufrís -pues es preciso, en el seminario sobre todo, madurar en el sufrimiento-. Escuchad, creed esto, creedlo con todas vuestras fuerzas, y encontraréis una fuerza indefinidamente renovada: estoy seguro de que, si en tantos dramas y catástrofes me ha sido posible no sucumbir cuando el peligro o el agotamiento parecían sobrepasar lo que se puede resistir; si no he quedado espiritualmente reseco y perdido, a pesar de tantos pecados y desfallecimientos por mi parte, se debe a la provisión lentamente acumulada en los años de escolasticado, al hábito de oración en líneas de fuerza sencillas, en vínculos sencillos pero viriles con el Señor.
     Nadie puede saber por qué camino, ordinario o extraordinario, le llamará el Señor al sacerdocio, pero todos saben que no hay camino en la vida de un sacerdote que no suba al Calvario, en el cual están cercanas la cruz del desgarramiento y la muerte, y la tumba vacía de la resurrección. Que cada cual se arme de paciencia, porque cuanto más duro le sea el seminario, mayor y más fuerte es su esperanza. La piedra que el artesano atormenta para la catedral, es la elegida, la piedra de la que espera una belleza única, la que, lentamente, cruel en apariencia, talla y burila para que sea su obra maestra, y cante para él, el Señor, con un canto más puro.
     Y por diversas que sean las esculturas y las naves y las bóvedas, es única la catedral que se esboza aquí, para edificarse en el Reino de Dios, pasajeramente invisible, pero eternamente maravilloso.
     No se nos pide más que decir «sí», no nosotros solos, sino «sí» con el Señor.
     No se nos pide más que querer, y ser (agarrados, tirando tenaces de la cuerda que destroza las manos) la vela tendida en el viento.
     Depende de nosotros ser vela tensa o suelta. ¡El viento sí que no es nuestro!
     Es el soplo mismo del Amor eterno, Espíritu que procede, en la unidad, del Padre y del Hijo. No cesa de soplar. Nadie sabe de dónde viene ni adónde va. Pero Él lo sabe. Y porque Él es Él, el que es, el único y el todo, basta para nuestra esperanza.

 
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Los sacerdotes no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas y la boca llena de bendiciones. Los sacerdotes nacen en una familia. Es en su familia donde han aprendido a decir «padre», «madre», «hermanos». Al principio con sólo minúsculas. Luego, sólo luego, con mayúsculas: «Padre» (que estás en los cielos), «Madre» (de Jesús y nuestra), «Hermanos» (todos los hijos de Dios). ¡Estan fácil comprender el amor de Dios cuando nuestros padres se han amado, cuando nuestros padres nos han amado!- Jorge Sans Vila